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TENíA QUE SER YO

Chris De Wit  

5


Fragmento

CAPÍTULO 1

Ciudad de Oro Verde, Argentina

—Pero ¿cómo se supone que debo hacer eso? —preguntó María Cristina con ojos asombrados.

—No lo sé. Yo no soy muy versado con la tecnología.

—Pues tampoco yo, Aníbal. Daniel te será de mayor utilidad; es un genio con las computadoras y con todo aquello que se asemeje.

María Cristina observó anonadada como su jefe negaba con la cabeza.

—No. Tú eres la que se encarga del tema de la electroforesis[1] y solo tú puedes hablar con el mundo acerca de lo que necesitamos. Además, eres la única que tiene un inglés más o menos aceptable.

—¡Por Dios, Aníbal! En realidad, es horrible. En la escuela me resultaba difícil prestar atención en las clases que nos daba una profesora inglesa y me la pasaba cortando figuritas para pegarlas en los deberes porque si no me aburría.

—No importa. Tú puedes hacer hablar hasta a las piedras, María Cristina. Confío en tu poder de comunicación.

Y sin decir más, el muy maldito desapareció por detrás de la puerta de su despacho.

«Mierda», pensó desesperada.

¿Cómo pretendía Aníbal que ella explicase a personas del resto del mundo lo que le urgía saber a su equipo cuando era tan ineficaz con los ordenadores? Podía sentarse frente a uno y manejar los programas necesarios para desarrollar la tarea diaria, pero era bastante torpe con el teclado y ni hablar del manejo de internet. Aun cuando era una chica joven que pertenecía a la generación digital, siempre se había sentido intimidada por todo eso. Y no hacía mucho por superarlo. Lo máximo a lo que se había atrevido era a buscar alguna información en Google o a contestar muy de vez en cuando algún correo del laboratorio. Por eso no entendía por qué su jefe la había elegido para llevar a cabo semejante tarea. ¡Y en inglés!

Aníbal debía estar chiflado. Adoraba a su jefe y le debía mucho. Cuando ella se había recibido de ingeniera agrónoma hacía dos años, había buscado trabajo por todos lados sin éxito y, cuando había llegado a pensar que debía tirar la toalla, Aníbal Galloni había surgido de la nada y le había ofrecido una oportunidad de trabajo inestimable en el laboratorio de la Facultad de Ingeniería Agronómica de la UNER[2] . Y ella había aceptado con los ojos cerrados.

Aníbal era un ingeniero exigente al extremo, lo cual había sido un gran estímulo debido a que a ella le gustaban los desafíos. Era buena para concretar cosas y relacionarse con la gente cara a cara. Adoraba estudiar y aprender con extremo detalle. Eso había valido para ganarse un buen lugar en su trabajo ya que, sin quejarse, era capaz de pasarse jornadas de más de quince horas sentada frente a un microscopio o a los geles de electroforesis analizando las proteínas de las diferentes muestras de semillas que las compañías de cereales de varias provincias del país les enviaban, o haciendo los complicados análisis estadísticos o innumerables pruebas para detectar la calidad y la pureza genética. Pero en el terreno digital, era un verdadero desastre. Internet y las redes sociales no le atraían y, además, le resultaban insoportables.

Entendía que la gente había perdido el poder de la palabra, del armado de las frases y hasta de las buenas lecturas, a causa de haber elegido idiotizarse frente a un ordenador o a la pantalla de un teléfono móvil. Hombres y mujeres de todas las edades se pasaban horas interminables con el traste atornillado a una silla, donde la comunicación con el otro parecía consistir en decir cualquier estupidez, incluso mentir de forma descarada. Y ella se negaba a eso, aunque varios la consideraran un sapo de otro pozo.

Adoraba viajar, meditar, leer, tener amigos, conocer gente de alrededor del mundo e incluso, muy de vez en cuando, disfrutar de algún compañero con derecho a roce. Pero siempre cara a cara. No quería ser esclava de nada, menos que menos de una computadora o de un teléfono o de cualquier cosa de esa índole.

Por eso, el pedido de Aníbal le resultaba atemorizante. Debía navegar en internet para encontrar a alguien en el mundo que la ayudase con el encargo de su superior.

La puerta del recinto se abrió y la voz de su amigo y colega Daniel la sacó de sus pensamientos.

—¡Hola, Crissy! ¡Estás preciosa hoy!

Se dio vuelta y le devolvió el cumplido con una enorme sonrisa. La había llamado por su apodo como solo la gente muy allegada a ella lo hacía.

Dan

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