Loading...

Tú NO MATARáS

Julia Navarro  

0


Fragmento

Agradecimientos

Mi gratitud a todos los que hacen posible que las historias se conviertan en libros.

A mis editores y, en especial, a Virginia Fernández.

También a los libreros y a los lectores que me han acompañado hasta hoy.

A Lola Travesedo, una vez más, por ayudarme a comprender el laberinto de la mente.

Y a Fermín y Álex, por estar siempre cerca.

Durante la escritura de este libro he tenido dos compañeros inseparables: la guía de Alejandría de E. M. Forster y mi querido Argos.

 

Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,

pide que tu camino sea largo,

rico en experiencias, en conocimiento.

A Lestrigones y a Cíclopes

o al airado Poseidón nunca temas,

no hallarás tales seres en tu ruta

si alto es tu pensamiento y limpia

la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.

A Lestrigones ni a Cíclopes,

ni al fiero Poseidón hallarás nunca,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no es tu alma quien ante ti los pone.

CONSTANTINO CAVAFIS, «ÍTACA»

imagen

1

Madrid, mayo de 1941

El sonido de las campanas sofocaba las voces que llegaban desde la arboleda. Reconoció su voz. Sí, estaba seguro. Era la del americano. ¿Con quién estaba? Sin duda con alguna mujer: a aquella hora y en aquel lugar y después de un buen rato de fiesta…, como en otras ocasiones él mismo se había refugiado bajo los árboles buscando intimidad para poder deslizar la mano sobre el cuerpo de alguna muchacha. Esta vez no. Ahora buscaba la soledad para vomitar. Había bebido demasiado. Le costaba caminar y el vino le subía desde el estómago hasta la boca presionando para ser expulsado.

Se recostó en un árbol. Estaba demasiado mareado para seguir caminando y se dejó caer. Escuchó al americano hablar más alto de lo normal y le pareció ver a alguien ocultándose entre los árboles cercanos.

La cabeza le daba vueltas. Vació el estómago y creyó sentirse mejor así, de manera que se puso de nuevo en pie y se aproximó cauteloso. No quería resultar indiscreto.

—¿Quién anda ahí? —preguntó.

—¿Fernando? —respondió una voz.

El tono apremiante le alarmó. Se acercó tambaleándose y encendió una cerilla que rasgó las sombras de aquel rincón sombrío.

El americano sujetaba entre sus brazos el cuerpo de Catalina. Con una mano le sostenía la cabeza y con la otra le estiraba de la falda intentando tapar sus piernas desnudas.

Ella estaba diciendo algo, pero no alcanzaba a entender sus palabras. Se sujetó al tronco de un árbol observando con atención la escena. Sí, el americano tenía entre sus brazos a Catalina; junto a ellos, en el suelo, las medias…

—¿Qué le has hecho? —preguntó Fernando alarmado.

—Nada…

Se agachó y encendió otra cerilla que iluminó el rostro de la joven. Un moratón le desfiguraba el pómulo izquierdo, tenía la blusa desgarrada y la falda estaba sucia de barro.

—¡Dios Santo! Pero ¿qué le has hecho?

—Nada, no te preocupes, creo que está bien… —contestó mientras le acariciaba el rostro.

Ella abrió los ojos y los volvió a cerrar. Alcanzó a ver una sonrisa en sus labios mezclada con una mueca de dolor. No entendía nada o… sí; empezó a despejarse recordando que había bebido tanto precisamente por culpa de ella.

Habían ido juntos hasta la Pradera de San Isidro, allí se encontraron con los amigos del barrio. Antoñito cumplía años y los había invitado a celebrarlo aprovechando que en aquellos días de mayo se había instalado un soplo de primavera. El padre de Antoñito, don Antonio, era estraperlista. Tenía una tienda de ultramarinos en la que durante la guerra se había podido encontrar algo de comer. Ahora presumía de sus buenas relaciones con los vencedores y por eso Antoñito les había prometido llevar unas cuantas botellas de vino para celebrar sus veinticuatro años. ¿De dónde habría sacado aquellas ristras de chorizo? ¿Y el vino? No es que fuera muy bueno, pero servía para divertirse y olvidarse de la guerra. Ningún joven del barrio se había atrevido a rechazar la invitación. No había familia que no tuviera deudas con la tienda de don Antonio salvo la de Pablo Gómez. Su padre, Pedro Gómez, era funcionario del Ministerio de Hacienda. Antoñito y Pablo decían ser amigos, aunque en realidad no dejaban de rivalizar por cualquier cosa, pero sobre todo por Catalina.

Pensó que no tenía que haber ido; no tenía derecho a divertirse mientras su padre estaba en la cárcel, pero no había tenido valor para decirle a Catalina que no la acompañaría. Quería estar con ella y, además, temía que algún otro se la quitara. Sabía que Pablo y Antoñito estaban al acecho.

Alguien le había dado un vaso de vino; ella al principio se había resistido a beber, pero el atardecer era cálido e invitaba a dejarse llevar. La vio beber dos o tres vasos de vino que la transformaron en otra mujer. Bailó con él y sintió su cuerpo pegarse al suyo, pero después bailó con otros con la misma intimidad.

Sobre todo con el americano. Sí. En realidad, Catalina le había suplicado que la acompañara a la Pradera porque le gustaba el americano. Se lo había dicho tiempo atrás. Y ahora estaba allí, tendida sobre la hierba, borracha, sin medias, con la falda subida dejando sus muslos al descubierto mientras el americano intentaba incorporarla.

—Ayúdame —le pidió el americano.

—¿A qué? Dejadme en paz…

Escuchó la voz de Catalina. Hablaba con dificultad, o eso le pareció.

—Marvin…, no me dejes… me duele mucho… —susurró.

—No te preocupes, no te voy a dejar… pero tienes que hacer un esfuerzo y levantarte… Te llevaré a casa… Fernando, ¿por qué no quieres ayudarme?

No, no quería ayudarle. En realidad, a él también le costaba moverse. Sintió una oleada de rabia. ¿Cómo habían podido hacer lo que habían hecho? Siempre había tenido a Catalina por una chica formal, hasta esa noche no había permitido que nadie se sobrepasara con ella; sabía poner a los chicos en su sitio, incluso a él, pese a que se conocían desde que eran unos críos.

Pero allí estaba medio desnuda en brazos del americano. Era evidente lo que había pasado entre los dos. Notó una punzada en el pecho y tuvo ganas de llorar.

Marvin logró ponerla en pie. La sujetaba por debajo del pecho y tiraba de ella obligándola a andar.

Los miró sin moverse. Las náuseas volvían a invadir su estómago. Que se fueran. Ya nada podía hacer.

—¡Fernando! ¡Fernando! Pero ¿es que no me oyes? Párate…

Habían pasado unos cuantos días desde que fueron a la Pradera. No la había visto desde entonces, en realidad la había evitado. Tampoco había visto a Marvin, pero eso era más fácil. El americano vivía en casa de Eulogio, pero apenas se dejaba ver. Hacía unos meses que había reaparecido y Eulogio le había abierto la puerta de su casa. Su amigo le había explicado que había conocido al americano en el Frente, donde los hirieron a los dos. Eulogio había vuelto antes del final de la guerra porque le habían herido de gravedad precisamente cuando ayudaba al americano. En la batalla del Jarama a punto estuvo de perder una pierna y eso le había convertido en un inválido para siempre. Cuando regresó a su casa, supo por su madre que su padre había muerto en el Frente de Aragón.

Cuando el americano se presentó, no hizo falta que le recordara que se habían conocido en aquel frío mes de febrero de 1937, en aquella batalla desesperada que fue la del Jarama; simplemente, Eulogio le acogió negándose a cobrarle siquiera unos céntimos. Marvin decía ser poeta. Había llegado a Madrid en la primavera del 36 para seguir las huellas de Cervantes, pero estalló la guerra y decidió quedarse en la creencia de que el dolor sería una fuente de inspiración; aun así, terminó haciendo de traductor de algunos periodistas norteamericanos que cubrían la contienda. Aquellos días en el Frente ayudaron a que congeniaran. Luego sucedió lo que sucedió y Eulogio nunca pensó que Marvin fuera a regresar, pero ahí estaba, dispuesto a retomar su Cuaderno de la Guerra Civil Española.

«Es un escritor, un poeta», explicaba Eulogio a los amigos del barrio. «Estuvo en el Frente al principio de la guerra, hacía de traductor, no combatió, pero en el Jarama también le hirieron y se marchó», afirmaba dándose importancia, aunque no tanta como para contar que había sido precisamente él quien había salvado la vida del americano.

Lo que ninguno entendía era por qué había vuelto y, sobre todo, cómo las autoridades franquistas habían pasado por alto que Marvin hubiera simpatizado con la causa de la República. Claro que a Franco poco debía de importarle tener a un americano pululando por las calles de Madrid que ahora eran suyas y en las que nada pasaba sin que llegase a sus oídos.

Fernando pensaba en todo esto mientras Catalina le observaba. Ella no solía interrumpir sus pensamientos. Desde que eran niños respetaba sus silencios y aguardaba hasta que veía algo en su rostro que era la señal de que estaba regresando a la realidad. Sí, se había ensimismado pensando en Eulogio y en el americano, olvidándose de la presencia de ella.

—Me han dicho que has vuelto a pedir el indulto para tu padre. ¿Crees que esta vez se lo darán? —preguntó con interés.

Fernando se encogió de hombros. Esa misma mañana había vuelto a dar dinero a don Alberto García, un abogado del que se decía que tenía mano con el Gobierno para conseguir indultos. Hasta ahora sólo les había sacado lo poco que poseían. Su madre había vendido todo lo que podía ser de algún valor, salvo los libros. No habría podido hacerlo. Aquellos libros que trepaban por las paredes de la casa eran lo que su esposo más quería en el mundo después de a su hijo y a ella. Su marido, Lorenzo Garzo, era filólogo, además de un reconocido editor y traductor que trabajaba dirigiendo la Editorial Clásica.

Fernando soñaba en ser como su padre y trabajar en la misma editorial. Desde niño había puesto atención en todo aquello que le veía hacer y cuando regresaba de la escuela, después de hacer los deberes que le ponía el maestro, aceptaba de buen grado dedicar dos horas más a estudiar inglés con su padre. «Si quieres ser traductor, tienes que dominar el idioma, y como mejor se aprenden los idiomas es cuando uno es aún un niño», le decía su padre. Y él se aplicaba pensando que algún día entraría por la puerta de Editorial Clásica y le tratarían con el mismo respeto y consideración con que trataban a su padre. No concebía oficio más hermoso que el de sumergirse en los mares que forman las palabras.

Fernando había vuelto a ensimismarse. Catalina aguardaba paciente, acostumbrada como estaba a esas «huidas» de su amigo.

—Mi madre me ha dicho que acaba de terminar una labor de ganchillo que a lo mejor podéis vender. Díselo a tu madre, pero sobre todo que no se entere mi padre, ya sabes cómo es.

Sí, lo sabía. La familia de don Ernesto, el padre de Catalina, tenía tierras en Huesca, y, según decían, hasta que estalló la guerra proporcionaban a la familia una buena renta. No es que los Vilamar fueran extraordinariamente ricos o, al menos, no tan ricos como otros, pero hasta el 36 habían vivido desahogadamente. Don Ernesto era un hombre retraído, católico y monárquico que desde el principio de la guerra había simpatizado con los nacionales.

Don Ernesto no había combatido en ningún Frente porque era corto de vista, además había enfermado del hígado al poco de comenzar la guerra y tuvo que guardar cama. Así que había permanecido en Madrid en espera de que el destino se decidiera por la República o por Franco, rezando para que ganara este último, como así sucedió; de manera que en el barrio a nadie le extrañó que acudiera a vitorear a las tropas de Franco cuando entraron en la capital.

—Se lo diré a mi madre —respondió Fernando, volviendo a la realidad.

—Fernando…, lo de la otra noche…

—No me digas nada.

—Estoy enamorada de Marvin. Me casaré con él.

—¿Te lo ha pedido?

—No, aún no… pero se casará conmigo, ¿no crees?

—No creo que ningún chico quiera casarse con una chica fácil.

Catalina le dio un bofetón, le miró con rabia y se le saltaron las lágrimas.

—¿Cómo puedes decirme eso? Yo no soy fácil, lo sabes bien.

—¿Ah, no? Pues yo creo que sólo las chicas fáciles se dejan hacer cualquier cosa por el primero que pasa. Te vi, Catalina, estabas con las medias quitadas, la blusa hecha un guiñapo, la falda… Se te veían los muslos y Marvin tenía sus manos en tus piernas…

—Yo… bueno, aunque no te lo creas, no me acuerdo muy bien…

—¡No me digas! Pues, si quieres, te recuerdo que bailaste con todos, sobre todo con Pablo y Antoñito. Precisamente cuando Pablo se puso pesado contigo me pediste que te lo quitara de encima, y en cuanto me fui a por un vaso de vino, decidiste desaparecer con Marvin, al que habías estado persiguiendo toda la noche.

Se quedó callada intentando buscar una respuesta más para sí misma que para Fernando.

—Ya te he dicho que no recuerdo muy bien lo que pasó… aunque tanto Antoñito como Pablo insistían en bailar conmigo y en que fuéramos a lo oscuro. Yo les dije que no… pero ellos se pusieron tan pesados… Menos mal que pasara lo que pasase, pasó con Marvin.

—¡Así que no te importa lo que has hecho! ¡Debería darte vergüenza!

—¡No me hables así, no te lo consiento!

—¿Y qué harás? ¿Se lo dirás a tu padre? Si se entera, te dará una buena paliza.

—Quiere que me haga novia de Antoñito, dice que es el único del barrio que tiene porvenir —respondió ella apesadumbrada.

—Pues no creo que Antoñito quiera saber de ti si te ha visto revolcarte con Marvin.

—Me da lo mismo si me ha visto o no: Antoñito me da asco, es un baboso. Además, ya te he dicho que pienso casarme con Marvin. Espero que me lleve lejos de aquí. Me gustaría vivir en América. ¿Tú has leído algún poema de Marvin?

—No, no me interesan.

La respuesta la desconcertó. Sabía que a Fernando le gustaba leer y que en su casa había más libros que en cualquier otra. Al fin y al cabo, don Lorenzo era editor y Catalina recordaba lo que solía repetirles a los niños del barrio: «Si no leéis, no entenderéis la vida ni sabréis quiénes sois». Ella nunca había entendido lo que quería decir, pero tanto le daba. La guerra había interrumpido su educación al igual que la de tantos otros niños y jóvenes, aunque su madre se había empeñado en que continuara recibiendo «clases de señorita», y así fue como había aprendido a familiarizarse con las teclas del piano durante unas interminables sesiones en casa de su tía Petra.

«Puede que algún día te sea útil lo que te enseño», le decía su tía, sabiendo que su sobrina no tenía especial talento para la música. Pero aquellas clases las entretenían a las dos. A Catalina le permitía salir de su casa sin que su padre se preocupara y a su tía, parlotear sobre la familia. Se había quedado viuda nada más comenzar la guerra y aunque su marido, que era funcionario, tenía algún dinero ahorrado, la contienda había menguado su patrimonio. Doña Petra no dejaba de lamentarse porque su esposo, sin ninguna necesidad, se hubiera unido a las tropas nacionales y perdiera la vida en el Frente de Aragón. Pero era una mujer resuelta y ahora que había acabado la guerra, intentaba ganarse la vida en aquel Madrid hambriento dando clases de piano y de francés en las Teresianas, un colegio de monjas, donde acudían las hijas atolondradas de estraperlistas y otros sinvergüenzas que buscaban una pátina de respetabilidad presumiendo de la educación que estaban procurando a sus criaturas, mientras el resto de sus conciudadanos apenas podían subsistir.

Catalina sonrió para sus adentros. También ella se estaba perdiendo en sus propios pensamientos. Era lo bueno de estar con Fernando, porque si no querían, no tenían por qué hablar. Podían estar el uno junto al otro en silencio sin necesidad de malgastar palabras. Fernando era muy dado a ensimismarse e incluso a olvidarse de que su amiga estaba a su lado, pero no le importaba, no lo tomaba como una ofensa. No había nadie más leal a ella que aquel chico desgarbado.

Guardaron silencio un buen rato hasta que Catalina se cansó y carraspeó para devolverle a la realidad.

—¿Cuándo sabrás algo del indulto? —insistió.

Fernando se encogió de hombros. No tenía respuesta. El abogado le había pedido paciencia.

—Cuando vayas a la cárcel a ver a tu padre, si quieres te acompaño. Y recuerda que tienes que pasar por casa a buscar los paños de ganchillo de mi madre.

—No creo que tu padre te permita que me acompañes a la cárcel, ya que protesta porque tu madre y tú aún os tratéis con nosotros.

—Ya sabes cómo es… pero no os quiere mal, sólo que cree que tu padre os ha colocado en el bando equivocado.

—¿Y tú piensas como él? —preguntó Fernando con la voz cargada de tensión.

—Yo no sé lo que pienso, Fernando. He pasado mucho miedo durante la guerra, en el barrio casi todos temían que llegaran los nacionales, menos nosotros y pocos más… Y aunque no soy roja como vosotros, tampoco me gustan los franquistas como don Antonio Sánchez y don Pedro Gómez, y mucho menos sus hijos. Claro que Marvin estaba con la República y él tiene más discernimiento que yo, de manera que…

—¡Creía que pensabas por ti misma! ¿Qué te importa a ti lo que piense Marvin? —respondió iracundo.

—Pues claro que me importa, él tiene más elementos de juicio, ve las cosas con más claridad que nosotros. Deberías alegrarte porque Marvin simpatizara con la República. La otra noche me dijo que para España era una catástrofe que la guerra la hubiera ganado Franco.

—Déjame en paz, Catalina, no tengo ganas de aguantarte.

Fernando le dio la espalda y comenzó a caminar hacia la plaza de España, en dirección a la imprenta. En aquel trabajo apenas ganaba unas pesetas; desde luego, insuficientes para mantenerse él y su madre. Había perdido todo. Los ahorros de su padre se habían esfumado en papel de la República, pero aún conservaban la casa. Don Antonio, el tendero estraperlista, le había dicho a su madre que tenía un amigo dispuesto a comprársela. Pero por lo que les ofrecía más les valía regalarla.

Además, ¿adónde podían ir? Pensó que su madre se moriría de pena si tuviera que dejar su casa. Era la que había heredado de sus padres y en la que llevaba viviendo toda su vida. Fernando prefería robar antes que tener que sacar a su madre de entre aquellas paredes que eran su única certeza.

Él trabajaba cuanto podía. Por la mañana, en cualquier obra en la que necesitaran a alguien dispuesto a cargar sacos y hacer los trabajos más duros; por la tarde, en la imprenta, y por la noche todavía encontraba unas horas para estudiar. Quería ser como su padre, pero no estaba seguro de poder conseguirlo. Sabía que los hijos de los rojos no tenían las mismas oportunidades.

Se encontró con Eulogio, quien arrastraba su pierna herida.

—¿Dónde vas tan aprisa? —le preguntó su amigo.

—Hay mucho trabajo en la imprenta —respondió Fernando sin muchas ganas de hablar.

—Pues parece que huyes de alguien. Llevas una cara… —añadió Eulogio, escrutando su rostro.

—¡Que tontería! ¿De quién iba a huir? No se puede huir de los franquistas, están por todas partes —replicó malhumorado.

—¿Y me lo vas a decir a mí?

Fernando no contestó. Eulogio tenía razón. Cuando su amigo regresó de la guerra tuvo que aparcar su sueño de convertirse en un gran pintor y consentir en buscarse una ocupación que le diera de comer. Así que por el día pintaba y durante la noche trabajaba guardando el almacén de don Antonio, el estraperlista. El tipo le dijo que le contrataba por pena, porque le conocía de toda la vida en el barrio, aun sabiendo que había luchado con los republicanos, y de eso se aprovechaba porque apenas le daba unos céntimos con los que subsistir. Eulogio apretaba los dientes para contener la ira y se decía a sí mismo que cualquier día se iría al monte a unirse a los últimos resistentes, por más que su madre le había pedido que aceptara la derrota: «Hemos perdido la guerra, pero como no hemos muerto y seguimos vivos, tendremos que aguantarnos. Y podemos darnos por satisfechos con que don Antonio no te denuncie por rojo». Aceptó. Lo hizo porque no quería añadir más dolor al dolor de su madre. Así que accedió a vender a don Antonio el piso en que habían vivido hasta entonces y se trasladaron a una buhardilla. Eulogio se consolaba pensando que la buhardilla no estaba mal del todo; había otras peores. Los techos no eran demasiado bajos y al menos tenía tres habitaciones, además de la cocina, y desde las ventanas podían ver los muros del Convento de la Encarnación. Suficiente para su madre y para él.

—Hay mucho sinvergüenza suelto… Don Antonio se está haciendo con el barrio: compra por cuatro perras las casas y las revende por una buena cantidad. Ten cuidado, que tiene echado el ojo a tu casa. Ya ves lo que me pasó a mí —continuó diciendo Eulogio.

—Te dije que aguantaras —le recordó Fernando.

—¿Y dejar que mi madre se muera de hambre? Aún tengo que estar agradecido porque me dé trabajo en el almacén como guarda nocturno. Si vieras todo lo que tiene… No sé de dónde lo saca, pero cada día llega alguna camioneta con chatarra. Se está haciendo de oro.

—Su mujer nos engañó a todos. Decía que no sabía dónde estaba su marido y claro que lo sabía: siendo falangista, solo podía estar en el Frente pegando tiros. Se rumorea que, cuando llegaba a los pueblos, le gustaba participar en los fusilamientos de los antifascitas.

—Sí, sí que ha sido lista. Logró mantener la tienda de ultramarinos y se dedicó a prestarnos a todos haciendo firmar pagarés. Además, juraba que no sabía nada del marido cuando venían los de los comités obreros. Engañó a todos fingiendo ser la mujer abandonada y renegando del marido. Pero ya viste que cuando él regresó, le recibió con los brazos abiertos.

—Estaban de acuerdo. Él la aleccionó bien, debió de decirle que la única manera de que no perdieran la tienda era que jurara que la había abandonado. Y la gente del barrio se portó de maravilla, porque podían haber dicho a los de los comités que la tienda era de un falangista.

—Pero nadie lo hizo, Fernando; supongo que porque, a pesar de todo, los conocemos de toda la vida. Aunque he de decirte que a mi pobre padre nunca le cayeron bien.

—Es que se los veía venir… menuda gentuza.

—Bueno, pero ahora don Antonio es mi jefe, ya me ves haciendo de guarda de almacén.

—¡Menudo guarda estás hecho!

—¿Y cómo quieres que me gane la vida? —respondió, dolido por el comentario de Fernando.

Eulogio tenía veintiocho años, le sacaba tres a Fernando, pero siempre se habían llevado bien. Incluso se habían ido juntos al Frente en los primeros días de la guerra, cuando las tropas de los nacionales pugnaban por hacerse con la capital. Aquélla fue la única ocasión en la que Fernando había discutido con su padre por marcharse al Frente sin decírselo.

Lorenzo Garzo creía que era su deber como republicano luchar para defender los valores de la República. Fernando quiso imitarle, de ahí que sin consultárselo se hubiera unido a Eulogio y a otros amigos que espontáneamente habían decidido echar una mano a los milicianos que luchaban para parar el avance hacia Madrid de las tropas nacionales. Sólo recordaba el caos y la confusión. Aquélla fue la primera vez que tuvo un arma en la mano. Pero el enemigo no estaba cerca, de manera que no sabía si los disparos se perdían o hacían blanco.

Cuando su padre se enteró, le reconvino y le negó el permiso para volver al Frente diciéndole: «Fernando, tú no matarás», y como él insistió, entonces su padre, muy serio y señalándole con el dedo, le volvió a repetir: «No matarás, hijo, tú no matarás. Porque ningún hombre vuelve a ser el mismo después de haber quitado la vida a otro hombre». Se plegó a las palabras de su padre aceptando participar en la guerra formando parte de la organización «Cultura Popular». Se jugaba la vida llevando hasta las trincheras periódicos y libros, además de ayudar a surtir a las bibliotecas y hospitales y alimentar la propaganda del Frente Popular.

A don Lorenzo, el padre de Fernando, le gustaban los cuadros de Eulogio y solía alabar su talento artístico. Fernando había hecho suyas las opiniones de su padre; además, había encontrado en el pintor a alguien con quien poder hablar y, sobre todo, lamentarse sin temor a ser denunciado. ¿De dónde habían salido tantos franquistas? Él siempre había pensado que en Madrid casi todos eran republicanos y por eso la ciudad había resistido hasta el final. Pero ahora había franquistas por todas partes y cualquier palabra que pudieran interpretar como de reproche al Régimen tenía consecuencias inmediatas. Lo que más se temía en aquellos días era que alguien te denunciara a las autoridades por haber estado del lado de la República. El general Mola había dicho la verdad cuando amenazó con «la quinta columna».

—¿Por qué no intentas vender alguno de tus cuadros? —preguntó Fernando.

—Esta gente no entiende de arte —respondió su amigo.

—¿Qué gente?

—Pues los que han ganado, los que ahora mandan. Marvin me ha prometido llevarse algún cuadro a París cuando se vaya. Si no fuera por mi madre, yo también me iría… Allí comprenden a Picasso, a Braque, a Miró… Los reverencian y compran sus pinturas.

—¿Marvin se va?

—Bueno, no inmediatamente, puede que dentro de un mes. Dice que desde que está aquí apenas puede concentrarse. Mi madre me ha explicado que se pasa la noche escribiendo y le oye maldecir y romper lo que escribe. La situación no le inspira.

—Pero ¿qué clase de poeta es?

—No sé… pero en París han publicado algunos de sus poemas en dos antologías de poetas jóvenes y ahora está escribiendo un Cuaderno de la Guerra Civil Española.

—No me gusta tu amigo —confesó Fernando.

—Lo que no te gusta es que Catalina se haya colado por él. Estás celoso, Fernando, se te ve a la legua. Pero Marvin no tiene la culpa de que las chicas se lo rifen, y mucho menos Catalina. Pero no te preocupes, en cuanto él se vaya, ella volverá a ti, no tiene otro más cerca que merezca la pena. Pablo Gómez también bebe los vientos por ella. Menudos aires se da Pablito porque su padre trabaja en un ministerio. Pero Catalina no le hace ni caso. Yo que tú no me preocuparía porque… —De repente Eulogio guardó silencio.

—¿Qué?

—Nada, nada. En cualquier caso, Marvin es un tío guapo que aunque no presume de tener nada, se le nota que viene de buena familia. Mira la ropa que lleva…

La sinceridad bruta de Eulogio le dolió, aunque sabía que no hablaba así para ofenderle. Simplemente era incapaz de ninguna doblez y eso le impedía medir lo que decía.

—¿Crees que el americano gusta a todas las chicas? —preguntó expectante.

—¿Es que no te has dado cuenta? Le encuentran… No sé… diferente. Él les habla de cosas abstractas: la belleza, el sufrimiento, la amistad, el compromiso… ¡Qué sé yo! Y no es para engatusarlas. Además, tiene ese aire de hombre atormentado que a las mujeres les despierta un deseo irrefrenable para sacarle de su infierno interior. Reconoce que el tío es guapo. ¿Cuántos españoles conoces que sean rubios y tengan los ojos azules? Y alto, también es alto. Las chicas de aquí nos tienen muy vistos, Fernando. Tu Catalina se ha prendado de él como todas las demás.

—No es «mi» Catalina. Somos amigos desde niños, ya lo sabes.

—Sí, pero tú no la ves como una hermana. Has estado enamorado de ella desde que erais pequeños. Te recuerdo cuando eras un crío, siempre pendiente de ella. Si se caía, ibas a ayudarla y cargabas con sus libros camino de la escuela. Chico, si es que no lo puedes disimular, estás colado hasta las cachas. En el barrio siempre hemos dado por supuesto que Catalina y tú os terminaréis casando. Además, aquí no hay otro mejor que tú por más que su padre quiera casarla con Antoñito. Creo que ella preferiría meterse a monja antes que casarse con el hijo del estraperlista. Menudo sinvergüenza, de tal palo tal astilla; ahora anda ayudando a su padre con el negocio. No los soporto… con ese bigote ridículo que llevan. Pero ya ves, les tengo que estar agradecido por darme trabajo en vez de denunciarme a los falangistas.

—Se aprovechan de ti —replicó Fernando.

—Claro, pero yo también procuro aprovecharme de ellos. Cuando puedo, les birlo algo. Hoy he cogido un poco de harina y unas lentejas, además de unos cuantos cigarrillos —respondió Eulogio muy ufano mientras le ofrecía un cigarrillo que Fernando rechazó.

Se había entretenido demasiado y llegaba tarde a la imprenta. Al despedirse, acordaron que por la noche Fernando subiría a la buhardilla de Eulogio a fumarse el cigarro prometido.

Llegó apenas con un minuto de retraso. Disfrutaba de su trabajo en la imprenta. Era lo más parecido a la labor de edición y mucho mejor que acarrear ladrillos o manejar las poleas como hacía por las mañanas. Tenía las manos agrietadas, y le dolía mucho la espalda. Pero no se quejaba. No quería que su madre sufriera, bastante padecía ya por la suerte que pudiera correr su padre.

Cuando regresó a casa por la noche se encontró en el portal con Marvin. El americano le tendió la mano y no supo negársela.

—La otra noche te fuiste y me habría venido bien que me echaras una mano con Catalina.

—Oye, déjame en paz, allá vosotros con vuestros asuntos —espetó enfadado.

Marvin le miró sin dar importancia a su malhumor y le ofreció un cigarrillo. Fernando dudó si rechazarlo, pero era un pitillo americano. Lo aceptó.

—¿Cómo va lo de tu padre? —se interesó Marvin.

—Igual.

—Están fusilando a mucha gente, ojalá tu padre se salve.

Fernando tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el zapato. No podía soportar que nadie pusiera en entredicho la suerte que podía correr su padre.

—No le fusilarán —exclamó airado.

—Es difícil vivir aquí… Este país no es lo que era. Recuerdo los primeros meses de la guerra… Todo era distinto.

—¿A qué viniste a España? —preguntó Fernando con curiosidad; era la primera vez que estaban a solas.

—España es la tierra de Don Quijote y de Lope de Vega, de Santa Teresa, Góngora, Jorge Manrique… Además, no quería

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta

Información básica sobre Protección de Datos

En Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U , trataremos tus datos personales sólo bajo tu expreso consentimiento para la prestación del servicio solicitado al registrase en nuestra plataforma web y/o para otras finalidades específicas que nos haya autorizado.
La finalidad de este tratamiento es para la gestión del servicio solicitado e informarte sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos. Por nuestra parte nunca se cederán tus datos a terceros, salvo obligación legal.
En cualquier momento puedes contactar con nuestro Delegado de Protección de Datos a través del correo lopd@penguinrandomhouse.com y hacer valer tus derechos de acceso, rectificación, y supresión, así como otros derechos explicados en nuestra política que puede consultar en el siguiente enlace