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SONRISA MORTAL

Joseph Knox  

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Fragmento

Alguien llamó a la puerta; así empezó todo.

Él, cuando lo recuerda, tuerce el gesto. Cierra los ojos y se pasa una mano por la cara. Es un feo recuerdo en una cabeza llena de recuerdos feos y puede rebrotar por el detalle más nimio: la electricidad en el aire antes de una tormenta, el penetrante olor a ozono después de un fuerte aguacero. Sentado a una mesa enfrente de una chica nueva o de un nuevo colega de profesión, y por lo tanto desprevenido, podría abismarse en el recuerdo, sabiendo que de todos modos ni la chica ni el colega le van a durar mucho. Se le enturbia la vista y una neblina de chiribitas discurre frente a sus ojos, como si estuviera mirando una luz muy intensa.

«Creo que hay alguien fuera», había oído decir a la vieja.

Era domingo, pasadas las diez de la noche, y seguramente estaban ya por acostarse.

La casa era de riguroso estilo Tudor y tamaño mediano, diseñada para aguantar lo que le echaran, todo, aparentemente, salvo la lluvia. A través de la luna de cristal ahumado de la puerta, el niño distinguió en el recibidor la presencia de dos o tres cubos para las goteras, y quizás por eso no lo oyeran llamar la primera vez. El chico insistió, retrocedió unos pasos y contempló la casa. Parecía demasiado grande para un matrimonio de edad, pero tenía algo, cierta personalidad, que no casaba con los sitios estrechos y de paredes finas en los que él había vivido.

Algo tenía que tener la casa, estando como estaba en el quinto infierno.

Fue la vieja quien abrió la puerta. Después llamó a su marido. Parecía mayor incluso que ella y se movía con dificultad. Cuando asomó la cabeza por detrás de su mujer y vio al niño que tiritaba en el umbral, se ajustó las gafas, sorprendido. El chico estaba hecho un palillo, pálido y tenía los ojos vidriosos. Llevaba una camiseta y un pantalón, nada más, y ambas prendas empapadas. El anciano matrimonio miró hacia el exterior, pero daba la impresión de que el niño estaba solo.

La mujer frunció el entrecejo, se agachó un poco.

–¿Estás bien, pequeño?

El chico se quedó allí tiritando, callado.

Tras mirar otra vez hacia la oscuridad, ella le cogió de la muñeca, lo hizo entrar con suavidad en la casa y cerró la puerta.

–Está helado –le dijo a su marido mientras conducía al niño hacia la habitación principal.

El viejo echó el cerrojo a la puerta delantera, pasó los pestillos y los siguió, mirando las húmedas huellas que el recién llegado iba dejando en las baldosas del suelo.

No llevaba zapatos.

–Yo soy Dot –dijo la mujer–, y él es Si.

En vista de que el niño no decía nada, Dot se encogió de hombros. Buscó una manta y fue a hervir un poco de agua. Si se sentó en el sofá y empezó a retorcerse las manos. Calculó que el niño tendría siete u ocho años, aunque parecía mayor debido a las ojeras. Tenía la vista fija, un tanto ida. Miraba al frente sin más. Cuando Dot volvió con una botella de agua caliente, Si la cogió y tocó con afecto el brazo de su mujer. En ese instante, los ojos del niño se desviaron hacia ellos, como si aquel gesto le resultara muy poco familiar.

–¿Nos dices cómo te llamas? –preguntó Dot, al tiempo que levantaba la manta y aplicaba la botella de agua caliente al cuerpo del niño. Este empezó a tiritar con más violencia hasta que sus dientes sonaron como si un bebé agitara un sonajero. Vieron que cerraba los ojos con fuerza y que apretaba las mandíbulas para dominar el tembleque.

–¿Habrá que llamar a la policía? –le preguntó Dot a su marido.

Él asintió y ya estaba en pie, contento de poder hacer algo práctico. Mientras esperaban, ella le pasó al niño la mano por la cabeza; parecía que le hirviera la sangre.

–Dot… –la llamó Si desde el pasillo.

–Ya voy, espera –dijo ella.

Cuando la mujer abandonó el salón, el niño apartó suavemente la manta que lo cubría y fue hasta el interruptor que había junto a la puerta. Lo accionó varias veces, apagando y encendiendo la luz, y luego asomó la cabeza al pasillo. Si y Dot estaban muy serios junto al teléfono tras descubrir que no había línea. El niño fue hasta el porche caminando sobre las plantas de los pies descalzos, descorrió los pestillos de la puerta principal y la abrió.

Una forma humana emergió entre las sombras y avanzó lentamente hacia él. Había dejado de llover y ahora había estrellas en el cielo que el niño nunca había podido ver en la ciudad. La forma, un hombre, se aproximó, más oscura que la noche.

–Buen chico –le dijo en voz baja al niño.

Tenía la cara chata y de rasgos afilados, y su semblante parecía entrenado para no revelar absolutamente nada. Era su cuerpo el que hablaba por él, con su complejo e intrincado entramado de músculos y venas que parecía almacenar todo el odio del mundo. Sostenía un martillo de orejas en la mano derecha enguantada y con la izquierda le alborotó los cabellos al niño.

De pronto, retiró la mano con gesto de maravillada sorpresa.

Había sacado una moneda de detrás de la oreja del chaval. Se la tendió para que la cogiera.

–¿Qué se dice, Wally?

–Gracias, Bateman –dijo el niño, aceptando la moneda con gesto solemne.

Luego se sentó en el porche mientras Bateman se adentraba en la casa.

–Eh, oiga… –oyó decir al viejo–. ¿Qué está usted…

Sonó un golpe sordo y húmedo. Algo chocó contra el suelo.

La anciana se puso a gritar.

–¡No! ¡Nooo!

Otro golpe sordo y húmedo, ruido de algo cayendo al suelo. El niño aguzó los oídos y pudo distinguir un gemido grave en el interior; un borboteo; quizá otra palabra. Tal vez el nombre del marido. Luego, dos pasos más, un golpe final y silencio absoluto.

El niño cerró la mano sobre la moneda que Bateman le había dado. Miró hacia la oscuridad. Empezó a salivar y unos puntitos de luz atravesaron su campo visual. Al principio fue solo un leve resplandor, pero luego empezaron a pasar con mayor rapidez y abundancia, hasta caer como un chaparrón frente a sus ojos. Como si en vez de estar mirando la negra noche, tuviera delante una luz muy intensa.

I

Ciudad a medianoche

1

Aquel año el calor era terrible. Los días en estado febril se hacían interminables y uno se preguntaba después si aquello lo había vivido o no. Entre el zumbido de los aparatos de aire acondicionado y el tintineo de hielo en los vasos, casi se podía oír el lento goteo de la gente volviéndose loca. La ciudad estaba esplendorosamente iluminada, como si uno se viera obligado a vivir dentro de una explosión interminable; las noches, cuando llegaban por fin, tenían un aire de alucinación, tan cargadas de electricidad. Veías las chispas –ellas con sus prendas veraniegas, ellos con sus deslumbrantes dentaduras– por todas partes.

Sus rostros adquieren un aire especial entre la medianoche y las seis de la madrugada, entrando o saliendo de bares, besándose en las esquinas, caminando por las aceras con un balanceo de brazos. Lo que les haya pasado ha quedado atrás y, al menos durante unas horas, creen que no habrá un mañana. La mayor parte son estudiantes, chicos y chicas que se refugian de la crisis económica cursando licenciaturas que no les servirán para nada. El resto trabaja a cambio del salario mínimo y solo piensa en el fin de semana. Cuando yo los veo viven el presente, para bien o para mal, y la duda –que es su postura predeterminada en las horas diurnas– ha sido reemplazada por una suerte de certeza. Después de ciento veinte turnos de noche seguidos, tenía la sensación de haber cumplido seis meses de una cadena perpetua.

Mi particular certeza, ya puestos.

En fin, observaba los rostros jóvenes entre la medianoche y las seis de la madrugada. Veía pasar, literalmente, la vida ante mis ojos. Saludaba con un gesto de cabeza cuando ellos lo hacían, sonreía si me sonreían, procuraba vivir el presente. No levantaba la cabeza e intentaba ver el lado positivo, las chispas, cuando me era posible.

Cuando nos avisaron estábamos ya en Wilmslow Road, una especie de autopista de unos nueve kilómetros de longitud que enlaza la zona rica al sur de la ciudad con el intrincado centro urbano. Es la ruta de autobuses más transitada de Europa y siempre está repleta de taxis, autobuses de dos pisos, oficinistas y luz a raudales. Y, últimamente, también de incendios provocados en los cubos de basura metálicos que flanquean la calzada. Como eran incendios de baja prioridad, por no decir insignificantes, y siempre prendían después de atardecer, nos tocaba acudir a nosotros, el turno de noche.

En el equipo había solo dos miembros permanentes.

Los inspectores jóvenes hacían rotaciones, solo por aquello de decir que habían cumplido, mientras que algunos de los eventuales trabajaban unos turnos al mes para cubrir nuestros días libres. Pero estar permanentemente en el turno de noche significaba no tener vida o no ascender en el escalafón, una de dos. Yo, en los pocos años que llevaba en el cuerp

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