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TARJETA AMARILLA (FLASH RELATOS)

Paolo Bacigalupi  

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Fragmento

Tarjeta amarilla

Los machetes relucen en el suelo del almacén, reflejando una roja conflagración de yute, tamarindo y muelles percutores. Ya están por todas partes. Los hombres con sus pañuelos verdes en la cabeza, sus consignas y sus hojas chorreantes. Sus voces resuenan en el almacén y en la calle. El hijo número uno ya ha desaparecido. A Flor de Jade no consigue encontrarla, da igual cuántas veces pedalee su número de teléfono. Los rostros de sus hijas se han partido por la mitad, como durios afectados por la roya.

Más llamaradas. La negra humareda se enrosca a su alrededor. Atraviesa las oficinas del almacén a la carrera, dejando atrás las carcasas de madera de teca y los pedales de hierro de los ordenadores, los montones de ceniza que señalan el lugar donde sus empleados se han pasado la noche quemando documentos, eliminando los nombres de las personas que han ayudado a las Tres Velas.

Corre, asfixiado por el calor y el humo. Una vez en su elegante despacho, se abalanza sobre los postigos de la ventana y forcejea con los pestillos de bronce. Embiste con el hombro contra la madera pintada de azul mientras el almacén arde y los hombres de piel tostada irrumpen como una marabunta, blandiendo sus viscosos cuchillos escarlatas...

Tranh se despierta, sin aliento.

Unos afilados cantos de cemento se clavan en las protuberancias de su espinazo. Un asfixiante muslo salobre le cubre la cara. Aparta de un empujón la pierna del desconocido. En la penumbra resplandecen pieles barnizadas de sudor, marcadores impresionistas que señalan la posición de los cuerpos que fluctúan y se agolpan a su alrededor. Ventosidades, gemidos y vuelcos, carne contra carne, hueso contra hueso, los vivos y los muertos a causa del calor, todos juntos.

Un hombre tose. Pulmones húmedos y gotitas de saliva que surcan el aire hasta el rostro de Tranh, que tiene la espalda y el vientre pegados a las sudorosas pieles desnudas de los desconocidos que lo rodean. La claustrofobia se revuelve en su cubil. Se obliga a contenerla. Se obliga a yacer inmóvil, a respirar de forma acompasada, hondamente, a pesar del calor. A paladear las sofocantes tinieblas con toda la paranoia de su mente de superviviente. Se mantiene despierto mientras los demás duermen. Conserva la vida cuando otros hace ya mucho que la perdieron. Se obliga a permanecer inmóvil, y a escuchar.

Suenan timbres de bicicleta. Abajo, a lo lejos, a diez mil cuerpos de distancia, a toda una vida de distancia, suenan timbres de bicicleta. Se desenreda de la madeja humana, arrastrando tras él el saco de cáñamo que contiene sus pertenencias. Llega tarde. De todos los días en los que podría demorarse, este es el peor. Se cuelga la bolsa de un hombro huesudo y baja las escaleras a tientas, pisando con cuidado entre el alud de car

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