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TIERRA DE BRUMAS

Cristina López Barrio  

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Fragmento

1

El pazo de Novoa

Valentina nunca va a olvidar la fría tarde de octubre que llega al pazo de Novoa para ser reina. Sube la gran escalera de castaño alfombrada por la decadencia, según le indica la vieja que le ha tendido como bienvenida una mano de circo. Petriña, niña, llámame Petriña. Tiene en los dedos bultos como sortijas de huesos, una jorobita bajo la bata negra y un moño ajustado en la nuca. Ella te espera, te esperó toda esta mañana, y le entraron retortijones de impaciencia. Petriña sonríe con tres dientes en el recibidor cubierto por sábanas blancas.

Mientras la niña asciende hacia el último de los tres pisos del pazo, percibe que es el tiempo y no el polvo el que se acumula inmóvil en cada peldaño, en cada recodo de la escalera, sin duda fastuosa en otra época; y siente en el estómago, donde aún tiene clavada la náusea con que se bajó del avión que la trajo de La Habana, que va al encuentro de un ser mitológico.

Al final de la escalera, Valentina se asoma por la barandilla para retrasar el olor a tabaco que exhala la puerta entreabierta, la voz de leopardo que le pregunta ¿eres tú?, y descubre una caracola de madera en descenso hacia el abismo del recibidor.

—¿Valentina?

En una cama con proporciones de universo, bajo la última luz violeta que se desploma por las vidrieras de una claraboya, Valentina ve la figura imponente de su abuela: Bruna Mencía. Se halla en su trono de cojines de seda verde, recostada en la melancolía del poder; dos trenzas blancas le caen hasta los muslos como seres distintos de la anciana. Viste un camisón con encajes antiguos, y una toquilla de chantilly que contrasta con el rouge francés de los labios. Dos serpientes de perlas de los años treinta le rodean el cuello.

—¿A qué estás esperando? Acércate.

A la anciana le tiemblan las manos. En una de ellas sostiene un pedazo de espejo oxidado, pero ya no se mira en él. Lo ha dejado rendido sobre la sábana. Suda, a pesar del otoño, de la humedad burguesa que le revienta los huesos. Tiene ganas de maldecir, de cagarse en una vereda como cuando era niña y para ella no había más mundo que el bosque. Entre la bruma de cigarrillos que la envuelve, una abeja zumba solitaria alrededor de sus trenzas. A Valentina le recorre la piel un escalofrío y teme desmayarse en esa alcoba con aroma a medicina, a colillas, a camelias blancas cuyos pétalos se desploman sobre una cómoda junto a la cama. Sin moverse del umbral mira a su abuela, aunque de soslayo, mientras la aguja de un tocadiscos araña un vinilo de tangos. Los ojos, aquellos de los que tanto le habló su madre en las noches habaneras, los ojos que hasta ese instante vivían en los cuentos de su infancia, la escrutan, la examinan. Uno castaño como la corteza de árbol, otro amarillo. A pesar de todo parece humana, piensa Valentina.

La anciana coloca un cigarro en su boquilla de nácar y lo enciende.

—Te he traído hasta aquí para que seas reina —le dice a su nieta, y ahueca los cojines del trono.

—¿Reina de qué? —contesta ella con un hilo de voz.

—De este pazo para empezar, como yo.

—Pero usted no es reina —contesta Valentina, y clava la mirada en sus zapatos.

—Como si lo fuera, niña, y de las de antes. Aquí, en mis tierras, que son muchas, y en mis negocios, se hace lo que yo digo. —Da una calada intensa.

—Yo no puedo ser reina porque soy revolucionaria —dice Valentina.

—La misma monserga que tu madre, ya se te pasará. Llevas sangre de nobles. Y ahora enséñame el ombligo a ver si acerté al traerte desde tan lejos.

La niña niega con la cabeza y mira al suelo. Tiene miedo de que su abuela la reprenda, la castigue o algo peor. En cambio, Bruna apaga el cigarrillo, se levanta el camisón de encaje y deja al descubierto un vientre de pellejos colgantes que en su tiempo fue terso como la luna. Alrededor del ombligo se ve una mancha en forma de orbe.

—Espero que tengas este lunar, porque así me lo aseguraron.

Y si han mentido a Bruna Mencía lo pagarán caro, murmura para sí. Sin duda, la niña es la de la foto que le enviaron desde La Habana hace unos dos meses, recién muerta la madre, su hija, en aquella fatídica revuelta. Pero en persona parece más alta, como si la pérdida le hubiera estirado los huesos hacia lo inalcanzable, y mayor de los once años que tiene, según le escribió la mulata que la cuidaba en La Habana desde que se quedó huérfana. Ha crecido desde entonces, piensa Bruna, y comienza a padecer el desgarbo de una adolescencia inminente. Las piernas largas en los vaqueros gastados, los hombros melancólicos, el rostro interrogante.

—Yo también tengo ese lunar, pero no es ninguna señal burguesa.

La niña se aproxima a la anciana. Una cuerda le ciñe a modo de cinturón el jersey que le tejió la mulata en tres madrugadas insomnes para abrigarla de los fríos de Europa. Pero se lo sube sin desatársela, al igual que la camisa que lleva debajo de él. Su vientre es pequeño, cálido, de piel caribeña, pero con el mismo orbe premonitorio que su abuela.

—Tienes el mundo pintado alrededor del ombligo. Has nacido para ser reina —le dice Bruna con una sonrisa en el rouge.

Valentina frunce el ceño, y se frota un dedo por el lunar como si quisiera borrárselo.

—Viva la revolución —susurra.

—No digas tonterías, niña. Ya cambiarás cuando heredes el marquesado y toda mi hacienda. Y ahora vete. Petriña te servirá la cena en la cocina.

Le hace un gesto con la mano para que se marche. Ya ha visto lo que tenía que ver, ya ha comprobado lo que tenía que comprobar. Está fatigada. La audiencia ha terminado. Su nieta tiene los mismos ojos pardos que lleva sin ver más de cincuenta años, y la hendidura en la barbilla que la sigue hiriendo como el filo de una daga.

Valentina siente la piel erizada de frío. No se atreve a bajar la enorme escalera de castaño hasta la cocina donde la espera Petriña, pero tampoco se encuentra a gusto en el distribuidor del último piso. Se le ocurre la idea de que el mundo es de color amarillo, ese color prepotente que odia. Quizá porque está envuelta en la luz sucia y triste de los apliques de hierro que alumbran los peldaños. Se sienta en un cono de sombra, huyendo del amarillo del mundo. La alfombra de la escalera tiene flores momificadas y la niña llora. De pronto el lunar que yace en el estómago de su abuela y en el suyo le parece la triste marca de su destino; es un lunar cuya oscuridad se hunde en sus raíces. Y llora más. Acaricia la cuerda que lleva atada a la cintura y murmura: mami, aquí estoy en la tierra donde naciste. Se limpia las lágrimas que le mojan las mejillas, los labios, como si de pronto se avergonzara de su llanto. Le parece que el hombre pintado en uno de los numerosos retratos que adornan la pared está mirándola con desaprobación. Viste atuendo de cazador, una escopeta temible de dos cañones le cuelga del hombro, lleva un cinturón con cartuchos de bala, y bajo sus pies hay dos jabalíes sangrientos. Y tú ¿qué miras?, si seguramente ya serás muy viejo o estarás muerto como casi todo aquí, le dice Valentina sacándole la lengua. Es corpulento y apuesto, tiene el pelo rojizo, los ojos grandes y los labios salvajes. La niña se pone en pie y lee el cartel dorado del marco: JOSÉ NOVOA, MARQUÉS DE NOVOA (1910).

Luego se fija en el retrato que está al lado de éste. Una mujer rubia, flaca, pero con pechos orondos y unos ojos de gato postrados en el cielo. Lleva un rosario entre los dedos de las manos y da la impresión de que está orando.

AMELIA LOBEIRA, MARQUESA DE NOVOA (1910).

Valentina echa cuentas: hace exactamente setenta y un años de esos dos

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