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TE DESEO PARA Mí (ROSA BLANCA 6)

Laura A. López  

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Fragmento

Capítulo 1

Londres, 1840

Se miraba frente al espejo, indecisa entre dos vestidos. No sabía cuál de ellos la haría ver más bonita o resaltaría sus finas facciones y su exótica combinación de cabello negro y ojos grises.

—¡Madre! —exclamó.

—¿Y ahora qué te sucede, Lucy? —preguntó su madre, cansada de sus berrinches de niña malcriada.

—Estoy indecisa, y necesito de sus ojos para decidir qué ponerme. ¿Cuál de estos vestidos es el indicado? —indagó dudosa.

—Ponte cualquiera, todos te favorecen, querida —condescendió su madre.

—Quiero estar hermosa, madre, ayúdeme, por favor.

—Está bien, pero deja de ser quejosa, niña.

Ante las palabras de su madre, ella sonrió. Lucy estaba tan contenta, tenía la ilusión de volver a ver a cierto caballero con el que se tropezó yendo con su madre a la modista. Era tan atractivo, parecido a su hermano Brian, ojos azules y cabello negro, un excelente prospecto que le había entrado por los ojos.

Ella soñaba con casarse bien, ser algún día condesa, porque los condes abundaban, solo que los buenos habían sido conquistados temporadas anteriores, y debía ser muy selectiva con sus candidatos; su esperanza era averiguar quién era el hermoso caballero que había conquistado sus ojos.

—Lucy, querida, no me estás escuchando —reprochó su madre al verla perdida en sus pensamientos.

—Lo siento, madre. ¿Qué sucede?

—¿Piensas aún en ese jovencito?

—Sí, era muy galante. ¿No lo cree, madre?

—No te hagas muchas ilusiones —recomendó lady Mariane—, no lo conozco por lo que probablemente no sea un noble, y tú sabes que tu padre quiere que te cases con alguien que tenga un título y una posición que ofrecerte, aunque yo no estoy de acuerdo.

—No comprendo por qué mi padre piensa de esa manera, si él no tiene un título. Brian heredará el título de conde de Derby, es un poco tonto, ¿no lo cree? Él no le dio un título, madre.

—No porque nos habíamos enamorado, pero éramos parte de familias nobles, él es hijo de un conde y yo de un vizconde, hay una pequeña diferencia con un don nadie, querida.

—Pues si me enamoro me casaré con ese hombre y no con el título. Si es un hombre con título bienvenido sea, lo acepto, pero si no, igual me casaré, le guste a mi padre o no. No obstante, es un requisito que sea rico —comentó Lucy, sonriente.

—Por supuesto. No podrías mantener este estilo de vida con un pobre diablo, eres demasiado mimada por tu padre. Me sorprende que no aspires a un duque o un marqués, o hasta quizás a un príncipe.

—Tengo corazón aunque no lo parezca, madre, y ese extraño fue quien se me metió por los ojos y lo quiero para mí. —Sonrió colocándose uno de los vestidos sobre las enaguas.

—Si tu padre te escuchara, moriría de un infarto.

Estaba lista. Lucy era digna exponente de la familia Lowel; era una familia bendecida por la naturaleza, y eso pasaba de generación en generación.

Por un momento, se recostó en la cama y se perdió en un recuerdo.

—¡Señorita Lucy, no agarre tantas cajas! —Se preocupó la modista, la señora Pollet.

—Señora Pollet, puedo con todas. El cochero se llevó lo más pesado y solo faltan estos. Mi madre ya está en el carruaje.

—Tenga cuidado al salir, la calle es muy transitada.

—No se preocupe, saldré sin ningún inconveniente.

Ella salió a ciegas. Intentaba buscar su carruaje con ligeros movimientos, pero las cajas se lo impedían. Se maldijo un segundo y luego con un movimiento brusco, buscó su carruaje otra vez. Sin embargo, aquel movimiento la desequilibró y no pudo colocarse correctamente para sostener las cajas. Su caída en la vía pública era inminente. Sintió que las cajas le cayeron a algún transeúnte de la concurrida avenida.

—¡Lo siento, lo siento tanto, caballero, fue un accidente! —intentó disculparse por la vergüenza. El hombre estaba casi sepultado por las cajas.

Al emerger de la oscuridad, observó a la delicada criatura que interrumpió su tranquilo paseo por aquella calle. No podía escracharla, era un ángel solo un poco torpe con tantas compras.

—Discúlpeme por favor, soy un tonto. He sido poco educado al no acudir en su ayuda al verla con tanta carga en sus delicados brazos... —musitó con una sonrisa radiante en el rostro.

—Creí poder sola, aunque sí necesitaba ayuda —dijo poniéndose colorada por la galantería del hombre—, soy la señorita Lucy Lowel.

—Señorita Lowel —masticó su nombre con gusto y la observó sin reservas—, es un placer, yo soy...

—¡Lucy, cariño! ¿Estás bien? —indagó Mariane bajando del carruaje.

—Estoy bien. El caballero es quien creo que está herido por mi causa —indicó ella observando el raspón en las manos del hombre.

—Estoy bien, señorita Lucy, la ayudo con sus cajas —se ofreció apilán

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