Loading...

TAN CERCA DE LA VIDA

Santiago Roncagliolo  

0


Fragmento

I

Al llegar, Max tuvo un sueño extraño. O quizá no fue un sueño.

Quizá era el jet lag. Había volado más de doce horas sin saber dónde terminaba la mañana y dónde comenzaba la noche. Había dormido sentado, alternando la vigilia con desagradables pesadillas. Hasta donde recordaba, el vuelo había sido sólo un largo y espeso duermevela. Y las cosas no mejoraron en el aeropuerto. Se sentía mareado y aturdido, y le costaba entender por dónde ir o qué hacer. Imitaba torpemente a los demás pasajeros en la esperanza de salir de ahí tarde o temprano.

En el pasillo a la aduana, llamó su atención un cartel:

BIENVENIDO A TOKIO

SI SIENTE ALGÚN TIPO DE MALESTAR,

FIEBRE O TOS, PASE A LA ENFERMERÍA

Max consideró la posibilidad de acercarse, pero no estaba seguro de en qué órgano de su cuerpo se hallaba el problema. Lo que tenía no era tos ni fiebre, aunque sí, en términos estrictos, un malestar. Se preguntó si podrían impedirle la entrada al país en caso de portar algún virus. Escudriñó la enfermería de reojo, como un prófugo, tratando de evitar llamar la atención. En el interior, había un enfermero con la cara oculta bajo una mascarilla. Max sintió que debajo de esa máscara no había un rostro. Desvió la mirada. En un rincón, una pantalla escaneaba a los pasajeros y los convertía en siluetas de colores. Entre las siluetas, Max descubrió la suya: una figura de tonos desvaídos detenida en una esquina del cuadro. Siguió de largo.

Tardó poco en migraciones y en aduana, pero el tiempo se había vuelto elástico, lento. Cuando logró salir, le pareció que llevaba horas caminando.

Llamó a un taxi. Cuando se detuvo, Max creyó que era un vehículo fantasma, sin conductor. Pero luego comprendió que el volante estaba a la derecha, como en los autos ingleses. Trató de abrir la puerta de atrás sin conseguirlo. El cerrojo estaba echado y, por más que forcejeó, la puerta no se movió. Malhumorado, Max golpeó la ventanilla e insultó al taxista vanamente en su idioma. Llevaba demasiado tiempo en un avión para además tener paciencia con un maldito taxi. Nada ocurrió. Ya iba a alejarse pero la puerta se abrió sola, como si tuviese voluntad propia.

Max arrojó su maleta en el interior, y luego se arrojó él mismo en el asiento de atrás. En su cabeza asomó la idea de que había vuelto a ser un niño, y que tendría que aprender a vivir todo de nuevo, hasta las cosas más pequeñas. Era un pensamiento muy extravagante, y no entendió por qué se le había ocurrido.

El aeropuerto quedaba lejos de la ciudad. El taxi atravesó una zona industrial interminable. Después, en la ventanilla empezaron a sucederse imágenes que Max había visto en otras ciudades, la mayoría sólo en películas: un castillo de Disney, un puente de Brooklyn sobre un fondo de edificios, una Torre Eiffel. Tokio parecía infestado de réplicas, como un parque temático de las grandes ciudades. Ese pensamiento era igual de absurdo que el anterior, pero a Max le hizo reír.

Ya en la ciudad, el taxi enfiló por una autovía aérea y circuló entre los edificios, a la altura de las ventanas, como si navegase por el aire. El paisaje era sólo una invariable serie de torres de hormigón. Ningún área verde. Ninguna casa de una planta. En el tablero de mandos, la pantalla del GPS parpadeaba con mapas de la ciudad y caracteres japoneses.

—¿En qué parte de la ciudad estamos? —preguntó Max en una lengua que, según pensó, el taxista podía comprender—. ¿Esto es el este? ¿El oeste? ¿Es un barrio rico o pobre?

El taxista no dijo nada. No dio señales de haberle escuchado siquiera. Max repitió la pregunta en voz más alta, con el mismo silencioso resultado.

Un grueso cristal de seguridad separaba al conductor de los asientos traseros. Max pensó que quizá estaba insonorizado. La posibilidad era un poco delirante, pero no más que las puertas automáticas o los volantes a la derecha. Tocó con los nudillos el cristal, pero el taxista tampoco respondió esta vez. Al contrario, aumentó la velocidad. A su alrededor, los edificios se movían más rápido, uno tras otro, huyendo en el espejo retrovisor. Max golpeó el cristal con un poco más de fuerza. Finalmente, presa de un pequeño arranque de histeria, lo aporreó con la mano abierta, ya sin ganas de conversar, sólo para que el chofer no lo ignorase.

No obtuvo respuesta.

Sólo cuando abandonaron la autovía y entraron en el tráfico de la ciudad, el conductor dijo algo. Casi nada. No más de uno o dos rápidos monosílabos, Max no llegó a entender sus palabras. Ya en una calle normal, entre tiendas de comida rápida y oficinas, el taxi aminoró la marcha hasta detenerse frente a un semáforo. Y el conductor volteó a ver a su cliente.

Max no pudo creer lo que veía a través del cristal.

El conductor tenía su mismo rostro, como si se estuviese mirando en un espejo.

Max se sobresaltó. Pero el conductor no debía notar nada extraño, porque le dirigió una sonrisa de cortesía. Incluso su dentadura era la de Max. El mismo colmillo torcido. El mismo hoyuelo en la mejilla. El mismo lunar en el cuello. El mismo hombre, en suma.

Max perdió el aire. Una mano invisible le oprimió el corazón. Trató de abrir la puerta pero, por supuesto, eso no dependía de él. Miró a su alrededor en busca de la realidad, o de ayuda. En el auto del costado, un hombre tarareaba una canción despreocupadamente. Max trató de llamarlo, hasta que reparó en su perfil. La nariz larga, con un ligero ensanchamiento en el tabique. El ángulo de la oreja. Las pestañas largas. Era él, Max. Un Max con aspecto de ir a casa a almorzar. El hombre del otro coche también era Max, un Max con más prisas, estresado. El taxista preguntó:

—¿Está todo bien, señor?

Sonó con un fuerte acento japonés, pero él seguía siendo Max.

Presa del pánico, Max —el original— desvió la vista hacia los peatones que esperaban la luz verde. Se reconoció en cada rostro de la multitud. En el caballero con corbata que parecía llegar tarde a una reunión. En el obrero con casco y chaleco reflectante. Incluso en los niños. En las ancianas. Todos eran versiones idénticas de él mismo.

Trató de gritar, pero su garganta sólo dejó escapar un silbido sordo. Sintió que se ahogaba.

Y entonces abrió los ojos.

—¿Está todo bien, señor?

El conductor —un conductor normal, con una cara propia y una voz propia— golpeaba el cristal de seguridad con los nudillos. Max miró a su alrededor. Estaban detenidos en un estacionamiento, frente a una puerta deslizante. El GPS brillaba con su mezcla de dibujos e ideogramas, indistinguibles unos de otros. Afuera, un botones se acercaba al vehículo. Con alivio, Max constató que el botones tampoco se le parecía. Era sólo un botones. Trató de incorporarse y abrir la puerta con una mano que adivinó sudorosa. No lo consiguió. De nuevo se sintió atrapado. Presa del miedo.

Se volvió hacia el conductor. El taxista señalaba insistentemente una pantalla entre los dos asientos delanteros. La pantalla indicaba el importe del trayecto. A su lado había una ranura para introducir tarjetas de crédito. Sólo esperaba que pagase antes de abrirle la puerta.

Max pasó la tarjeta de la empresa. Marcó su clave. Al fin, la puerta del coche se abrió, dejando entrar una bocanada de aire fresco.

II

Max ascendió hasta el piso cuarenta y cinco. En las tres paredes del ascensor se vio multiplicado por los espejos, que le recordaron su extraño sueño. Era el jet lag, sin duda. Estaba aturdido. En realidad, llevaba meses aturdido. Desde el accidente. Pero no. No quería pensar en eso. No debía pensar en eso. Era el jet lag.

Cuando se abrieron las puertas, se encontró en un suntuoso salón de té, un escenario tan imponente que lo arrancó de sus divagaciones. De un lado brotaba agua de una fuente de mármol. Del otro extremo se encontraba la recepción del hotel. Entre las mesas decoradas con flores, circulaban mujeres vestidas con quimono que vertían humeantes infusiones en las tazas. Pero lo más impactante eran las vistas. Gigantescos ventanales encerraban el salón de té como si fuese una gran caja de cristal suspendida en el aire. Allá abajo, muy abajo, edificios iguales entre sí cubrían el paisaje hasta perderse en el horizonte, como un bosque de cemento.

Entonces llegaste tú. Llevabas el uniforme del hotel y te situaste a su lado, esperando pacientemente a que él reparase en tu presencia. Hacías lo mismo con todos los huéspedes. No querías interrumpir sus pensamientos, ni parecer violenta. No te importaba tu tiempo. Te importaba su confort. Cuando Max al fin volteó a verte, le hiciste varias reverencias. Aun así, tardó en comprender que estabas ahí para recibirlo. Balbuceó algo en su idioma, pero tu rostro se mantuvo imperturbable. Tras unos instantes de duda, habló en una lengua que tú entendías:

—Trabajo en la corporación —dijo.

Mantuviste una inexpresiva cortesía. Nunca contradecías a

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta