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SOLO

William Boyd  

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Fragmento

1. La responsabilidad comienza en sueños

 

James Bond estaba soñando. Cosa curiosa, supo al instante dónde y cuándo tenía lugar el sueño. Transcurría durante la guerra, y él era muy joven y avanzaba por un sendero rural de Normandía, un camino de tierra flanqueado por densos setos de endrinos. En su sueño, Bond giró en una esquina y, en la cuneta poco profunda que bordeaba la lodosa vereda, vio los cadáveres de tres paracaidistas ingleses, empapados y uno encima del otro. Con un ligero sobresalto, se detuvo sin pensarlo para observarlos. Amontonados en aquella masa inerte parecían formar parte del suelo, como si fueran una extraña vegetación que hubiera crecido allí y no seres humanos. Pero un airado grito a su espalda lo conminó a seguir adelante. En el campo que se extendía más allá de la cuneta, un granjero caminaba a grandes zancadas tras una yunta de afanosos percherones, ocupado en arar sus tierras como si la guerra no estuviera en curso y como si aquellos muertos y aquella reducida patrulla de tropas de choque que avanzaban por el sendero de su granja, nerviosas y vigilantes, no tuvieran nada que ver con su vida y su trabajo...

Bond se despertó y se sentó en la cama, intranquilo y turbado por el sueño, por la intensidad de sus vívidas imágenes y su sobrecogedora nitidez. El corazón le latía con fuerza, como si aún avanzara por aquel enfangado camino y acabara de pasar al lado de los cadáveres de los paracaidistas, en dirección a su objetivo. Sabía exactamente en qué momento había sucedido aquello: bien entrada la mañana del 7 de junio de 1944, un día después de la invasión de Francia, el día D más uno. ¿Por qué soñaba con la guerra? Rara vez se aventuraba en la angustiosa maraña de recuerdos que constituían su memoria de aquella época. Se pasó las manos por el pelo y tragó saliva; tenía la garganta reseca y dolorida. ¿Se habría excedido con el alcohol la noche anterior? Alargó una mano para coger el vaso de agua de la mesilla de noche y bebió unos cuantos tragos. Tumbado en la cama, repasó los hechos de aquel 7 de junio de 1944. ¿Por qué había soñado con su pasado?

Con una mueca, apartó las sábanas y fue desnudo hasta el baño de su suite. El Dorchester tenía las duchas más potentes de todo Londres y, mientras permanecía bajo los aguijoneantes chorros, sintiendo cómo reaccionaba su piel ante la casi dolorosa presión, Bond advirtió que los traumáticos recuerdos de aquel día de 1944 se desvanecían poco a poco, como si el agua se los llevara. Movió el grifo a la posición de frío durante los últimos segundos de la ducha y empezó a pensar en el desayuno. ¿Lo tomaría en su habitación o en el comedor del hotel? En el comedor, decidió. Todo sería más fresco.

Tras afeitarse, se vistió con un traje de estambre azul oscuro, camisa celeste y corbata negra de seda. Mientras se anudaba ésta al cuello, le vinieron a la mente más detalles del sueño. 7 de junio de 1944... Tenía entonces diecinueve años y era teniente de la sección especial de la reserva de voluntarios de la Marina Británica, destinado como «observador» a la Brodforce, parte integrante de la Unidad de Asalto 30, una fuerza de choque de élite encargada de apoderarse de material secreto del enemigo —documentos, archivos y aparatos codificadores—, es decir, dedicada al pillaje legítimo que podía cometerse al acabar una batalla. De hecho, Bond iba en busca de la nueva versión de una máquina de cifrado de la Wehrmacht, con la esperanza de que un avance rápido pillara a los alemanes por sorpresa y evitara que la destruyeran.

Diversas unidades de asalto habían desembarcado en las playas de Normandía el día D e inmediatamente después. La Brodforce era la más pequeña, compuesta sólo por diez hombres, más un oficial, el comandante Niven Brodie, y el teniente Bond. Habían tocado tierra con su pequeña lancha de desembarco una hora después del amanecer, en el sector Jig de la playa de Gold, y un camión del ejército los había conducido tierra adentro hacia el pueblo Sainte-Sabine, cercano al Château Malflacon, donde se encontraba el cuartel general de las SS de aquella región normanda. Dejaron el camión con una avanzadilla de la infantería canadiense y continuaron a pie por los estrechos senderos que atravesaban esa zona de bosques y prados de Normandía, buscando la seguridad de la campiña. Una vez desembarcados en la playa de Gold se habían internado con tanta rapidez que de hecho no existía una línea del frente como tal. La Brodforce se había adelantado a las tropas británicas y canadienses y se dirigía a toda velocidad al encuentro del botín que pudiera estar esperándolos en el Château Malflacon. Fue entonces cuando habían visto a los paracaidistas muertos, y el comandante Brodie le había gritado a Bond que siguiera adelante.

Bond se pasó un peine por los cabellos, echándose para atrás un mechón rebelde que siempre le caía sobre la frente, como si tuviera vida propia. Quizá debería cambiar su estilo de peinado, pensó distraídamente, como ese presentador de televisión —¿cómo se llamaba?— y peinarse hacia adelante con un flequillo corto, sin preocuparse más por la raya, según la moda actual. No, se dijo, pas mon style. Volvió a tragar saliva, con la garganta del todo reseca. Dejó la habitación, cerrando tras de sí, y se encaminó hacia el ascensor. Apretó el botón para llamarlo, mientras pensaba: sí, huevos revueltos con beicon, varias tazas de café y un cigarrillo lo pondrían en forma otra vez.

Las puertas del ascensor se abrieron.

—Buenos días —saludó una voz femenina desde el interior.

—Buenos días —contestó mecánicamente Bond, a la vez que entraba en la cabina.

Reconoció al instante esa fragancia inolvidable: aroma a vainilla y lirio del «Shalimar» de Guerlain. Inolvidable porque era el perfume que solía usar su madre. Fue como abrir una puerta a su infancia y, mientras buscaba con los ojos la mirada de la mujer apoyada en una esquina, se dijo que el pasado lo estaba acosando mucho aquel día. Ella le sonrió de manera burlona, alzando una ceja.

—Feliz cumpleaños, ¿no? —le dijo.

—¿Cómo sabe que es mi cumpleaños? —contestó Bond, confiando en que la sorpresa no se hubiera reflejado en su voz.

—Sólo lo supuse. Era evidente que anoche estaba celebrando algo, igual que yo. Los que estamos de celebración percibimos esas cosas.

Bond se tocó el nudo de la corbata y carraspeó, mientras hacía memoria. La mujer había estado sentada en el comedor la noche anterior, unas pocas mesas más allá de la suya.

—Sí —dijo Bond con gravedad—. Tiene razón, es mi cumpleaños...

Intentaba ganar tiempo en tanto que su mente se ponía en funcionamiento. Sin duda aquella mañana no se sentía bien. El ascensor bajó con un zumbido hasta el vestíbulo.

—Y usted ¿qué estaba celebrando? —preguntó.

Ahora recordaba. Ambos habían estado bebiendo champaña y habían alzado las copas en un brindis compartido, de un lado a otro del comedor.

—El cuarto aniversario de mi divorcio —respondió ella con ironía—. Es una tradición para mí. Me deleito con cócteles, una cena, champaña y una noche en una suite del Dorchester... y luego le envío la factura a él.

Era una mujer alta y delgada de treinta y tantos años, estimó Bond, con una cara hermosa, la frente despejada y una espesa cabellera rubia color miel que le caía en ondas hasta los hombros. Ojos azules. ¿Escandinava? Llevaba un jersey y un mono azul marino con una ostentosa cremallera dorada que iba desde poco más arriba de la ingle hasta el cuello. Ceñida como era la ropa, revelaba la turgencia de sus senos. Bond dejó traslucir en su mirada la naturaleza carnal de su apreciación y percibió un brillo de respuesta en los ojos de ella: mensaje recibido.

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