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TINTA Y FUEGO

Kathleen K. Macmillan  

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Fragmento

Cubierta

Una novela juvenil imprescindible para los amantes del género fantástico.

En un mundo oprimido no puedes permitirte pensar.

Ni cuestionarte nada.

Ni desear.

Lo que más anhela Raisa es aprender a leer.

Pero, para una esclava, esta aspiración parece casi inalcanzable.

¿Y si poder leer fuese la clave para salvar a su pueblo?

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En memoria de Annette Bledsoe

 

 

Hallo el éxtasis en vivir; la mera sensación de vivir

es suficiente dicha.[1]

EMILY DICKINSON

LOS DIOSES

Gyotia, rey de los dioses.

Sotia, su hermana, diosa de la sabiduría.

Suna, su hermana, diosa de la memoria.

Lanea, su primera esposa, diosa del hogar.

Lila, su segunda esposa, diosa de la guerra.

Qora, hijo de Gyotia y Lanea, dios de los campos.

Aqil, hijo de Gyotia y Sotia, dios del aprendizaje sagrado.

1

Primero fue Gyotia, el de los múltiples brazos y piernas, el que todo lo ve, nacido en la oscuridad de las montañas del fuego oculto. Conservó solo dos brazos y dos piernas, y con el resto de sus extremidades creó la Tierra, a la que vigiló con el mismo celo con el que vigilaba su propia carne.

«Todo es mío», dijo al vasto silencio.

No conocí a Tyasha ke Demit, pero todo empezó con su ejecución.

El día que el rey la sentenció a muerte, yo estaba con los demás niños esclavos del palacio, limpiando los frisos más altos de la Biblioteca de los Dioses. Naka y Linti no dejaban de hablar de la ejecución. Lo hacían en susurros, por supuesto, para que los guardias de abajo no las oyeran y sacudieran las precarias plataformas donde trabajábamos. A los guardias qilaritas no les gustaba que los asignaran a la biblioteca los días de limpieza, y no permitían que nadie rompiera la regla del silencio.

—¿Cuánto falta para que muera? —susurró Linti, ansiosa, apartándose el pelo rubio casi blanco de la cara.

Naka se encogió de hombros y me miró.

—Raisa, ¿cuántas veces la quemarán? —me preguntó.

Me dio un vuelco el estómago.

—Chis! —les advertí, demasiado alto, ganándome una sacudida de los guardias.

Estaba tumbada boca arriba para limpiar el techo, así que solo tuve que agarrarme al borde de la plataforma para no perder el equilibrio. Los niños esclavos arnath no duraban con vida tanto tiempo como yo a menos que aprendieran a mantenerse encima de las plataformas. Siempre retiraban el grueso alfombrado del suelo de piedra de la biblioteca antes de la limpieza, y muchos niños morían al caer. Nadie quería mancillar las alfombras que pisaron los dioses con la sangre de los esclavos arnath.

No podía reprochar a los pequeños su macabra fascinación: Naka tenía ocho años y Linti, solo seis, y no todos los días ejecutaban a una tutora del príncipe por traición. Los murmullos llevaban toda la mañana circulando por el palacio. El rey había ordenado que toda la ciudad asistiera a la ejecución, incluso (o, tal vez, especialmente) los esclavos. Al fin y al cabo, aunque las tutoras tuvieran una posición privilegiada en Qilara, seguían siendo arnath, como nosotros. Vestían los mismos ropajes verdes que los esclavos, aunque también llevaran prendas blancas. Tyasha moriría, y elegirían a otra chica arnath para que ocupara su puesto como aprendiza de tutora.

Me deslicé por la plataforma y me apoyé en el borde para poder alcanzar con el trapo la moldura que había encima de la estatua de Gyotia, el rey de los dioses. Aunque todavía era pequeña, mi cuerpo parecía haberse percatado al fin de que ya casi tenía quince años, y había empezado a afinarse y desarrollarse. Sin duda, los guardias pronto se quejarían de que pesaba demasiado para las plataformas, y me enviarían a servir en uno de los templos: las tutoras y los niños que limpiaban los lugares más elevados eran los únicos arnathim que podían vivir en palacio.

Tiré el trapo para avisar a los guardias de que había terminado, y ellos giraron la manija y bajaron la plataforma. Mientras descendía, me senté con las piernas colgando y observé cómo los frisos blancos daban paso a los panales que contenían las cartas que los reyes de Qilara habían escrito a los dioses. Me habían dicho que estaban redactadas con la escritura de alto rango que solo conocían el monarca y su heredero. Y sus tutoras, pensé, con una punzada de celos. Tyasha ke Demit, pese a ser arnath, habría podido leer las cartas si alguna vez se le hubiese permitido la entrada en la biblioteca.

Los símbolos de alto rango estaban prohibidos incluso para los nobles, que se autodenominaban con orgullo la clase de los Eruditos porque eran los únicos que sabían leer y escribir. Pero a los Eruditos solo se les permitía conocer la escritura de bajo rango. Los qilaritas de las clases comerciantes y campesinas, como los guardias, ni siquiera podían aprender esa escritura.

Para una esclava corriente como yo, escribir un solo símbolo habría significado la muerte.

Aun así, la Biblioteca de los Dioses me fascinaba. Las paredes eran redondeadas, salvo la que daba al norte, que era recta y contenía una enorme estatua de Gyotia esculpida en la misma pared. Una de las caras del dios vigilaba la biblioteca desde arriba, y la otra miraba hacia el mar más allá del muro exterior del palacio. Las estatuas de los otros dioses rodeaban la biblioteca.

Sin poder evitarlo, dirigí la mirada a la escultura que había junto a la puerta: era Aqil, hijo de Gyotia y dios del aprendizaje sagrado, que sostenía triunfalmente un hierro de marcar contra la mejilla de su madre, que estaba atada y amordazada a sus pies. El crimen de Sotia, la diosa de la sabiduría, había sido intentar regalar el don de la escritura a todo el mundo. Había estatuas que reproducían la misma escena por toda la ciudad. Algunas incluso estaban pintadas, para contrastar la pálida piel de Sotia con el tono aceitunado de los otros dioses. La diosa tenía la nariz pequeña, los ojos juntos y el pelo ondulado como el mío. Los qilaritas siempre la representaban con rasgos arnath.

Aunque estuviera prohibido, reconocí el símbolo que Aqil estaba marcando en la mejilla de Sotia. Era Rai, la primera parte de mi nombre, que mi padre me había enseñado a escribir hacía mucho tiempo.

Kiti, que tenía los rizos castaños cubiertos de polvo gris, estaba limpiando la estatua de Aqil, así que me fui con mi trapo a limpiar la de Suna, la diosa de la memoria. A sus once años, Kiti era, después de mí, el mayor de los niños. Él y yo éramos los únicos que quedaban del asalto a nuestra isla, que había sucedido mucho tiempo atrás. Cuando nos atacaron, él todavía no había cumplido los dos años, así que no recordaba las Nath Tarin, las islas del norte donde los Ilustrados impartían en secreto antiguas enseñanzas en los períodos en los que no había redadas de los qilaritas.

Sin embargo, a mí, estar en la biblioteca me traía cada vez más recuerdos. Los más vívidos eran de los días en los que fabricábamos papel, cuando el pueblo entero abandonaba los cultivos y ayudaba a estirar y prensar los juncos. Nos dábamos un festín mientras el papel se secaba al sol, extendido en mesas, rocas y ramas, como si miles de nubes hubiesen caído a la tierra. Cuando ya se había secado, los niños lo recogían. Me encantaba sentir su peso ligero bajo mis dedos, como si fuera neblina solidificada.

Mientras abrillantaba la estatua, mis ojos se desviaron hacia las cartas a los dioses. Los paneles cubrían las paredes desde el final de los frisos hasta el suelo. Los bordes de las cartas amarilleaban, y estaban arrugados en algunas partes. Me pregunté si se

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