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Tú Y YO. NIVEL: PRINCIPIANTE (Tú Y YO 1)

S.J. Hooks  

5


Fragmento

1

 

 

 

Al mirar la hora, di un leve suspiro de alivio. Mi clase estaba a punto de comenzar y, por suerte, ella no había hecho acto de presencia. Por lo general, desaprobaba que mis alumnos faltaran a clase, pero por lo visto la cosa había cambiado mucho desde el inicio del semestre de primavera, cuando ella entraba con aire despreocupado en el aula, irritándome cada dos por tres. Volví a mirar mi reloj. Hora de empezar.

Entonces la puerta se abrió bruscamente y mi buen humor se desvaneció.

Cómo iba a faltar a clase. Sería la primera vez.

Entró a la sala con su habitual aire danzarín, con unos cascos absolutamente descomunales, meneando la cabeza al ritmo de la música. ¿Acaso era mínimamente consciente de las miradas que despertaba? ¿Le importaba? Probablemente no, dado el atuendo—por llamarlo de alguna manera— que elegía. Las botas militares que calzaba estaban gastadas y sin lustre, llevaba unos pantis negros llenos de agujeros, una falda diminuta y, por si fuera poco, le había recortado el escote a la blusa de manga larga, de modo que el hombro le quedaba al descubierto. Mis ojos se posaron ahí, notando la ausencia de un tirante de sujetador.

Los cachas del fondo también se fijaron, y la siguieron con la mirada en su recorrido, mientras sus movimientos hacían patente que definitivamente no llevaba nada debajo de la ceñida blusa. Al levantar la vista hacia ella, nos cruzamos la mirada fugazmente. Me dedicó una amplia sonrisa con un guiño. De repente, sentí que la pajarita me apretaba el cuello y tuve que reprimir el impulso de quitármela de un tirón.

Cuando pasó como si tal cosa por delante de mi mesa, fingí que miraba la hora. Imponía demasiado a tan corta distancia… Esos labios rojos y todo ese potingue negro que llevaba embadurnado en los ojos. Era como mirar a un mimo en versión distorsionada.

Yo no entendía por qué decidía presentarse con esa facha cuando, por lo demás, era bastante mona. Tenía buen tipo, los ojos azules y grandes, y una larga y brillante melena castaño cobrizo. Pero nunca se dejaba el pelo suelto. Ese día parecía que se había enrollado espesos mechones con una batidora antes de sujetárselos en la coronilla con un prendedor.

Su aspecto no era lo único que me fastidiaba. La chica no parecía tener ninguna consideración por el hecho de que yo fuera su profesor, ni por el decoro con el que se suponía que debía comportarse en mi presencia. A menudo me llamaba «Stephen», a pesar de que la corregía cada vez que ocurría. Yo no era «Stephen» cuando daba clase y esperaba que mis alumnos se dirigieran a mí con el tratamiento de «profesor Worthington» o bien «señor». Ni que decir tiene que mis expectativas se veían truncadas en lo que se refería a esa irritante joven. Ese día había sido prácticamente la primera vez que me había guiñado el ojo y yo no había tenido la menor idea de cómo reaccionar en esa coyuntura. Ella era totalmente impredecible, lo cual me ponía nervioso. Nunca dudaba en interrumpirme en clase si discrepaba en algo.

¿Y cuándo no discrepa en algo?

Jamás en mi vida había conocido a una chica tan dogmática y testaruda hasta la exasperación. Tenía ganas de que acabase el semestre para poder perderla de vista de una vez por todas. Era lista —eso era innegable— y yo estaba convencido de que aprobaría la asignatura con nota alta.

Se sentó en primera fila, como siempre, y la observé mientras dejaba el bolso en el suelo. El movimiento hizo que el escote de su blusa, de por sí holgado, se deslizara por debajo del hombro, dejando aún más al descubierto su pálida piel. Eso me molestó más si cabe que sus continuas interrupciones y su reprobable conducta. ¿Por qué no vestía como Dios manda? Sería una jovencita encantadora si se pusiese una falda con un largo decente y, tal vez, una blusa de seda. Pero, por lo visto, se empeñaba en ir como una pordiosera, echando a perder sin remedio mi buen humor. A mí me gustaban el orden y la previsibilidad, y con ella en mi clase no podía disfrutar de ninguna de las dos cosas.

Se apellidaba, cómo no, «Wilde»[1].

La señorita Wilde se había convertido en un constante motivo de fastidio en mi horario docente de martes y viernes, por lo demás agradable, y no veía la hora de librarme de ella.

Carraspeé para avisar a mis alumnos de que la clase daba comienzo, y por una vez se serenaron rápidamente. Yo conocía de sobra el motivo de su inusitado comportamiento: ese día íbamos a tratar la novela Lolita de Vladimir Nabokov. La trama subida de tono de un hombre maduro que se enamora y mantiene relaciones sexuales con una niña de doce años la convirtió en un clásico de todos los tiempos en las aulas. Aún estaba prohibida en muchos lugares, y nada hacía sentir a mis alumnos de literatura más adultos que leer libros «prohibidos». Cuando comenzó la clase, me sorprendió ver que, por una vez, la señorita Wilde no participaba; tomaba apuntes en silencio con un esbozo de sonrisa en el rostro.

En el transcurso del debate, un estudiante sentado al fondo comentó que el personaje principal, Humbert, era un enfermo mental que no controlaba sus actos, por lo que se merecía un poco de indulgencia.

—Pero no puedes defenderlo —replicó una chica cuyo nombre yo no recordaba—. ¡Es un pervertido consumado y corrompe a la niña!

—En realidad, pienso que ocurre al contrario —terció la señorita Wilde, sin levantar la vista de sus apuntes.

—¿Cómo? —se sorprendió la chica—. ¿Lo dices en serio?

—Como que me apellido Wilde —respondió ella—. Estoy casi segura de que Lolita es la que corrompe a Humbert. Lo seduce y él cae rendido a sus pies. ¿Qué tío no lo haría?

—¡Pero si no es más que una cría! —insistió la otra chica.

—Efectivamente, pero sabe de sobra lo que se hace cuando lo seduce. No es su primera experiencia sexual; luego él prácticamente come de la palma de su mano. No digo que él actuara bien, pero tienes que recordar que la ve como una chica joven, y por su parte su madurez emocional no supera la de un niño de doce años.

La chica se quedó sin argumentos y bajó la vista.

—Esa es una buena observación —admití.

Aunque las intervenciones a destiempo de la señorita Wilde me fastidiaban, siempre realizaba excelentes aportaciones a los debates. Por lo general, me agradaba tener a alumnos tan participativos en mi clase para animar los debates. Solo que en su caso había algo que me crispaba. Por

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