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TODA UNA DAMA (HERMANOS CARSINGTON 4)

Loretta Chase  

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Fragmento

1

El problema de Darius Carsington era que no tenía corazón.

Todos los miembros de la familia estaban de acuerdo en que el benjamín del conde de Hargate nació con uno. Todos estaban de acuerdo, al menos lo estuvieron en un principio, en que no parecía destinado a ser el más irritante de los cinco hijos de lord Hargate.

En lo referente a su aspecto ciertamente no se diferenciaba mucho de sus hermanos.

Dos de ellos, Benedict y Rupert, habían heredado el pelo oscuro de lady Hargate. Darius, al igual que Alistair y Geoffrey, tenía el cabello castaño claro y los ojos ambarinos de su padre. Al igual que sus hermanos, era alto y fuerte. Al igual que los otros, era apuesto.

A diferencia de los otros, era estudioso y siempre lo había sido. Comenzó a irritar a su padre cuando insistió en ir a Cambridge, a pesar de que todos los miembros de la familia habían asistido a Oxford. Cambridge tenía más rigor intelectual, afirmó. Se podía estudiar botánica, la fundición del acero y otros temas de filosofía natural o práctica.

La verdad es que le había ido bien en Cambridge. Por desgracia, desde que terminó sus estudios parecía haber dejado que su intelecto gobernara tanto sus emociones como su moralidad.

En resumidas cuentas, Darius dividía su vida en dos partes:

la primera en estudiar el comportamiento animal, en especial todo lo relacionado con la cría y con los rituales de apareamiento, y la segunda en dedicar sus horas de asueto a imitar dichos rituales.

Esa segunda parte era el problema.

Los otros cuatro hijos de lord Hargate no habían sido unos santos en sus relaciones con las mujeres... salvo Geoffrey, claro, que era monógamo desde el día de su nacimiento. En lo referente a la cantidad, sin embargo, ninguno se equiparaba a Darius.

De todas maneras, el hecho de que fuera un libertino era un asuntillo sin importancia, ya que sus padres y el resto de la familia no tenían ni un pelo de puritanos. Dado que se negaba a seducir a inocentes, no podían reprocharle que fuera un canalla. Dado que era lo bastante astuto para limitar sus relaciones a las cortesanas y a las mujeres de mala vida, no podían reprocharle de que provocara escándalos. La moralidad no estaba en boga en esos círculos, y su comportamiento no resultaba sorprendente ni aparecía en los folletines de cotilleos.

Lo que molestaba a su familia era el afán metódico e impersonal que impulsaba su libertinaje.

Los animales a los que estudiaba eran muchísimo más importantes para él que las mujeres con quienes se acostaba. Era capaz de enumerar todas las diferencias, por insignificantes que fueran, entre las diferentes razas de ovejas. Sin embargo, era incapaz de recordar el nombre de su última conquista, y mucho menos el color de sus ojos.

Tras haber esperado en vano que su hijo de veintiocho años sentara la cabeza, se dejara de correrías o, al menos, mostrara algún atisbo de humanidad, lord Hargate decidió que ya era hora de tomar cartas en el asunto.

Convocó a Darius a su despacho.

Todos los hijos de lord Hargate sabían que cuando el conde los convocaba a su despacho significaba una cosa: estaba a punto de caer sobre ellos como «una tonelada de ladrillos», tal como decía Rupert.

Sin embargo, Darius entró en lo que Alistair llamaba la «Cámara de la Inquisición» como si fuera a dar una conferencia: hombros rectos, cabeza alta y un brillo inteligente en sus ojos dorados.

Rebosante de arrogancia y seguridad, se colocó delante del escritorio de su padre y lo miró a los ojos sin pestañear. Cualquier otra actitud supondría un error garrafal. Cualquiera que hubiera crecido con cuatro hermanos de fuerte carácter habría aprendido la lección, aunque fuera corto de entendederas, que no era el caso.

Además, se aseguró de aparentar que no se había tomado muchas molestias con su apariencia, dado que se entendería como un intento de apaciguar a la bestia.

Darius siempre era muy consciente de lo que hacía y de la impresión que daba.

Aunque solo se hubiera cepillado al descuido su pelo castaño, un buen observador se daría cuenta de que el corte resaltaba los mechones dorados, que habían adquirido un tono trigueño debido al tiempo que pasaba al aire libre (sin sombrero, casi siempre). El sol también había otorgado un tono bronceado a su rostro. El atuendo elegido, a simple vista sencillo, resaltaba su fornida complexión.

No parecía un erudito ni mucho menos. Ni siquiera parecía estar civilizado. Y no por la complexión fuerte y por el aura de fuerza y de vitalidad, sino por la energía animal que exudaba, por la sensación de que algo salvaje acechaba bajo la superficie.

Lo que muchos observadores, sobre todo del género femenino, veían no era un caballero de buena cuna, sino una fuerza de la naturaleza.

Las mujeres se dejaban arrastrar por dicha fuerza o intentaban domesticarla. Sin embargo, sería más fácil domesticar al viento, a la lluvia o al Mar del Norte. Darius aceptaba lo que le ofrecían sin preocuparse de quien se lo entregaba, lo mismo que haría el viento, la lluvia o el Mar del Norte.

No veía motivos para comportarse de otra manera. Sus relaciones con las mujeres eran, al fin y al cabo, temporales por definición. No tendrían el menor impacto en la sociedad, en la agricultura ni en ningún otro asunto de importancia.

Su padre lo entendía de un modo diferente, como bien se lo hizo saber. Afirmó que el libertinaje era muy ordinario y una demostración de vulgaridad, y que la cantidad de relaciones que llevaba a sus espaldas lo ponía a la altura de otros muchos hombres sin oficio ni beneficio, incapaces de hacer nada de provecho con sus vidas.

El sermón siguió por esos derroteros un buen rato, con el estilo conciso y devastador que había convertido a lord Hargate en uno de los oradores más temidos del Parlamento.

La razón le decía a Darius que el sermón no era más que una diatriba ilógica. Aun así, resultaba hiriente, como su padre pretendía. Sin embargo, un hombre racional no dejaba que sus emociones dictaran sus actos, ni siquiera tras una provocación extrema. Si su gran delito era impedir que sus emociones dictaran sus actos, que así fuera. Hacía mucho tiempo que había aprendido que la lógica y la distancia eran armas muy poderosas. Evitaban que los miembros más abrumadores de la familia lo anularan con sus fuertes personalidades, impedían la manipulación (femenina, sobre todo) y le granjeaban respeto (de sus colegas intelectuales, al menos).

Por ello se desquitó con la respuesta más irritante que se le ocurrió con tan poco tiempo de preparación:

—Con todo respeto, señor, no veo qué relación tienen los sentimientos con estos asuntos. El macho

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