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SUEñOS A MEDIDA

Núria Pradas  

4


Fragmento

1

Camprodon, primavera de 1926

Era una tarde suave, sin un soplo de viento. Una tarde primaveral perfumada de sol. El automóvil, un flamante Boattail amarillo, avanzaba por la carretera flanqueada por olmos. No hacía mucho habían dejado atrás Sant Pau de Segúries y se acercaban a Camprodon.

Ferran conducía concentrado en la carretera. A su lado, Roser, su mujer, contemplaba en silencio el desfilar de los árboles con sus enormes ojos de mirada asustadiza como pájaros sin alas, casi ocultos por el sombrero cloché ceñido a la cabeza. De pronto un rayo de sol centelleó con fuerza entre las copas de los árboles y una luz nueva, más alegre, refulgió en la mirada de Roser. Volvió la cabeza y miró a su marido esbozando una sonrisa. Su mano enguantada reposaba en el hombro de él. Ferran sintió la liviana mirada y también la caricia y las agradeció con la mejor de sus sonrisas, sin desviar la atención de la carretera repleta de curvas que se extendía ante los dos. Fue cuestión de segundos. Unos segundos en los que ambos, Ferran y Roser, olvidaron pensamientos que nublaban sus mentes como si las tuvieran llenas de humo.

***

El matrimonio formado por Ferran Clos y Roser Molins estaba ligado a una de las casas de moda más prestigiosas de Barcelona: Santa Eulalia. Roser era hija de Antoni Molins Gil, que había regentado el negocio hasta su muerte, en 1917, y hermana del actual propietario, Andreu Molins Ros.

Ferran Clos había empezado a trabajar en Santa Eulalia en el año 1918 en unas circunstancias un tanto especiales. Ocupó al principio una plaza de dependiente en la sección de caballeros, aunque muy pronto el joven director Andreu Molins advirtió en él un alma de artista dotada para el dibujo, el sentido del color y el gusto por las texturas. Ferran Clos encajaba como un guante en el engranaje de Santa Eulalia, y Andreu Molins no desaprovechó aquel potencial que tan bien se ajustaba a sus proyectos de expansión. Así nació el tándem indestructible que conduciría a Santa Eulalia a su época dorada. Gracias a la sensatez de Andreu Molins, el clarividente y eficaz empresario, y a la pasión creadora de Ferran Clos, lo que nació como un humilde almacén de tejidos se convirtió en nombre de referencia en el mundo de la alta costura barcelonesa.

Además de un trabajo de gran responsabilidad y que lo entusiasmaba, Santa Eulalia ofreció a Ferran un regalo inesperado: Roser. Cuando la conoció, ella era una joven de dieciocho años, tirando a alta, y rubia, de formas algo alejadas del modelo de mujer de la época, más frágil y andrógina. Roser tenía el cutis níveo, la nariz patricia, unos labios finos que sonreían poco y unos enormes ojos oscuros de mirada melancólica. Su rostro sereno a primera vista parecía algo triste. Pero solo a primera vista, porque quien se ganaba su confianza sabía que aquellos ojos podían llegar a brillar con chispas juguetonas y que sus labios sabían sonreír y lo hacían, cuando quería, con una ingenuidad seductora.

Poseía, además, una educación exquisita; era una joven que sabía estar, como decían los mayores. Sabía seguir una conversación y también intervenir en ella si convenía, no en balde había sido educada en los mejores colegios religiosos para señoritas de la ciudad condal. Poseía también una elegancia innata, casi aristocrática, que la hacía brillar en cualquier reunión y atraía un sinfín de miradas cuando descendía la gran escalinata del Liceu del brazo de su padre o de su hermano.

Ferran se enamoró de ella porque él se enamoraba de todas las muchachas hermosas que le salían al paso. Pero de Roser se enamoró de otra manera, ya que enseguida supo ver el papel que desempeñaría en su vida: el de la estabilidad, precisamente el ingrediente que faltaba en la fórmula de su existencia demasiado impetuosa, con tendencia a desbocarse. Se casaron en Sant Pau del Camp el 18 de mayo de 1921. Ferran tenía veinticinco y Roser veintiuno. Aunque era innegable que Ferran había ganado a pulso su posición en Santa Eulalia con su talento, también era evidente que con aquel enlace se hacía realidad su deseo de emparentar con una familia muy conocida en la ciudad. Ahora formaba parte de la Casa con pleno derecho. Sin duda se abría ante él un apasionante futuro y se hacía realidad uno de sus más secretos objetivos, los que se había marcado el invierno de 1918, cuando llegó a Barcelona y a Santa Eulalia con una carta de su padre, el doctor Clos, en la mano.

Sin embargo, antes de aquella esplendorosa mañana de mayo en que se celebró la boda, había habido traiciones, secretos y mentiras.

Y dolor.

Mucho dolor.

***

Roser volvió a fijar la vista en los árboles. ¡A qué velocidad cruzaban ante sus ojos! Casi llegaban a marearla. Pensó que así de veloces habían transcurrido aquellos cinco años de matrimonio con Ferran.

Y también muy distintos de como los habría querido. Todos les auguraban un futuro resplandeciente. Y lo cierto es que no se podía quejar de la vida que llevaba junto a su marido: viajes, fiestas… Lo tenía todo, incluso antes de desearlo. Era la vida que había soñado, para la que había sido educada y, sin embargo, no era feliz.

Roser se enamoró de Ferran en cuanto lo vio por primera vez, en la tienda. Era un joven desbordante de simpatía, seguridad, vitalidad. No muy alto, pero sí apuesto. Llevaba el pelo castaño claro engominado y peinado hacia atrás. Sus labios esbozaban casi siempre una sonrisa traviesa, tan traviesa como sus ojos, pequeños y vivaces, que recordaban las canicas con las que jugaban los niños, de cristal y con unas venillas de color en su interior. Siempre estaba atento a su apariencia y vestía con esmero. A Roser le encantaba el suave cosquilleo del bigote pequeño y recortado de Ferran al besarla. ¡Y cómo la besaba entonces! Pero aquel tiempo le parecía ahora muy lejano, el tiempo en que le hacía la corte y le decía las palabras más hermosas que nadie le había dicho jamás. Cuando le escribía cartas cada semana, cartas ardientes, con palabras que no se podían pronunciar, solo escribir.

Aquella había sido la mejor época de la vida de Roser. Feliz. Sí. Roser había sido feliz, había vivido días de plenitud, sinceros y alegres.

Esperanzados.

Dorados y azules.

Fueron los días que antecedieron a las ausencias, a las huidas, a las sospechas.

Sospechas.

¡Cuántas sospechas!

Comenzaron antes de casarse. Sin embargo entonces Roser todavía conservaba intacta la esperanza. También la ingenuidad. Pensaba que cuando fuesen marido y mujer podría doblegar a la bestia huidiza que Ferran parecía llevar dentro.

Pero se equivocaba. La fiera era indomable. Tras la simpatía y el encanto de Ferran se escondía un gran mujeriego, un irresponsable sin límites, un egoísta, eso sí, irresistible y encantador. Las sospechas se volvieron certidumbres. La felicidad se resquebrajaba. Ferran decía siempre que la amaba. ¡Y la amaba! Pero no solo a ella.

Pasaba el tiempo y Roser esperaba ilusionada la llegada de los hijos que harían indestructible su débil y frágil unión. Pero no venían, y su ausencia era como una sombra oscura que crecía día a día en su pecho.

Al principio, la falta de hijos fue una frustración más. Como la muchacha que era, educada para desempeñar a la perfección su papel en sociedad, Roser había aprendido a llevar la decepción de puertas adentro y sabía fingir una entereza de ánimo que estaba lejos de sentir. Iba a todas las fiestas, reía, bailaba y se consolaba pensando que ella y su marido todavía eran jóvenes y tenían todo el tiempo del mundo para ser padres. No obstante, cada mes que transcurría sin ver cumplido su gran deseo, ese consuelo mudaba en tristeza y sus sueños se diluían en una especie de rabia sorda que le llenaba el alma entera.

Con el paso del tiempo, la decepción se fue convirtiendo en obsesión. La pena era tan honda y la llevaba tan adherida en su interior que ya no la podía esconder y sintió la necesidad de hablar de ello con Ferran.

—Los hijos llegarán a su debido tiempo, querida, no lo dudo en absoluto. Lo que debes hacer es tener confianza y dejar de preocuparte.

Pero las palabras de Ferran pasaban de largo sin llegar a su corazón y Roser se hundía de nuevo en esa herida que le escocía rabiosamente. Entonces la nostalgia y la desilusión crecían.

En cambio, Ferran olvidaba en el acto la desazón de su joven esposa. Aunque quería ser padre, ese deseo era secundario en su vida. ¡La tenía tan colmada! De secretos, de amores, de trabajo, de proyectos…

¡Los proyectos! ¡Los proyectos de Andreu y Ferran! Eran los que estaban convirtiendo a Santa Eulalia, los viejos almacenes del Pla de la Boqueria, en un negocio moderno que, inspirado en las tendencias más innovadoras de París, estaba a punto de introducir la alta costura en Barcelona.

En especial el último proyecto. Roser nunca olvidaría el rostro de Ferran cuando le explicó la nueva aventura que él y Andreu pensaban emprender.

—Queremos crear nuestra propia colección. La primera. Toda nuestra. Una colección con el toque inconfundible de la casa.

Roser se estaba peinando ante el tocador del dormitorio. Solo llevaba puesta una combinación de pantalón corto, rabiosamente moderna, de color crudo y adornada con cintas de crespón de China color fresa. Seguía en la imagen que le d

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