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TOCADO Y HUNDIDO (TESSA LEONI 3)

Lisa Gardner  

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Fragmento

1

 

 

 

Yo morí una vez.

Ahora lo recuerdo, en la medida en que soy capaz de recordar algo, la sensación de dolor, lacerante y agudo, y a continuación el agotamiento, demoledor y profundo. Quería permanecer tumbada; lo recuerdo con nitidez. Necesitaba poner fin a aquello. Pero no lo hice. Hice frente al dolor, al agotamiento, a la jodida luz blanca. Me arrastré para volver al mundo de los vivos.

Por Vero. Me necesitaba.

¿Qué has hecho?

Ahora soy ingrávida. Entiendo, distraídamente, que algo va mal. Los coches no deberían ser ingrávidos. Los todoterrenos urbanos de alta gama no fueron diseñados para volar. Y percibo un olor penetrante y acre. A alcohol. Más concretamente, a whisky. Glenlivet. Siempre me he enorgullecido de beber, de lo bueno, lo mejor.

¿Qué has hecho?

Quiero gritar. Mientras planeo por los aires, a punto de morir por segunda vez, al menos debería poder chillar. Pero de mi garganta no sale sonido alguno.

En vez de eso, me quedo mirando por el parabrisas, precipitándome en la noche oscura como boca de lobo, y curiosamente me da por fijarme en que está lloviendo.

Como aquella noche. Antes de…

¿Qué has hecho?

No está tan mal volar. La sensación es agradable, incluso emocionante. Se desafían los límites de la gravedad, se deja muy atrás la fuerza gravitatoria de la tierra. Debería extender los brazos y abrazar la segunda muerte que se cierne ante mí.

Vero.

La pequeña y hermosa Vero.

Y entonces…

La gravedad se cobra su venganza. Mi automóvil deja de ser ingrávido en cuanto vuelve a tomar contacto violentamente con la tierra. Una colisión estremecedora. Un estruendo atronador. Mi cuerpo, antes en vuelo, ahora se estampa como una muñeca de trapo contra el volante, el salpicadero, la palanca de cambios. El chasquido del cristal haciéndose añicos. Mi cara aplastada.

Dolor, lacerante y agudo. A continuación agotamiento, demoledor y profundo. Quiero tumbarme. Necesito poner fin a esto.

Pienso en Vero.

Y entonces: oh, Dios mío, ¿qué he hecho?

Tengo la cara húmeda. Me lamo los labios y saben a agua, a sal, a sangre. En cuanto levanto la cabeza lentamente, me atenaza un dolor agudo en la sien. Me doblo de dolor, pego la barbilla al pecho instintivamente y a continuación apoyo mi dolorida frente contra el duro plástico. Me doy cuenta de que tengo el volante del coche clavado en el pecho, la pierna retorcida en un ángulo casi imposible y la rodilla embutida en algún lugar bajo el amasijo del salpicadero. He caído, pienso, y no puedo levantarme.

Oigo un sonido. Risa. O tal vez sea un plañido. Es un sonido extraño. Estridente, continuo y no del todo cuerdo.

Procede de mí.

Más agua. La lluvia se ha abierto paso en el interior de mi coche. O yo me he abierto paso fuera. No estoy segura. Whisky. El hedor a alcohol es tan fuerte que me dan ganas de vomitar. Me doy cuenta de que tengo el jersey empapado. Después, todavía aguzando la mirada para distinguir lo que me rodea, vislumbro trozos de cristal desperdigados alrededor; los restos de una botella.

Debería moverme. Salir. Llamar a alguien. Hacer algo.

La puñetera cabeza me va a estallar y, en vez de un cielo negro de terciopelo, veo luces blancas que estallan en mi campo de visión.

Vero.

Una palabra. Se me mete entre ceja y ceja. Se asienta. Guiándome. Instándome a moverme. Vero, Vero, Vero.

Me muevo. El plañido da paso a un alarido desgarrador al intentar salir trabajosamente del asiento del conductor. Da la impresión de que mi coche ha aterrizado de morro; el salpicadero está prácticamente empotrado contra mí. No estoy derecha, sino inclinada hacia delante, como si mi Audi, una vez hundido el morro contra el suelo, no pudiera recuperar el equilibrio. Eso significa que tengo que realizar un doble esfuerzo para deslizarme por el espacio plegado como un acordeón que queda entre mi asiento y el volante y el salpicadero hundido.

El airbag. La desmesurada masa me cubre los brazos, me enreda las manos, y lo maldigo. Vuelvo a chillar, a forcejear y a vociferar sonidos sin sentido, pero la rabia ciega me dispara la adrenalina hasta que al menos el demoledor agotamiento se mitiga y solo deja dolor, un dolor infinito y espantoso que enseguida asumo que no puedo permitirme el lujo de contemplar, mientras por fin me retuerzo para colarme de costado entre el asiento del conductor y el salpicadero. Me desplomo, sin resuello, sobre el compartimento central. Las piernas me responden. Los brazos, también.

Me estalla la cabeza.

Vero.

Humo. ¿Huele a humo? Inmediatamente soy presa del pánico. Humo, gritos, fuego. Humo, gritos, fuego.

Vero, Vero, Vero.

¡Corre!

No. Me paro a pensar. No hay humo. Eso fue la primera vez. ¿Cuántas veces puede morir una mujer? No estoy segura. Es una imagen borrosa en mi mente, desde el olor a tierra mojada hasta el calor de las llamas. Todo separado y a la vez junto. Me estoy muriendo. Estoy muerta. No, simplemente me estoy muriendo. No, un momento, estoy muerta. La primera vez, la segunda, ¿la tercera?

No logro discernirlo.

Solo una cosa importa, lo que siempre ha importado. Vero. Debo salvar a Vero.

El asiento trasero. Me giro. Primero me doy un golpe en la rodilla izquierda, luego en la derecha, y vuelvo a gritar. Joder. Me da igual. Asiento trasero. Tengo que llegar al asiento trasero.

Me muevo a tientas en la oscuridad, lamiéndome la lluvia y el barro de los labios mientras comienzo a percibir otras impresiones. El parabrisas está destrozado, pero también el techo corredizo, de ahí la lluvia. Mi precioso, lujoso y relativamente nuevo SUV Audi Q5 ha encogido como mínimo treinta centímetros, si no sesenta; el morro ha sufrido lo peor del impacto y las puertas delanteras casi con toda seguridad están demasiado abolladas para abrirlas. Pero la parte trasera parece prácticamente intacta.

—Vero, Vero, Vero.

En ese preciso instante me doy cuenta de que llevo guantes. O de que llevaba guantes. El cristal los ha rajado hasta dejarlos como grandes andrajos sangrientos que entorpecen mis movimientos. Forcejeo para quitarme uno, luego el otro, y a continuación los meto deliberadamente en el bolsillo de mis pantalones. No puedo tirarlos al suelo. Eso sería dejar porquerías y yo no trato así de mal a mi coche. O no solía hacerlo.

La puñetera cabeza me va a estallar. Tengo ganas de enroscarme en un ovillo y dormir, dormir y dormir.

No. No puedo. Vero.

Haciendo un sumo esfuerzo por moverme una vez más, tanteo a la derecha, luego a la izquierda, palpando con los dedos en la oscuridad. Pero no encuentro nada. A nadie. Busco y busco, primero en el asiento trasero; luego, con manos más temblorosas, en el suelo. Pero ningún cuerpo menudo aparece por arte de magia.

¿Y si…? Puede que haya salido despedida, lanzada al vacío en la brusca caída del vehículo. El coche había intentado volar, y tal vez Vero también.

«Mami, mira, soy un avión».

¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?

Tengo que salir del vehículo. Es lo único que importa. Ahí fuera, algo en las tinieblas, la lluvia, el barro. Vero. Tengo que salvarla.

Me arrastro con los codos desde la parte de delante a la de atrás de mi coche abollado. Entonces, me vuelvo bruscamente hacia la puerta trasera de la derecha. Pero no se abre. Tiro de la manija, embadurnándola de sangre. La emprendo a empellones con la puerta. Lloro, suplico e imploro, pero nada. No cede. Los daños, el cierre de seguridad. ¡Mierda!

Otra salida. La parte de atrás, el maletero. Me pongo en movimiento de nuevo penosamente despacio, pues el lacerante dolor de cabeza me provoca náuseas, y sé que voy a vomitar, pero me da igual. Tengo que salir del coche. Tengo que encontrar a Vero.

El vómito, cuando sale a borbotones, es un líquido de poca densidad que huele a whisky de malta caro sin mezclar y a una larga noche de lamentos.

Me arrastro por el infecto charco y sigo avanzando. Mi suerte cambia por primera vez: el maletero ha quedado entreabierto por el impacto de la colisión.

Empujo para abrirlo de par en par. A continuación, cuando me resulta insoportable seguir arrastrándome debido a las magulladuras —¿o fracturas?— de mis costillas, consigo salir apoyándome con los brazos y caigo de bruces al suelo. El barro, blando y rezumante, amortigua el golpe. Me pongo de costado, sin resuello por el dolor, por el esfuerzo, por la desesperación de mi situación.

Lluvia, lluvia, vete ya, otro día volverás.

«Mami, mira, soy un avión».

Me invade de nuevo el cansancio. El agotamiento, demoledor y profundo. De buena gana me quedaría tendida aquí. Vendrán a socorrerme. Alguien que haya presenciado el accidente, que haya oído el golpe. Un conductor que pase. O tal vez alguien me eche en falta. Alguien a quien le importe.

Me viene a la cabeza la imagen del rostro de un hombre, pero desaparece antes de poder procesarla.

—Vero —susurro. A la lluvia que cae, al barro rezumante, a la noche sin estrellas.

El olor a humo, pienso inconscientemente. El calor del fuego. No, esa fue la primera vez. Maldita sea, céntrate. ¡Céntrate!

Parece que la carretera está muy por encima de mí. Hay fango, hierba, arbustos desaliñados y peñascos picudos de por medio. Oigo sonidos lejanos, el zumbido de coches a toda velocidad por arriba, como pájaros exóticos, y caigo en la cuenta, a medida que me arrastro boca abajo milímetro a milímetro, que los vehículos se encuentran demasiado lejos. Están arriba; yo, abajo. Jamás me verán. Jamás se detendrán ni me ayudarán a buscar a Vero.

Otro milímetro, dos, tres, cuatro. Doy un grito ahogado al golpearme con una piedra. Maldigo al enredarme en un matorral. Mis dedos trémulos avanzan, tanteando, tanteando, tanteando, mientras la cabeza me aguijonea agónicamente y hago una pausa, de tanto en tanto, dando arcadas patéticamente para arrojar escupitajos de bilis.

Vero.

Y acto seguido: ¡Oh, Nicky, qué has hecho!

Oigo ese plañido de nuevo, pero no me detengo. Me niego a reconocer que el animal lastimero que emite todos esos sonidos en realidad soy yo.

No sé cuánto tiempo llevo arrastrándome por el resbaladizo barro, pero cuando remonto la pendiente estoy cubierta de lodo negro de pies a cabeza, y, lejos de molestarme, me hace gracia. Encaja, pienso. Tengo el aspecto que debería tener.

El de una mujer que ha salido de la tumba.

Luces. Dos puntos idénticos, aproximándose. Entonces me pongo a cuatro patas. No tengo más remedio si pretendo que el conductor me vea. Y no pasa nada, porque ya no me duelen las costillas. Se me ha entumecido el cuerpo, el dolor punza

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