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SOBRE GRACE

Anthony Doerr  

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Fragmento

1

 

 

 

Cruzó el vestíbulo y se detuvo junto a una ventana a observar cómo un hombre con dos bastones luminosos color naranja dirigía un avión a su puerta de embarque. Sobre el asfalto el cielo era impoluto, de ese azul tropical implacable al que no había llegado a acostumbrarse. En el horizonte se habían amontonado nubes: cumulus congestus, señal de alguna clase de perturbación sobre el mar.

El delgado marco de un detector de metal aguardaba su cola de turistas. En la sala de embarque, ron del duty free, aves del paraíso envueltas en celofán, collares hechos de conchas. Del bolsillo de la camisa se sacó una libreta y un bolígrafo.

«El cerebro humano», escribió, «es en un setenta y cinco por ciento agua. Nuestras células son poco más que odres para transportar agua. Cuando morimos se derrama de nuestro interior por el suelo y el aire y en los estómagos de animales y se convierte en el contenido de otra cosa. Las propiedades del agua líquida son las siguientes: conserva la temperatura durante más tiempo que el aire; es adherente y elástica; está en perpetuo movimiento. Estos son los principios de la hidrología; estas son las cosas que uno debería saber si quiere conocerse a sí mismo».

Cruzó la puerta de embarque. En las escaleras, casi ya en el avión, un sentimiento parecido a la asfixia le subió por la garganta. Asió con fuerza la bolsa y se aferró a la barandilla. Una serie de pájaros —palomas comunes, quizá— aterrizaban de uno en uno en una parcela de hierba segada al final de la pista de despegue. Los pasajeros se movían impacientes a su espalda. Una auxiliar de vuelo se retorció las manos, se acercó a él y lo escoltó a la cabina de pasajeros.

La sensación del avión acelerando y subiendo era como entrar en un sueño vívido y peligroso. Apoyó la frente en la ventanilla. El océano se ensanchaba bajo el ala; el horizonte se inclinó y, a continuación, cayó en picado. El avión se puso de costado y la isla reapareció, exuberante y repentina, ribeteada de arrecifes. Por un instante, en el cráter del Soufrière, vislumbró una cortina de agua verde perla. Luego las nubes se cerraron y la isla desapareció.

La mujer sentada a su lado había sacado una novela y estaba empezando a leer. El avión subió a la troposfera. En el interior de la ventana habían comenzado a formarse pequeñas frondas de escarcha. Detrás, el cielo era deslumbrante y frío. Parpadeó y se limpió las gafas con la manga. Subían en dirección al sol.

2

 

 

 

Se llamaba David Winkler y tenía cincuenta y nueve años. Aquel iba a ser su primer viaje a casa en veinticinco años, si es que podía seguir llamándola su casa. Había sido padre, marido e hidrólogo. No estaba seguro de seguir siendo ninguna de las tres cosas.

Su billete era de Kingstown, San Vicente, a Cleveland, Ohio, con escala en Miami. El sobrecargo informaba acerca de la velocidad de vuelo y la altitud por altavoces situados en el techo. El tiempo en Puerto Rico. El capitán no apagaría el letrero luminoso de abróchense los cinturones.

Desde su asiento de ventana, Winkler paseó la vista por el avión. Los pasajeros —estadounidenses en su mayoría— leían, dormían o hablaban en voz baja unos con otros. La mujer sentada a su lado le daba la mano a un hombre rubio que ocupaba el asiento de pasillo.

Cerró los ojos, reclinó la cabeza en la ventana y poco a poco fue cayendo en algo parecido al sueño. Se despertó sudando. La mujer del asiento de al lado lo zarandeaba por un hombro.

—Estaba soñando —le dijo—. Le temblaban las piernas. Y las manos. Las presionaba contra la ventana.

—Estoy bien.

Muy abajo, el ala del avión cortaba arrecifes de cúmulos. Se secó la cara con el puño de la camisa.

La mirada de la mujer se detuvo en él antes de volver a la novela. Estuvo un rato sentado mirando las nubes. Por fin, con voz resignada, dijo:

—El compartimento que tiene encima no está bien cerrado. Durante las turbulencias se abrirá y se caerá la bolsa que hay dentro.

La mujer levantó la vista.

—¿Qué?

—El compartimento. Para el equipaje. —Hizo un gesto hacia arriba con los ojos—. Debe de estar mal cerrado.

La mujer se inclinó sobre el hombre rubio sentado a su lado, hacia el pasillo.

—¿De verdad? —preguntó. Le dio con el codo al hombre rubio y le dijo algo, y este miró hacia arriba y respondió que el compartimento estaba perfectamente cerrado—. ¿Estás seguro?

—Segurísimo.

La mujer se giró hacia Winkler.

—Vale, gracias.

Volvió a su libro. Dos o tres minutos después, el avión empezó a inclinar el morro y la cabina entera descendió durante un largo instante. El compartimento superior tembló, la puerta se abrió con un chasquido y una bolsa cayó al pasillo. De su interior salió un crujido ahogado de cristal roto.

El hombre rubio cogió la bolsa, miró dentro y soltó una palabrota. El avión volvió a enderezarse. Era una bolsa de paja y tenía un dibujo de un barco de vela estampado. El hombre comenzó a sacar trozos de lo que parecían ser copas de martini de regalo y a sacudir la cabeza al verlas. Una auxiliar de vuelo se acuclilló en el pasillo y metió los fragmentos en una bolsa para el mareo.

La mujer del asiento del centro miró a Winkler mientras se tapaba la boca con una mano.

Él mantuvo la vista fija en la ventanilla. La escarcha entre las dos hojas de la ventana aumentaba, hacía conexiones diminutas, cinco centímetros cuadrados de plumas delicadas, un país de las maravillas bidimensional hecho de hielo.

3

 

 

 

Los llamaba sueños. Ni augurios ni visiones exactamente, tampoco presentimientos o premoniciones. Llamarlos sueños le permitía acercarse todo lo que podía a lo que eran: sensaciones —experiencias incluso— que lo visitaban mientras dormía y se desvanecían cuando se despertaba para reaparecer en los minutos o las horas o los días siguientes.

Le había llevado años reconocer el momento en que se acercaban. Algo en el olor de una habitación (un aroma como a techo de madera de cedro, o a humo, o a arroz con leche caliente), o el sonido de un autobús diésel que pasa traqueteando delante de un apartamento, y se daba cuenta de que ya lo había experimentado antes, de que lo que estaba a punto de ocurrir —que su padre se cortaría un dedo al abrir una lata de sardinas, que una gaviota se posaría en el alféizar— era algo que ya había ocurrido, en el pasado, en un sueño.

También tenía sueños normales, la clase de sueños que tiene todo el mundo, rollos de película de historias paradójicas, las narraciones inverosímiles que inventa el córtex cerebral cuando tiene que organizar sus recuerdos. Pero, en algunas ocasiones, pocas, lo que veía cuando dormía (la lluvia que anegaba los canalones; el fontanero que le ofrecía la mitad de su bocadillo de pavo; una moneda que desaparecía, inexplicablemente, de su bolsillo) era distinto: más nítido, más verdadero y premonitorio.

Había sido así toda su vida. Sus sueños predecían cosas descabelladas, imposibles: estalactitas crecían del techo; abría una puerta y se encontraba el cuarto de baño lleno a rebosar de hielo derritiéndose. Y estas a su vez predecían cosas del día a día: a una mujer se le caía una revista; un gato dejaba un gorrión muerto en la puerta trasera; una bolsa se desplomaba desde el compartimento superior de un avión y su contenido se rompía en el pasillo. Estas apariciones le tendían emboscadas en los márgenes agitados del sueño y, una vez que habían terminado, casi siempre desaparecían, se disolvían en fragmentos que no podía recomponer después.

Pero unas pocas veces había tenido visiones más completas. La experiencia era nítida e hiperrealista —como despertarse y encontrarse en la superficie de un lago recién helado oyendo el chasquido intenso del hielo bajo sus pies— y esos sueños persistían mucho tiempo después de que se despertara y le venían a la cabeza durante los días siguientes, como si lo inminente no pudiera esperar a convertirse en lo pasado, o el presente se abalanzara hacia el futuro, ávido de lo que llegaría a ser. En esas ocasiones, sobre todo, la palabra fracasaba. Eran sueños más profundos que el acto mismo de soñar, estaban más allá del recuerdo. Eran sueños clarividentes.

Cambió de postura y vio pasar falanges de nubes bajo el ala. Los recuerdos acudieron a él volando, tan nítidos como las fibras del respaldo del asiento que tenía delante. Vio el resplandor azul del parpadeo de un soplete eléctrico en una ventana; vio lluvia caer como una cortina en el parabrisas de su viejo Chrysler. Tenía siete años y su madre le compraba sus primeras gafas; recorría ansioso el apartamento examinándolo todo: la estructura de la escarcha en el congelador, una salpicadura de lluvia en la ventana del salón. Qué maravilloso había sido ver los detalles del mundo: arcoíris de aceite flotando en charcos, columnas de mosquitos formando espirales sobre el agua del río Ship, los bordes almidonados y ondulantes de las nubes.

4

 

 

 

Estaba en un avión, tenía cincuenta y nueve años, pero podía haber sido simultáneamente —en los pliegues de la memoria— un cuarto de siglo más joven y estar en su cama, en Ohio, quedándose dormido. A su lado, su mujer dormía encima del edredón con las piernas separadas y el cuerpo irradiando calor, como hacía siempre. Su hija de meses no hacía ruido al otro lado del pasillo. Era medianoche, marzo, lluvia en las ventanas y, a la mañana siguiente, tenía que levantarse a las cinco. Oyó el chasquido y el golpeteo de las gotas contra los cristales. Se le cerraron los párpados.

En su sueño había casi un metro de agua en la calle. Desde la ventana del piso de arriba —estaba de pie ante ella con las palmas en el cristal—, las casas vecinas parecían una flota de arcas que han naufragado: agua que superaba los alféizares de la primera planta, vallas engullidas, árboles jóvenes sumergidos hasta el cuello.

En algún lugar lloraba su hija. A su espalda, la cama estaba vacía y hecha con pulcritud. ¿Dónde había ido su mujer? En la cómoda, cajas de cereales y unos cuantos platos; unas botas de goma aguardaban junto a la escalera. Corrió de habitación en habitación llamando a su hija. No se encontraba en su cuna ni en el cuarto de baño ni en ninguna parte del piso de arriba. Se puso las botas y bajó al recibidor. Toda la primera planta estaba cubierta de medio metro de agua, silenciosa y fría, de color café manchado. De pie en la alfombra del recibidor, el agua le llegaba hasta más arriba de las rodillas. El llanto de su hija resonaba en un extraño eco por las habitaciones, como si estuviera presente en cada esquina.

—¿Grace?

Fuera, el agua murmuraba y chocaba contra las paredes. Avanzó vadeando. Pálidas lentejuelas de luz reflejada se mecían acompasadamente en el techo. Tres revistas se movieron perezosas a su paso; un rollo hinchado de toallas de papel chocó contra su rodilla y se alejó flotando.

Abrió la despensa y creó una ola que se expandió por la cocina, empujando los taburetes. Un grupo de bombillas medio sumergidas como bóvedas de cráneos diminutos a la deriva navegaban hacia el frigorífico. Se detuvo. Ya no la oía.

—¿Grace?

De fuera llegó el ruido de una lancha a motor. Cada respiración se quedaba suspend

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