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TIEMPO DE ALBARICOQUES

Beate Teresa Hanika  

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Fragmento

 

Quiero contarte una historia. Ya sé que las historias han pasado de moda. Por lo menos desde el cambio de milenio no he vuelto a oír ninguna. Salvo esta. Trata del amor y de la libertad, y una buena historia no necesita más que eso.

Todo empezó cuando se marchó la rusa y llegó la otra muchacha. Las dos creían que no me daría cuenta. Creían que tenía la vista tan mal que no sería capaz de distinguir a una rusa de una alemana, que el deje de sus voces era tan parecido, duro y exigente, que a través de los tablones del suelo solo oiría sus acentos entrecortados y las tomaría por la misma persona. Creían que no me enteraría de que un día ya no vino a casa la rusa, sino la otra. Abrió la cerradura de la puerta principal y subió la escalera rechinante que llevaba al piso de arriba. Cuando me vio abajo, de pie en la puerta de mi vivienda, se limitó a dedicarme un apresurado «Buenas noches, señora Shapiro».

Sé qué aspecto ofrezco. Tengo los ojos acuosos y turbios, el cabello se me ha vuelto blanco después de todos estos años y mi cuerpo está desvencijado. Ese es mi aspecto, aunque desearía que no fuese así. Seguro que visualmente no causo la mejor impresión del mundo, pero ya hace tiempo que eso no me desconcierta. Crucé los brazos sobre mi pecho huesudo y escuché sus pasos con atención. Ella, arriba, recorrió todo el piso como si lo conociera desde siempre. Se descalzó y entró en el cuarto de baño con los pies desnudos, abrió el grifo y dejó que el agua llenara la bañera de hierro colado mientras guardaba la compra en la nevera.

La rusa no me gustaba. Era una muchacha sencilla de la región fronteriza con Mongolia, tenía un rostro casi asiático, un cuerpo cimbreante y ligero. Tan cimbreante como las cañas que se inclinan temblorosas sobre las aguas negras del lago Baikal. Tan ligero como las libélulas de alas crepitantes cuando se posan en tu mano. Era decente y callada, y no traía hombres a casa. Nunca. Quizá había regresado a su hogar después de destrozarse los pies bailando. A pesar de que era tan decente, a mí nunca me gustó.

Con la otra, me bastó apenas un vistazo para saber que arrastraba problemas igual que una gata arrastra a su camada tras de sí. Pensándolo ahora, me pregunto por qué no la puse de patitas en la calle aquella misma tarde. A fin de cuentas era mi casa. Mi hogar. Y sin embargo, ni se me pasó por la cabeza.

La muchacha dejó en la escalera un olor a resina para puntas de ballet. A eso y a una mezcla letal de ira, miedo y secretos. A palabras no pronunciadas y vivencias que querían olvidarse. Tal vez fuera eso lo que me impidió ir tras ella y pedirle explicaciones. Aunque quizá fueran también la senilidad, el aburrimiento y una pizca de cobardía lo que me frenó. Quién sabe.

Mi madre siempre me contaba que fue mi padre quien decidió mi nombre. Después de que ella les pusiera a mis dos hermanas Judith y Rahel, mi padre insistió en Elisabetta. Elisabetta. Un nombre del todo absurdo para una niña judía, pero él afirmaba ver en mis ojos que yo no quería un nombre normal, sino uno que me diferenciara de los demás. Elisabetta Shapiro. Mi nombre me hizo diferente, en eso tuvo toda la razón. Un nombre que no era ni carne ni pescado. Yo no era italiana, pero tampoco daba ninguna pista sobre el hecho de que fuese judía, o de que procedía de Viena.

Podría haberme ido mucho peor, no voy a quejarme. Además, tampoco es que ninguno de los niños de aquel entonces fuera afortunado. En 1934 no nacieron niños con fortuna, y no creo que ninguna cría de aquel año hubiera podido cambiar su destino, se llamara Elisabetta o se llamara Judith.

No sé cómo serán las cosas hoy en día. Solo sé que esa muchacha tampoco daba la impresión de ser muy afortunada. Cuando llegó ella y desapareció la rusa, el albaricoque estaba empezando a florecer. En el jardín de atrás, frente a la puerta de mi terraza, el árbol daba flores con una entrega tal como solo la naturaleza es capaz de conseguir. Florecía y al mismo tiempo hacía llover pétalos blancos con opulencia sobre la hierba hirsuta y descuidada, que tenía un tacto áspero bajo los pies. De noche no me dejaba dormir porque el olor a primavera se colaba por la ventana de mi dormitorio. Eso nos inquietaba a los espíritus y a mí. O quizá fuese la muchacha, que corría y hacía piruetas por todo el piso de arriba.

Descubrí que, igual que la rusa, era bailarina del Ballet Nacional de Viena. Que formaba parte del cuerpo del ballet y que era alemana. Más no necesitaba saber.

A la mañana siguiente, tan temprano que la niebla se arrastraba todavía por el suelo hasta en el centro de Viena, salí al jardín y me apoyé en el albaricoque. No podía dormir. No era por ella, era más bien como si las veinticuatro horas que duraba

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