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TODA LA VERDAD SOBRE LAS MENTIRAS

José Antonio Palomares  

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Fragmento

1

Cómo se da una sorpresa

Yo debía de tener once años, o quizá diez, o quizá doce, el día en que papá vendó teatralmente los ojos de mamá con un paño de cocina y la condujo a ciegas al salón. Mamá reía y le decía que era bobo, que era tonto perdido.

–¡Bobo, más que bobo!

Qué bonito era oírla reír así. Mamá no se reía a menudo, y cuando lo hacía era por cosas que nosotros no terminábamos de entender: por alguna frase suelta en la televisión que le hacía gracia, o por algo que había recordado repentinamente y que no nos explicaba. Y aquel día, sin embargo, reía como las heroínas de las películas, y parecía más joven y más guapa mientras papá la llevaba del brazo para evitar que se chocara con las paredes, como si la estuviera protegiendo de mil peligros. Como si nuestro pequeño piso albergara peligros ocultos entre la cocina y el salón. Papá llevaba colgada al cuello su cámara de fotos, como un reportero en zona de guerra.

Mi hermano Miguel y yo íbamos detrás de ellos por el pasillo, tratando de averiguar qué había preparado nuestro padre en los quince minutos en los que no nos había dejado entrar en el comedor. Éramos cuatro exploradores en mitad del África negra avanzando en fila india, fantaseaba yo. En cualquier momento podían aparecer bosquimanos con sus cerbatanas de dardos envenenados. Desde detrás de la cómoda, por ejemplo. Una picadura repentina en el cuello, como la de una avispa, y nos desplomaríamos. Muerte instantánea.

–Chicos, cerrad los ojos. Sin hacer trampas.

Miguel y yo cerramos los ojos, sin hacer trampas. Miguel los apretó como cuando yo le decía, la noche de Reyes, que oía a los Reyes Magos subir (¡ya están en el segundo piso!), y que si lo pillaban sin dormir se quedaría sin regalos (¡el tercer piso!, ¡sólo les queda uno!), y él cerraba los ojos aterrado por la posibilidad de que descubrieran que aún no se había dormido. Yo sí hice un poco de trampa, la verdad, porque ya era mayor, y caminaba por el pasillo con los ojos sólo entrecerrados, viendo a través de las pestañas. Por si atacaban los bosquimanos.

–¡Los ojos cerrados he dicho! ¡A que os quedáis sin entrar en el comedor!

Apreté los ojos, porque noté que mi padre empezaba a impacientarse.

–¡Los tengo cerrados! –dijo Miguel. Me agarró la mano para que yo lo llevara por el pasillo sin tropezarse. Papá me cogió del hombro y me guió hacia un lado y a Miguel conmigo. Hizo que me diera la vuelta para que estuviera de cara a la pared.

–Abrid los ojos, pero no os deis la vuelta hasta que yo lo diga.

Abrí los ojos. Mamá aún reía, pero medio para dentro. Era ya más jijiji que jajaja. La risa de mamá nos ponía de buen humor a todos, como si nos desanudara algo por dentro. Papá se aclaró la garganta.

–Buenas tardes, dama y caballeros. Ha llegado el momento de descubrir la gran sorpresa que teníamos preparada para todos ustedes. Cuando cuente tres, vosotros os daréis la vuelta, y tú puedes quitarte la venda.

Era absurdo, pero estaba nervioso; hasta notaba un hormigueo en los dedos.

–Uno… dos…

Miguel quería darse la vuelta ya, pero yo le sujetaba de la mano para que no hiciera trampas.

–Dos y medio…

Mamá volvió a reírse. Nosotros protestamos.

–Vamos, Ángel –dijo mamá–. Que todavía tengo que hacer la cena.

–Dos y tres cuartos…

Miguel tiraba de mí, y lo cierto es que yo también estaba deseando ver qué nos tenía preparado papá. ¿Y si me daba la vuelta sin más? ¿Qué podía pasar? Ya casi había contado hasta tres. ¿Cómo me iba a castigar? A lo mejor me regañaría, pero de todas maneras yo ya habría…

–¡Y tres! ¡Tachán!

Nos dimos la vuelta como si fuéramos atletas olímpicos tras el disparo de salida. Mamá se quitó la venda. ¡Hala! Papá disparó su cámara de fotos para inmortalizar el momento. Clic. Meses más tarde revelamos el carrete y vimos la cara de incredulidad de mamá, con el trapo que había servido de venda a punto de caerse al suelo; nosotros salimos con las bocas abiertas por la sorpresa, entusiasmados.

Papá, con gesto triunfal, esperó a que dijéramos algo: frente a nosotros, donde debía estar nuestro pequeño televisor, había una televisión enorme, reluciente. Miguel y yo gritamos:

–¡Hala!

Yo no sabía cómo demostrar lo emocionado que estaba sin usar palabrotas, y en casa estaba prohibidísimo usar palabrotas a menos que fueras papá. ¡Hala! ¡Hala! ¡Huala! ¡Buah, macho! Era lo único que podíamos decir. Aquella televisión era inmensa comparada con nuestro viejo televisor. De ancho era como uno de nosotros con los brazos abiertos, si no los estirábamos mucho. Medía el doble que la que teníamos. El salón parecía más pequeño con aquella televisión gigantesca y atómica llena de botones.

Mamá había dejado de reírse.

–¿Y esto?

–Una televisión nueva, Marta –dijo papá, como si le tuviera que explicar algo a un niño pequeño y no muy espabilado. Como si se lo estuviera contando a Miguel, pensé–. Es una Philips K-12, a color. De veinticinco pulgadas.

–¿Qué es una pulgada, papá? –preguntó Miguel.

–La distancia que recorre una pulga al saltar –contestó papá, sonriendo debajo de su frondoso bigote negro. Yo me di cuenta de que estaba de broma, pero Miguel no y miró asombrado la televisión, calculando distancias.

Papá dio dos pasos y se acercó a la tele. Nosotros queríamos tocarla, pero no nos atrevíamos, como si fuera un objeto sagrado. Nos daba miedo romperla, o descubrir que en realidad no era una televisión de verdad, sino fruto de nuestra imaginación, como si papá nos hubiese hipnotizado a todos. A lo mejor por eso había dicho: ¡Tachán! Era un truco de magia. Ahora chasqueaba los dedos y el aparato desaparecía.

–Ya tenemos una televisión –dijo mamá.

–Esta es mejor, y además la otra está muy vieja –contestó papá.

–Pero la otra funciona todavía.

Los dos decían la verdad. Nuestra televisión era vieja, y funcionaba aún, más o menos. Era una Telefunken pequeñita, en blanco y negro, que tenía un transformador que tardaba un cuarto de hora en calentarse lo suficiente para dar energía y poner en marcha la tele. Así que si querías ver algo tenías que encenderla con tiempo suficiente. Era angustioso esperar a que se encendiese la pantalla para ver Sandokán, por ejemplo, sin saber si le iba a dar tiempo a ponerse en marcha antes de que el Tigre de Mompracem empezara a liquidar perros ingleses.

Casi todos en mi clase tenían televisión a color.

Papá no contestó a mamá. En vez de eso, apretó el botón de encendido. La televisión se puso en marcha al instante. ¡Tachán! Eso sí que parecía magia. En la pantalla, enorme, casi como si estuviera allí en el salón con nosotros de grande que salía, Ramón Sánchez Ocaña estaba hablando de resfriados con ese tono de saber absolutamente de todo, desde virus a física cuántica, que me encantaba. ¡Y en color! En la nueva televisión su cara tenía color de cara, no de cenicero; su traje era azul y no gris como antes. Qué maravilla de la ciencia.

Mamá no dijo nada.

–Tiene diez botones para cambiar de canal –continuó papá.

¡Madre mía! ¡Diez botones! Estaban dispuestos en dos filas horizontales. Debajo de ellas había tres palanquitas puestas en el centro de tres surcos que no sabía para qué servían.

–¿Y para qué queremos diez botones si sólo hay dos canales?

Papá miró a mamá, como si no pudiera creer que mi madre tuviera tan poca imaginación, tan poco gusto por la aventura.

–Se cambia tocando el botón, sin más. No hace falta ni apretarlo. Es táctil.

Lo demostró pulsando los botones, apenas rozándolos, uno detrás

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