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SUEñOS DE FELICIDAD

Lisa See  

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Fragmento

Título original: Dreams of Joy

Traducción: Efrén del Valle

1.ª edición: septiembre 2012

 

© 2011 by Lisa See

First Published by Random House, Inc. in the US.

Translation rights arranged by Sandra Dijkstra Literary Agency

and Sandra Bruna Agencia Literaria, SL.

All rights reserved.

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal:  B.22759-2012

ISBN DIGITAL:  978-84-9019-202-3

 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

A mi padre, Richard See

 

Nota de la autora

 

En 1958, un comité del Gobierno de la República Popular China desarrolló el estilo pinyin de transliteración para las palabras chinas, pero transcurrieron varios años antes de que se utilizara de forma generalizada en el continente y no fue adoptado por la Organización Internacional de Normalización hasta 1982. Por esa razón, he utilizado el sistema Wade-Giles de transliteración de términos chinos de conformidad con la época, el pasado y la formación de Pearl. Quienes hayan leído Dos chicas de Shanghái recordarán que Pearl también utiliza una combinación de cantonés y mandarín cuando habla.

El Gran Salto Adelante comenzó en 1958 y terminó en 1962. Aunque nunca se sabrá a ciencia cierta cuánta gente murió en la posterior hambruna, materiales de archivo publicados recientemente por el Gobierno chino, además de investigaciones realizadas por estudiosos y periodistas, apuntan a cuarenta y cinco millones de víctimas.

 

 

 

 

El aullido de una sirena de policía en la distancia me recorre todo el cuerpo. Los grillos chirrían en un incesante coro de recriminaciones. Mi tía gimotea en su cama gemela en el extremo opuesto del porche cubierto que compartimos, un recordatorio del sufrimiento y la vergüenza que han causado los secretos que ella y mi madre se han confiado durante la discusión de esta noche. Trato de escuchar a mi madre, que se encuentra en su habitación, pero está demasiado lejos. Ese silencio es doloroso. Me aferro a las sábanas y pugno por concentrarme en una vieja grieta del techo. Intento resistir desesperadamente, pero me hallo al borde de un precipicio desde la muerte de mi padre, y ahora tengo la sensación de que me han empujado y me precipito al vacío.

Todo cuanto creía saber acerca de mi nacimiento, de mis padres, de mis abuelos y de mí misma era mentira. Una gran mentira. La mujer a quien consideraba mi madre es mi tía. Mi tía es en realidad mi madre. El hombre al que quise porque ejerció de padre no guardaba parentesco alguno conmigo. Mi verdadero progenitor es un artista de Shanghái a quien mi madre y mi tía han amado desde antes de que yo naciera. Y eso es solo la punta del iceberg, como diría la tía May. Pero yo nací en el Año del Tigre; así pues, antes de que me abrumen la persistente negrura de culpabilidad por la muerte de mi padre y la angustia que albergo por esas revelaciones, me agarro con más fuerza a las sábanas, aprieto la mandíbula e intento acobardar mis emociones con mi ferocidad de tigre, pero no funciona.

Desearía hablar con mi amiga Hazel, pero estamos en mitad de la noche. Pero, por encima de todo, deseo regresar a la Universidad de Chicago, ya que mi novio, Joe, entendería por lo que estoy pasando. Sé que lo haría.

Son las dos de la mañana cuando mi tía concilia el sueño, y la casa parece en calma. Me levanto y me dirijo al salón, donde tengo guardada la ropa en un armario. Ahora oigo a mi madre llorar y es desgarrador. Ni se imagina lo que estoy a punto de hacer, pero, aunque así fuera, ¿me lo impediría? No soy hija suya. ¿Por qué iba a detenerme? Preparo una bolsa atropelladamente. Allá donde voy necesitaré dinero, y el único lugar que conozco donde puedo conseguirlo me traerá más desgracia y rubor. Me encamino presurosa a la cocina, busco bajo el fregadero y saco la lata de café que contiene los ahorros con los que mi madre pretendía costearme la universidad. Ese dinero representa todas las esperanzas y sueños que tiene depositados en mí, pero ya no soy esa persona. Siempre ha sido previsora, y por una vez en la vida le estoy agradecida. Su temor a los bancos y a los estadounidenses sufragará mi huida.

Busco papel y lápiz, me siento a la mesa de la cocina y garabateo una nota.

 

Mamá, ya no sé quién soy. Ya no entiendo este país. Detesto que esta nación matara a papá. Sé que pensarás que estoy confusa y que soy una estúpida. Y tal vez lo sea, pero tengo que encontrar respuestas. Quizá China sea mi verdadero hogar...

 

Sigo escribiendo y le digo que me dispongo encontrar a mi verdadero padre y que no debe preocuparse por mí. Doblo la hoja y la llevo al porche. La tía May ni se inmuta cuando deslizo la nota sobre mi almohada. En el umbral titubeo. Mi tío, que ha quedado inválido, está en su dormitorio, ubicado en la parte trasera de la casa. Nunca me ha hecho nada. Debería despedirme de él, pero sé lo que dirá: «Los comunistas no son buenos. Te matarán.» No necesito oír eso, y no quiero que alerte a mi madre y a mi tía de mi partida.

Cojo la maleta y echo a andar en plena noche. Doblo la esquina de Alpine Street y me dirijo a Union Station. Es 23 de agosto de 1957 y quiero memorizarlo todo, porque dudo que vuelva a ver el barrio chino de Los Ángeles nunca más. Antes me encantaba deambular por estas calles y las conocía mejor que cualquier otro lugar en el mundo. Aquí conozco a todos y todos me conocen. Las casas, casi todas ellas chalés de listones, han sido chinificadas, como yo digo, con bambú plantado en los jardines, macetas con naranjos enanos dispuestas en los porches y tablones de madera tendidos en el suelo, sobre los cuales se esparcen sobras de arroz para los pájaros. Después de nueve meses en la facultad y de los acontecimientos de esta noche lo veo diferente. Aprendí e hice muchas cosas en la Universidad de Chicago durante mi primer curso. Conocí a Joe y me uní a la Asociación Democristiana de Estudiantes Chinos. Estudié la República Popular China y lo que está haciendo el presidente Mao por el país, lo cual contradice todas las creencias de mi familia. Así que, cuando llegué a casa en junio, ¿qué hice? Critiqué a mi padre porque parecía que acabara de desembarcar, por la comida grasienta que servía en su bar y por los estúpidos programas que le gustaba ver en televisión.

Esos recuerdos desencadenan un monólogo interior que he mantenido desde su fallecimiento. ¿Por qué no vi lo que mis padres estaban pasando? Ignoraba que mi padre fuese un inmigrante que había llegado ilegalmente a este país. De haberlo sabido, jamás habría suplicado a mi padre que confesara ante el FBI como si no tuviese nada que ocultar. Mi madre responsabiliza a la tía May de lo ocurrido, pero se equivoca. Incluso la tía May cree que fue culpa suya. «Cuando el agente del FBI vino a Chinatown», me desvelaba en el porche hace solo unas horas, «le hablé de Sam». Pero al agente Sanders nunca le importó realmente el estatus legal de mi padre, porque lo primero que hizo fue preguntar por mí.

Y luego el círculo de culpabilidad y tristeza se estrecha todavía más. ¿Cómo podía yo saber que el FBI consideraba el grupo al que me uní un frente de actividades comunistas? Formábamos parte de piquetes contra establecimientos que no permitían a los negros trabajar o sentarse al mostrador. Denunciábamos que Estados Unidos había internado a ciudadanos de origen japonés durante la guerra. ¿Cómo podía convertirme eso en comunista? Pero así era para el FBI, motivo por el cual ese espantoso agente aseguró a mi padre que quedaría limpio si denunciaba a quien considerara comunista o simpatizante. Si yo no hubiese ingresado en la Asociación Democristiana de Estudiantes Chinos, el FBI no habría podido presionar a mi padre para que delatara a otros, concretamente a mí. Mi padre jamás me habría entregado, y no le quedó otra opción. Mientras viva no olvidaré la imagen de mi madre sosteniéndole las piernas en un intento desesperado por aliviar el peso de la cuerda que le rodeaba el cuello, como tampoco me perdonaré a mí misma por mi papel en su suicidio.

 

PRIMERA PARTE

El tigre se abalanza

 

Joy

Salvavidas

 

Recorro Broadway y después Sunset, lo cual me permite pasar por lugares que deseo grabar en la memoria. La atracción turística mexicana de Olvera Street está cerrada, pero las estridentes luces de Carnaval proyectan un brillo dorado sobre los puestos de souvenirs. A mi derecha se encuentra la plaza, el lugar de nacimiento de la ciudad, con su quiosco de música de hierro forjado. Justo detrás atisbo la entrada de Sanchez Alley. Cuando era pequeña, mi familia vivía allí, en el segundo piso del edificio Garnier, y ahora me inundan los recuerdos: mi abuela jugando conmigo en la plaza, mi tía regalándome piruletas mexicanas en Olvera Street y mi madre llevándome a la escuela de Chinatown todos los días. Fueron años felices y, sin embargo, estaban tan llenos de secretos que me pregunto qué era real en mi vida.

Ante mí, las palmeras dibujan sombras perfectas en las paredes de estuco de Union Station. La torre del reloj marca las 14.47. Apenas tenía un año cuando se inauguró la estación ferroviaria, así que este lugar también ha sido una constante en mi vida. A esta hora no hay coches ni tranvías, de modo que no me molesto en esperar a que cambie el semáforo y cruzo Alameda. Un único taxi aguarda junto al bordillo de la terminal. En su interior, la cavernosa sala de espera está desierta, y mis pasos retumban sobre los suelos de mármol y baldosa. Me meto en una cabina telefónica y cierro la

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