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SUCULENTOS SECRETOS (SUCULENTAS PASIONES 3)

Mina Vera  

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Fragmento

Prólogo

Al amparo de una amplia y blanca carpa, André Tocqueville tomaba su desayuno bien protegido de la intensa luz del sol matinal. Las chicas que habían acudido a la fiesta de bienvenida de la noche anterior se bañaban en la piscina bajo la atenta mirada de sus hombres de confianza. Ese era uno de los muchos obsequios que su socio le había preparado para su llegada al país, y a su vez, André los compartía con sus hombres más fieles.

Una casa de lujo, un chef francés acompañado de un equipo completo de camareros y sirvientes, las prostitutas más exclusivas... Y una buena parte de las armas y explosivos que él le había solicitado desde su anterior escondite en Quebec.

A su llegada a São Paulo, había podido comprobar que su exilio había merecido la pena. Desde allí todo sería más fácil de manejar, los controles aduaneros eran mucho más laxos, y su socio brasileño cien veces más influyente que el canadiense. Y más comprometido con su causa, meditó. Solo había hecho falta que arrestaran al que había sido su anfitrión hasta hacía una semana para que, tras un simple interrogatorio, lo delatara. Dar la orden de que no viera un nuevo amanecer había sido una obligación. Lograr que la llevaran a cabo le había costado una buena suma de un dinero que en esos momentos no le sobraba.

Suerte que tuviera contactos hasta en el Infierno después de tantos años de negocios por todo el mundo. Era hora de ir cobrándose favor tras favor.

La belleza de larga melena morena que la noche anterior había intentado hacerle pasar un buen rato se contoneó ante él con su minúsculo bikini. Él la despachó con un aspaviento y esta no insistió. Se lanzó al agua junto a sus compañeras para refrescarse y ofrecer un bonito espectáculo a otros hombres que sí la supieran apreciar.

André apenas le dedicó una mirada y un pensamiento, con el recuerdo de las atenciones que por la noche le había ofrecido para hacerlo disfrutar. Aún sentía la bilis en la garganta al recordarse a sí mismo permitiendo que, tras un erótico baile desprendiéndose de la ropa, lo tomara con la boca hasta llegar a un clímax desesperado y doloroso. Acto seguido, la había echado del dormitorio.

Se bebió su zumo, pero necesitaba algo más fuerte ya a esas horas. A un gesto de su mano, una camarera le sirvió una copa de whisky que bebió a tragos lentos, con la mirada puesta en el jolgorio de la piscina.

La muchacha de la que ni recordaba el nombre destacaba entre las demás. Alta, esbelta, de piel morena y aterciopelada. No superaría los veinte años. Él había disfrutado de muchas como ella cuando contaba con esa edad o algunos años más. Se imaginó a sí mismo en aquella época, y todo lo que le habría hecho durante la noche entera por aquel entonces. Antes del resto de su vida, antes de conocer a su Estrella de la suerte, quien le había dado todo y más de lo que podría haber soñado. Su compañera, la mitad de su alma... Alexia.

El dolor amenazó con rasgarlo por dentro una vez más. Hizo otra seña y una segunda copa apareció de inmediato. Aún no la había terminado cuando un hombre de su misma edad, y al que conocía desde hacía media vida, se sentó en una silla frente a él. Un desayuno completo le fue servido en menos de un parpadeo.

—Fábio.

—André —respondió, y se metió un tenedor con bacón y huevos en la boca. Hasta que no terminó su plato, no continuó la conversación—. ¿Te place el lugar que he escogido para ti?

—Mucho.

—¿Y las chicas?

—Y el armamento.

—Oh, lo mejorcito para mi socio favorito.

—Gracias.

—Pero no pareces muy feliz, amigo.

—No lo soy. —Se quitó las gafas de sol y miró al otro hombre, con fuego en los ojos. A pesar de las profundas arrugas a su alrededor, seguía teniendo una mirada atractiva y feroz—. No lo seré hasta que vengue la muerte de mi familia.

—Eres uno de los prófugos más buscados del planeta, André. No es tan sencillo organizar todo lo que tú pretendes desde este lado del charco y sin que los miles de polis que te buscan capten alguno de nuestros movimientos.

—Correré el riesgo. ¿Qué has podido conseguir?

—¿Además de la artillería pesada? Contactos, muchos contactos. Y equipos dispuestos a lo que sea por ti siempre y cuando les pagues bien.

—Sabes que el dinero nunca ha sido un problema.

—Bueno, ahora no andas muy bien de liquidez...

—Tú también tuviste baches y yo te respaldé —le recordó a la vez que se obligaba a comer algo.

—Lo sé. Y por eso estoy haciendo todo esto por ti. Todos sabemos que la familia Tocqueville siempre cumple.

—Ahora solo yo soy la familia Tocqueville —murmuró. Abandonó de nuevo la comida y se bebió su copa.

—Pero forjaste un imperio y volverás a levantarlo —lo animó Fábio, aún más convencido que él mismo.

—Después de que esos polis paguen por la muerte de la sangre de mi sangre, del amor de mi vida, volveré a ser el que fui. Puede que tenga sesenta años, pero tengo mucha guerra que dar.

—Brindo por ello.

Así lo hicieron. Tras chocar sus copas, la morena salió de la piscina y se sentó sobre el regazo de Fábio, empapándolo entero y haciendo que se carcajeara.

—No, Kayla, ya no puedo jugar contigo. Ahora eres el regalo de André. —Le guiñó un ojo—. Lo mejorcito para mi socio.

La chica le dedicó una mirada retadora y André sintió su orgullo herido en lo más profundo. Con la mente algo nublada por el alcohol en su estómago casi vacío, agarró a la joven de un brazo y la hizo sentarse sobre sus piernas.

—Disfrútala otro rato, amigo. Yo voy a darme un chapuzón, y a la hora de la comida volveremos a hablar de los detalles.

Fábio se despojó de su ropa y se lanzó desnudo al agua. De inmediato, su rechoncho cuerpo fue rodeado por las siete chicas que jugaban en la piscina.

André dio un respingo cuando la joven que tenía en su regazo se frotó contra él. Percibió en su mirada que no aceptaba otro rechazo.

Él no aceptaba insubordinaciones.

—No sabes con quién estás jugando, niña.

Se puso en pie y la arrastró hasta pegarla contra su costado. De camino a la casa, buscó con la mirada a uno de sus hombres. Uno en concreto. Le hizo una seña y este lo siguió adentro sin rechistar.

—Toma, toda tuya. —La empujó y la hizo chocar contra el fornido pecho del otro—. Puedes hacer con ella lo que quieras.

—¿Todo? ¿Todo lo que quiera? —El tono y la mirada de aquel hombre hicieron que Kayla s

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