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TAN LEJOS, TAN CERCA

Andrea Muñoz Majarrez  

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Fragmento

Prólogo

Horton Hall, 1846

Jennifer Malory llegaba por fin a su nuevo destino. Había estado dos años sirviendo en casa de la señora Price, viuda de un capitán de infantería de gran fortuna. Tras el fallecimiento de esta, su único heredero, el señor Watson, había decidido vender la propiedad y despedir al personal. Sin embargo, por las molestias, ordenó redactar unas excelentes referencias.

Gracias a ello, Jennifer consiguió rápidamente un nuevo puesto, mucho mejor que el anterior. Comenzaría a trabajar como sirvienta en Horton Hall, el hogar de lord Davenport en Branston, Lincolnshire. Llevaba varias horas viajando desde Surrey, y estaba algo cansada, pero a la vez ilusionada.

La diligencia llegó a la entrada de Horton Hall, y Jennifer quedó asombrada al ver la hermosa mansión. Se trataba de una majestuosa casa señorial, rodeada de verdes prados, que emanaba elegancia y distinción a raudales. Aquel lugar imponía mucho respeto. Al fin y al cabo, reflejaba el poder de la familia Davenport, una de las más importantes del reino.

De repente, Jennifer empezó a sentirse un poco nerviosa. Se bajó del carruaje y se dirigió a la enorme puerta de entrada. Llamó y, enseguida, un sirviente la condujo al interior. Si el exterior de la mansión la había impresionado, el vestíbulo la dejó sin palabras. Era muy espacioso, con una enorme escalera a un lado, que llevaba a la planta superior, algunos cuadros colgados en las paredes y una enorme lámpara de araña en el techo. La madera predominaba en la decoración, dando un ambiente cálido al lugar.

El sirviente, un caballero de mediana edad, elegantemente vestido con un traje oscuro, la instó a seguirle y Jennifer obedeció. Bajaron por unas escaleras que llevaban a la planta inferior, donde estaba la cocina. Caminaron por un corto pasillo y, finalmente, se detuvieron delante de una puerta de madera de color blanco. El sirviente llamó, y una voz femenina les invitó a pasar.

Jennifer entró con el corazón en un puño. La estancia era pequeña, con las paredes decoradas con papel pintado en colores claros y la luz entraba a través de una enorme ventana. Allí había una dama, sentada delante de un pequeño escritorio de madera. Saludó a la mujer haciendo una reverencia, mientras el sirviente que la había acompañado se marchaba, cerrando la puerta tras de sí.

—Por favor, siéntate— la instó la dama, indicándole con un ademán de su mano la silla que había delante del escritorio.

Jennifer obedeció de inmediato y se sentó. Observó expectante a la dama, que estaba ojeando unos papeles que había repartidos encima de la mesa. De repente, la mujer alzó la vista y le sonrió dulcemente.

—Bienvenida a Horton Hall, Jennifer. Soy la señora Stone, el ama de llaves de esta casa.

Jennifer se relajó al ver la expresión afable de la mujer.

—Gracias por su bienvenida. Es un placer conocerla, señora Stone.

—Estaba volviendo a leer las referencias que me has enviado. Veo que tienes una amplia experiencia en el servicio.

Jennifer asintió.

—Así es, señora. He servido durante dos años en casa de la señora Price en Surrey, y anteriormente trabajé durante tres años con la familia James, también en esa zona.

—Tienes unas referencias excelentes, debo decir. ¿Qué edad tienes? Pareces joven.

—Veintitrés años, señora.

—¿Dónde naciste?

—En Manchester. Allí empecé trabajando en una fábrica textil.

—Vaya, veo que en tu corta existencia no has perdido el tiempo y has trabajado duro. Me alegra. La última sirvienta que contratamos no tenía experiencia alguna y resultó ser un desastre. No hacía su trabajo de forma diligente.

—Yo soy muy trabajadora, señora. L

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