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TODO LO CARGA EL DIABLO (LOS CASOS DE JUAN URBANO 5)

Benjamín Prado  

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Fragmento

Capítulo uno

 

 

 

 

—Quiero que siga su rastro, dé con ella, averigüe su historia, me la cuente y después la olvide —dijo.

Era un hombre de edad indeterminada, una de esas personas que han dejado de ser jóvenes pero resulta difícil calcular desde hace cuánto tiempo. Todo en él, de su manera de hablar a su forma de mover las manos igual que si dirigiese una coreografía o una orquesta, daba una impresión de elegancia y teatralidad, creaba a su alrededor un ambiente que envolvía y alteraba de algún modo los lugares en los que se encontrase y a las personas con quienes estaba, como los caballos de la policía montada parecen cambiar de siglo la calle por la que pasan. Los clientes del restaurante en el que me había citado lo miraban con curiosidad, tal vez porque tenía esa forma de llamar la atención que consiste en mostrarse indiferente a todo lo que te rodea, de modo que los demás reparen en ti por lo que no haces o no dices, lo mismo que alguien que no se despierta a causa de un ruido, sino porque hay demasiado silencio en la habitación.

Sus rasgos principales eran unos ojos de color ámbar, un corte de pelo estilo galán de cine de los años cincuenta y unos pómulos muy marcados que añadían a su cara un ligero toque asiático. Su expresión era, por lo general, de contrariedad, daba a entender que siempre había algo que le molestaba o le parecía fuera de lugar, y aunque de vez en cuando tratase de parecer amable, lo cierto es que entre una sonrisa y su modo de enseñar los dientes había las mismas similitudes que entre un corte de pelo y una decapitación. Debía de pasar tiempo en su casa de la costa o ser aficionado a las lámparas de rayos uva, porque estaba tan moreno como si fuese una versión en bronce de sí mismo. Lo cual, por cierto, no era nada raro en alguien cuya mirada de ave rapaz, llameante y a la vez fría, tan difícil de sostener como de esquivar, dejaba claro que él era su modelo a seguir y que sus propias convicciones eran su único sistema de medida. Para completar el efecto, hablaba despacio, dando a entender que no era buena idea perderse una palabra de lo que decía, en un tono de voz muy bajo que te obligaba a aguzar el oído, y con una locuacidad jaspeada de pausas estratégicas que le daban a su conversación un aroma de discurso y convertían a sus interlocutores en sus espectadores.

Naturalmente, emanaba el perfume del poder y el dinero, un aroma a cotos de caza, balnearios y estaciones de esquí. Sus cuentas bancarias estarían llenas de números de ocho cifras y su pasaporte de visados de países exóticos. Y era fácil que mientras hablábamos le esperasen en la puerta del local su chófer y un guardaespaldas, un individuo de dos metros, cien kilos y cara de boxeador retirado que lo acompañaría a todas partes, tan pegado a él como si fuesen dos tiras de velcro. Pero la verdad es que tampoco le hacía falta tener ningún lugarteniente junto a él para dejar claro que las dos cosas que más le gustaban en este mundo eran dar órdenes y ser obedecido. Era un pez gordo, la viva imagen del triunfador, y estaba tan acostumbrado a mirar el mundo por encima del hombro, que el resto de las personas debían de ser para él parecidas a latas de refresco: las compraba, las consumía, las aplastaba y, finalmente, jugaba a encestarlas en una papelera.

Ni que decir tiene que él no me gustaba en absoluto; pero, a cambio, me volvía loco la cifra que me había ofrecido, que era casi tres veces lo que suelo cobrar por mis servicios. La única condición que ponía, y que dejó clara desde el momento en que me había llamado por teléfono al instituto donde doy clases de Lengua y Literatura, era que no tardase más de un mes en hacer aquel trabajo, para el que me había elegido «tras recibir un informe favorable» sobre mi empresa de biografías a la carta, el negocio que puse en marcha cuando estuve varios años de excedencia y me busqué la ruina por causas que «ni las entendería el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello», como dice Cervantes, y que ahora me proporciona unos ingresos esporádicos que me ayudan a cuadrar mis números y a pagar las facturas, algo nada sencillo cuando eres profesor en un país donde existe un proverbio que dice: «Pasas más hambre que un maestro de escuela». Nuestro sueldo no da para muchas fiestas, pero no puedo quejarme, porque entre eso y lo que he sacado con las cuatro novelas que llevo publicadas me mantengo a flote, logro la cuota de éxito que necesita mi vanidad y ahora mismo puedo permitirme, hasta cierto punto, ser independiente y selectivo, ambicioso pero no avaricioso, porque con lo que tengo me basta, aunque no me sobre.

Esta vez, sin embargo, la cantidad de dinero que aquel engreído había puesto sobre la mesa a la que nos sentábamos era lo suficientemente grande como para pensárselo dos veces antes de rechazarla. Entre otras cosas, porque si la cifra que me había ofrecido llegaba a mi cuenta del banco, podría tomarme con calma el resto del año, no aceptar más proposiciones hasta nuevo aviso y dedicar las tardes a escribir sólo lo que quisiese. Además, que me exigiera acabar el manuscrito con tanta prisa, en el fondo era una ventaja: lo haría con profesionalidad y sin implicarme más allá de lo estrictamente necesario; y después, como hubiese dicho mi madre, aquí paz y después gloria. Así que puse sobre la mesa el contrato-tipo que firmo con todos mis clientes y lo empujé hacia él, al tiempo que él deslizaba hacia mí otro en el que, por supuesto, había una cláusula de confidencialidad. Me dio la impresión de que los documentos se cruzaban sobre aquella superficie de madera pulida igual que dos coches por una carretera comarcal y en el suyo iba gente armada. O tal vez sólo eran imaginaciones mías y aquel individuo no era más que otra persona en busca de sus raíces y con ganas de dejar alguna señal de su paso y el de los suyos por esta tierra hermosa y fatal donde existen toda clase de caminos excepto los de regreso, porque nada tiene vuelta atrás.

Lo cierto es que el asunto que se traía entre manos no se diferenciaba gran cosa, a primera vista, de los que me solían proponer mis clientes: la persona cuya vida quería que investigase era su madre, algo muy común: la gente recurre a mí para ese tipo de cosas, con la intención de preservar las huellas de los que más quieren o quisieron y así evitar que además de desaparecer caigan en el olvido. Algunos lo hacen en vida del protagonista y otros después; los hay que quieren regalárselo a la familia por navidad, para celebrar un aniversario o unas bodas de platino; y hasta hubo quien me dijo que su plan era repartir la publicación en el entierro de la protagonista, una mujer casi centenaria pero que, por fortuna, aún estaba entre nosotros. Esa fue una de las veces en que no acepté, ya les he dicho que tengo mis metas, pero también mis límites. En el mundo de las finanzas se dice que nunca hay que recoger billetes del suelo delante de una apisonadora en marcha; bueno, pues delante de un coche fúnebre, tampoco.

No todas las historias merecen ser contadas, pero la de Caridad Santafé sí. Bastó que su hijo me dejara saber tres o cuatro detalles para estar seguro de que no había sido una mujer cualquiera. Y ahora que lo sé todo de ella, puedo asegurarles que no sólo es extraordinario lo que hizo, cuándo lo hizo y dónde, sino también lo que hicieron con ella en el momento en que ese lugar cambió para lo que, por desgracia, suele cambiar casi todo: para empeorar. En cuanto a él, cuando leyera lo que yo iba a escribir por orden suya, entendería sin duda muchas más cosas, sobre ella y sobre sí mismo, de las que pudo imaginar al hacerme su encargo. Suele ocurrir: todos sabemos la verdad, hasta que la descubrimos.

Pero será mejor no adelantarnos y empezar desde el principio, con el informe preliminar que me dio aquella tarde Diego Raúl González, aquel hombre categórico que me hablaba de su madre lo mismo que si enunciase en la pizarra de un aula un problema matemático que yo tendría que resolver para aprobar su asignatura. Supe de ella que había nacido en 1913 y fue en su juventud una deportista muy notable, una de las primeras mujeres españolas que participaron en unas olimpiadas, siguiendo la estela de Rosa Torras y la famosa Lilí Álvarez en París, en 1924, y compitiendo en 100 metros vallas, esquí y lanzamiento de jabalina y de disco, porque en aquella época era así, cada atleta se batía el cobre en varios terrenos: la propia Álvarez, además de una tenista célebre, que ganó Roland Garros en dobles y llegó a tres finales de Wimbledon, fue además esquiadora, piloto de carreras, patinadora, jinete, alpinista y jugadora de billar.

La joven Caridad Santafé había formado parte de la representación española en los Juegos de Invierno de Garmisch-Partenkirchen, en 1936, aunque fuera como suplente de las pioneras Ernestina Maenza y Margot Moles, a quienes le unía una amistad que, en el caso de la segunda, había empezado cuando las dos eran alumnas del Instituto-Escuela de Madrid, donde no coincidieron en las aulas por la diferencia de edad que las separaba, que era de tres años, pero sí en las pistas de entrenamiento. Con los años, y tras ser campeonas de España en varias disciplinas, una y otra continuaron llevando una vida paralela y acabaron trabajando de profesoras en aquel centro que tenía mucho que ver con los mismos planes educativos que habían dado o darían lugar a aventuras como la Institución Libre de Enseñanza, la Residencia de Estudiantes o las Misiones Pedagógicas y que propiciaron que surgiera la Generación del 27.

—Tras la Guerra Civil, abandonaron la docencia y se dedicaron a cuidar de sus familias —me dijo, dando por acabada, sin más explicaciones, aquella época—. Lo que quiero descubrir es por qué ella no siguió su ejemplo.

Yo sabía que lo que acababa de contarme no era cierto o, como mucho, era sólo una parte de la verdad: había investigado durante años la época de la dictadura que siguió al golpe de Estado de 1936 y no ignoraba que el nuevo régimen borró prácticamente del mapa a las mujeres, en el mundo de la política, las ciencias y las letras, la universidad, el ámbito académico y también el deportivo, puesto que encontraba desvergonzado el ejercicio y provocativa la ropa necesaria para practicarlo, de manera que toda la actividad en este terreno se había limitado a las tablas gimnásticas que se hacían en las reuniones de la Sección Femenina, por supuesto con las alumnas tapadas hasta los dientes y supervisadas por monjas o por severas damas falangistas que cuidasen de que las líneas rojas de la decencia no fueran sobrepasadas. Con ese fin, su jefa, Pilar Primo de Rivera, había creado ya en 1938 la Regiduría Central de Educación Física, que no tuvo mucha tarea: las competiciones femeninas no volvieron hasta 1962.

Tampoco ignoraba que con el nacionalsindicalismo se había pasado del impulso renovador de la Institución Libre de Enseñanza a los juramentos reaccionarios de las señoras de Acción Católica, que se comprometían «a no asistir a espectáculos de cualq

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