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TENDRáS QUE QUERERME

Olga Hermon  

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Fragmento

Capítulo 1

—¡Eres un inútil! ¿Cómo se te ocurre correr a mi yegua sin consultar al veterinario?—la mujer gritó quitándole las riendas de las manos—. Lárgate de aquí...

—¡Valentina! —Con una mueca de frustración, la enfurecida aludida bajó el fuete y lo estrelló en la caña de su bota—. ¿Hasta cuándo vas a entender que esas no son las maneras de tratar a tus empleados?

—Cuando consigas que el tiempo retroceda al día en que mi padre te trate como a su esposa, no como a un objeto devaluado —respondió sin mirarla de camino a las caballerizas de donde no debió salir Princesa, su yegua albina.

Doña Aurora no se amilanaba ante los rugidos de su única hija, lo que sí le calaba era que parte de la culpa era de ella por no haber puesto un hasta aquí a los maltratos de su esposo, que al día de hoy esperaba que habitara en los infiernos.

—Ya te he dicho que dejes el pasado atrás, si no te vas a convertir en una solterona amargada —profetizó con voz ahogada por seguirle el paso.

—Me importa un rábano el matrimonio —declaró con mirada clínica sobre la pata trasera izquierda de Princesa.

—Pero, hija...

—Pero nada, mamá. No intervengas, te lo pido por millonésima vez. Con los hombres no se puede menos, solo están esperando el momento en que bajes la guardia para brincarse las trancas —aseguró con tono de impaciencia mientras cepillaba el lomo de la bestia.

—Un día llegará el que habrá de ponerte en tu lu...

—¿Y qué lugar es ese, mamá? —dejó lo que hacía para mirarla airada—, ¿casada con un macho panzón que no me va a dejar ni levantar la cabeza, embarazada de su quinto hijo? Eso no lo verán tus ojos —aseguró con sonrisa cínica—. Ahora, si me disculpas, debo ir al despacho a terminar el papeleo para mañana.

Valentina dejó a su madre con la palabra en la boca, como siempre que la reprendía por ser como era. El retumbar de los tacones de sus botas sobre las baldosas hablaba de la furia que la consumía por dentro al recordar su vida pasada, cuando su padre aún vivía.

¿Cómo se suponía que debía ser una chica que creció viéndolo maltratar y humillar a su esposa al punto de culparla de que su primogénito y único hijo fuera una mujer? Si no hubiera sido porque doña Aurora tuvo las agallas para amenazar a su marido con abandonarlo si no dejaba a su hija ir de interna a un colegio, ella hubiera corrido con la misma suerte. Por desgracia, las épocas vacacionales fueron una buena muestra para Valentina de lo que era la vida de casada para la pobre mujer. Sujeto más retrógrado no había conocido. Le había quitado a su madre hasta el derecho de pensar. Por eso se prometió a sí misma, el día que lo sepultaron, que jamás hombre alguno sobre la tierra la trataría igual.

A sus veintinueve años, la chica se conservaba soltera y sin intenciones de cambiar su estatus ni por la fila de pretendientes que no perdían las esperanzas de domar a la hermosa, peleonera y, en un tiempo no muy lejano, millonaria mujer.

A la hora de la cena, madre e hija ya habían olvidado el desaguisado de horas antes y departían, dentro de un ambiente cordial, sobre el tema preferido para ellas: el rancho Los Atardeceres.

—¿Ya tienes todo listo para la feria ganadera? —preguntó doña Aurora ocultando un bostezo.

—Sí, mamá. La idea es comprar un buen semental para mis chicas y también espero verme con el capataz que me recomendaron.

—Yo opino que debería ser Juan quien atendiera eso, hija. Esos lugares no son para chicas como tú.

—Mejor cambiemos de tema porque tú y yo nunca nos vamos a poner de acuerdo en lo que es bueno o no para mí —sugirió sin molestarse. Aunque de horizontes algo limitados, su madre solo quería lo mejor para ella.

En armonioso silencio, Valentina posó un brazo en los hombros de su madre y la guio a la terraza con vista al lago, para compartir juntas el colorido ocaso, que, como todas las tardes, coronaba las vastas tierras que rodeaban la propiedad que algún día sería de ella.

—Mañana me espera un día muy pesado —vaticinó cuando las sombras de la noche cayeron sobre sus cabezas y empezó a refrescar—. No te quedes mucho tiempo afuera —pidió cuando se despedía de su madre con un beso ruidoso sobre la aún lozana mejilla.

Con paso cansado entró a la casa y siguió de frente hasta la regia escalera, con acceso por el frente y por atrás, que dividía la residencia en dos grandes mitades. El ala norte, que pertenecía a las dependencias de ella y doña Aurora, y el ala sur para las visitas, que cada vez eran menos. En la planta baja se encontraba el salón principal, el gran comedor, el despacho, la estancia familiar, la cocina y el comedor para los empleados de casa y los jefes de campo y un vestíbulo de techos tan altos que rebasaban por mucho la azotea de la planta alta y culminaba en una gran cúpula de coloridos vitrales.

Doña Aurora siguió con los ojos a su hija hasta que la perdió de vista al doblar la escalera. La amaba entrañablemente, su llegada le dio motivos de sobra para soportar la suerte que le había tocado vivir. Daría lo que fuera por que se encontrara con un hombre que lograra hacerla cambia de opinión. Le partía el alma verla dedicar sus días y sus noches a atender el rancho y todas las propiedades que ella nunca fue capaz de administrar porque siempre fue una mujer sin carácter. Pero, conociendo la forma de pensar de su hija, ya se podía resignar a que nunca sabría lo que sería ser abuela.

A la mañana siguiente...

—Juan, ¿ya está lista la camioneta? —Enfundada en sus ajustados jeans, camisa manga larga a cuadros, botas vaqueras y sombrero texano, Valentina apareció en el patio frontal lista para emprender su viaje.

—Sí, patrona, cuando quieras partimos —respondió su hombre de confianza.

—Iré sola, Juan. Necesito que te quedes a recibir al candidato, por si se viene directo para acá.

—Como indiques. —Juan había aprendido a acatar las órdenes sin discutir, aunque no estuviera de acuerdo, pues sabía bien a lo que Valentina se arriesgaba en dos largas horas de caminos solitarios. Eso sin contar el ambiente salvaje que le esperaba en la feria. «Se cuidarme sola y tú me haces más falta aquí», solía decirle, y como siempre tenía toda la razón.

Sin más preámbulos, la chica subió a la pic-up silverada último modelo y partió veloz con rumbo a la feria ganadera del distrito de Villa Hermosa, sin más compañero que su fuete de piel negra.

Burdos o no, los lugares por los que Valentina se movía eran parte de su mundo, un mundo que se había precipitado hacia ella, pero para el que había nacido. Su presencia invariablemente causaba revuelo, situación a la que ya estaba acostumbrada, como también estaba acostumbrada a escabullirse de circunstancias y personas indeseables, gracias a ese temple suyo tan temerario. Y este día no sería la excepción...

—Buen día, Vicente. ¿Qué noticias me tienes del recomendado?

En pleno, Valentina abordó al hombre mayor que había ido a buscar. Este jugaba con una paja entre los dientes mientras observaba la actividad en total pose de relajación. Los antebrazos y un pie los tenía apoyados en los tubos del corral donde se exhibían sus becerros a la venta.

—Me temo que no muy buenas, señorita; temprano recibí una llamada de su esposa diciéndome que ha contraído hepatitis y estará fuera de circulación por varias semanas —respondió luego de tocar el ala de su sombrero como saludo.

—¿No me digas? Qué mala suerte la mía —se lamentó. Tenía quince días sin capataz y l

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