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SU SECRETA FANTASíA (SPICE 2)

Gaelen Foley  

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Fragmento

1

Inglaterra, 1818

¡Pobres damas! Están perdidas, ¿verdad? ¿Qué van a hacer ahora?

—Supongo que vender la vieja finca, aunque todo el mundo sabe que es una ruina.

—Pero es su casa… ¡No tienen otro sitio adonde ir!

—Ay, sí, querida, el vicio de las cartas y la bebida…

—Sí, de acuerdo, pero eso no es culpa suya. Oh, es tan triste ver a una familia de tanto abolengo perderse de tal modo…

El cuchicheo provenía de un banco situado dos o tres filas más atrás. El murmullo fue calando poco a poco en la tristeza de Lily Balfour y distrajo su atención del vacío de su corazón, del suave repiqueteo de la lluvia contra los altos y despejados ventanales de la pequeña iglesia parroquial, y del monótono discurso funerario del nuevo lord Balfour, el heredero del abuelo, un hombre de mediana edad que era un absoluto desconocido para la rama de la familia de Lily.

Ante el incesante cuchicheo, aturdida por la pérdida, su mirada, detrás del velo negro de redecilla que colgaba elegantemente del pequeño sombrero de Lily y que cubría parcialmente su rostro, fue primero de sorpresa y seguidamente de pura indignación.

«¿Qué es esto?», pensó mientras escuchaba escandalizada. ¿Había alguien cuchicheando sobre su familia en pleno funeral de su abuelo?

«¡Vaya par de cotillas!»

Intentó recordar qué miembros de la nobleza local se habían situado en los bancos de las filas inmediatamente detrás de ellos, pero tenía la mente en blanco. De hecho, llevaba dos días sumida en la niebla más absoluta, entumecida por la pena y exhausta después de tantos meses cuidando de su héroe moribundo.

Durante muchos años, su abuelo, el vizconde Balfour, le había parecido inmortal. Lily apenas había podido soportar ver cómo se iba deteriorando físicamente, hasta ser, finalmente, testigo de su muerte.

Pero se había marchado ya y Lily confiaba en que descansara en paz. Mientras continuaba el monótono discurso funerario de su heredero, los vecinos reanudaban las especulaciones sobre el porvenir de su familia. Esta vez, Lily inclinó ligeramente la cabeza y escuchó con irritada curiosidad.

—Quizá el nuevo lord Balfour les eche una mano. Parece un hombre de buen corazón —comentó con cierta compasión una de las damas.

Pero la otra lanzó un resoplido.

—Lady Clarissa jamás aceptaría su ayuda. Las dos ramas de la familia llevan años sin intercambiar una sola palabra civilizada. ¡Creía que estabas al tanto!

—Sí, ya lo sé, pero no puede dejarlas morir de hambre. Oh, qué triste resulta todo —se lamentó en voz queda la primera dama—. Primero muere en la India el señor Langdon y después su sobrino en ese espantoso duelo. ¡Puede que sea cierto lo de la antigua maldición de los Balfour!

—Tonterías. La culpa es de su excesivo orgullo. Si no fuesen tan estirados, se darían cuenta de que tienen la solución delante de las narices.

—¿Qué solución? ¿A qué te refieres?

«Eso, ¿a qué?», se preguntó Lily también frunciendo el ceño.

—Una de las jóvenes todavía podría hacer un fantástico matrimonio —explicó la primera de las damas en un susurro que pretendía transmitir energía y sentido a sus palabras. Tras lo cual, admitió—: Bueno, quizá la mayor no. La señorita Pamela tiene casi cuarenta años y es muy rara. Pero Lily, la jovencita… Su cuna es indiscutible y posee la belleza de su madre. Me atrevería a decir que la situación podría remediarse de forma inmediata con una buena inyección de dinero a través de un enlace matrimonial.

Al oír esas palabras, Lily sintió que su rostro perdía todo el color; su cuerpo se tensó, o más bien se encogió, ante la idea de las damas. Apretó con fuerza el pañuelo que sujetaba entre sus dedos. «No.»

—Pero, querida, ahora mismo en modo alguno podrían mantenerla en Londres. No puedo llegar a imaginar cómo han podido pagar el funeral.

—Si quieres saber mi opinión, se trata de ahora o nunca. La chica pronto cumplirá los veinticinco años y para cuando termine el luto por su abuelo, se habrá quedado para vestir santos. Sinceramente, no acabo de comprender por qué no se ha casado todavía. No será por falta de proposiciones.

«Maldita sea, no es asunto tuyo», pensó Lily apretando la mandíbula.

—Puede que lady Clarissa considerase que ninguno de los pretendientes era digno de la respetable sangre Balfour.

—No me extrañaría, pero ¿qué más da? Hace tiempo que la chica ha dejado atrás la edad de precisar el consentimiento materno. No sé tú, querida, pero, en lo que a mí respecta, si estuviera en su lugar, tendría la impresión de estar abandonando mis obligaciones.

—Mujer, tampoco es eso.

—No, ya lo sé. Pero ¿a qué está esperando? ¿A un príncipe? ¿A un caballero con brillante armadura? Yo, a su edad, ya tenía tres hijos.

Lily se estremeció ante tan justificado reproche y osó lanzar una mirada de soslayo a su madre.

A sus cuarenta y cuatro años, lady Clarissa Balfour no estaba todavía dispuesta a dejar el trono que ocupaba como una de las mujeres más hermosas del sur de Inglaterra. Muchos la consideraban también una de las más feroces.

La postura tensa que mantenía su madre sentada sobre el banco de madera indicó a Lily que ella también había oído los insolentes comentarios. Pero a diferencia de la sumisa y obediente actitud de Lily, lady Clarissa volvió despacio su rubia cabeza y lanzó una mirada fulminante a sus vecinas, una mirada que tuvo el mismo efecto que una ráfaga de gélido viento nórdico.

«¿Cómo… osáis…?»

Lily no se sorprendió al oír detrás de ella unos grititos ahogados y mortificados. Conocía bien esa expresión de su madre.

Hundió ligeramente su cuerpo en el banco, demasiado acostumbrada a ser la receptora de una de esas gélidas miradas. Se alegraba, eso sí, de que en aquella ocasión no fuera dirigida a ella.

La madre de Lily era hija de un conde, algo que nadie en su presencia tenía permitido olvidar, y su educación era exquisita, por supuesto, por lo que jamás levantaba el tono de voz. Y siendo como era capaz de clavar puñales con sus ojos, no tenía necesidad alguna de hacerlo.

Cuando lady Clarissa Balfour volvió a mirar al frente, su impecable rostro era una máscara marmórea —dura y nívea— en contraste con la negra puntilla del cuello alto de su vestido de luto. Una vez dominada la insubordinación de los vecinos, miró de soslayo a Lily con expresión de fría satisfacción.

«Aquí tenéis a mi madre», pensó Lily.

Su respuesta fue un discreto y abatido gesto de asentimiento. Después, intentó centrar su atención en el discurso funerario, pero lo cierto era que le resultaba muy difícil escuchar los vacíos elogios que el nuevo lord Balfour volcaba sobre un hombre al que apenas conocía y al que Lily, y todo aquel que habitaba en muchos kilómetros a la redonda, había querido.

Excepto su madre, probablemente. Lady Clarissa había sido siempre una nuera cumplidora con sus obligaciones para con el viejo vizconde. Pero incluso de niña, Lily había sabido que se culpaban entre ellos por la muerte de su padre. Y siempre se había visto atrapada entre ambos. En realidad, mientras permanecía sentada perdida en sus pensamientos, antes de que las vecinas los hubieran interrumpido de modo tan grosero, había estado meditando apesadumbrada sobre cuál de los dos funerales resultaba más doloroso: el de su padre o el de su abuelo.

No había comparación posible, claro estaba. Aunque tenía el corazón roto, la pérdida de su abuelo no podía igualarse a la de su padre, quince años atrás, cuando Lily tenía solo nueve años. Había querido profundamente a su abuelo y le había atendido en su enfermedad día tras día, pero se había sentido aún más unida a su padre. Como su niñera solía decir, eran uña y carne.

Por otro lado, el abuelo de Lily era ya un hombre viejo y enfermo y la joven sabía que se acercaba su hora. Sin embargo, cuando Lily era solo una niña que no sabía qué era la muerte, creía que su padre estaba de viaje viviendo grandes aventuras en la India, montando en elefantes y relacionándose con deslumbrantes marajás. Eso era lo que él le había contado.

Le había prometido que regresaría con un saco lleno de rubíes para su madre y otro repleto de diamantes para ella. «Mi pequeña princesa, ¡mi princesa Lily! Un día serás la jovencita más rica de todas estas tierras…» Guapo, encantador y sempiterno soñador, Langdon Balfour siempre había tenido tendencia a la exageración. Pero con nueve años, Lily le había creído a pies juntillas.

Un año más tarde, el mundo de Lily se hizo añicos al recibir la noticia de su muerte a causa de unas fiebres.

Quizá por eso se le hacía tan difícil seguir las palabras del nuevo lord Balfour. Lily pensó, llena de resentimiento, que debería haber sido su padre el que estuviera allí hablando a los demás del difunto. Debería haber sido su padre el que heredara el título y ocupase el lugar que le correspondía como cabeza de familia. Incluso estando igualmente arruinados y sintiéndose avergonzados por la decadencia de la familia. Pero, por lo menos, habrían estado juntos.

Sin embargo, lo único que Lily conservaba de su padre eran recuerdos borrosos de los cuentos que solía explicarle y un templete en el jardín que no había conseguido terminar por la falta de dinero… y de tiempo.

Ahora, su madre y ella constituían una familia de mujeres que se mantenía con una exigua cantidad.

«Que Dios nos ayude», pensó Lily y bajó lentamente la vista.

Era probable que las anónimas vecinas hubieran acertado en sus comentarios. Su familia y ella estaban perdidas.

De pronto, le invadió la culpa, un sentimiento que le resultaba muy familiar. Puede que aquellas vecinas cotillas tuvieran razón. «Si no fueras tan egoísta, podrías arreglar todo esto —le reprochó su conciencia—. ¿Por qué no casarte y así solucionarlo todo? Fíjate en tu desdichada madre. ¿Es que no ha sufrido ya bastante? Piensa en su orgullo. No nació para ser pobre. Puedes hacerlo —insistió su conciencia intentando animarla—. Puedes salvarlas. Sabes que puedes. Tan solo debes olvidar el pasado y dejar de tener miedo.»

Pero tenía miedo. La experiencia le había enseñado que para sobrevivir era necesaria una cierta y sana desconfianza hacia la gente y el mundo. De hecho, si su padre hubiera tenido una razonable dosis de temor, quizá estaría todavía vivo. El miedo era positivo.

El funeral no tardó en finalizar. Las chismosas damas se escabulleron antes de que la dolida congregación se diera la vuelta y observara cómo salían de la iglesia los portadores del féretro,

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