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STYXX (CAZADORES OSCUROS 23)

Sherrilyn Kenyon  

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Fragmento



Índice

Styxx

Nota de la autora

19 de junio de 9548 a.C.

23 de junio de 9548 a.C.

10 de marzo de 9543 a.C.

9 de mayo de 9542 a.C.

30 de agosto de 9542 a.C.

3 de febrero de 9541 a.C.

30 de agosto de 9541 a.C.

18 de junio de 9537 a.C.

21 de junio de 9537 a.C.

30 de agosto de 9536 a.C.

21 de junio de 9535 a.C.

21 de junio de 9535 a.C.

22 de junio de 9535 a.C.

26 de agosto de 9535 a.C.

30 de agosto de 9535 a.C.

2 de enero de 9534 a.C.

3 de enero de 9534 a.C.

16 de agosto de 9534 a.C.

9 de mayo de 9533 a.C.

10 de mayo de 9533 a.C.

18 de agosto de 9533 a.C.

19 de agosto de 9533 a.C.

28 de agosto de 9533 a.C.

30 de agosto de 9533 a.C.

8 de septiembre de 9533 a.C.

22 de octubre de 9533 a.C.

28 de octubre de 9533 a.C.

30 de octubre de 9533 a.C.

4 de noviembre de 9533 a.C.

15 de noviembre de 9533 a.C.

9 de diciembre de 9533 a.C.

12 de diciembre de 9533 a.C.

20 de febrero de 9532 a.C.

21 de junio de 9532 a.C.

23 de junio de 9532 a.C.

24 de junio de 9532 a.C.

25 de junio de 9532 a.C.

26 de julio de 9532 a.C.

18 de agosto de 9532 a.C.

19 de agosto de 9532 a.C.

20 de agosto de 9532 a.C.

17 de septiembre de 9532 a.C.

19 de septiembre de 9532 a.C.

26 de septiembre de 9532 a.C.

27 de septiembre de 9532 a.C.

6 de octubre de 9532 a.C.

14 de octubre de 9532 a.C.

15 de octubre de 9532 a.C.

25 de octubre de 9532 a.C.

26 de octubre de 9532 a.C.

26 de octubre de 9532 a.C.

27 de octubre de 9532 a.C.

3 de noviembre de 9532 a.C.

10 de noviembre de 9532 a.C.

11 de noviembre de 9532 a.C.

10 de diciembre de 9532 a.C.

23 de mayo de 9531 a.C.

24 de mayo de 9531 a.C.

24 de mayo de 9531 a.C.

27 de julio de 9531 a.C.

8 de agosto de 9530 a.C.

10 de agosto de 9530 a.C.

11 de agosto de 9530 a.C.

15 de agosto de 9530 a.C.

31 de agosto de 9530 a.C.

3 de septiembre de 9530 a.C.

3 de septiembre de 9530 a.C.

9 de septiembre de 9530 a.C.

13 de septiembre de 9530 a.C.

31 de octubre de 9530 a.C.

18 de enero de 9529 a.C.

20 de enero de 9529 a.C.

22 de enero de 9529 a.C.

23 de enero de 9529 a.C.

22 de octubre de 9529 a.C.

29 de octubre de 9529 a.C.

31 de octubre de 9529 a.C.

9 de noviembre de 9529 a.C.

15 de noviembre de 9529 a.C.

20 de noviembre de 9529 a.C.

5 de diciembre de 9529 a.C.

9 de diciembre de 9529 a.C.

11 de diciembre de 9529 a.C.

13 de diciembre de 9529 a.C.

26 de diciembre de 9529 a.C.

28 de diciembre de 9529 a.C.

27 de enero de 9528 a.C.

28 de enero de 9528 a.C.

29 de enero de 9528 a.C.

31 de enero de 9528 a.C.

1 de febrero de 9528 a.C.

13 de febrero de 9528 a.C.

14 de febrero de 9528 a.C.

11 de enero de 9527 a.C.

12 de enero de 9527 a.C.

17 de enero de 9527 a.C.

20 de enero de 9527 a.C.

16 de febrero de 9527 a.C.

18 de febrero de 9527 a.C.

19 de febrero de 9527 a.C.

23 de febrero de 9527 a.C.

10 de marzo de 9527 a.C.

12 de marzo de 9527 a.C.

23 de marzo de 9527 a.C.

3 de abril de 9527 a.C.

6 de abril de 9527 a.C.

8 de abril de 9527 a.C.

9 de mayo de 9527 a.C.

15 de mayo de 9527 a.C.

16 de mayo de 9527 a.C.

19 de junio de 9527 a.C.

22 de junio de 9527 a.C.

23 de junio de 9527 a.C.

24 de junio de 9527 a.C.

25 de junio de 9527 a.C.

25 de junio de 9527 a.C.

25 de junio de 9527 a.C.

25 de junio de 9527 a.C.

26 de junio de 9527 a.C.

Once mil quinientos treinta y un años después...

3 de enero de 2004

17 de febrero de 2004

21 de febrero de 2004

24 de febrero de 2004

1 de diciembre de 2007

4 de mayo de 2008

1 de octubre de 2008

1 de noviembre de 2008

2 de noviembre de 2008

2 de noviembre de 2008

3 de noviembre de 2008

4 de noviembre de 2008

20 de noviembre de 2008

21 de noviembre de 2008

19 de enero de 2009

21 de enero de 2009

24 de enero de 2009

16 de enero de 2011

14 de mayo de 2012

23 de junio de 2012

25 de junio de 2012

8 de agosto de 2012

3 de septiembre de 2012

8 de septiembre de 2012

21 de diciembre de 2012

23 de diciembre de 2012

23 de diciembre de 2012

24 de diciembre de 2012

28 de diciembre de 2012

9 de febrero de 2013

21 de septiembre de 2013

Agradecimientos

Nota de la editora

Biografía

Créditos

Sherrilyn Kenyon se ha convertido en fenómeno internacional gracias a su serie de los Cazadores Oscuros, con más de dieciocho millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Cada nueva entrega de esta saga escala hasta el primer puesto de las listas de libros más vendidos de The New York Times, Publishers Weekly y USA Today. La web sherrilynkenyon.com recibe más de diez millones de visitas mensuales.

Con los Cazadores Oscuros, Kenyon ha creado un universo mítico, cautivador, singular y, sobre todo, único. Sus protagonistas son héroes y dioses de otros tiempos condenados a la inmortalidad y a una existencia peligrosa en nuestra época, donde tienen que proteger a los mortales de los demonios y las criaturas que les acechan. Atormentados por el pasado, solo un amor puro puede devolverles aquello que creían perdido para siempre: su humanidad. Sus historias, llenas de acción, riesgo y sensualidad, ganan día a día nuevos lectores.

Sherrilyn Kenyon vive en las afueras de Nashville. Conoce bien a los hombres: creció entre ocho hermanos, está casada y tiene tres hijos varones. Para combatir el exceso de testosterona a su alrededor cuenta con la mejor arma: el sentido del humor.

www.sherrilynkenyon.com

Título original: Styxx

Edición en formato digital: mayo de 2014

© 2013, Sherrilyn Kenyon

Publicado por primera vez en Estados Unidos.

Todos los derechos reservados.

© 2014, para todo el mundo, excepto Estados Unidos, Canadá y Filipinas

Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

© 2014, Ana Isabel Domínguez Palomo y María del Mar Rodríguez Barrena, por la traducción

Adaptación del diseño original de la cubierta de Ervin Serrano: Penguin Random House Grupo Editorial

Imagen de la cubierta: © Shutterstock

Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, así como el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

ISBN: 978-84-01-34722-1

Conversión a formato digital: M. I. maqueta, S.C.P.

www.megustaleer.com

Nota de la autora

Escribir sobre la Historia siempre es un proyecto complicado. Para empezar, los historiadores se oponen a establecer como cierto cualquier dato que no pueda verificarse o que no esté debidamente documentado. Que es lo que sucede con gran parte de la Historia de la Humanidad. Hace años, Norman Cantor escribió un libro sorprendente llamado Inventándose la Edad Media, en el que explica cómo influyen los puntos de vista, las opiniones y el conocimiento de un historiador en su investigación y en sus conclusiones. He pasado muchos años inmersa en el campo de la Historia y he formado parte de varios grupos de historiadores profesionales, de modo que sé por experiencia lo mucho que difieren nuestras opiniones y con qué pasión podemos defenderlas.

Dicho esto, la primera parte de este libro transcurre en un período ajeno a toda evidencia arqueológica, anterior al momento en el que la Humanidad comenzó a llevar un registro de su Historia. En numerosos yacimientos arqueológicos se han suscitado acaloradas discusiones a la hora de establecer el período al que pertenecen y lo avanzada que estaba la civilización en cuestión en su momento de máximo esplendor. En realidad, sabemos muy poco de dichos yacimientos, y los pocos datos que se obtienen pueden ser interpretados de muchas formas. Además, la Historia se escribe y se reescribe una y otra vez, a medida que aparecen nuevos datos, descubrimientos o interpretaciones.

En el ámbito de los Cazadores Oscuros, y en el período en el que transcurre la historia que os cuento en este libro, el mundo antiguo está mucho más avanzado de lo que hoy en día damos por sentado. Eso no lo convierte en un error, simplemente se trata de una obra de ficción.

En mi saga, después de la muerte de Aquerón, Apolimia arrasa el mundo entero, devolviéndolo al Paleolítico, de ahí que la Antigua Grecia que conocemos hoy en día no sea tan avanzada como la Grecia en la que vivieron Aquerón y Estigio. No es un desatino histórico por mi parte, ni denota una falta de investigación. Es un mundo ficticio que yo he creado.

La Grecia y el Egipto en el que se movieron Aquerón y Estigio son anteriores a lo que nosotros conocemos. Debían serlo, ya que no tenemos ninguna evidencia fehaciente de la existencia de la Atlántida (salvo la mención que hace Platón sobre la ciudad asolada, muchos siglos después de su destrucción) y el mundo en el que vivieron Bathymaas y Aricles era muchísimo más antiguo que la Atlántida.

Algunas de las ciudades-estado que aparecen en el libro son ficticias, como Dídimos, mientras que otras, como Atenas o Tebas, son reales. Sin embargo, como carecemos de documentos escritos procedentes de este período concreto, y dados los múltiples cambios que sufren las ciudades y los países a lo largo de los años (a veces con gran rapidez), me he tomado muchas libertades con ellas.

Además, el griego que hablan Estigio y Aquerón no es el mismo que el griego moderno o que el griego clásico tradicional. Las lenguas son entes vivos y los significados de las palabras están sometidos a un continuo cambio. Las connotaciones positivas o negativas de las palabras cambian con el transcurso de los años dependiendo del contexto. Las lenguas están en continua evolución. Para dotar de realismo a mi mundo ficticio, he incorporado ese detalle tan humano en mis libros.

De igual forma, pueden aparecer términos o frases que parezcan modernas, pero que no lo sean. Antiguamente la gente era muy creativa con el vocabulario y con los insultos. En algunos casos he utilizado la creatividad de la que tenemos constancia y en otros lo he reducido a un simple «Que te den», que puede sonar muy moderno. Eso no significa que sea una expresión actual (de hecho, dicha expresión aparece en numerosos escritos). En el pasado, lo habrían dicho tal cual e incluso lo habrían adornado con algún que otro detalle sobre el hecho en sí. Otras palabras como «idiota» que pueden parecer modernas, tienen origen griego (μωρός) y su significado se deriva del original, una persona que era considerada inculta o iletrada por parte de la sociedad ateniense. No sabemos exactamente lo antiguas que son dichas palabras y solo podemos tener una idea aproximada según los textos en los que aparecen escritas. Normalmente, las palabras y las expresiones circulan mucho antes de que se recojan en un documento, sobre todo en la Antigüedad.

Aunque los contemporáneos de los personajes del libro podrían haber utilizado otras palabras para expresarse, he mantenido un uso moderno del lenguaje para no abrumar al lector con constantes lecciones de historia que puedan alejarlo de los personajes y de la trama.

En mi opinión personal, y tras muchos años de investigación, la gente siempre ha sido igual desde que el mundo es mundo. Cuanto más cambian las cosas, menos cambiamos nosotros. Hace años, cuando impartía cursos sobre civilizaciones antiguas, solía comenzar algunas clases con una cita de la obra Las nubes de Aristófanes (423 a.C.):

Sin embargo, esta fue la educación que formó a los héroes que pelearon en Maratón. Tú, en cambio, les enseñas a envolverse enseguida en sus vestidos; por eso me indigno cuando si necesitan bailar en las Panateneas, veo a algunos cubriéndose con el escudo, sin cuidarse de Atenea. Por lo tanto, joven, decídete por mí sin vacilar y aprenderás a aborrecer los pleitos, a no acudir a los baños públicos, a avergonzarte de las torpezas, a indignarte cuando se burlen de ti, a ceder tu asiento a los ancianos que se te acerquen, porque debes ser la imagen del pudor; a no extasiarte ante las bailarinas, no sea que mientras las miras como un papanatas alguna meretriz te arroje su manzana, con detrimento de tu reputación; a no contradecir a tu padre, ni, burlándote de su vejez, recordar los defectos del que te ha educado.

Brillarás en los gimnasios; no dirás sandeces en la plaza pública, como hacen los jóvenes de hoy en día; ni entablarás discusiones por la cosa más ridícula porque las calumnias de tus adversarios pueden arruinarte. En cambio, bajarás a la Academia y te pasearás con un sabio de tu edad bajo los olivos sagrados, ceñidas las sienes con una corona de caña blanca, respirando en la más deliciosa ociosidad el perfume de los tejos y del follaje del álamo blanco y gozando de los hermosos días de primavera, en los que el plátano y el olmo confunden sus murmullos.

Si haces lo que te digo, y sigues mis consejos, tendrás siempre el pecho robusto, el cutis fresco, anchas las espaldas, corta la lengua, firmes las nalgas y proporcionado el vientre. Pero si te aficionas a las costumbres modernas, tendrás muy pronto color pálido, pecho débil, hombros estrechos, lengua larga, nalgas flácidas, vientre desproporcionado, y serás gran litigante. El otro te educará de tal modo que te parecerá torpe lo honesto, y honesto lo torpe, y por último, serás tan infame como Antímaco.

El sermón sobre la juventud de aquella época y sobre la falta de respeto y decoro tiene plena vigencia y la ha tenido desde que el hombre ha plasmado sus pensamientos en obras escritas. Si algo he descubierto gracias a mis investigaciones sobre las antiguas civilizaciones, es que aunque nuestras diversiones, cultura y leyes cambien, la naturaleza humana no cambia jamás. Aunque algunos tratan de mejorar, otros siguen su instinto animal.

La gente no cambiará nunca, y todos somos seres complicados conformados por la unión de nuestro pasado, de nuestras emociones y de nuestra percepción.

Siempre que escribo un libro trato de hacerles justicia a los personajes y demostrar la complejidad de la motivación y de la emoción humanas. Pero no solo eso, además intento demostrar que aunque algunos se derrumban en las situaciones adversas, no todos lo hacen. Y que la tragedia o el trauma que puede destruir a una persona puede ofrecerle a otra una oportunidad de superación para construir un futuro mejor.

No tenemos por qué mantenernos en el papel de víctimas que a veces nos asigna la vida. Con la fuerza y el valor suficientes, todos podemos superar un mal bache y aprender a disfrutar pese a los horrores y a las tragedias que nos han sucedido.

Tal como decía Platón: «Sé amable, pues cada persona con la que te cruzas está librando su ardua batalla». Ese es el lema por el que me rijo y el que me ha ayudado a superar mi propio calvario. Creo en la belleza y en el poder del espíritu humano porque sé lo dura que puede llegar a ser la batalla por mantener la cordura. Y sé lo difícil que es superar un pasado atroz que jamás debería haber existido.

Cada día es una nueva batalla y aunque puede que pierda algunas, no pienso perder la guerra. No pude controlar el pasado ni tampoco algunas de las pesadillas que he vivido, pero puedo controlar el presente y no dejaré que los buitres me roben un solo momento más de mi vida.

Todos tenemos momentos de debilidad, pero en ellos podemos encontrar la fuerza de saber que seguimos aquí. Que somos importantes.

Todos nosotros.

Y con esa reflexión, quiero dedicar este libro a todos los soldados del mundo, del pasado, del presente y del futuro, que están dispuestos a luchar día tras día para defender a la Humanidad y que se niegan a verla destruida por aquellos que quieren pisotearnos sin motivo alguno, a no ser el descontento que rodea su propia existencia y que les impide aceptar que los demás puedan ser felices. No los dejéis ganar.

Todos somos supervivientes, todos somos preciosos seres humanos que merecemos tener sueños y conservar la cordura.

Los dioses nos convierten en reyes, en tontos o en peones...

En la misma medida, pero no con la misma asiduidad.

SAVITAR

19 de junio de 9548 a.C.

—Has fallado, idiota. Mi hijo todavía vive y algún día nos bañaremos en tu sangre.

Ataviado con la armadura de la caballería griega para ocultar su identidad, Arcón, el regente de los dioses atlantes, se detuvo en mitad del oscuro pasillo al escuchar en su cabeza la voz burlona de su furiosa esposa. Un terrible presentimiento le atenazó el estómago.

—¿A qué te refieres?

—Bueno —contestó Apolimia, usando la telepatía—. Oh, Señor Todopoderoso y Omnisciente, me refiero a que todavía sigo atrapada en Kalosis y a que el bebé que llevas en brazos está muerto. ¿Qué conclusión sacas?

Que había matado al bebé equivocado.

¡Joder! Estaba convencido de que era el correcto.

Arcón se estremeció por el dolor de lo que había hecho y escuchó los gritos de la reina atlante, que seguía en el dormitorio donde él la había dejado y los maldecía por la muerte de su hijo recién nacido. Había sido un acto imperdonable, pero Apolimia no le había dejado otra salida. Se había negado a entregarle a su hijo y lo había ocultado en el plano humano para que Apóstolos viviera pese a su decreto de matarlo.

Si el hijo de Apolimia alcanzaba la madurez, todos ellos morirían. El panteón atlante y su pueblo. Pero a Apolimia no le importaba. Mientras Apóstolos viviera, los demás podían irse al cuerno.

Destrozado por haber sesgado la vida de un inocente por error, Arcón le entregó el cadáver del bebé al guardia que tenía a su derecha y le ordenó que se lo devolviera a la desconsolada madre.

—Apolimia, ¿dónde está tu hijo? —exigió saber.

Ella soltó una carcajada al escuchar su voz furiosa.

—En un lugar donde jamás podrás encontrarlo. Vamos, empieza a matar a todas las reinas embarazadas que existen en el plano humano y a sus hijos. ¡Te desafío a que lo hagas!

Arcón miró de reojo a los tres dioses que lo acompañaban, disfrazados igual que él, con la armadura de la caballería. La reina atlante los había tomado por soldados griegos enviados a matar a su hijo por venganza. Puesto que en realidad eran los dioses que la reina y su pueblo adoraban, no podían permitirse su odio. Porque sus poderes se alimentaban de la adoración de los atlantes.

Si decidían buscar en el plano humano donde reinaban otros dioses, tendrían que hacerlo con mucho sigilo. Sobre todo si la misión consistía en matar príncipes. Los humanos recurrirían a sus propios dioses, que a su vez exigirían una revancha para vengar a sus seguidores y eso provocaría un baño de sangre entre panteones enemigos.

«Eso me suena...», pensó Arcón.

Cuando sucedió, no fue divertido en absoluto.

Sin duda eso era lo que Apolimia ansiaba. Tal vez tanto o más que el hecho de recuperar a su hijo. Puesto que había nacido de los poderes más oscuros del universo, la diosa primigenia de la destrucción vivía para provocar la guerra. Era el aire que respiraba.

Disgustado y furioso por el error que había cometido, Arcón abandonó el plano humano y se teletransportó a su templo de Katoteros, donde moraban los dioses atlantes. Los tres dioses que lo habían acompañado a la Atlántida lo siguieron.

Ya en el interior del recargado templo y en cuanto recuperaron sus formas corpóreas, sus acompañantes lo miraron, expectantes.

—¿Y bien? —preguntó Misos, el dios atlante de la guerra—. ¿Lo has encontrado?

Arcón hizo un gesto negativo con la cabeza y después miró a Basi con los ojos entrecerrados. La preciosa y seductora diosa de los excesos fue una de las encargadas de esconder al hijo de Apolimia donde no pudieran encontrarlo. Por desgracia, la muy borracha no recordaba dónde había metido al bebé, salvo que lo dejó en el vientre de una humana ya embarazada... quizá. O quizá no.

«Gracias por tu ayuda, zorra. Ha sido muy útil», pensó.

Por esa misma razón la eligió Apolimia y la obligó a llevar a cabo el deplorable cometido. Basi era una inútil a la hora de transmitir información.

Arcón se despojó de la odiada armadura griega y adoptó su forma verdadera, la de un apuesto veinteañero rubio, tras lo cual hizo aparecer su atuendo habitual, la foremasta atlante de color azul oscuro.

—¿Recuerdas algo más?

El terror demudó el hermoso rostro de Basi.

—No, Arcón. Solo recuerdo que Poli me dijo que lo escondiera en una reina. Sí. En una reina. Creo que era en Grecia, pero no me acuerdo bien. ¿O fue en Sumeria? ¿En Acadia? ¿En Egipto? Creo que la reina era morena, pero a lo mejor era rubia, o pelirroja. No sé.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no matarla por su imbecilidad.

El hermano de Arcón, Misos, suspiró. Tanto sus poderes como su apariencia, era moreno y lucía una espesa barba, diferían por completo de los de Arcón.

—Bueno, ¿qué hacemos ahora?

Arcón gruñó al pensar en la única opción posible.

—Salimos en busca de ese bastardo. Y lo encontraremos cueste lo que cueste.

Chara, la regordeta y pelirroja diosa de la alegría, lo miró ceñuda.

—Si nos adentramos en los dominios de otros panteones para buscarlo, tendremos que ocultar nuestros poderes. ¿Cómo vamos a localizar a Apóstolos sin ellos?

No sería fácil, pero...

—Conozco a mi mujer. El niño tendrá algo que lo diferencie de los otros mortales. Cuando veamos a Apóstolos, lo reconoceremos de inmediato y dudo mucho que nuestros poderes sirvan de algo, ya que Apolimia lo ha ocultado bien. Entretanto, los que se queden en Katoteros mientras los demás salen en su busca comenzarán a llamarlo para desquiciarlo. Eso también nos ayudará a identificarlo. Será el príncipe mortal que escucha las voces de los dioses atlantes aunque no los venere.

Bet’anya Agriosa se levantó del asiento que ocupaba junto a su madre, Sinfora. Su larga melena negra y su piel morena la diferenciaban del resto de los dioses atlantes.

—Para que conste, quiero expresar lo mucho que me disgusta todo esto. Aunque soy la diosa de la ira y de la desdicha, me resulta muy desagradable buscar a un niño inocente y matarlo por culpa de la profecía fortuita de tres niñas.

Arcón la miró echando chispas por los ojos.

—Mis hijas serán pequeñas, pero ostentan el poder de dos panteones juntos. Tú mejor que nadie sabes que eso las convierte en seres muy poderosos.

Aunque las hijas de Arcón eran fruto de su relación con la diosa griega Temis, el caso de Bet’anya no era el mismo. Su padre era el dios egipcio Set. Uno de los seres más poderosos que existían.

Algunos afirmaban incluso que Bet ostentaba más poder que la mismísima Apolimia, si bien Arcón no estaba dispuesto a comprobarlo.

Bet’anya enarcó una ceja.

—¿Y? Tú no me tienes miedo —dijo.

Arcón sabía que eso no era cierto, pero no pensaba cometer la tontería de confesarlo. Bet’anya poseía un sinfín de poderes oscuros y no quería ofenderla. Nadie con dos dedos de frente lo haría. La última vez que un dios la cabreó, el mundo estuvo a punto de llegar a su fin.

—Tus poderes no proceden de la misma fuente que los poderes de Apolimia. Y no sabemos qué poderes ostenta su hijo.

Misos hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Siendo el hijo de Apolimia y de Arcón, podría ser el más poderoso de todos los panteones.

Arcón inclinó la cabeza tras escuchar a su hermano.

—Tenemos veintiún años para encontrar a este niño y matarlo. No podemos fracasar. Cuanto antes acabemos con él, mejor para todos.

Bet’anya apretó los dientes mientras comenzaban a dividirse el mundo. Apolimia siempre había sido una de sus aliadas. Y ella no estuvo presente cuando los demás unieron sus poderes para encerrarla en el inframundo de Misos, Kalosis. Personalmente, no podía culpar a Apolimia por su enfado. Si se hubieran confabulado para encerrarla a ella mientras trataban de matar a su hijo... también les habría demostrado lo oscuros que podían ser sus poderes.

Pero le gustara o no, formaba parte del panteón y estaba obligada a buscar al niño.

Aunque podía hacerlo sin mucho empeño.

Su bisabuelo, Misos, se acercó a ella.

—¿En qué piensas, niña?

—Que es un día muy triste si un niño recién nacido puede suponer una amenaza para un panteón tan poderoso.

—Aunque estoy de acuerdo contigo, te recuerdo que otros panteones han caído por mucho menos. —La besó en la frente.

—Pues sí, tattas —replicó, empleando el término atlante para «abuelo»—. Me encargaré de buscar en el sur de Grecia y en Egipto, donde podré usar mis poderes para descubrirlo. Si está allí. —Miró al líder de la siniestra búsqueda y le dijo—: Arcón, tengo una pregunta. Has matado a un ciudadano atlante, a un príncipe, por error. ¿Cómo es posible que estando en casa y contando con todos tus poderes no hayas podido ver que era mortal?

—El hijo de la reina apestaba a poderes divinos. Por no mencionar que su marido murió mucho antes de que el niño fuera engendrado y, que sepamos, no ha tenido más amantes. Todo apuntaba a una intervención de Basi... —Y siguió, con voz amenazadora—: Obviamente, me equivoqué. Debería haber tenido en cuenta que Apolimia no nos lo pondría tan fácil.

Bet’anya enarcó una ceja al escucharlo. Solo había un dios ajeno a su panteón que pudiera ser el padre de la criatura.

—¿Era hijo de Apolo?

—Seguramente.

Bet’anya se estremeció. Aunque no temía a los dioses griegos, no quería participar en otra sangrienta guerra contra ellos. Cada vez que se enfrentaba a su vehemente imbecilidad, tenía la impresión de que perdía parte de su inteligencia.

—¿Y crees que al dios griego le parecerá bien lo que has hecho?

Arcón no parecía preocupado en absoluto.

—¿Por qué iba a importarle? Tiene un sinfín de bastardos a los que no les hace ni caso. Además, no se atreve a molestarnos porque la Atlántida es el único lugar donde sus apolitas pueden vivir en paz. Ningún otro panteón los tolera entre su gente.

En realidad, los beligerantes apolitas no eran sino una fuente de problemas en la Atlántida, pero Arcón no lo veía así. Para él, solo eran otro conjunto más de seres que veneraban a los dioses atlantes y alimentaban sus poderes.

Para Bet’anya, eran criaturas impredecibles que bien podían volverse contra ellos como seguir adorándolos. Cualquier cosa que fuera griega le daba asco. Los odiaba más que a cualquier otra raza.

Con el rabillo del ojo vio que Epitimia se escabullía por una puerta lateral. La diosa del deseo era alta, hermosa y rubia.

Intrigada por su comportamiento furtivo, Bet’anya la siguió.

—¿Epi?

La aludida se quedó petrificada al escucharla.

—¿Sí, Bet? ¿Necesitas algo?

—¿Qué estás ocultando?

Epitimia se tensó.

—Algo que no pienso revelar —contestó.

Renuente a caer en ese juego, Bet’anya señaló el salón que acababan de abandonar.

—En ese caso, tal vez sea mejor que se lo comente a Arcón, ¿no te parece?

—¡Ni se te ocurra! —Epitimia la agarró de un brazo y la llevó hasta un rincón para hablar sin que las escucharan—. Tengo que hacer algo que no quiero hacer.

—¿Matar a un bebé?

Epitimia resopló.

—Ojalá fuera eso. Sería fácil.

Dicho comentario de labios de una diosa con poderes procedentes de la luz era extraño. Si Epitimia no tenía problemas para matar, con razón ella era tan proclive a la violencia, pensó Bet’anya.

—Apolimia me ha obligado a formar parte de su plan y debo hacerlo. De lo contrario... Ni siquiera puedo contarte con qué me ha chantajeado, porque no puedo permitirme que se sepa. ¡La muy zorra!

Bet’anya frunció el ceño.

—¿Qué te ha ordenado que hagas?

—Traer a su hijo al mundo.

Bet’anya contuvo el aliento al comprender lo que eso implicaba.

—¿Todavía no ha nacido?

Epitimia negó con la cabeza.

—Como se lo digas a alguien, te juro que me uniré a Apolimia en tu contra.

Bet’anya la miró echando chispas por los ojos.

—No me amenaces —le dijo—. Te juro que me comeré tus entrañas, y me da igual que seas una diosa. Pero puedes estar tranquila. No me apetece matar a un bebé indefenso.

Epitimia la soltó.

—Me alegro. Porque tengo un plan. Apolimia quiere que supervise el nacimiento para asegurarme de que todo sale bien, y tengo la intención de ejercer de comadrona.

Bet’anya sintió un nudo en el estómago al escuchar las palabras de la diosa.

—¿Vas a tocar a un bebé que nacerá sin poderes divinos?

Epitimia asintió con la cabeza.

¡Qué crueldad!

—Los humanos lo despedazarán por el deseo de poseerlo. Y lo odiarán por ello.

Epitimia le guiñó un ojo.

—Me limito a cumplir las órdenes de Apolimia. Al pie de la letra.

—¿Por qué no le dices a Arcón...?

—Si lo hago, Apolimia me arrancará el corazón y se lo comerá. No pienso enfurecerla por nada. Ni siquiera puedo insinuar dónde está ahora ni puedo comentar detalle alguno sobre el nacimiento del niño. Me ha obligado a hacer un juramento.

Y los dioses atlantes no podían faltar a su palabra. De ahí

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