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TE ESTOY VIENDO

Clare Mackintosh  

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Fragmento

«Clare Mackintosh lo ha vuelto a hacer. Un thriller que te deja sin aliento y con un planteamiento brillante. Una carrera a contrarreloj que querrás acabar como sea.»

Daily Mail

«Maravillosamente siniestra. Tras leerla, ya no puedo dejar de mirar detrás de mí…»

FIONA BARTON

«Sorprendente, original… y terriblemente cercano a una posible realidad.»

The Times

«Clare Mackintosh sabe como aumentar la tensión para dar el golpe de gracia al final.»

The Irish Independent

«Con Te estoy viendo, Clare Mackintosh ha conseguido superarse a sí misma. Escalofriante.»

JENNY BLACKHURST

«Espeluznante. Un thriller profundamente perturbador.»

Heat

«Un thriller inteligente y único.»

Sunday Times

«Brillante segunda novela de una de las más prometedoras voces del género.»

JEFFREY ARCHER

«Absorbente y rebosante de acción.»

Sunday Mirror

«Increíblemente taquicárdica.»

C. L. TAYLOR

«Mackintosh se adentra en los grandes miedos de nuestro tiempo en esta novela de ritmo frenético.»

Metro

«Un punto de partida fascinante y una atención al detalle que cautivará al lector. ¡Me encantó!»

RENEE KNIGHT

«Inteligente, adictiva, provocativa. Ya nunca podrás ir en metro del mismo modo…»

B. A. PARIS

«Me enganchó desde la primera página. Sobrecogedora y persuasiva.»

CLAIRE DOUGLAS

«Un thriller que te mantiene en vilo constante… Un argumento inquietantemente plausible y un final de infarto.»

Good Housekeeping

«Una vez más, Mackintosh ha hecho una novela febril, diabólicamente buena, con un giro inesperado.»

MARK EDWARDS

«Un thriller psicológico que impacta desde el primer momento.»

Best

«Te estoy viendo es tanto un emocionante retrato de la familia moderna como un thriller sublime que te mantiene pegado hasta la última página.»

KATE HAMER

«¡Genial!»

TAMMY COHEN

«Te estoy viendo me ha tenido intrigada desde la primera hasta la última línea. Magníficamente construida, absolutamente verosímil y totalmente adictiva.»

JANET ELLIS

«Una idea brillante brillantemente desarrollada.

Un thriller que parece real.»

ALEX LAKE

«Fantásticamente terrorífica.»

Fabulous

A mis padres, que me enseñaron tanto

Agradecimientos

No cabe duda de que el segundo libro puede ser una experiencia delicada, y la presente obra no habría sido posible sin el apoyo, orientación y colaboración práctica de muchas personas generosas. Mi más sincero agradecimiento a Guy Mayhew, David Shipperlee, Sam Blackburn, Gary Ferguson, Darren Woods y Joanna Harvey por su ayuda en la investigación necesaria para este libro. Todos los errores son míos, y la licencia poética se aplica de forma deliberada. Siento una especial gratitud hacia Andrew Robinson, quien invirtió tanto tiempo personal en ayudarme que lo he incluido en el libro.

Gracias a Charlotte Beresford, Merilyn Davies y Shane Kirk, por sus opiniones sobre el argumento y por haber sido mis lectores beta, y a Sally Boorman, Rachel Lovelock y Paul Powell por haber pujado de forma tan generosa en las subastas organizadas para recaudar fondos y así tener el derecho a que un personaje llevara su nombre.

La vida de una escritora es a menudo solitaria. La mía es de una riqueza maravillosa gracias a las comunidades de Twitter, Instagram y Facebook, cuyos miembros siempre están dispuestos a alentarme con sus palabras, sus copas virtuales de champán y sus sugerencias para nombres de cobayas. Tanto en mi vida virtual como en la real sigue sorprendiéndome la generosidad de los escritores y lectores de thriller que acabo de describir: no podrían haberme apoyado más. Los creadores son un grupo de gente asombrosa.

Tengo la suerte de contar con la representación de la mejor agente de este mundo, Sheila Crowley, y me siento profundamente orgullosa de ser autora de la agencia literaria Curtis Brown. Deseo expresar mi especial agradecimiento a Rebecca Ritchie y Abbie Greaves por su apoyo.

No sería ni la mitad de buena escritora que soy sin el talento ni la visión de mi correctora, Lucy Malagoni, con la que siempre es un placer trabajar. El equipo de Little, Brown es excepcional, y deseo expresar mi agradecimiento a Kirsteen Astor, Rachel Wilkie, Emma Williams, Thalia Proctor, Anne O’Brien, Andy Hine, Kate Hibbert y Helena Doree por su entusiasmo y dedicación.

Debería existir un premio para las familias de las escritoras, quienes soportan los cambios de humor, los plazos de entrega, las cenas quemadas y el llegar tarde al colegio. En ausencia de medallas, deseo expresar mi amor y mi agradecimiento a Rob, Josh, Evie y George, quienes iluminan mi vida y hacen posible que existan mis libros.

Por último, mi más profundo agradecimiento a los libreros, bibliotecas y lectores a los que tanto les gustó Te dejé ir; gracias a ellos se convirtió en un éxito. Me siento muy agradecida y espero que también disfrutéis con Te estoy viendo.

Haces lo mismo cada día.

Sabes exactamente adónde irás.

No estás sola.

1

El hombre que tengo detrás está tan pegado a mí que podría humedecerme la piel del cogote con su aliento. Desplazo los pies hacia delante unos centímetros y me pego más a un abrigo gris que huele a perro mojado. Tengo la sensación de que no ha parado de llover desde principios de noviembre; una fina capa de vapor emana de los cuerpos calientes apiñados unos junto a otros. Un maletín se me clava en el muslo. Cuando el tren toma una curva con brusquedad, no me tambaleo gracias al peso de las personas agolpadas a mi alrededor y porque apoyo una mano accidentalmente sobre el abrigo gris en busca de cierto equilibrio. Ya en Tower Hill, el vagón escupe una docena de viajeros llegados a la ciudad desde las afueras y se traga otra docena, todos apresurados, ansiosos por llegar a casa para pasar el fin de semana.

—¡Ocupen la totalidad del vagón! —se oye por el altavoz.

Nadie se mueve.

El abrigo gris se ha marchado, y yo avanzo como puedo para ocupar su lugar, sobre todo porque ahora logro sujetarme a la barra y ya no tengo el ADN de un desconocido en el cogote. El bolso se me ha desplazado hasta la espalda y tiro de él para colocármelo por delante. Dos turistas japoneses llevan sendas mochilas enormes apoyadas sobre el pecho, por lo que ocupan el lugar de otras dos personas. En el otro extremo del vagón, una mujer se da cuenta de que estoy mirándolos y me expresa su solidaridad con un mohín. Acepto el contacto visual fugazmente y luego agacho la cabeza para mirarme los pies. Los zapatos que me rodean son de diversos tipos: los masculinos son grandes y lustrosos, bajo dobladillos de perneras de raya diplomática; los femeninos son coloridos y de tacón, con los dedos apiñados en puntas de estrechez imposible. Entre la maraña de piernas veo un par de elegantes medias; son de nailon negro y tupidas, y contrastan enormemente con las zapatillas de deporte blancas como la nieve. No veo a la propietaria, pero imagino a una veinteañera con un par de tacones altísimos guardados en un bolso espacioso o en un cajón de su despacho.

Jamás he llevado tacones durante el día. Casi no me quitaba los botines Clarks cuando me quedé embarazada de Justin, y no tenía sentido usar tacones en la caja del Tesco ni para ir tirando de un niño pequeño por la concurrida calle principal. Con los años me he vuelto más práctica. Tengo una hora de tren hasta el trabajo y otra hora de regreso a casa. Debo subir por escaleras mecánicas estropeadas, adelantar corriendo carritos de bebé y bicicletas… ¿Y para qué? Para pasar ocho horas detrás de una mesa. Reservo los tacones para los días señalados o las vacaciones. Llevo un uniforme autoimpuesto de pantalón negro y una variedad de camisetas elásticas que no necesitan plancharse y que son lo bastante elegantes para pasar por ropa de trabajo. Lo complemento con una chaqueta de punto que tengo en el último cajón para los días de mucho ajetreo, cuando las puertas están siempre abiertas y el calor se esfuma con la entrada de cada cliente potencial.

El tren se detiene y me abro paso por el andén. Desde aquí cojo el metro que circula por la superficie, y, aunque a menudo va muy lleno, lo prefiero. Estar bajo tierra me hace sentir incómoda; me cuesta respirar aunque sepa que el malestar es psicológico. Sueño con trabajar en un lugar que se encuentre lo bastante cerca de casa para ir caminando, pero eso no va a ocurrir jamás: los únicos trabajos atractivos están en la zona uno. Las únicas hipotecas asequibles son para casas de la zona cuatro.

Debo esperar el tren y, del expositor junto a la máquina expendedora de billetes, cojo un ejemplar de The London Gazette. Sus titulares reflejan la cruda realidad apropiada a la fecha de hoy: viernes 13 de noviembre. La policía ha frustrado una nueva trama terrorista. Las tres primeras páginas están repletas de imágenes de explosivos que han requisado en un piso del norte de Londres. Voy pasando las hojas con fotografías de hombres barbudos, al tiempo que avanzo hacia la hendidura del suelo situada justo debajo del cartel con el número de andén. Es el punto exa

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