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STORM. LA TORMENTA PERFECTA

Sandra Mir  

5


Fragmento

Prólogo

Marzo de 2002, Barcelona

«Esta carretera ha vivido tiempos mejores.»

Aquel fue el primer pensamiento de Paul Davis al coger el desvío que les llevaría de vuelta a casa.

El asfalto de la carretera comarcal estaba tan deteriorado que intentar esquivar los baches era absurdo, y los dos únicos carriles, cada uno en un sentido de la marcha, eran tan estrechos que podrían pasar perfectamente por uno solo. Los contornos del camino habían empezado a desdibujarse por culpa de la lluvia que caía con furia a su alrededor y los árboles que flanqueaban la carretera se mecían furiosos por el viento. El paisaje resultaba tan fantasmagórico que levantó el pie del acelerador y redujo la marcha, y se arrepintió de no haberse detenido en el pueblo que habían dejado atrás hacía apenas unos minutos.

Cada vez más nervioso, maldijo entre dientes en su idioma natal cuando tuvo que dividir su atención entre la tempestad del exterior y la que estaba teniendo lugar a sus espaldas, provocada por su hija mayor.

—¡Pues me da igual lo que digan los resultados! ¡Quiero ir a vivir a otra ciudad y cambiar de escuela! —gritó Samantha rompiendo el tenso silencio del interior del coche. Sabía que estaba comportándose como una histérica, pero a aquellas alturas su frustración era incontenible; más poderosa que su voluntad.

—Sammy, cielo, no seas caprichosa. —Cuando su madre la miró a través del retrovisor con un ligero reproche tuvo el buen tino de bajar la vista, consciente de que estaba agotando la paciencia de sus padres—. Sabes muy bien que no podemos permitirnos un cambio de escuela si no te dan la beca. Tu colegio tiene un buen nivel académico y estoy segura de que si hablamos con la directora ella nos ayudará a adaptar el programa académico a tus necesidades.

Samantha miró a través de la ventana y por unos instantes su mente se perdió en la salvaje tormenta que les rodeaba. El anochecer se había adelantado debido a los oscuros nubarrones que cubrían el cielo, y la lluvia era tan intensa que el limpiaparabrisas no daba abasto.

—¡Pues a mí me gusta nuestra casita en el campo! —exclamó alegremente su hermana pequeña, Allison, mientras sujetaba su conejito de peluche contra el pecho.

—¡Cállate! —Samantha la fulminó con la mirada—. ¿Qué vas a saber tú, siempre jugando a tus muñequitas?

Se arrepintió de sus palabras en cuanto vio cómo el dulce rostro de su hermana se contraía en un gesto compungido. Sabía que no era justo que su familia pagara las consecuencias de sus problemas, pero últimamente la alegría de su hermana, o de cualquiera a su alrededor, la sacaba de quicio.

—Sam, ¡no vuelvas a hablar así a tu hermana! —la reprendió su padre volviéndose en su asiento con gesto furioso y olvidándose por un instante de la carretera.

De pronto, un intenso haz de luz atravesó el interior del coche, sobresaltándoles a todos.

—¡Paul, cuidado! —gritó su madre, asustada al ver pasar un coche en dirección contraria—. Ahora no es momento para tener esta discusión —dijo nerviosa—. Por favor, Paul, presta atención a la carretera. Ya es peligroso conducir por aquí de día, no quiero ni pensar qué podría pasar a oscuras y con este aguacero.

A partir de aquel momento un pesado silencio se instaló entre ellos, permitiendo a Samantha sumirse de nuevo en sus pensamientos.

Había puesto todas sus esperanzas en aquellas pruebas; eran la excusa perfecta para dejar todo atrás. Pero cuando aquella misma tarde la directora les había entregado los resultados en su despacho sintió que el mundo se abría bajo sus pies.

No había pasado los exámenes.

La decepción en su rostro debió de ser tal que hasta la directora se compadeció de ella. Al parecer, los revisores habían recomendado que volviese a examinarse al cabo de unos meses, pues tenían la clara impresión de que algún factor externo había condicionado su concentración el día de las pruebas.

Samantha contuvo la risa histérica que luchaba por salir de su garganta. Algún factor externo... Aquellos factores tenían nombres y apellidos. Estaba tan desesperada por cambiar de escuela que el día que pasó las pruebas los nervios la traicionaron. Qué irónico que las razones que la habían motivado a buscar una salida fueran las que después le hicieron fallar en su propósito.

Aquella pesadilla nunca iba a acabar, pensó, sintiendo que su cuerpo empezaba a reaccionar al estrés de las últimas horas. Con la respiración entrecortada, su piel empezó a transpirar y su visión se tornó borrosa. En un gesto instintivo se recogió varios mechones de pelo y comenzó a tirar de ellos con fuerza, cerró los ojos y tomó aire profundamente. De inmediato sintió el familiar tirón; su cabello tenso hasta la raíz, el dolor instantáneo y, a continuación, la calma... Durante varios minutos continuó repitiendo el mismo gesto, recuperando así parte del control que había perdido.

—Es que no entiendo por qué no podemos siquiera planteárnoslo —insistió con un hilo de voz apenas audible—. Nos han dicho que podíamos volver a repetir las pruebas. Ni siquiera nos harían pagar. Si las pasara, podría solicitar la beca, y yo sé que, si me esfuerzo, puedo mejorar mis resultados. De verdad, os prometo que estaré todo el verano preparándome para los exámenes —suplicó.

—Sam, la decisión está tomada, así que para de una vez y déjame conducir tranquilo —siseó su padre sintiendo que estaba llegando al límite de su paciencia.

Indignada por la indiferencia de su padre, Samantha sintió que la rabia crecía en su interior y se apoderaba de todo su cuerpo, corriendo feroz por sus venas hasta ofuscar sus pensamientos.

Tenía ganas de gritar, de pegar a alguien, de romper algo. ¿Por qué se negaban siquiera a considerarlo? ¿Acaso no veían que estaba sufriendo, que necesitaba que la sacasen de aquel infierno?

Quería llorar, hacerse un ovillo sobre su cama y que su madre la abrazara y le acariciase suavemente el cabello; que su padre la protegiese y le prometiera que todo iba a salir bien, como cuando era pequeña. Pero ya no era tan niña y la vida se había encargado de demostrarle que las dulces promesas de mamá y papá no siempre se cumplían.

La ira ganó finalmente la batalla que se estaba librando en su interior y estalló. A lo grande.

—¡No os entiendo! ¿Tan poco me queréis? ¡No os estoy pidiendo ningún sacrificio!

—¡Basta ya, Samantha! —Su padre golpeó el volante con rabia—. ¡Te estás pasando de la raya! ¿Se puede saber a qué viene tanta insistencia? ¡No eres más que una mocosa consentida! ¿¡Qué sabrás tú de sacrificios!? —Se giró de nuevo en su asiento y la encaró. La decepción en sus ojos fue como una bofetada que la dejó paralizada en el sitio—. No entiendo qué está pasando contigo —añadió él con un tono que traslucía el agotamiento que sentía—. ¿Desde cuándo te has vuelto una niña tan irrespetuosa y caprichosa? ¿Qué te pasa? —Su voz se llenó de frustración mientras echaba un rápido vistazo a la carretera antes de volver a poner la atención en su hija—. Quizá seas más inteligente que los demás niños de tu edad, pero eso no te da ningún derecho a juzgar y opinar sobre todo lo que sucede a tu alrededor. ¡Sigues siendo una niña de doce años, y nosotros, tus padres!

Los ojos de Samantha se anegaron de lágrimas al escuchar las palabras de su padre; era un hombre tranquilo y pacífico y jamás le había levantado la voz. Sintió que algo se rompía en su pecho al darse cuenta de la situación a la que estaba llevando a su familia. Ya no podía más, odiaba pelearse con ellos y le mataba ver la decepción en sus ojos.

No recordaba cuántas veces en el último año había querido explicarles todo por lo que estaba pasando. La sola idea de mantener aquella conversación con sus padres le provocaba alivio y congoja a la vez. Deseaba poder sincerarse con ellos, liberar parte de la tristeza y el dolor que parecían ser una constante en su vida desde hacía casi dos años, pero en el último momento siempre se acobardaba y callaba, temerosa de que la juzgasen y considerasen culpable de sus propias circunstancias, que le quitasen importancia al asunto o, lo peor de todo, que no la creyesen.

«¿Y si te creen?», se preguntaba constantemente. Quizá entonces sus padres entenderían por qué para ella eran tan importantes aquellas pruebas.

Lanzó un profundo suspiro, agotada de tanta indecisión. Aunque deseaba avanzar y dejar aquella pesadilla atrás, siempre acababa estancada en el mismo sitio, con los mismos miedos.

—Lo siento, papá, no quería faltaros al respeto. —Y por milésima vez, volvió a armarse de valor y tomó aire antes de empezar a hablar—. Hay algo que necesito explicaros...

Su confesión se vio interrumpida por el resplandor de un relámpago, que durante unos preciados segundos iluminó el paisaje a su alrededor. Pero la tregua duró poco. En

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