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SUEñOS ROJOS (CHASING RED 1)

Isabelle Ronin  

5


Fragmento

1

Caleb

En la pista de baile brillaban círculos de luz roja y verde, rayos que salían disparados de las bolas de discoteca que colgaban del techo. Era un viernes por la noche, y la discoteca estaba llena de gente que bailaba y saltaba al ritmo de la música vibrante del disc jockey. Me recordaban a los pingüinos que se apiñan para protegerse del frío, la diferencia es que ellos iban puestos de crac.

—¿Qué pasa contigo? —me gritó Cameron al oído, y me dio un puñetazo amistoso en el brazo—. Es la cuarta tía a la que le dices que no, y acabamos de llegar.

Me encogí de hombros. Me parecía patético admitir que estaba aburrido del sexo por el sexo y que tontear con tías empezaba a parecerme monótono y patético. Bueno, vale, el sexo no estaba mal, pero últimamente estaba buscando algo distinto. Un desafío, tal vez. La emoción de perseguir a una chica, de que te lo ponga difícil.

Di un buen trago de cerveza.

—Tú también te aburrirías de comerte la misma mierda todos los días —contesté.

Justin soltó una carcajada y señaló a la pista de baile sin soltar la cerveza.

—Mira eso, tío. ¡Joder! —exclamó, emitiendo un silbido agudo.

En medio de la pista había una chica bailando —no, tacha eso—... ¡rotando! Y lo hacía de una forma tan sensual que no pude evitar quedarme mirándola. Se movía como... No sé, pero la palabra sexo se me pasaba por la mente. Yo no era el único al que había seducido; había otros muchos ojos puestos sobre ella. Tenía cintura de avispa y llevaba un vestido corto y ajustado al cuerpo como una segunda piel.

Y era de un color rojo que llamaba al pecado. Jo-der.

Creo que hasta babeé un poco cuando se inclinó e hizo un movimiento de ensueño con las caderas, de forma que su melena larga y negra como el ébano se meció alrededor de la estrecha cintura. Con aquellos tacones de aguja, sus piernas parecían medir un kilómetro.

—Madre mía. A esa tía me la tengo que llevar a casa —gritó Justin, excitado.

El comentario fue lo suficientemente rastrero y molesto para que desviara mi atención de la chica unos instantes. Justin tenía novia, y yo no soporto a la gente que va por ahí poniendo los cuernos.

Cameron negó con la cabeza y luego levantó la vista porque una pelirroja se le había acercado para sacarlo a bailar. Se echó a reír, ladeó la cabeza y le susurró algo al oído a la chica, que soltó una risita. Él me hizo un gesto y se marcharon.

—Hola, capitán.

Una figura escultural que apestaba a perfume de flores se me acercó casi sin que me diese cuenta. Bajé la vista hacia los maquilladísimos ojos de Claire Bentley. Valoraba la magia que el maquillaje puede hacer con la cara de una chica, pero no si parecía que le hubieran dado un puñetazo. Claire lucía un par de ojos negros de mapache.

—¿Qué tal, Claire? —le dirigí una media sonrisa, pero solo conseguí animarla a agarrarme del brazo.

Uf, no. Pero ¿por qué me habría acostado con ella?

—Pues ya ves, nada nuevo. —Pestañeó rápidamente y apretó sus pechos contra mi costado. No pude evitar echarle un vistazo al canalillo. Sus tetas me estaban mirando. En fin, supongo que en aquella noche de borrachera ese par de encantos debieron de ser suficientes.

El tirante del vestido se le resbaló por el hombro. Alzó la vista y me miró como desde debajo de las pestañas, y me pregunté si habría estado practicando ese gesto. Fuera como fuese, me pareció bastante sexi. Probablemente, si se hubiera tratado de otro rostro, me habría mostrado más interesado. Quizá.

—Me debes una copa, Caleb. La que me estaba bebiendo se me ha caído al suelo cuando te he visto pasar. —Sacó la punta de la lengua y se acarició la parte superior del labio.

Disimulé una mueca de disgusto. Sus intenciones eran demasiado obvias, y no quería que me apresara toda la noche entre sus garras. Me devané los sesos pensando en cómo rechazarla sin ofenderla mientras miraba a mi alrededor para encontrar a Justin y Cameron, pero ninguno de ellos andaba por ahí. Mamones.

—Hola, cariño.

Abrí unos ojos como platos. La chica de la pista de baile que me había comido con los ojos sin reparo alguno me abrazó por la cintura y se las arregló para librarme de las garras de Claire. Cuando sus ojos se posaron sobre los míos, me olvidé de cómo respirar.

Era despampanante.

—Está conmigo —le dijo a Claire sin dejar de mirarme. El modo en que se movían sus labios me tenía cautivado. Eran prominentes y carnosos, y los llevaba pintados de un rojo muy, muy sexi—. ¿Verdad? —Su voz era grave y aterciopelada, y me hacía pensar en habitaciones oscuras y noches cálidas llenas de humo.

Sentí que el corazón me daba un vuelco en un segundo trepidante. Aunque podría haber sido un minuto entero, o dos. No me importó. No era guapa, no en el sentido clásico de la palabra. Pero su rostro era muy llamativo, impresionante. Unos pómulos altos y marcados, unas cejas largas y oscuras que se alzaban sobre unos ojos de gato que escondían incontables secretos. Y yo quería conocer todos y cada uno de ellos.

Como me quedé mirándola en lugar de responder, frunció el ceño ligeramente, recelosa. Su piel morena y dorada resplandecía bajo la tenue luz. Hizo que me preguntara cómo se sentiría al tacto. La agarré de los brazos en un santiamén, antes de que le diera tiempo a irse, y me los puse alrededor del cuello. Tal como la imaginaba. Tenía la piel suave y aterciopelada. «Más» era lo único que acertaba a pensar.

Me acerqué más a ella y le arrimé los labios al oído, permitiendo que le acariciaran ligeramente el lóbulo de la oreja.

—¿Dónde has estado? —susurré, y esbocé una sonrisa engreída al notar que se estremecía—. Llevo toda la vida buscándote.

Sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo, deslicé la nariz hasta justo debajo de su oreja y seguí hasta el hueco de la clavícula, pero ella dio un paso atrás antes de que pudiese hacer nada más.

—Se ha ido, ya estás a salvo —dijo con una sonrisa de suficiencia—. Ahora me puedes invitar a una copa para darme las gracias.

Me metí las manos en los bolsillos para contenerme y no volver a tocarla. Ya echaba de menos el tacto de su cuerpo entre mis brazos.

—Claro, ¿qué te apetece?

Sacudió la cabeza para echarse el pelo hacia atrás y no pude evitar contemplarla otra vez. Me tenía hipnotizado.

—Algo fuerte. Esta noche quiero ser otra persona. Quiero... olvidar.

Era la señal que estaba esperando. Deslicé la mano hasta la parte baja de su espalda y la atraje hacia mí hasta que nuestros rostros quedaron separados por solo unos centímetros.

—Conmigo puedes ser quien tú quieras. —Su aroma viajó hasta mi nariz. Era adictivo—. ¿Qué tal si nos vamos a algún sitio donde pueda hacerte olvidar, Red? —le propuse, pensando en el rojo de su vestido y de sus labios.

De repente, su mirada se enfrió. Colocó las palmas de las manos contra mi pecho y me empujó.

—Encantada de conocerte, gilipollas.

Me dijo adiós con la mano y se marchó, y yo me quedé mirándola con ojos de cordero degollado.

¡¿Qué acababa de pasar, joder?¡ ¿Esa chica me había rechazado?

La sensación era tan nueva que me quedé observándola, sin poder hacer otra cosa, hasta que desapareció entre la gente. Se tambaleaba un poco, como si hubiese bebido demasiado. Estuve a punto de correr tras ella para asegurarme de que estuviera bien, pero probablemente me habría escupido a la cara. Ya se ocuparían de ella sus amigos.

Pero ¿qué narices había hecho mal? Me había dado muchas pistas de que estaba interesada en mí. ¿Acaso quería que la invitara antes a una copa? Había empezado la noche anhelando un desafío y lo había estropeado como un idiota en cuanto se me había puesto delante. Qué ironía.

—¡Caleb! —gritó otra chica detrás de mí, pero ya no estaba de humor para nada que no fuese mi cama.

Al salir de la discoteca, cerré los ojos e inhalé aire fresco. Había dejado el coche al final del aparcamiento, y me apresuré, temeroso de que alguien me viera y me arrastrara adentro de nuevo. Antes que volver allí, prefería arrancarme el brazo de un mordisco.

Me encaminé hacia el coche, pero vacilé al atisbar la silueta inconfundible de una mujer inclinándose contra las sucias paredes de ladrillo del estacionamiento. Probablemente, había bebido demasiado y estaba vomitando hasta la primera papilla. La habría dejado en paz sin darle más importancia, pero cuando volví a mirarla me di cuenta de que había un hombre pululando a poca distancia. Cuando vi que se incorporaba y empezaba a caminar hacia ella,

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