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TEMPLARIOS

Canal Historia  

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Fragmento

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El hierro y la fe

 

 

Hubo un tiempo en que Europa vivió en la anarquía y la oscuridad. Una era en que todo vestigio de orden, de justicia y de autoridad se había olvidado y había sido reemplazado por el ejercicio de la fuerza. Reyes y obispos palidecían ante el avance de los señores feudales que aprovecharon una época de inestabilidad para imponer su voluntad sobre una población atemorizada e ignorante. La espada y la lanza habían afianzado su lógica sangrienta sobre la ley y la administración que no hacía tanto se habían extendido por los territorios del Occidente europeo. En los siglos X y XI, puesto que éste es el período al que nos referimos, la única esperanza para la mayoría de los europeos se depositaba en una fe que los consolaba y dotaba de sentido a sus desdichadas vidas. La Iglesia estaba lejos de ser ejemplar y caritativa, pero poseía en su interior la suficiente vitalidad para seguir extendiendo su presencia junto al sufrido campesino o al valiente comerciante que se instalaba en las todavía balbucientes ciudades. Además, algunos de sus miembros eran lo bastante osados como para denunciar los excesos y reclamar los cambios que toda la sociedad sentía como indispensables.

Ésta es la historia de un tiempo en el que surgió un grupo de hombres que hizo del ejercicio de las armas una profesión y un medio de vida, que después sería conocido como «caballería». Y en el que también nacería una nueva espiritualidad más auténtica, más compasiva y más fuerte que haría de la búsqueda de la coherencia su bandera y de su cercanía al pueblo su ideal. Dos protagonistas cuyo encuentro daría pie a una de las aventuras más singulares de la Europa medieval, las Cruzadas, y al nacimiento de las órdenes militares, de las que el Temple fue la pionera.

La Edad Media es uno de los períodos históricos que más pasión despierta en el público general. Muchos de los ávidos lectores de divulgación y ficción histórica se sienten atraídos por el aliento épico y el exotismo que atribuyen a esta etapa. ¿Quién no se ha imaginado como alguno de los poderosos guerreros que poblaron aquellos siglos, como las damas que en determinados momentos cambiaron el destino de reinos enteros o como los míticos reyes cuyas leyendas resuenan todavía hoy? El Cid, Leonor de Aquitania o el rey Arturo son sólo algunas de las muchas figuras que podrían ilustrar con facilidad esos arquetipos y cuyas peripecias han hecho correr ríos de tinta.

Sin embargo, la realidad suele ser mucho más prosaica. Los profesionales de la Historia dedican buena parte de su esfuerzo a desmentir los tópicos más o menos fundados que se reproducen hasta la saciedad y que obedecen más a las inquietudes de nuestros días que al conocimiento que tenemos del pasado. Muchas veces un simple vistazo sirve para darse cuenta de que lo que suele presentarse como un tiempo heroico y brillante puede ser mucho más complejo y menos loable de lo que se había pensado en un primer momento.

LA NOCHE DE LOS TIEMPOS

Si cualquier lector contemporáneo hubiese nacido en el siglo XI, lo más probable es que no hubiese sido ni guerrero, ni dama noble ni rey. Como en los siglos anteriores, la inmensa mayoría de la población vivía en (y del) campo, en lo que constituía una lucha diaria por la subsistencia con un pobre equipamiento técnico y unos limitados conocimientos sobre agricultura. Su vida solía ser muy corta (se estima que la esperanza de vida en torno al año 1000 tan sólo llegaba a los veintidós años) y alrededor de la quinta parte de los niños que nacían vivos no llegaba a superar el año. Nada que parezca digno de envidia.

Si sobrevivir era ya de por sí difícil, el contexto no lo facilitaba en absoluto. Europa se encontraba entonces en un momento muy delicado. Los tiempos en que sus habitantes podían acudir a un poder fuerte que los socorriese y gobernase habían pasado no hacía tanto. A comienzos del siglo IX, Carlomagno fue el último monarca que logró llevar a término la reconstrucción de un Estado inspirado en el Imperio romano. Aunque no alcanzó los deslumbrantes resultados de éste, consiguió imponer una administración imperial desde Italia y los Pirineos hasta el mar del Norte en los actuales Países Bajos y Alemania occidental. Pero el sueño de este imperio, que conocemos con el nombre de Imperio carolingio, duró poco tras la muerte de su fundador.

Después del breve reinado de su hijo, Ludovico Pío, sus sucesores se repartieron el territorio en una serie conflictos y divisiones que sólo sirvieron para dejar en evidencia su debilidad. Pero lo peor estaba por llegar. Aunque ellos no lo sospechaban, estaban a punto de sufrir un golpe que se iba a transformar en una terrible prueba. A finales del siglo IX, una serie de amenazas externas, que no eran desconocidas y cuyo poder destructivo se intuía, se materializaron abatiéndose sobre la maltrecha Europa. Los historiadores suelen denominar a la serie de agresiones que se produjeron entonces con el nombre de «segundas invasiones», rememorando las que en los siglos IV y V precipitaron el final del Imperio romano.

Los primeros protagonistas de estas acciones vinieron del norte. Los vikingos eran un pueblo de guerreros y pescadores que habitaban la península de Jutlandia y el sur de Escandinavia. En aquel momento muchos de ellos se dieron a la piratería y desplegaron una brutal acción depredadora a lo largo de los litorales atlántico y mediterráneo. Sus hazañas fueron más allá de los fabulosos botines obtenidos en sus correrías. Mediante el desarrollo de varias campañas bien organizadas lograron apropiarse de algunas regiones en los reinos de Inglaterra y Francia, en los que se fueron instalando. Especialmente llamativo fue el caso de Normandía, cuyo territorio (elevado a la categoría de ducado) les fue concedido por el rey de Francia a cambio de su conversión al cristianismo y de que le jurasen fidelidad. Aunque los ataques vikingos acabaron sobre el año 930, su asombrosa epopeya todavía dio mucho de sí. Un siglo más tarde, los descendientes de los normandos que se habían trasladado hasta Sicilia, para ofrecerse como mercenarios a los gobernantes bizantinos y musulmanes, acabaron apropiándose de la isla y del sur de Italia, creando entonces un reino nuevo con el apoyo del Papa.

Mientras esto sucedía, el interior del continente se vio amenazado por un peligro que llegaba del este. Los húngaros eran un pueblo nómada procedente de los Urales. A mediados del siglo IX, la presión de otro pueblo, los pechenegos, los empujó hacia las fronteras orientales de la cristiandad. Llevaron a cabo innumerables razias tanto sobre el Imperio bizantino como en los reinos de Germania, Italia y Francia. Su principal objetivo era, al igual que los piratas vikingos, el saqueo de las aldeas y, sobre todo, los grandes monasterios, que habían acumulado importantes riquezas en los siglos anteriores. Sus jinetes eran un peligro aterrador: atacaban a gran velocidad armados con arco y flechas y montaban sobre caballos herrados y con estribo, innovaciones técnicas que los europeos desconocían. Pronto se hicieron acreedores de una merecida fama de matar y quemar todo lo que no podían transportar sobre sus corceles. Tendría que pasar un siglo para que un europeo fuese capaz de ponerles freno. En el 955, el duque Otón I de Sajonia los derrotó definitivamente a orillas del río Lech comenzando a partir de entonces un reflujo en el ritmo de sus desmanes. Finalmente, los húngaros acabaron por sedentarizarse en la llanura de Panonia (en la actual Hungría) y convertirse al cristianismo romano.

Pero todavía un último enemigo se alzó para abatirse sobre la sufrida Europa. En el sur, la ribera del Mediterráneo se vio sacudida por un violento avance de los musulmanes. A diferencia de la gran conquista de los siglos VII y VIII, en esta ocasión se sucedieron los ataques de piratas que actuaban al margen de la autoridad de los emiratos de al-Ándalus y el norte de África. Desde localidades costeras de estas regiones se abalanzaban sobre los puertos para saquearlos y capturar a mujeres, hombres y niños que vendían como esclavos en sus lugares de origen. Sus acciones se volvieron cada vez más violentas y sistemáticas: conquistaron Sicilia, de donde expulsaron a los bizantinos, y atacaron el sur de Italia y la costa provenzal. Allí se apoderaron de Praxitenum, uno de sus principales cuarteles generales del que fueron expulsados en 972 después de numerosos y penosos esfuerzos.

Los reyes europeos demostraron una escasa capacidad para repeler estos ataques y defender a sus respectivos pueblos de estos nuevos bárbaros. En la mayoría de los casos estas agresiones sólo sirvieron para acelerar la descomposición del poder central y demostrar que la autoridad real estaba demasiado lejos y era demasiado débil como para articular una respuesta que fuese más allá de reacciones episódicas. ¿No hubo nadie, entonces, que plantase cara a la situación, que hiciese un esfuerzo para defender el territorio y sus gentes?

LA OMNIPOTENCIA DE LAS ESPADAS

Poco después de que se pusiese freno a las segundas invasiones, a comienzos del siglo XI, surgió el primer estilo artístico internacional propiamente europeo. En las regiones de Lombardía y Borgoña se comenzaron a construir las primeras iglesias del estilo que hoy llamamos románico. Una de sus representaciones escultóricas favoritas era la del Juicio Final. En los tímpanos de templos como la iglesia de Santa Fe de Conques o la catedral de San Lázaro de Autun (ambas en Francia) ha quedado constancia de la riqueza plástica de que fueron capaces los artistas de aquel tiempo. El visitante que se acerque hasta allí podrá ver las impresionantes imágenes en que Cristo resucitado, rodeado de una corte de ángeles, evangelistas y ancianos del Apocalipsis, aparece mayestático para impartir su justicia universal sobre los vivos y los muertos. Entre éstos se pueden distinguir sin dificultad todos los «estados» del momento: reyes, obispos, nobles, caballeros, monjes, mujeres, tullidos y marginados. Los escultores que tallaron esas imágenes quisieron dejar constancia del entorno que los rodeaba y de los tipos humanos que lo componían. Su intención era mostrar al espectador de su tiempo que lo que contemplaba podía suceder en cualquier momento. Para el hombre actual, su obra se ha convertido en una de las fuentes de conocimiento más valiosas sobre la realidad de hace casi mil años.

Por tanto, en los tímpanos de las iglesias medievales es posible «leer», entre otras muchas cosas, el paisaje humano de aquellos siglos. Precisamente uno de los tipos más representados en la escultura románica, el del caballero, tuvo su origen real en ese momento. De las cenizas de una Europa arrasada por las segundas invasiones surgieron grupos de gentes de armas que se aprestaron a defender lo suyo. Ante el vacío de poder central, la reacción provino de los poderes locales de las regiones más afectadas por los ataques. Fueron los notables de cada lugar los que movilizaron los recursos necesarios para reunir contingentes armados que protegiesen sus patrimonios y a sus subordinados.

En algunos casos estos poderosos fueron los descendientes de las autoridades carolingias, los condes que Carlomagno puso al frente de cada uno de los distritos en que dividió su imperio. En otros muchos no había quedado rastro alguno de autoridad, y sencillamente fueron los que tenían medios para costearse una montura y armamento los que se organizaron por su cuenta. Proliferaron por doquier los castillos, donde floreció una nueva

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