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SOMBRAS SOBRE BERLíN (DETECTIVE GEREON RATH 1)

Volker Kutscher  

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Fragmento

1

¿Cuándo volverían? Prestó atención. En la oscuridad, cualquier sonido, por mínimo que fuese, se convertía en un ruido atronador, cualquier susurro adquiría las dimensiones de un bramido, incluso el silencio le retumbaba en los oídos. Eran un zumbido y un rumor constantes. El dolor lo estaba volviendo loco. Debía dominarse, ignorar el golpeteo de las gotas al caer, por muy fuerte que sonara. Gotas que caían sobre un terreno duro y húmedo. Sabía que era su propia sangre la que batía el hormigón.

No tenía la menor idea de adónde lo habían llevado. A un lugar donde nadie lo oyera. No se habían turbado ante sus gritos, ya contaban con ellos. Un sótano, suponía, ¿o tal vez un almacén? En cualquier caso, una habitación sin ventanas. Allí no entraba ni un rayo de luz, sólo un tenue resplandor. El último resto de claridad que todavía le quedaba desde que, de pie en el puente, sumido en sus pensamientos, había seguido con la vista las luces de un tren. Pensaba en el plan, pensaba en ella. De repente sintió un golpe y se hundió en la oscuridad. En una oscuridad que, a partir de ese momento, no lo había abandonado.

Se estremeció. Sólo las cuerdas en las sangraduras lo mantenían erguido. Los pies no lo sostenían, no existían, eran sólo dolor, al igual que sus manos, incapaces ahora de sujetar nada. Concentró todas sus fuerzas en los brazos y evitó tocar el suelo. La cuerda lo rozaba y tenía el cuerpo bañado en sudor.

Las imágenes volvían una y otra vez a su mente sin que pudiera detenerlas. El pesado martillo. Las manos sujetas a esa viga de acero. El ruido de los huesos al astillarse. Sus huesos. El dolor insoportable. Los gritos, que confluían en un único y enorme aullido. El desvanecimiento. Y luego el despertar de la noche oscura: dolores que desgarraban hasta los extremos más alejados de su cuerpo. Sin embargo, no habían alcanzado el centro. Los había mantenido a distancia.

Lo habían tentado con drogas que aliviaban el sufrimiento. De ese modo pretendían quebrar su voluntad, y él debía luchar contra sus propias debilidades. Hasta el idioma de la intimidad podría haberlo ablandado. Estas voces, sin embargo, eran más duras que aquella que recordaba. Mucho más duras. Más frías. Malvadas.

La voz de Svetlana hablaba el mismo idioma, pero ¡qué distinto era su sonido! Una voz juraba amor y desvelaba secretos, una voz que encarnaba intimidad y promesas. Sí, incluso había logrado que la alegre ciudad recobrara vida. La ciudad que él había abandonado. Nunca había podido olvidarla, ni en el extranjero. Seguía siendo su ciudad, una ciudad que merecía un futuro mejor. Su país, que merecía un futuro mejor.

¿Acaso no deseaba ella lo mismo? Perseguir a los malhechores que se habían adueñado del poder. De pronto lo asaltó el recuerdo de la noche que pasaron despiertos en la cama de ella, una cálida noche de verano de la que parecía separarlo una eternidad. Svetlana. Se habían amado y se habían confiado secretos. Los habían reunido en un único y gran secreto para aproximarse un poco más a sus ilusiones.

Todo había ido tan bien... Sin embargo, alguien debió de traicionarlos. Lo habían secuestrado. ¿Y Svetlana? Si al menos supiera qué había sido de ella. Los enemigos estaban por doquier.

Lo habían llevado a ese lugar oscuro. Él ya conocía las preguntas antes de que se las formularan. Las había contestado sin contarles nada. Y ellos ni siquiera se habían percatado. Eran estúpidos. Los cegaba la codicia. Ellos no debían descubrir que el asunto ya estaba en marcha. Pasara lo que pasase, la ejecución del plan estaba a punto de concluir. Había observado sus ojos, antes de que le pegasen, y allí había visto codicia y estupidez.

El primer golpe fue el peor. Lo que siguió no hizo más que distribuir el dolor.

La seguridad de saber que iba a morir lo había fortalecido. Por eso era capaz de soportar el hecho de que nunca más caminaría, nunca más escribiría, nunca más volvería a tocarla. Ella sólo era recuerdo, debía resignarse a eso. Pero él ni siquiera iba a revelar ese recuerdo.

La chaqueta. Debía llegar a la chaqueta. Algo casi imposible. En ella había una cápsula. Como en la de todos los que guardaban un secreto que no debía caer en manos del enemigo. Había reaccionado demasiado tarde, no había advertido la trampa; en caso contrario ya habría mordido la cápsula tiempo atrás. Así que todavía estaba oculta en el forro. En su chaqueta, que estaba colgada en la silla y cuya silueta aún distinguía en la penumbra.

No lo habían atado. Después de haberle machacado las manos y los pies sólo lo habían colgado en la cuerda para trabajarlo mejor en cuanto el dolor despertara sus sentidos. No habían dejado a ningún vigilante, pues estaban seguros de que nadie oiría sus gritos. Sabía que ésa era su última oportunidad. El efecto de la droga remitía. El sufrimiento sería insoportable, posiblemente lo arrastraría de nuevo a la inconsciencia en cuanto abandonara las cuerdas que lo sujetaban. ¿Por cuánto tiempo? Pensar en el dolor venidero le recordó el que había superado y el sudor perló su frente.

No le quedaba otra elección.

¡Ahora!

Apretó los dientes y cerró los ojos. Extendió los dos brazos, las sangraderas dejaron de sostenerse en las cuerdas y con ellas todo el cuerpo. La masa grumosa que antes habían sido sus pies fue lo primero que tocó el suelo. Gritó, incluso antes de golpear el pavimento de hormigón con el torso y de que la sacudida del impacto hiciera que el dolor alcanzara su antigua dimensión hasta en las manos. ¡No debía perder el conocimiento! «¡Grita, pero quédate en la superficie, no te hundas!» Se retorció en el suelo, jadeó cuando las punzadas y latidos de dolor amainaron un poco. ¡Lo había logrado! Yacía en el suelo, podía moverse, reptar con codos y rodillas, dejando una estela de sangre tras de sí.

No tardó en llegar a la silla y desprender la chaqueta con los dientes. Se abalanzó con avidez sobre la prenda. Sujetó la chaqueta con el codo derecho y tiró del forro con los dientes. Tiraba de él y lo sacudía con una rabia producto del tormento. Finalmente rompió el forro con un sonoro desgarrón.

De repente se adueñó de él un llanto incontenible. El recuerdo había hecho presa de su persona, como cuando un gato salvaje salta sobre su víctima y la sacude. El recuerdo de ella. Nunca más volvería a verla. Lo sabía desde el momento en que cayó en la trampa, pero de repente lo vio terriblemente claro. ¡Cuánto la amaba! ¡Cuánto!

Lentamente volvió a serenarse. Buscó la cápsula con la lengua, percibió la suciedad y el polvo, pero al final notó la superficie lisa y fría. La sacó cuidadosamente del forro con los incisivos. ¡Ya estaba! La tenía en la boca. ¡La cápsula que pondría fin a todo! Una sonrisa triunfal relució en su rostro contraído de dolor.

No se enterarían de nada. Se echarían la culpa el uno al otro. Eran estúpidos.

Oyó el batir de una puerta arriba. El sonido retumbó como un trueno en la oscuridad. Pasos sobre el hormigón. Volvían. ¿Habrían oído el grito? Sujetaba la cápsula entre los dientes, listo para morderla. Estaba preparado. Podía poner punto final en cualquier momento. Esperó un poco más. Tenían que entrar. Quería saborear su victoria hasta el último segundo.

¡Tenían que verlo! Tenían que contemplar impotentes cómo se les escapaba.

Cerró los ojos cuando abrieron la puerta y la luz hendió la oscuridad. Entonces mordió. El vidrio se quebró con un ligero chasquido en su boca.

2

Tenía un cierto aire a Guillermo II. El bigote rotundo, la mirada penetrante. Como en el retrato que, en la época imperial, colgaba en la sala de estar de todo buen alemán, y que seguía colgando en algunos hogares pese a que el emperador había abdicado hacía más de diez años y desde entonces cultivaba tulipanes en Holanda. El mismo bigote, los mismos ojos centelleantes. Pero ahí acababan las semejanzas. Ese emperador no llevaba un casco rematado con un pincho y no lo colgaba, junto al sable y el uniforme, de los postes de la cama. Ese hombre sólo mostraba las guías de los bigotes retorcidas hacia arriba y una erección imponente. Ante él se arrodillaba una mujer también desnuda, dotada de unas voluptuosas curvas, que presentaba de forma evidente el respeto obligado al cetro imperial.

Rath hojeaba sin ganas unas fotos cuyo auténtico objetivo era despertar el deseo. Otras imágenes mostraban al doble del emperador y a su compañera de juegos en acción. Fuera cual fuese el modo en que se entrelazaran sus cuerpos, el rotundo bigote siempre quedaba a la vista.

—¡Qué guarrada!

Rath se volvió. Un agente de la Policía de Seguridad lo miraba por encima del hombro.

—Menuda guarrada —insistió el policía de uniforme azul sacudiendo la cabeza—. Esto es injuriar al emperador; antes se castigaba con la cárcel.

—Pues nuestro emperador no parece nada injuriado —observó Rath. Cerró la carpeta con las imágenes y volvió al inestable escritorio que habían puesto a su disposición. Notó una mirada fulminante que salía por debajo del morrión. El agente de uniforme se volvió sin decir palabra y se reunió con sus compañeros. En la habitación había ocho policías de Seguridad, agentes de uniforme azul, que conversaban entre sí a media voz, la mayoría de ellos se calentaba las manos con una taza de café.

Rath los observó. Sabía que los policías de Seguridad de la comisaría 220 tenían otros asuntos más importantes en que ocuparse antes que brindar amablemente su ayuda a un agente de la Policía Criminal de la Alexanderplatz. En tres días, las cosas iban a ponerse feas. El miércoles era primero de mayo y Zörgiebel, jefe superior de policía, había prohibido todas las manifestaciones en Berlín; no obstante, los comunistas querían salir a las calles. La policía estaba inquieta. Corrían rumores acerca de un planeado golpe de Estado: los bolcheviques querían hacer la revolución, establecer una Alemania soviética, aunque fuera con diez años de retraso. Y en la comisaría 220 la policía estaba aun más inquieta que en los demás distritos de Berlín. Neukölln era un distrito obrero. El único que era más rojo era Wedding, como mucho.

Los agentes de Seguridad cuchicheaban. De vez en cuando uno de ellos lanzaba una mirada furtiva al comisario de la Policía Criminal. Rath golpeó la cajetilla de Overstolz para sacar un cigarrillo y lo encendió. No necesitaba que nadie le dijera que allí era tan bien recibido como el Ejército de Salvación en un club nocturno, resultaba evidente. La brigada de Costumbres no gozaba de muy buena fama en los círculos policiales. Hasta hacía apenas dos años era deber prioritario de la Inspección E controlar la prostitución en la ciudad. Se trataba de una especie de proxenetismo oficializado, ya que sólo las prostitutas registradas ejercían su profesión de forma legal. Muchos funcionarios sin escrúpulos se habían aprovechado de esa dependencia, hasta que una nueva ley para combatir las enfermedades venéreas había traspasado tales obligaciones de la brigada de Costumbres a las autoridades sanitarias. Desde entonces, la Inspección E se encargaba de clubes nocturnos ilegales, proxenetas y pornografía, pero su fama no había apenas mejorado. Todavía arrastraba parte de la sordidez con que los funcionarios tenían que tratar profesionalmente.

Rath sopló el humo del cigarrillo por encima del escritorio. De los morriones colgados en el vestuario caían gotas de agua de lluvia sobre el suelo de linóleo, el mismo linóleo verde que también habían colocado en los despachos de la Policía Criminal de la Alexanderplatz. Su sombrero gris entre tanto barniz negro y relucientes estrellas policiales parecía un cuerpo extraño; al igual que el abrigo, que colgaba rodeado de los abrigos de color azul de los agentes de seguridad. De paisano entre tantos agentes de uniforme.

En la taza abollada que le habían dado el café tenía un sabor horrible. Era un brebaje repugnante. Tampoco en la comisaría 220 la policía sabía preparar café. ¿Por qué iba a ser distinto en Neukölln que en la Alex? No obstante, tomó otro sorbo. No tenía nada más que hacer. Esperar, eso era todo lo que estaba haciendo ahí. Esperar una llamada telefónica.

Echó mano de nuevo de la carpeta que reposaba sobre el escritorio. Las láminas, en las que se hallaban fotografiados los dobles de los Hohenzollern y otros prominentes prusianos en posiciones inequívocas, no formaban parte de los productos de baratillo habituales. Nada de impresiones, sino reproducciones fotográficas de calidad insuperable, bien ordenadas en una carpeta. Quien las comprara tenía que pagarlas caro, estaban destinadas a los círculos más selectos. En la estación de la Alexanderplatz un vendedor de revistas ambulante las había estado vendiendo a pocos pasos de la jefatura superior de policía y de las oficinas de la Inspección E. La patrulla sólo había reparado en él porque los nervios lo habían traicionado. Los dos agentes de Seguridad querían advertir al vendedor de que se le había caído una inofensiva revista ilustrada, pero, en cuanto se acercaron, él les arrojó a la cara toda la mercancía y salió por piernas. Justo entre las revistas se hallaban las fotos de papel glaseado que hicieron enrojecer hasta las orejas a los dos polis. La sorpresa ante las habilidades de los modelos fotográficos casi hizo que se olvidaran de dar caza al fugitivo. Cuando por fin emprendieron la persecución, el hombre había desaparecido en medio del caos que producían las obras de la Alexanderplatz, la Alex. Esto provocó poco después el segundo sonrojo de los agentes en la jefatura superior, cuando depositaron su hallazgo sobre el escritorio de Lanke e iniciaron su informe. El jefe de la Inspección E gritaba muy alto cuando quería. El consejero de la Policía Criminal, Werner Lanke, sostenía la opinión de que ser amable podía resultar perjudicial para la autoridad. Rath recordó cómo lo había saludado su nuevo jefe cuatro semanas atrás.

—Sé que tiene usted buenos contactos, Rath —le había espetado Lanke—; pero si piensa que por ello no tiene que ensuciarse las manos, entonces se ha equivocado de lleno. ¡Aquí no se protege a nadie! Y menos aún a un hombre que no he pedido.

Ahora ya casi había transcurrido el primer mes en la Inspección E. Había vivido ese periodo como una condena. Y tal vez lo fuera. Aunque no lo habían degradado, sólo trasladado. Tuvo que dejar Colonia y también la brigada de Homicidios; pero seguía siendo comisario de la Policía Criminal. Y no estaba entre sus planes permanecer eternamente en la brigada de Costumbres. No entendía cómo lo aguantaba el Tío, pero parecía que a sus compañeros hasta les divertía el trabajo para la E.

El comisario jefe Bruno Wolter, conocido como «el Tío» entre la mayoría de sus compañeros por su temperamento agradable, dirigía su grupo de investigación y también la redada del día. Fuera, en el patio de la comisaría de policía esperaba un furgón; Wolter comentaba allí, con las dos agentes de la Policía Criminal femenina y el jefe de Antidisturbios, los detalles de la acción que habían planeado. Podía empezar en cualquier momento. Esperaban sólo la llamada de Jänicke. Rath imaginó al Novato en la mohosa vivienda que habían elegido como observatorio del estudio de fotografía, con una mano en los prismáticos y la otra, temblando de los nervios, sobre el auricular. También el ayudante de la Policía Criminal Stephan Jänicke había ingresado en la brigada de Costumbres a principios del mes de abril, apenas salido del cascarón, como decía con sorna Wolter a veces, pues Jänicke había llegado directamente a la Alex procedente de la Academia de Policía Eiche. Sin embargo, el rubio y lacónico joven de Prusia Oriental no se dejaba amedrentar por las burlas de sus compañeros de más edad y se tomaba el trabajo en serio.

El teléfono que estaba sobre el escritorio sonó. Rath aplastó el cigarrillo y asió el auricular de un negro resplandeciente.

El furgón se detuvo justo delante de un gran edificio de viviendas de alquiler, en la Hermannstrasse. Los viandantes miraban con recelo cómo los jóvenes de uniforme saltaban del camión plataforma. En esa zona de la ciudad, la policía no estaba muy bien vista. En la penumbra del arco que conducía a los patios traseros, Jänicke esperaba con las manos en los bolsillos del abrigo, el cuello levantado y el ala del sombrero sobre la frente. Rath tuvo que contener la risa. Jänicke se esforzaba por parecer un curtido hombre de la gran ciudad, pero unas mejillas siempre rubicundas traicionaban al joven campesino.

—Debe de haber una docena de personas ahora —dijo el Novato, e intentó mantener el paso de Rath y Wolter—. He visto un Hindenburg, un Bismarck, un Moltke, un Guillermo I y un Guillermo II, y hasta un Federico II.

—Vaya, espero que también a un par de doncellas —replicó el Tío, y se dirigió hacia el segundo patio. Las dos agentes esbozaron una sonrisa de mala gana. Los funcionarios de civil y diez agentes de uniforme siguieron al comisario jefe camino del segundo edificio interior. En el patio, cinco muchachos jugaban al fútbol con una lata. Cuando se percataron del despliegue policial se quedaron quietos y dejaron que la lata describiera una última y traqueteante pirueta. Wolter se llevó el dedo índice a los labios. El mayor de los niños, de unos once años tal vez, asintió en silencio. Arriba se cerró una

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