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TEUTOBURGO

Valerio Massimo Manfredi

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Fragmento

I

Dos muchachos corrían por el bosque.

La luz brillaba en sus cabellos cada vez que pasaban de una sombra a otra; cada vez que se reencontraban con el sol, fulgores de oro. Volaban ligeros como el viento que movía las copas de los árboles y como el perfume de la resina entre los abetos gigantes. No tenían dudas, no aflojaban a la vista de los obstáculos ni ante la imprevista aparición de las grandes criaturas del bosque. Cada uno de sus movimientos era pura alegría de vivir.

Sus nombres eran Wulf y Armin, noble la estirpe.

Llegaron a lo alto de la colina del eco en el mismo momento en que el sol iluminaba el gran calvero.

Armin se detuvo.

—Escucha.

También Wulf se detuvo.

—¿El qué?

—¡El martillo, el martillo de Thor!

Wulf aguzó el oído: se oía el profundo retumbar del trueno, y cada golpe iba acompañado del rumor del agua que caía fragorosa y de su eco interminable.

—¿Quieres meterme miedo?

—No. Todavía no.

—¿De dónde viene?

—De la derecha, detrás del robledal.

—¿Vamos para allí?

—Sí, pero con prudencia. No es el martillo de Thor.

—¿Qué es, pues?

—Ya te dije que te enseñaría el camino que no se termina nunca.

Le hizo señas de que le siguiera y echó a andar, cauto, entre los robles jóvenes y los fresnos del bosque. Era fácil seguirlo: su traje de lana roja y de plata se veía de lejos, y también los reflejos cobrizos de su cabello.

Finalmente Armin se detuvo. Era más alto que cualquier muchacho de su edad. Wulf se le acercó y lo que vio lo dejó estupefacto. Delante de ellos había un camino pavimentado de piedras pulidas, de por lo menos treinta pies de ancho, perfecto en cada detalle, seco y recto, uniforme en sus dimensiones y completo en su estructura. Era hermoso como si lo hubiesen construido los mismos dioses. Lo siguió con la mirada y con la mente, paso a paso, hasta que lo vio desaparecer detrás del robledal.

—Has dicho «el camino que no se termina nunca».

—Eso he dicho. Sígueme.

Descendieron por la ladera de la colina del eco y volvieron a dar con el camino, recto y perfecto.

—¿Lo ves? —dijo Armin.

El camino llegaba al borde de la Gran Ciénaga, que reflejaba como un espejo el disco solar, pero no se detenía delante de la enorme extensión lacustre: proseguía sobre el agua, rozando la superficie líquida e inmóvil, hasta detenerse a tres millas de la orilla, en medio de la ciénaga.

—¿Cómo es posible? —murmuró Wulf.

—Mira allí, cerca de ese islote —respondió Armin—. ¿Ves esas torres de madera? Cada una de ellas es maniobrada desde el interior por al menos cincuenta hombres que accionan un mecanismo capaz de levantar un mazo de doscientas libras a treinta pies de altura y luego dejarlo caer sobre el palo que está hincado en el fondo de la ciénaga y hundirlo así cada vez más. Si te fijas, verás una doble fila de esos palos emerger unos pocos palmos de la superficie del agua. Sobre los palos se encajarán unas vigas; sobre las vigas, unas tablas de roble; sobre las tablas se echará arena y se colocarán las losas de cobertura. Cada pedazo de madera… palo, viga, tabla, travesaño… ha sido cocido en una mezcla de aceite y bitumen y puede durar siglos sumergido en el agua. Un camino que no termina nunca ante ningún obstáculo; atraviesa bosques, lagos y pantanos, perfora las montañas. ¡Un camino romano!

—¿Cómo sabes todas estas cosas?

—Las sé y punto —cortó por lo sano Armin—. Y ahora volvamos a casa. Nuestro padre nos echará un buen rapapolvo por haber desobedecido.

—Es imposible que lleguemos antes del anochecer —dijo Wulf.

—Eso ya lo veremos. Somos excelentes corredores y tenemos muchas buenas razones para llegar a casa a tiempo.

—La primera de todas, no dejarnos despellejar vivos por nuestro padre.

—En efecto. Así que muévete.

—Espera —dijo Wulf—. ¿No oyes ese ruido?

Armin aguzó el oído y la mirada.

—Es una legión romana en marcha. ¡Abajo, a tierra!

Wulf se pegó contra el suelo.

—Pero ¿qué hacen aquí?

—¡Psss! —dijo Armin—. Ni el más mínimo ruido, ni una palabra. Y haz como yo.

Armin se cubrió de hojas, mimetizándose perfectamente con el sotobosque, y Wulf hizo otro tanto. El ruido cadencioso del calzado herrado se acercaba cada vez más, hasta que estuvo muy cerca de los dos chicos. Debajo de las hojas, Armin sintió la mano temblorosa de Wulf y la apretó con fuerza. El temblor cesó y el ruido fue atenuándose poquito a poco hasta desaparecer a lo lejos. Armin se disponía a levantarse cuando la vista de dos sandalias romanas claveteadas a dos palmos de su rostro lo dejó helado.

—¡Mira qué he encontrado! —exclamó una voz ronca en latín.

Una vara de vid hurgó entre las hojas secas. Armin se puso en pie gritando: «¡Vamos, vamos!». Y los dos muchachos echaron a correr como locos sin mirar siquiera alrededor. Solo ellos conocían el bosque en cada uno de sus rincones, en cada grieta; conocían cada luz y cada sombra. No tardarían en encontrar refugio en escondrijos invisibles.

El centurión Marco Celio Tauro no se molestó demasiado en volver a llamarlos o en maldecir; se limitó a hacer una seña que decía «¡Perseguidlos!», y cinco jinetes —tres romanos y dos germanos— se lanzaron al galope, les cortaron el paso, bloquearon las vías de escape, saltaron a tierra al mismo tiempo y los rodearon. Los dos muchachos se pusieron espalda contra espalda y aferraron los puñales cortos que llevaban al cinto, con la empuñadura contra el pecho.

—Esos dos —dijo Wulf refiriéndose a los soldados germanos— son como nosotros. ¿Por qué quieren capturarnos?

—Esos son los peores —respondió Armin sin dejar de girar en redondo para hacer frente a la amenaza de los soldados—. Están vendidos a los romanos y luchan en sus filas.

El asalto estalló simultáneamente por cada parte, pero los dos muchachos se defendieron como fieras: a cuchilladas, a patadas, a puñetazos y mordiscos. Cinco hombres recios se impusieron con gran esfuerzo a dos muchachos apenas adolescentes: al final los sujetaron contra el suelo, les ataron los brazos tras la espalda y los arrastraron con dos cuerdas atadas a los caballos.

El jefe de la patrulla se acercó al centurión.

—Menudas furias son estos dos; han hecho falta cinco hombres para reducirlos.

—¿Te has enterado de quiénes son? —preguntó el centurión.

El soldado germano asintió.

—Son los hijos de Sigmer, el jefe de los queruscos.

—¿Estás seguro?

—Como de que estoy aquí.

—Entonces has hecho buena caza y recibirás buena recompensa. No los dejes escapar o tendrás que rendirme cuentas. Al menos hasta mañana.

Armin y Wulf fueron encerrados en una tienda rodeada de centinelas armados. Sobre el mismo suelo extendieron dos colchones para el descanso. Un esclavo les llevó carne asada, pan, una jarra de cerveza y dos vasos. Y al caer la noche, una lámpara.

—Nos tratan bien —dijo Wulf.

—Mala señal —respondió Armin—. Eso significa que saben quiénes somos.

—¿Qué quieres decir?

—Nos tratan a todos igual; si con nosotros tienen miramientos es porque quieren obtener algo de nuestro padre.

—¿Como qué?

—Roma solo quiere una cosa: sumisión. Lo llaman «alianza», pero es eso, y como los aliados no se fían nunca el uno del otro, el más fuerte, o sea, Roma, exige garantías.

—¿Cuáles? —preguntó Wulf.

—En este caso, nosotros; tú y yo como rehenes.

—Eso lo hacen también nuestros jefes de tribu.

—Es cierto. Pero no es lo mismo. Los romanos no hablan de rehenes, naturalmente. Dicen que se trata de instrucción, de adiestramiento al mando, de estudios y aprendizaje de la lengua latina y quizá también del griego. Pero de hecho nosotros estaríamos, y quizá estaremos, en calidad de rehenes.

Wulf inclinó la cabeza y durante un instante hubo un silencio total en la pequeña tienda. Traídas por el viento llegaron del exterior las llamadas de los centinelas para el cambio de guardia.

—Poderosos dioses —murmuró.

Sigmer, jefe supremo de los queruscos, había pasado toda la noche en vela. Al ver que sus muchachos no volvían, con el ocaso había enviado partidas de exploradores a caballo y provistos de antorchas para batir todos los senderos de la llanura, de la montaña y de la ciénaga; sin resultado. La búsqueda duró todo el día siguiente, hombres frescos relevaban a los jinetes exhaustos. Al final, uno de los exploradores llegó al galope hasta delante de la residencia de Sigmer, saltó a tierra y pidió que lo condujeran a su presencia.

—Han sido los romanos —dijo de corrido.

Sig

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