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TE VERé ESTA NOCHE

Susana Rodríguez Lezaun  

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Fragmento

Diez...

18 de enero, domingo

El reloj de pared se burlaba de él. Estaba convencido de que, cuando no miraba, las manecillas se movían hacia atrás. Ninguna teoría científica le convencería de que el tiempo era siempre igual. Apremiante unas veces, urgente hasta la asfixia, y tan pausado otras que ponía a prueba toda su paciencia. Se removió inquieto en su asiento, pero alrededor de aquella mesa parecía ser el único que tenía prisa. Comprobó su reloj de pulsera, tan perezoso como el que colgaba frente a él, y empujó la silla hacia atrás, provocando un inesperado estrépito que tuvo como recompensa poner fin a los cuchicheos que su mujer y su suegra mantenían a unos metros de él. Los niños, inmersos en el mundo mágico de sus consolas, apenas levantaron la vista de las pequeñas pantallas.

—Tenemos que irnos —anunció mientras se ponía en pie.

Evitó el contacto visual con las dos mujeres, que habían clavado sus acusadores ojos oscuros en él, y se dispuso a fregar las tazas que habían usado para el café. Era lo único que quedaba por recoger. Después, no habría excusa para no marcharse. Oyó a su espalda el sollozo mal disimulado de su suegra, inmediatamente consolada por su hija, quien seguramente la estaría abrazando, pero no se volvió para comprobarlo. En lugar de eso, pidió a los niños que recogieran sus consolas, buscaran los abrigos y los guantes y se pusieran las botas antes de salir a la calle. Un segundo más tarde, el perfil de su mujer apareció a su lado. Se volvió para verle la cara completa y supo de inmediato que se aproximaba tormenta.

—No era necesario que fueras tan brusco. Vete tú a saber cuándo podrá regresar a esta casa.

Raquel habló en voz baja, escupiendo las palabras entre los dientes apretados. Frunció los labios y se concentró en el estropajo con el que frotaba las tazas. Contuvo las ganas de decirle lo que realmente pensaba, a pesar de ser consciente de que no era momento para hipocresías. Llevaba todo el fin de semana trabajando como un mulo para desocupar una casa que, con un poco de suerte, no volvería a pisar jamás. Había llenado y cargado cajas y más cajas con ropa, sábanas y toallas que apestaban a vejez y humedad; enseres inútiles, trastos viejos que nadie querría y que, antes o después, terminarían en un vertedero, pero de los que su suegra se negaba a separarse definitivamente. De momento viajarían hasta un trastero alquilado a las afueras de Pamplona, y dentro de unos años, cuando su propietaria pasara a mejor vida, se desharía de ellos definitivamente.

—Mientras la agencia no alquile la casa, podrá volver cuando quiera. Además —dejó la última taza en el escurridor y buscó el trapo de cocina para secarse las manos—, lo de trasladarse a Pamplona ha sido idea vuestra, si ahora se arrepiente no es culpa mía. Yo lo único que sé es que me espera una pila enorme de exámenes para corregir y que tengo que poner las notas antes del miércoles. —Su mujer le miraba con los ojos muy abiertos, sorprendida ante la inesperada respuesta de su marido. No pudo evitar sentirse culpable. Raquel siempre conseguía que se sintiera así, como si fuera el responsable de todos los males del mundo. Moduló el tono de voz y le acarició el pelo con la punta de los dedos en un roce apenas percibido—. Es una tontería alargar lo inevitable. Vayámonos cuanto antes y así podrá ponerse cómoda en casa y comenzar a habituarse a la nueva situación. Además, la previsión del tiempo anuncia tormentas para esta tarde, y mejor si nos pillan ya a cubierto.

Raquel recapacitó unos instantes y se alejó sin decir ni una palabra. Pasó junto a su madre, que llevaba varios minutos recogiendo unas migas invisibles de la mesa y observándoles de reojo, y salió de la cocina en busca de los niños.

El padre de su mujer había muerto unos meses atrás. Raquel comenzó entonces una guerra soterrada para convencerle de la conveniencia de que su madre se trasladara a vivir con ellos. Hija única, no quería que la anciana, con setenta y cinco años cumplidos, viviera sola en la enorme casona del pueblo que había compartido con su esposo durante más de cincuenta años. Por supuesto, una vez más, Raquel consiguió remover la tierra bajo sus pies y hacerle caer en su trampa. Al final, Íñigo cedió a todas sus pretensiones. Accedió a que Leonor se mudara a su casa y consintió en que el salón fuera desde entonces diez metros cuadrados más pequeño, por obra y gracia del tabique que otorgó una habitación propia a la mujer. Cedió en todo, mirando a su esposa con asombro, sin creerse realmente que ella fuera capaz de pedírselo y que él se rindiera sin presentar batalla. Estaba realmente cansado de luchar.

Tardaron casi una hora en cerrar todas las ventanas, cortar el suministro de luz y agua, cargar los escasos bultos que no se había llevado el camión de mudanzas y acomodarse en el coche. Miró a sus hijos a través del espejo retrovisor. Markel y Maite estaban de nuevo inmersos en sus consolas, ajenos a todo lo que les rodeaba. Acababan de cumplir ocho años y eran los gemelos más diferentes que Íñigo había conocido. Markel, bastante más pequeño y delgado que su hermana, era un niño tranquilo y pausado, poco amigo de las aventuras y, en su opinión, demasiado apegado a su madre. Maite, sin embargo, nunca estaba quieta. Peor estudiante que su hermano, era casi un palmo más alta y mucho más ágil y fuerte que él. Desde siempre había asumido un papel protector del que Markel se aprovechaba cuando le convenía.

Raquel parloteaba a su lado, con el cuerpo parcialmente vuelto para poder ver a su madre, que viajaba en el asiento central, con un nieto a cada lado. Primero uno y luego el otro, los niños recostaron la cabeza en la silla de viaje y se rindieron al sueño. Su abuela recogió con cuidado las máquinas que mantenían aferradas entre los pequeños dedos y las guardó en las mochilas que llevaban a los pies. Quizá, después de todo, pudiera ser de alguna utilidad en la familia, aunque sólo fuera cuidando a los niños cuando sus padres estuvieran trabajando, si bien sabía que su hija era perfectamente capaz de ocuparse de todo, como venía haciendo desde que nacieron los gemelos.

Cuando la forzada posición comenzó a resultarle incómoda, Raquel enderezó el cuerpo y se giró hacia delante. El parpadeo de los ojos duró lo necesario para no tener que mirar a su marido. A veces sentía que Íñigo le estorbaba, que estaba de más en su vida, pero las razones prácticas pesaban más que los sentimientos a la hora de iniciar un proceso de separación. El sueldo de los dos les permitía vivir con holgura y concederse incluso pequeños caprichos de vez en cuando. A cambio, mantenía su cuerpo alejado del de Íñigo por las noches y miraba a otra parte cuando se cruzaban.

Raquel notó un molesto escozor en los ojos, como el que la asaltaba durante las noches que pasaba en vela cuidando a sus hijos cuando enfermaban; le pesaban los párpados y le costaba mantener la vista fija en un punto concreto. El sopor era cada vez más intenso, pero no quería caer en la tentación de dejarse llevar por el sueño. Volvió levemente la cabeza y comprobó que su madre había cerrado los ojos. No le gustaba dormirse en el coche, le parecía que su misión era estar alerta, pero la somnolencia se estaba haciendo insoportable. Se frotó los párpados con las manos y respiró profundamente un par de veces, intentando oxigenar su organismo para mantenerlo despierto. Sintió la mirada de su marido sobre ella y se esforzó por espabilarse.

—Duérmete si quieres. —La voz de Íñigo le sonó extraña, ronca y lejana—. No te preocupes por mí, encenderé la radio y escucharé los partidos.

Acompañó las palabras con la acción y su dedo dio vida a un alterado locutor que narraba la loca carrera de un delantero en busca de la portería contraria. Bajó el volumen hasta que el relato radiofónico no fue más que un murmullo y volvió a concentrarse en la carretera. Detrás de ellos, una oscura tormenta avanzaba en la misma dirección. Las nubes negras se encendían cada pocos segundos, sacudidas por latigazos eléctricos que restallaban su furia unos instantes después.

Raquel nunca supo en qué momento le venció el sueño. La modorra se fue apoderando poco a poco de su cuerpo hasta que no tuvo más remedio que cerrar los ojos definitivamente y dejarse arrastrar a un territorio sin sonidos ni imágenes, un rincón oscuro del que le estaba costando mucho esfuerzo regresar. Tampoco sabría decir cuánto tiempo había permanecido dormida. Lo primero que notó fue que el coche no se movía. ¿Habrían llegado a casa? Despertó con un fuerte dolor de cabeza y la boca seca como el esparto. Separó despacio los labios, estirando la piel milímetro a milímetro. Después, despegó la lengua del paladar y comprobó la presencia de los dientes, tan áridos como el resto de su cavidad bucal.

Abrió los ojos despacio, temiendo el dolor que le causaría la luz, pero a su alrededor sólo encontró la oscuridad de una noche sin luna ni estrellas. Pero lo que realmente la asustó fue el silencio. El único sonido que alcanzó a distinguir fue el de la lluvia repiqueteando sobre el coche. ¿Cuándo había comenzado a llover? La tormenta estaba muy lejos cuando se durmió.

Se incorporó despacio y soltó el cinturón de seguridad. Íñigo no estaba a su lado. Volvió la cabeza para confirmar lo que ya sospechaba: el asiento trasero estaba tan desierto como el contiguo. Estaba sola en el coche. A través de las ventanillas sólo había oscuridad. La noche era completa a su alrededor, no distinguió luces de edificaciones ni farolas, ni siquiera el rastro de los faros de otros vehículos. ¿Dónde estaba? Y sobre todo, ¿dónde estaba su familia?

Bajó despacio del coche, buscando alguna referencia que le permitiera descubrir su ubicación. Los pies se le hundieron en un inesperado barro blanduzco que prácticamente absorbió sus zapatillas de deporte. Gotas de lluvia le golpearon la cara con furia, arrancándole los últimos jirones de sueño. Por primera vez desde que era adulta no le importó que el agua le empapara el pelo, pegándoselo al cráneo y modelando el contorno de su pequeña cabeza. El aire frío y cortante le dibujó la silueta a través del fino jersey que llevaba puesto. Olía a tierra, a humedad y a estiércol. Asía con fuerza la portezuela por temor a que también desapareciera si la soltaba. El coche era lo único que en esos momentos la vinculaba con la realidad, garantizándole que no estaba soñando ni se había vuelto loca.

Localizó el bolso sobre la alfombrilla y volcó su contenido hasta encontrar el teléfono móvil. Con los dientes apretados, se esforzó por controlar el temblor de sus dedos y alejar el pánico que crecía en su interior. Localizó la función de linterna del móvil y la puso a máxima potencia. El haz de luz blanca hirió de muerte a la oscuridad, que se retiró unos metros para mostrarle una amplia extensión de hierba verde y húmeda. Dio una vuelta alrededor del coche, con el brazo extendido para mantener el contacto con el metal. Como una barca que gira alrededor de su ancla, Raquel rodeó el vehículo muy despacio, iluminando el suelo y el horizonte alternativamente, buscando cualquier pista que le permitiera hacerse una idea de lo que había sucedido. Las puertas del coche estaban cerradas y de su interior habían desaparecido también los abrigos y las pequeñas mochilas en las que los niños guardaban sus juguetes.

El destello de una luz a lo lejos llamó su atención. El haz de la linterna no alcanzaba a iluminar el lugar en el que aparecían y desaparecían los pequeños reflejos blancos que ahora veía con claridad, pero calculó que la separaban al menos cien metros de lo que quiera que fuese aquello. En cualquier caso, era su única referencia de un lugar habitado. Un bocinazo lejano acabó con sus dudas. A su espalda había una carretera, quizá la misma por la que ellos circulaban antes de que… ¿qué? En realidad no sabía cuánto tiempo había pasado desde que se había dormido. Podían haber transcurrido dos horas o dos días, aunque la escasa cordura que todavía mantenía le decía que no había pasado demasiado tiempo. En su reloj de pulsera faltaban pocos minutos para las siete y media. Hacía más de tres horas que habían salido del pueblo, doscientos minutos de los que no guardaba ningún recuerdo.

Enfocó el suelo con la linterna. La hierba apenas medía un palmo, pero sus raíces se hundían en una tierra ahíta de lluvia, un auténtico lodazal en el que a duras penas se podían dar dos pasos seguidos. ¿Cómo habían salido sus hijos de allí? ¿Y su madre? Gritó sus nombres con la voz rota por el miedo y la deses­peración. Se sacudió el agua que le cubría los ojos y volvió a gritar. Aguardó impaciente entre una llamada y la siguiente, confiando en oír una respuesta, pero sólo el viento parecía tener voz. Sus gritos se hicieron cada vez más rápidos y estridentes, hasta que los nombres de sus hijos formaron una cadena ininterrumpida de aullidos que se perdían en la noche.

Rendida, se dejó caer en el asiento del coche. Cerró los ojos y luchó por alejar las terribles imágenes que llenaban la pantalla de su imaginación. Encendió la luz superior y apagó la linterna. La señal de cobertura del móvil era una débil línea roja. Imposible telefonear. Sin pensárselo dos veces, salió de nuevo del coche y hundió los pies en el barro. La lluvia se había convertido en una suave llovizna que se deslizaba por su piel como una caricia helada. Insensible al frío, con l

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