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TODO LO DEMáS ERA SILENCIO

Manuel de Lorenzo  

5


Fragmento

UNO

A pesar de todo, Lucía todavía dormía. Faltaban veinte minutos para las siete de la mañana y la séptima planta estaba en calma. La tarde anterior, al descubrir algunos vasos desechables en la papelera de la habitación, una enfermera un tanto indiscreta había comentado que el mejor café era el que servían en el bar de la calle de atrás, un local de aspecto ruinoso que cerraba a medianoche y abría a primera hora, alrededor de las seis y media. Después de una noche tan larga, aquel era un buen momento para dar un paseo, fumar un cigarro y desayunar.

Julián no era fumador, pero a menudo fumaba. Creía que el tabaco le servía para aliviar el estrés. En realidad, lo irritaba. Esperando a que abriese el bar dio una vuelta alrededor del hospital y se detuvo frente a la puerta principal. Le llamó la atención lo tranquila y silenciosa que estaba la calle. Demasiado incluso para un sábado de madrugada. Era una calle incómoda. Fría. De formas torpes y exageradas. La acompañaba una inevitable sensación de soledad y tristeza. Julián se alegró de vivir lejos de allí y se ensimismó unos segundos lamentando no estar en su apartamento. Pensó en el color de los geranios de su balcón y extrañó brevemente a Lucía. Extrajo del bolsillo la cajetilla de tabaco y volvió a fumar.

Mientras aguardaba, se convenció a sí mismo de que había algo conmovedor en la imagen de un fumador solitario paseando de noche frente a la puerta de un hospital. Resultaba imposible no tratar de imaginar su historia. Debía de llevar ya un rato allí dentro porque había necesitado salir. Por la misma razón, no esperaba marcharse pronto. La vida real parece un lugar remoto desde un sitio así a las siete menos cuarto de la mañana. Algunas noches sólo existe esa puerta y el humo del cigarro desvaneciéndose en la oscuridad. A Julián, en el fondo, no le disgustaba la escena. Agradecía aquel vacío. A veces, por alguna razón, hallaba cierto consuelo en sentirse desdichado.

El bar abrió a las siete y diez, al despuntar el día. Tras los tejados, en una esquina del cielo, se adivinaba una claridad limpia y perfecta. La clase de claridad intachable de las primeras mañanas de agosto. Julián conversó distraído con el dueño mientras este levantaba la reja y colocaba en la calle algunas mesas y sillas de plástico verde. Horas más tarde, aburrido en la habitación de Lucía, recordaría algunas de las vaguedades que salpicaron la conversación y cómo el sol naranja del amanecer se reflejaba en las viejas gafas del dueño, impidiendo que se le viesen los ojos. Pidió un cortado, introdujo algunas monedas en el teléfono y realizó una llamada:

—Santi, soy yo. Disculpa por la hora, supuse que ya estarías despierto.

La conversación duró un par de cafés. Julián comentó lo bien que había pasado la noche Lucía y agradeció que le hubiesen dado el alta la tarde anterior a su compañera de habitación.

—Eso es fantástico —comentó Santiago—. Con un poco de suerte ya se queda sola hasta el lunes.

Santiago todavía no había podido visitar a su cuñada y sospechaba que Julián maquillaba su estado de salud para no preocuparlo en exceso. No era cierto. Hacia el final de la conversación, y con sorprendente precisi

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