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TODO ESTO EXISTE

Íñigo Redondo  

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Fragmento

 

No nos conocemos. Restregamos la vida de los unos contra la de los otros pero no nos conocemos. Cada mañana nos apretujamos en las calles ignorándonos, escuchamos el ruido de nuestras voces, nos olemos, nos mentimos olores para soportar las proximidades excesivas que nos imponemos en los trenes, en los ascensores, en los hospitales, en las iglesias. Nos miramos sin vernos. Nos sonreímos cada día. Y cada día nos desconocemos, nos ignoramos, nos rechazamos, nos olvidamos unos a otros en el instante siguiente a habernos perdido de vista, inmediatamente, con la mayor displicencia, disolviéndonos mutuamente en este paisaje humano, esta multitud de la que apenas sabemos nada ni nos importa, y que a cierta distancia empieza ya a ser solo una prisa, un ritmo en la calle, un roce de gabardinas, una oscilación de hombros, y desde un poco más lejos, un oleaje suave de cabezas, sombreros, paraguas, incluso menos, un color, una bruma, nada.

Exactamente esto es lo que se ve desde la altura de esta ventana en la niebla matinal. Poco más que una bruma en la que hormiguea la multitud indiferenciada arremolinándose en torno al mercadillo que cada mañana se monta y cada tarde se desmonta junto a la parada del tranvía.

Sin embargo basta con bajar a la calle para que la palabra «mercadillo» se descomponga en cada uno de sus fragmentos, en cada puesto de legumbres, de ropa, bebidas, flores, comida frita. Basta aproximarse para que el enjambre confuso de gente se haya precisado ahora en cada una de las ancianas que caminan con mayor o menor torpeza, cada niño desharrapado, cada columna de vaho que emerge de cada bufanda. Acá un perro cojo, allá un pobre disminuido sentado en una caja de fruta, a su lado una pareja mostrando la comida a medio masticar dentro de sus carcajadas. Al fondo, las balanzas sopesando el género que ofrecen los comerciantes sentados junto a su pobre mercancía, pelando una naranja con los dedos sucios. A la espalda de la casucha que sirve como cantina o como almacén, un tipo gordo con botas de agua camina hacia la que parece ser su mujer, ofreciéndole un café humeante en un vaso de papel. Detrás, un balón deshinchado flota en un charco. Tras cada pequeño tenderete metálico cubierto de lona languidece en silencio el brillo de unos ojos dentro de un rostro surcado por las arrugas de una vejez específica, de un cansancio individual. Semblantes cabizbajos bajo las capuchas o los pañuelos, abrigos abundantes sobre las espaldas encorvadas, hombros cargados dentro de los jerséis gruesos, manos pesando legumbres, alzadas pidiendo limosna o metidas en las axilas para combatir el frío de noviembre. Un tipo enjuto pasa arrastrando pesadamente su carro lleno de cartones y mondas podridas. Más adelante una fila de siluetas arrastrando los pies hacia el chirrido metálico que anuncia la llegada del tranvía.

Son veinte copecs.

¿Tiene usted cambio de un rublo?

No.

No importa, llevo suelto.

El aire del interior está muy saturado. Aún conserva el olor caliente de la muchedumbre que acaba de bajarse dejando los cristales cubiertos de condensación. Poco a poco los ocupantes van sentándose callados, en un murmullo de cremalleras, pliegues de ropa húmeda, pisadas y débiles saludos casuales. Cuando los sitios se completan el pasillo empieza a abarrotarse de contigüidades mansas, silenciosas, inquisitivas. El forro de plástico de los asientos está a medio arrancar, dejando a la vista la gomaespuma del interior.

Con una sacudida el tranvía comienza a moverse superponiendo sus chasquidos metálicos al silencio amodorrado de las conversaciones. Un mecánico movimiento de mangas limpia semicírculos en los cristales como pequeños limpiaparabrisas individuales. Entre las aguas del vidrio se distinguen los techos de los puestecillos quedando atrás, en el descampado cubierto de trayectorias arañadas en la nieve gris y, más allá los bloques de viviendas hasta donde se pierde la vista. Con cada parada el pasillo se satura más y más. Las miradas llenas de sumisión y de pérdida.

Nudos circulatorios, polígonos industriales, periferia inacabable hasta que el tranvía se detiene finalmente. El linóleo del suelo está gastado en la zona de la puerta y entre los zapatos asoman los tablones de madera húmeda en los que brillan pulidas las cabezas de los clavos. El frío es intenso al bajar. El pasaje se diluye rápidamente en el gentío que merodea por la plaza Kontraktova en dirección a ninguna parte. Rostros marchitos que revelan un envejecimiento sin moralejas.

A la derecha, en lo alto de la colina, ocultas casi totalmente tras las osamentas nudosas de los árboles despellejados por el frío, se adivinan en la niebla las cúpulas doradas de la catedral de San Miguel. A dos o tres manzanas, por la calle atestada de gente, la plaza Poshtova con la pequeña iglesia de la Natividad. A esta ahora apenas deambula nadie por la plazoleta del funicular, y menos aún en el andén. Ancianos en su mayoría, que ya no son capaces de remontar la escalinata hasta la parte de arriba del parque de Volodymyrska Hirka. En medio del viento que barre el andén una campana anuncia la llegada del funicular.

Son veinte copecs.

¿Tiene usted cambio de un rublo?

Sí.

No importa, llevo suelto.

El interior está frío. La brevedad de la ascensión apenas permite que los escasos pasajeros puedan calentarlo con cada viaje.

Un golpe seco y empieza el traqueteo de subida. Se diría que este trasto va a desengancharse y precipitarse pendiente abajo, que es incapaz de ascender por el raíl. Sin embargo progresa lentamente internándose entre los cadáveres de los árboles, aferrándose penosa pero firmemente a las vías.

Otra campanada, el vagón se detiene y las puertas se abren. El pasaje sale en silencio al viento que, ya arriba, bate con rigor. En el frío del parque apenas quedan un par de paseantes apoyados en la barandilla.

Al final del paseo, en la esquina del fondo se alza un quiosco metálico pintado de gris. En su interior, a resguardo de la lluvia, pero no del viento, ni por supuesto del frío, hay un banco viejo de madera, pintado del mismo color. Y hoy, como cada día, también se verá una figura sentada, las manos en los bolsillos, mirando entre las ramas muertas, con la vista perdida en la densidad de la bruma, con los ojos cansados en el interior de la niebla, esperando a que el calor la disipe, a que se abra un pequeño claro, un hueco fortuito que permita ver el gran meandro del Dniéper, el inmenso recodo del río, sus aguas negras, preguntándose, una vez más, como cada día, de dónde viene esa agua. Qué trae esa agua sombría. Qué lamento, qué silencio arrastra, qué muerte lleva consigo esa agua triste.

 

Es posible que hace millones de años este lugar no fuese más que una masa de nubes de gas, roca y polvo, y que algún tiempo después, aquí, en este mismo sitio, tras la deriva tectónica, se alzase una colina desde la que contemplar toda la Tierra, cuando la Tierra no era más que la extensión hasta donde alcanzaba la vista. Y es posible que en ese páramo despoblado, habitado por nada más que la luz, la nieve, la noche y la niebla yendo y viniendo sin ley, una brisa muda alcanzase apenas a algo más que a acariciar las rocas, los declives, las vaguadas del erial previo al sendero. Y solo es cuestión de tiempo que llegara la tormenta de cuyo limo acertase a brotar un liquen, una raíz pasados los siglos, emergiendo hacia el día. Y antes o después, ese limo se poblaría de larvas que servirían de alimento al reptil anónimo, y durante un verano anodino, en ese silencio hecho de viento, de lluvia y de sol, los colmillos de un hocico olfateando arrancarían la hierba cercana, y desde ahí ya poco tardará en abrirse paso un primer simio, un homínido. Y después otro. Y sería la voz de uno de ellos la que sonaría por primera vez aquí, el grito de un primer hombre que después sería una primera canción, y más tarde una primera palabra pronunciada. Un primer nombre. Una primera amenaza. Una primera oración. Un primer paso en ese camino que más adelante frecuentarán miles para agruparse, para enfrentarse, para resistir, para combatir, para someter a otros.

De este modo empezarán a quedar impresas en esta tierra las primeras huellas humanas. Pisadas de soldados, de guerreros, de hombres cuyo único lenguaje es el acero. Y habrá himnos para recordar cómo esos hombres llegaron a alzarse. Y un día, esos himnos se reunirán por escrito, y así habrá dado comienzo la historia de este lejanísimo pedazo de tierra, no tanto por voluntad de conservar lo que se pierde como por la de dictar lo que debe ser recordado: victorias, conquistadores, reformas, tratados, evangelizaciones, alianzas, batallas. Y mientras se recuerda a los grandes personajes de vida excepcional, se olvida a todos los otros. Así se prescribe lo que fue, lo sucedido, cuando ya solo queda la debilidad de la memoria para defender lo que no necesitó defensa alguna en vida. Una mentira con la que cada generación engañará a las venideras. Una mentira que es hija de la muerte.

Sin embargo, a pesar de las trampas de los libros de historia, quizá aún haya quien pueda penetrar en la memoria de los lugares. Lo que queda impreso en las calles, en el aire, en el asfalto, en las fachadas de los edificios, en los caminos que continúan más allá de donde se pierde la vista desde esta colina. Esa memoria que todavía siente agitarse en la brisa el eco de aquel tiempo oscuro en que el Báltico congregaba unos pocos clanes sombríos de salvajes venidos del norte, vikingos, forajidos, comerciantes, mercenarios, nómadas sitiados por la calamidad y la miseria, huidos del frío hacia el sur, hacia la costa y el comercio, dispuestos a unirse y establecer su autoridad sobre toda la zona.

Serán siglos tristes en los que la precariedad acabará con los niños, los hombres morirán jóvenes y la enfermedad diezmará la ya de por sí escasa población. Y qué más da si las guerras se suceden para imponer nuevos dueños sobre el territorio o para defender a los viejos, si son estragos fratricidas en pos de derechos sucesorios enfrentados o incursiones crueles hacia rutas comerciales. Los años aciagos se sucederán marcados por la división y la ruptura, por el abrazo a religiones ajenas, por el terror a los ataques invasores, por la migración y el abandono.

Antes o después miles de guerreros de tez oscura y lengua impenetrable alcanzarán estas latitudes, o serán sus ojos rasgados lo que los distinga, o su ferocidad, o la enfermedad que traen consigo. Embestidas venidas de Turquía, del Imperio mongol en su expansión, o incluso de Iván el Terrible, harán que el pedazo de tierra que se divisa desde esta colina sea un día el primer estado eslavo oriental, la Rus de Kiev el siguiente, Lituania con el paso de los años, o Polonia con el de los siglos. El saldo será una población híbrida compuesta por luteranos fineses, nómadas estonios, esclavos fugados de las galeras turcas, colonos armenios, griegos orto

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