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TIERRA DE NADIE

Juan Carlos Onetti  

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Fragmento

I

El taxi frenó en la esquina de la diagonal, empujando hacia el chófer el cuerpo de la mujer de pelo amarillo. La cabeza, doblada, quedó mirando la carta azul que le separaba los muslos. «Nos devolveremos el uno al otro como una pelota, un reflejo...»

Mientras suspiraba, «nos devolveremos el uno al otro», sorprendió el nacimiento del gran letrero rojizo.

Una mancha de sangre: «Bristol». Enseguida el cielo azuloso y otro golpe de luz: «Cigarrillos importados». Nuevamente el cielo. En la cruz de las calles las enormes letras golpeaban el flanco del primer rascacielos, su torre escalonada. Bristol, el aire, cigarrillos, pequeñas nubes. Los golpes rojos se corrían por las azoteas desiertas, manchando fugazmente el gris hosco de los pretiles.

Atravesando la ventana sucia, sonrojaban la sonrisa del hombre en la lámina pegada a la pared. Un rápido abanico cerrado en los muros y una gruesa barra en la colcha de la cama, cruzando la culata ya fría del revólver.

La mano del hombre dormido colgaba junto al piso. Ausente de las sombras y las rápidas palabras rojas, el hombre respiraba lento y sonoro, una mano en la hebilla del cinturón, la derecha hacia las tablas con manchas y escupitajos.

Afuera, en la luz amarilla del corredor, otra mano avanzó, doblándose en el pestillo. Llave. El hombre gordo dobló los dedos fastidiado y esperó. «Con tal que no se le haya ocurrido...» Golpeó con los nudillos.

Pero la única cosa viva en el pequeño cuarto era el temblor luminoso en la pared y la gruesa franja ligera que resbalaba en la colcha.

Volvió a golpear con el puño, una vez y otra. Esperaba entre los golpes, acariciándose el mentón carnoso, guiñando los ojos a la luz sucia.

Las llamadas entraron en el hombre acostado como rápidos golpes de gong, y en el país silencioso del sueño los ruidos se cambiaron por el mismo gran disco dorado del gong. Una brillante luna que empezó a girar enloquecida, acercándose, subiendo, alzando finalmente al hombre consigo. Estaba otra vez en la angustia de la vigilia, sólo con los tres golpes a compás en la puerta. Quedó sentado, sacudiendo la cara en la sombra. Los golpes eran toc, toc, toc. La mano tanteó en la colcha la culata del arma. Escuchaba inmóvil entre los ruidos lejanos y su respiración. Los golpes saltaron nuevamente, rabiosos y sin paciencia.

Terminó de levantarse, arrastrando los pies en medias sobre la frescura de las tablas. La puerta dijo:

—Soy yo. Abrime.

Aflojó el cuerpo suspirando, encendió la luz, quitó la llave de la puerta y volvió hacia la cama, dando la espalda al hombre que entraba.

Larsen cerró. Avanzaba lentamente, bajo y redondo, las manos en el sobretodo oscuro.

—Creí que habías salido, ¿eh?

El hombre de medias tiró el revólver a la cama.

Sí. Eso mismo.

Sentado, estiraba las piernas bostezando. Había algo de cobardía, timidez, un grosero disimulo en la cara que muequeaba indiferente.

—Mirá. Anoche no dormí. Ni sé hasta qué hora.

La pequeña boca de Larsen, fruncida, señaló el revólver.

—Tenerle miedo a un turco...

Se rió con un chillido de mujer. Enganchó una silla con la pierna y se sentó.

—Así que tenés miedo. El indio Óscar, el Indio. Y de un turco, ¿eh?

Volvió a reírse. Moviendo la cabeza, tiró un paquete de cigarrillos hacia la cama. Ansiosamente, el otro lo manoteó. El encendedor brillaba contra el vaso vacío de la mesita. Larsen lo miraba con un pequeño brillo en los ojos, la boca apretada.

—No tenías cigarrillos, ¿eh? Así que el turco no te da permiso...

Se reía, temblándole el cuerpo, casi inmóviles las grasas de la cara. Quedó serio de golpe, dos líneas de saliva en la boca, mirando con dureza al hombre de la cama.

—Y bueno... ¿Qué vamos a hacer?

El otro apartó lentamente la mano con el cigarrillo, alzando una mirada maligna.

—¿No me mandaste decir que no hiciera nada, que me quedara quieto y no hiciera nada?

Larsen se acomodó los puños de la camisa que le cubrían media mano.

—Te mandé decir porque todos ustedes no hacen más que macanas. Como eso de la turca esa. Se necesita ser turro, de veras. Qué animal.

—Y ahora ya está.

—Ta bien. Digo lo mismo.

Sacó un diario y lo desplegó lentamente. Revisaba las columnas, seguía con la cabeza el zigzagueo de las letras. Óscar le espiaba la cara. Dulces brillos acariciaban la carne del mentón y las mejillas. Alguien andaba en la pieza de al lado. Se oyó encender un calentador y ruido de voces incomprensibles. Unos tacos de mujer repiquetearon en la escalera. Óscar aplastó el cigarrillo. Miraba agazapado el silencio de Larsen, lleno de peligros. Insinuó tanteando:

—Yo ya sé... Pero a cualquiera se la doy. Estarse así, todo el día como quien dice con la cosa esa y... Bueno, una hembra que...

Larsen bajó el diario, buscó a los lados y terminó por escupir hacia la ventana.

—A eso le llaman hembra. Turquita pestosa.

Continuó revisando los titulares. Luego alzó los ojos al techo.

—Decime. El día del choque, ¿ganó Capicúa? O el otro sábado, ¿eh?...

Dejó el diario en la mesa. Respiraba ruidosamente, la boca en o. Fue empujando el sombrero hacia la nuca. Un momento se estuvo inmóvil, hipnotizado en el brillo de sus uñas que golpeaban la mesa. De pronto enderezó el índice y la cara redonda en dirección a la cama. La voz le temblaba, adelgazada, casi en maullido:

—¿Vos no sabías que era menor?

Óscar se rió, mirando el suelo.

—Cualquiera calcula. Con ese cuerpo.

—Ah. ¿Y por qué le pegaste?

—¿Por qué?

Desde la cama alzaba una cara asombrada, estúpida.

—¿Por qué le pegué?...

Reía, repitiendo la pregunta absurda.

—Sí —dijo Larsen—. Vos sos muy macho, ¿eh? Pero si no te arreglo los líos...

Se agachó, estirando la seda de los calcetines. El sombrero escondía la cara. Detrás del óvalo negro, la voz se camb

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