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TIEMPO SIN TIEMPO (CAZADORES OSCUROS 22)

Sherrilyn Kenyon  

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Fragmento

Prólogo

En el pasado más remoto

del que nada se conoce

No era divertido ser un guardián de la puerta del infierno. Solo había una ocupación peor: ser el recadero del mal. Y Makah’Alay Omawaya también lo había sido.

De buena gana.

Un tic nervioso apareció en su esculpido mentón mientras el fuerte viento le azotaba la larga melena negra, que lo fustigó como un látigo. Se encontraba al borde de un precipicio y su cuerpo quedaba recortado por la Luna del Cazador, al igual que las armas que llevaba enfundadas. Exhausto hasta la médula de los huesos, oteó el cañón de color rojo bañado por la luz de la luna, cuyas cambiantes sombras le recordaron su pasado.

¿Cómo podía un solo hombre arruinar tantas vidas?

No, arruinarlas no.

Destruirlas.

Ya no tenía derecho a seguir viviendo. No después de toda la sangre que había derramado gustoso con su cuchillo y con sus flechas. No después de todas las atrocidades que había cometido. Sin embargo, allí estaba. Solo.

Avergonzado.

Un no muerto.

Dos veces había sido designado como guardián de un mundo que se había esforzado por aniquilar. Sí, él tampoco le encontraba sentido. Los espíritus siempre fueron misteriosos. Ni siquiera alcanzaba a entender sus motivos para haberle permitido regresar a ese lugar.

No obstante y después de todo lo sucedido, había aprendido que, tal como rezaba el antiguo dicho, «el hombre tenía responsabilidad, no poder». Después de los años transcurridos, por fin comprendía lo que eso significaba.

No les fallaría.

No se fallaría a sí mismo.

«Estoy decidido...»

Vivía su existencia actual basándose en sus propias decisiones, no guiándose por la casualidad. Los espíritus no lo habían elegido para realizar esa tarea. Se había ofrecido voluntario. Puesto que ya no había más excusas que lo cegaran y lo bloquearan, cambiaría para mejor.

En esa ocasión, se sentía motivado para alcanzar la excelencia y para no dejarse manipular por el mal. Sería útil y no se dejaría utilizar. Se convertiría en el mejor sin competir. Porque a partir de ese momento confiaría en su propia sabiduría y desoiría tanto los consejos como la opinión de los demás. Ya no le quedaba más autocompasión, puesto que la había gastado toda. A partir de ese momento, cultivaría la autoestima.

A fin de vivir la existencia honorable que debería haber vivido durante todo ese tiempo.

Su mirada pasó sobre la cueva donde en otro tiempo luchó contra un poderoso inmortal durante un año y un día. Aún no sabía de dónde había sacado la fuerza para librar semejante batalla. Pero claro, la adrenalina y todas las humillaciones sufridas que llevaba acumuladas en el buche lo habían ayudado a superar el dolor. Lo habían ayudado a no sentir el cansancio ni las heridas. Una vez liberada, la furia reprimida durante décadas lo amamantó mejor que la leche materna.

Ojalá pudiera contar en ese momento con dicho consuelo. Pero con la lucha finalizada y con las manos llenas de sangre, se sentía cansado y disgustado. Asqueado. Ansiaba culpar a otro. A cualquiera. Sin embargo, era imposible huir de la verdad.

Él, y nadie más que él, era el culpable de lo que le había sucedido. Él había tomado la decisión y había permitido que otro dominara sus pensamientos.

Había llegado el momento de enmendar los errores.

«No eres libre, Makah’Alay. Jamás te liberaré. Ahora me servirás durante toda la eternidad.»

«¡No, no lo harás!», gritó su mente con la suficiente fuerza como para trasladar su grito desde ese plano hasta las Tierras del Oeste, donde estaba confinado el Espíritu del Oso.

Con suerte, para siempre.

El Espíritu del Oso había poseído a Makah’Alay Omawaya.

—Makah’Alay Omawaya está muerto.

Muerto a manos de la traición de su hermano. Un acto que también estaba justificado.

Sin embargo, había renacido como Ren Waya, el lobo traicionero, y su alma estaba en manos de una inmortal procedente de una tierra lejana.

Artemisa. La diosa había obrado la magia que lo había devuelto a ese plano. Y él se había jurado proteger ese mundo de las criaturas de su hermano, que cazaban las almas de los humanos. La simetría y la ironía de dicha circunstancia no le pasaban desapercibidas.

Pero claro, su pueblo siempre había creído en ciclos y círculos...

«Sé amable con todos, porque te los encontrarás de nuevo.»

Por eso su clan no creía en las despedidas. Las personas siempre eran las mismas, aunque las circunstancias cambiaran.

Que Artemisa fuera la dueña de su alma después de todo lo que él había hecho le parecía correcto. Por no mencionar que dicha coyuntura le permitía vigilar a su hermano y asegurarse de que no le ocasionaba más daño a la tierra del que él mismo le había causado cuando era su supervisor.

No obstante, era imposible negar que aunque el Espíritu del Oso estaba atrapado en las Tierras del Oeste, el muy cabrón aún poseía esa parte de sí mismo que había sido corrompida para siempre.

Una parte de sí mismo que esperaba mantener encerrada de la misma manera que lo estaba el Espíritu del Oso.

Sin embargo, en el fondo de su mente y gracias a los poderes que lo habían maldecido desde que nació, vio lo que se avecinaba. La pue

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