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Susana Rubio  

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Fragmento

Bye bye, Bristol

Abrí las ventanas y dejé que el aire fresco renovara el ambiente de mi habitación. Estábamos en mayo, pero en Bristol los nubarrones eran algo habitual y me costaba hacerme a la idea de que pronto llegaría el verano. Tenía muchas ganas de volver a Madrid y de ver a los míos (a casi todos). Me quedé mirando el cielo e hice una lista mental de las ventajas que había supuesto para mí esa escapada de cinco meses a Inglaterra:

1. Perfeccionar mi inglés, evidentemente.

2. Conocer a John.

3. No oír las quejas de mi madre (multiplicadas por cinco).

4. Organizar mi vida a mi manera.

5. Olvidar a Marco.

6. ¡Ah! Y decidirme de una vez a hacerme un tatuaje.

En fin, no estaba nada mal si teníamos en cuenta que el viaje había sido una decisión de última hora y una vía de escape. Tenía que poner tierra de por medio y esta vez no me había equivocado. Ahora mismo me encontraba mucho mejor y me sentía más fuerte. A veces parecía que las cosas empeoraban por momentos, pero era muy cierto aquello de que el tiempo todo lo cura.

Oí un par de golpes en la puerta.

—Pasa —dije con una cantinela, sabiendo que era John.

—Buenos días, rubia. —Se acercó con su sonrisa permanente y nos dimos un abrazo—. ¿Lo tienes todo?

—Todo menos a ti. ¿Puedo meterte en la maleta?

John había sido mi casero, mi amigo y mi confidente durante estos cinco meses. Tiene treinta y dos años, siete más que yo, aunque parece más joven porque tiene la piel como el culito de un bebé. Siempre nos reíamos cuando le decía aquello, pero era cierto: el muy mamón no tiene ni una arruga. Me puse en contacto con él a través de una buena amiga que me aseguró que era de fiar y estaba en lo cierto.

Él quería alquilar una habitación de su apartamento en el centro de Bristol y yo buscaba un sitio donde instalarme. Y así se cruzaron nuestras vidas. Ahora me costaba imaginar mi vida sin él. Nos iban a separar mil novecientos kilómetros, pero seguiríamos en contacto, por supuesto. Y en cuanto pudiera, John haría una escapada a Madrid. Ya lo echaba de menos, joder, y todavía no me había ido.

Realmente con él todo había sido de lo más sencillo. Me acogió en su casa como si me conociera de toda la vida y me ayudó a buscar trabajo en la ciudad. Al final, conseguí un puesto como profesora de español en una pequeña academia. No era lo mío, pero estaba sin blanca y necesitaba dinero. Hacía un año que había terminado los estudios de ADE, pero no tenía ninguna experiencia en el sector y sabía que me iba a costar encontrar trabajo de eso, ¡y más en un país extranjero!

Hacer de profesora había sido distinto y gratificante. Por primera vez en mi vida me había sentido útil, aunque hubiera un sueldo de por medio; aquello de enseñar tenía su puntito y me iba de allí cada día con la sensación de que hacía algo bien. Una sensación que en los últimos años no había saboreado demasiado a menudo.

Pero vayamos por partes. Empecemos por mi familia: los Miralles.

Mi padre, Ramón, es un hombre hecho a sí mismo, que no proviene de una familia adinerada, pero que, gracias a su olfato para los negocios, ahora podríamos decir que nada en la abundancia.

Mi madre, Margarita, o Rita para los íntimos, es una mujer de armas tomar y creo que el hecho de tener dinero ha ido transformando su carácter fuerte en insoportable.

Mis padres se casaron jóvenes, apenas tenían dinero, pero con el ingenio de mi padre y los consejos de mi madre, lograron levantar un pequeño imperio en el mundo de las altas finanzas. Y nadie diría que algún día fueron «normales». Todo este cambio fue progresivo, mis padres no lograron todo lo que tienen hoy de la noche a la mañana. Yo he sido testigo en primera persona de toda esa metamorfosis. Cuando nací, lo hice en el seno de una familia humilde y trabajadora, en la que mi padre curraba como un burro y mi madre se hacía cargo de sus tres hijos.

Y la transfiguración pasó por varias etapas: cambio de casa, cambio de barrio, cambio de amistades, rechazo a ciertos familiares, nuevas amistades, nuevos comportamientos, nuevos hábitos y mucha hipocresía. Sobre todo, esto último.

Yo fui a una escuela pública hasta que a mis padres se les ocurrió la gran idea de matricularnos a mis hermanos y a mí en un colegio privado, donde se me empezó a agriar el carácter al tener que aguantar a los especímenes que había por allí. Eso a los trece años puede tocarte mucho la moral y pasé una adolescencia más bien complicada. Siempre le agradeceré a mi madre haber sido tan comprensiva y entender que dejar a mis dos mejores amigas en el instituto no iba a suponer ningún problema...

Pues lo fue, mamá.

Y en cuanto tuve ocasión se la devolví. Fumaba a todas horas, nunca rechazaba un buen porro de marihuana, probé diferentes drogas, entre ellas la coca, bebí alcohol como para parar un tren, salí de juerga todo lo que pude y más, y estudié lo justo para ir aprobando y que no me dieran por saco en verano. Pero mis notas dejaron de ser excelentes al entrar en esa mierda de escuela privada.

La cuestión es que al cumplir los dieciocho años me serené un poco y me centré de nuevo en mis estudios. Me matriculé en la universidad pública porque tenía claro que o estudiaba ahí o dejaba de estudiar y ellos no tuvieron más remedio que respetar mi decisión. Y ahí conocí a Noe, mi mejor amiga en la actualidad.

¡¡¡Joderrr, Andreeew, me muero por verte!!!

Esa era ella y sonreí al pensar en que pronto volvería a verla.

Cuando veas el pisito vas a flipar y te he preparado un baño con pétalos de rosa.

Reí al imaginármelo. Noe es un encanto. Lo mejor de mi vida, sin duda alguna. Respondí al momento mientras John conducía hacia al aeropuerto.

¡¡¡Voy a darte un abrazo que te voy a dejar tiesa!!! Muasss.

Noe y yo coincidimos el primer día de la universidad y a partir de ese momento nos hicimos inseparables; juntas hasta la muerte. Eso dijimos entonces y, ciertamente, seguimos siendo amigas íntimas.

Noe es un año mayor que yo y es un poco más alta, metro setenta, creo. Tiene un cuerpo bonito, trabajado a base de abdominales, y es atractiva. Lleva el pelo escalado y lo que más destaca en su rostro son sus ojos azules. Bueno, aparte de su sonrisa contagiosa.

Noe no tiene adoración por el sexo masculino en términos sexuales porque prefiere el femenino. Dice que las chicas somos más suaves, más delicadas y que no hay color en la cama. Ahí no puedo opinar, la verdad, porque no me he acostado jamás con una tía, ni tengo intención de hacerlo, de momento.

Hemos decidido vivir juntas porque yo no quería volver con mi familia después de haber saboreado cinco meses de libertad en Bristol. Y a Noe le apetecía independizarse de los suyos, así que ella misma ha sido quien ha puesto en marcha todo el proceso. A través de largos correos hemos ido hablando sobre el tema y al final hemos alquilado un piso en el barrio de Salamanca. Es el piso de unos ancianos que lo único que nos piden es que no subamos tíos. ¡Un chollo!

—¿Segura, Andrea?

—Que sí, que no voy a liarme la manta a la cabeza de nuevo. Segurísima. Tú no vas a subir chicos y yo menos. Así que adelante. Además, por ese precio y tan céntrico, no vamos a encontrar nada mejor. El piso está genial.

—Piensa que los abuelos están en la puerta de enfrente.

—Joder, que no tengo que pensar nada. ¿Es que no me conoces?

Jamás me había acostado con «un tío de una sola noche», ni en su cama ni en la mía. Simplemente no podía. Eso de enrollarse con alguien la misma noche que lo conoces y acabar haciendo algo tan íntimo no iba conmigo. Y aunque lo respetaba, no me entraba en la cabeza que la mayoría de la gente practicara el sexo con esa alegría despreocupada. Sí, vale, quizá la rara era yo. No, quizá no, seguro.

No era virgen, por supuesto. Pero mi historial sexual era más bien escaso, muy escaso, puestos a sincerarme. Había salido con tres chicos y solo había hecho el amor con dos de ellos. Porque yo no he follado, eso también lo reconozco. Yo necesito sentir algo real para poder acostarme con un tío y no es algo de lo que me avergüence, no ante mí misma. Aunque tampoco lo voy propagando a los cuatro vientos. La intimidad, la misma palabra lo dice, es algo personal.

—Hemos llegado, rubia. —Miré a John sorprendida.

Como siempre, mi cabeza me había llevado de un pensamiento a otro, sin ton ni son, y no me había dado cuenta de que iba con John en su coche y que aquellos eran los últimos minutos que pasaríamos juntos antes de volver a vernos en mucho tiempo.

Él pasó una mano por mi pelo. Soy castaña, pero en Bristol me había hecho mechas rubias y a John le gustaba reseguir el camino del color en mi pelo.

—Podrías quedarte cinco meses más, ¿no?

Nos reímos por su propuesta.

John y yo habíamos congeniado tan bien que la convivencia había sido un remanso de paz para ambos.

Bajamos del coche y nos despedimos con un montón de abrazos y un suave beso en los labios que él me dio en el último momento.

—¿Y esto? —pregunté sonriendo.

—Para que no te olvides de mí.

—Imposible —repliqué con rapidez, y John sonrió de nuevo.

—Recuerda que ahora tienes tú el mando.

Había hablado con él de muchas, muchas cosas. Tantas que había perdido la cuenta de los temas que habíamos tocado: mis padres, Marco, mi amiga Nerea, el trabajo, mi insatisfacción, mis hermanos, mi vida...

—Gracias, por todo.

—Nos vemos pronto —repitió varias veces abrazándome—. En cuanto termine las clases.

John es profesor en la universidad, de español y traducción.

—Te tomo la palabra.

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