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Tú Y YO. NIVEL: AVANZADO (Tú Y YO 2)

S.J. Hooks  

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Fragmento

1

 

 

 

Al despertarme, imágenes y sonidos de mis sueños se arremolinaban en mi cabeza: los ojos de Julia, sus labios, la curva de sus caderas, los dulces suspiros que emitía conforme yo dejaba una estela de besos sobre su cuerpo. Despertarme excitado era algo habitual en mí; automáticamente bajé la mano y froté con pereza mi erección por encima de los pantalones del pijama. Gemí ligeramente y me aferré con más fuerza. Cuando estaba a punto de dejarla al descubierto para empezar a acariciarme, oí una tenue risita junto a mí.

¡Mierda!

Abrí los ojos súbitamente y el corazón me latió desbocado en el pecho. Recordé que, por primera vez desde que era adulto, no había amanecido solo. Julia estaba a mi lado: Julia, mi alumna, una chica que no había hecho más que irritarme en clase durante los primeros meses del semestre de primavera. Pero todo cambió la noche que nos encontramos en la puerta del bar de mi hermano, cuando me invitó a su apartamento y luego a su cama. Lo que empezó como un rollo esporádico había dejado de serlo para mí. A punto había estado de echarlo todo a perder tras ponerle por error mala nota a uno de sus trabajos, pero me había perdonado.

Ella había venido a mi casa la noche anterior, desconsolada por la muerte de su abuelo, y yo la había recibido con los brazos abiertos. No solo la convencería para que me diera otra oportunidad, sino que la conquistaría y le demostraría que nuestra relación podía aspirar a algo más que a mero sexo.

Como es obvio, no había empezado con buen pie.

No puedo creer que me haya pillado toqueteándome. ¡Menudo romántico estoy hecho!

Intenté que mi mano cooperase para despegarse de mi erección, pero me había quedado totalmente paralizado. En mi vida había pasado tanta vergüenza. Por fin logré apartar la mano de la entrepierna y la posé sobre mi estómago. Las mejillas me abrasaban y me tapé la cara con la almohada.

Oí a Julia reír por lo bajini y la miré de soslayo. Estaba tumbada de lado, con la cabeza apoyada en la mano, sonriéndome con dulzura. Mi pijama de rayas le daba un aire sumamente joven e inocente, que se acentuaba aún más con su pelo suelto y alborotado.

Parece un ángel y yo acabo de comportarme como un pedazo de animal.

—Yo, eh… Lo siento mucho. No lo he hecho aposta. Estoy acostumbrado a estar solo y únicamente ha ocurrido porque es…, hum, por la mañana, y la verdad es que no puedo evitarlo. Perdona —farfullé, y acto seguido volví a taparme la cara.

—Stephen —dijo entre risas—. Estoy al tanto de las erecciones mañaneras. No tienes por qué avergonzarte. Estaba disfrutando del numerito.

¿Qué?

Alcé la vista hacia ella.

—¿De veras?

—Mmm. Verte tocándote me ha puesto de lo más cachonda. ¿Quieres que te ayude?

—No hace falta. O sea, no hay por qué hacer nada. Yo… No es ese el motivo por el que te invité a pasar la noche —me apresuré a aclarar. No deseaba que pensase que esperaba algo de ella a cambio. Pedirle que se quedara a dormir en mi casa había sido la mejor decisión de mi vida. Bueno, en realidad, la mejor había sido ofrecerme a llevar a Julia a su casa en la puerta del bar de Matt aquella primera noche, pero esta ocupaba la segunda posición.

—Ya lo sé —dijo en voz baja—. Quiero hacerlo.

Me coloqué de costado frente a ella y se acercó a mí.

—¿Estás segura? —susurré.

Asintió y sonrió. Acerqué la cabeza para besarla, pero se echó un poco hacia atrás.

Ha cambiado de opinión. Voy a abrazarla y punto. Anoche le gustó.

—Julia, yo…

—Aliento matinal —susurró.

—Me da igual —dije entre dientes, al tiempo que tomaba su cara entre mis manos para rozar mis labios contra los suyos.

Aunque se entregó al beso, no entreabrió la boca. Sonreí ante el tácito acuerdo: no había inconveniente en besarse al despertar siempre y cuando fuese sin lengua. Podría vivir con eso. Le desabotoné la camisa del pijama y fui besando su suave piel conforme la dejaba al descubierto. Aspiré su fragancia y me deleité en su nuevo olor. Olía a calidez, a sueño, a mujer —mi mujer, mi Julia—. Mucho más tentador y atrayente que cualquier perfume de marca. Mordisqueé la curva de su pecho y desabotoné otro botón para dejar al desnudo su pezoncito rosa y besarlo con ternura. Dibujé un círculo con la punta de la lengua para envolverlo y lo chupé. Julia emitió un leve suspiro y noté sus dedos entre mi pelo. Le quité la camisa del pijama y la besé en los labios.

—Eres tan bonita… —dije en tono reverente.

Cuando me sonrió ya no me sorprendió la palpitación que despertó en mi interior. Era el amor que sentía por ella… y en ese momento solo deseaba demostrárselo. Tomé sus pechos entre mis manos y mi boca les dedicó a cada uno de sus pezones idéntica atención hasta que se pusieron turgentes y Julia empezó a jadear.

—Dime si quieres que pare —susurré.

—No pares —contestó enseguida—. Es un gustazo.

Seguí concentrado en sus pezones mientras le desanudaba el cordón de los pantalones del pijama y acto seguido fui descendiendo con la mano por su espalda hasta que palpé tan solo su tersa piel desnuda. Mi erección se sacudió ante el descubrimiento.

—Oh —gemí contra sus pechos—. No llevas ropa interior.

—No me la prestaste anoche —dijo con un suspiro—. No quise ponerme las mismas braguitas después de bañarme. Pensaba que igual lo habías hecho aposta.

—Ojalá fuera tan listo —mascullé, y jugueteé con la lengua sobre su pezón al tiempo que le sobaba el culo desnudo.

—Joder —gruñó—. Me estás poniendo a cien, Stephen. Tócame, por favor.

Jamás te negaré nada.

Le di un último apretón en las nalgas y le quité el pantalón de pijama. Pasé la mano por su vientre y sonreí cuando levantó impaciente la pierna a modo de invitación. Noté una sensación suave, delicada y húmeda al contacto de mis dedos y gemí al sentir lo excitada que estaba.

—Te deseo.

—Pues tómame, Stephen —murmuró—. Hazlo.

Me zafé del pijama en un tiempo récord y me coloqué de manera que quedásemos tendidos de costado, cara a cara. La verdad es que me apetecía quedarme en esa postura, pero no sabía si en realidad era posible. Julia se acercó un poco más, colocó la pierna sobre mi cadera y bajó la mano para guiarme. Tomé una súbita bocanada de aire al sentir su calor contra mí.

Vale, ¡sí que se puede!

Incliné las caderas ligeramente y avancé despacio hasta hundirme en su resbaladizo calor.

El paraíso.

—Oh, Dios —jadeé—. Siempre es tan…

—Lo sé; es alucinante.

Me aferré con fuerza a su muslo y le cubrí de besos el cuello y el pecho mientras empujaba despacio dentro de ella.

—Estás calentita. Qué sensación tan buena.

Le levanté la pierna un poco má

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