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SOBRE LOS RíOS QUE VAN

António Lobo Antunes  

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Fragmento

21 DE MARZO DE 2007

Desde la ventana del hospital en Lisboa no era la gente que entraba ni los coches entre los árboles ni una ambulancia lo que veía, era el tren tras los pinares, casas, más pinares y la sierra al fondo con la neblina alejándola, era el pájaro de su miedo sin rama donde posar temblando los labios de las alas, el erizo de un castaño antiguamente a la entrada de la finca y hoy en su interior al que el médico llamaba cáncer aumentando en silencio, en cuanto el médico lo llamó cáncer las campanas de la iglesia empezaron a doblar y un cortejo se extendió en dirección al cementerio con el féretro abierto y un niño dentro, otros niños vestidos de ángeles custodiando el ataúd, gente de la que solo sentía el ruido de las botas y por lo tanto no gente, suelas y suelas, cuando la abuela con él en el muro se negó a persignarse sintió el olor a mermelada en la despensa, macetas en cada peldaño de la escalera y como las macetas intactas no sucedió nada de nada por un tris, tumbado en la camilla tras la exploración, no le preguntó al medico

—No ha pasado nada de nada, ¿verdad?

y no pasó nada de nada puesto que las macetas intactas, la abuela que murió hace tantos años allí viva con él, el abuelo difunto hace más tiempo leyendo el periódico con el aparato del oído, el silencio del abuelo le asustó haciendo que el erizo se le dilatase en las tripas arañándolo, doliendo, lo pongo sobre una placa de granito, le doy con el martillo y la enfermedad aplastada, alguien que no distinguía empujaba su camilla por el pasillo, notaba la lluvia, caras, letreros, la gobernanta del señor vicario en el porche mientras pensaba

—Es mi féretro el que empujan

ofreciéndole uvas

—¿Te apetecen unas uvas, chico?

y desapareció enseguida, le preocupó no acordarse del nombre de la gobernanta del señor vicario, se acordaba del de­lan­tal, de las zapatillas, de la risa, no se acordaba del nombre y por no acordarse del nombre no se curaría, el abuelo dobló el pe­riódico sobre el sofá y ni siquiera lo miró, quiso preguntar

—¿No puede hacer nada por mí?

y lo más que podía esperar era el cuenco de la mano en la oreja

—¿Qué?

y las cejas juntas en dirección a nadie

—¿Qué ha dicho?

de modo que el pájaro de su miedo seguía trazando círculos, mira las raíces de los pies y los dedos que aprietan la sába­na, los pobres, los que esperaban el ascensor dejaron que entrase primero la camilla, lo miraron por un momento y se ol­vi­da­ron, le pareció imposible que no lo recordasen, durante la vendimia la abuela le ponía un sombrero de paja con la goma rota, por qué razón todos los sombreros de paja con la goma rota y casi todas las tazas sin un trozo de asa, tenía seis, siete años, en­contraba piedras de mica y las giraba hacia la derecha y hacia la izquierda para que reflejasen la luz, no creía que no lo viesen en la terraza que daba a la sierra intentando coger los insectos de la enredadera con una caja de cerillas va­cía y nunca cogió ninguno, no estaba en el hospital en marzo, bajo la lluvia, estaba en agosto en el pueblo, si lo mandaban a hacer recados se cambiaba de acera antes de llegar a la casa con doña Lucrécia en la silla de inválida en lo alto de los escalones gesticulando con el bastón

—Acércate chico

y él sin nadie que lo protegiese igual que sin nadie que lo protegiese ahora, doña Lucrécia esperando en el centro de la enfermería adonde lo llevaban, decidió exigirle al empleado

—Primero expulsen a doña Lucrécia

y en el caso de exigirle

—Primero expulsen a doña Lucrécia

seguro que el cuenco de una mano

—¿Qué?

y el periódico llegando al mediodía, Dios mío cómo se repite todo, lo sucedido hasta hoy salvo el hospital y la enfermedad, siempre que el abuelo se metía las gafas en el bolsillo la seguridad de que un dedo o dos se perdían en el forro mezclados con los cristales, el bastón de doña Lucrécia

—Acércate chico

y la ferocidad de los carrillos que masticaban sin parar, este pasillo huele a la farmacia del pueblo donde contaban

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