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TERCER LIBRO DE CRóNICAS

António Lobo Antunes  

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Fragmento

ELLOS, EN EL JARDÍN

De aquella fotografía no ha quedado mucho, el escenario se ha desvanecido casi por completo, las personas empiezan a desa parecer. El escenario: un rincón de un jardín con un muro de piedra, lo que me parecen arbustos o árboles, lo que me figuro que son flores, más cerca, a la izquierda, antes blanco y negro, marrón y gris ahora. Las personas: mi abuela con cinco o seis años, en el regazo de su padre, su madre de pie, inclinada sobre los dos. Mi abuela parece rubia, con los ojos aguados, un vestidito blanco, sentada en el regazo de su padre que a su vez se sienta, con alzacuellos y bigote, en el muro de piedra. Se nota que empieza a escasearle el pelo, se notan algunas arrugas, la ausencia de cintura de los hombres de mediana edad. La madre de mi abuela con una especie de moño o algo así, una sombra de sonrisa contrahecha en algún lugar entre lo que debe de ser el mentón y lo que debe de ser la nariz. Resisten las pupilas, claras, parecidas a los círculos de plástico con los que nos observan los muñecos. Ninguno de ellos mira a la cámara. Quizá mi abuela, transparente en la película, con algo como de aparición o de figura entre sueños. Le falta una cierta perversidad sabia y amable, común a los niños bien educados y a los personajes de Henry James, como le falta la mitad de la mano derecha y una parte del brazo. El cuello del vestidito blanco debe de haber sido de encaje. Los dedos de su padre sobre el hombro. Cuando la conocí era la única superviviente del retrato y no le faltaba ninguna mano. Los padres seguían en marcos separados, graves, intransigentes, mi bisabuelo con expresión de asombro. Jugaba con sus condecoraciones, guardadas en un armario. Después de cenar echaba una partida de billar con su hija

(en las casas de la época había salas de billar)
mientras mi abuelo, con el uniforme de cadete de la Escola de Guerra, se paseaba, esperanzado, por debajo de la ventana. Mi abuela decía que apartaba la cortina con el taco para que pudiese verla. Nunca vi a mi abuelo de uniforme: llevaba una chaqueta de lino y leía el periódico en la terraza. Siempre lo recuerdo leyendo el periódico en la terraza de la Beira Alta, o viendo las tormentas en la sierra. Murió cuando yo tenía doce años. Un hombre callado

(no recuerdo su voz)
viendo las tormentas y leyendo periódicos. ¿Qué habré heredado de él, de su sangre? No me hacía caso, yo no le hacía caso y asunto arreglado. Después supe que él había muerto y me puse a temblar: para mí fue la primera persona conocida que moría. Aún hoy no sé bien q

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