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TODO LO PEOR

César Pérez Gellida  

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Fragmento

 

PERSONAJES PRINCIPALES

Viktor Lavrov. Psicólogo criminalista y agente del KGB destinado en Berlín.

Otto Bauer. Inspector jefe de la Kriminalpolizei.

Birgit Bauer. Sargento de la Kriminalpolizei.

Erika Eisemberg. Miembro de la Sección de Espionaje, Soporte y Actuación de la Stasi.

Erich Mielke. Director del Ministerio para la Seguridad del Estado (Stasi).

Markus Wolf. Jefe del Servicio de Inteligencia en el Extranjero (HVA).

Florian Klein. Inspector de la Unidad Especial de Investigación Criminal de la Stasi.

Nikolai Kokorin. Máximo responsable de las Oficinas S del KGB en la RDA, Checoslovaquia, Polonia y Hungría.

Boris Kliuka. Jefe del equipo operativo de la Oficina S del KGB en Berlín.

Simon Francis, «el Cuervo». Jefe del Grupo de Operaciones Encubiertas de la CIA en Berlín.

Uri Jamchi. Oficial responsable de una célula itinerante de Kidon perteneciente al Mossad.

Rebeca Allendorf. Esposa de Johannes Allendorf.

Peter Sutcliffe, «El destripador de Yorkshire». Asesino en serie británico condenado por trece asesinatos.

«Asa». Asesino en serie mesiánico.

OTROS PERSONAJES

«Pavel». Activo del operativo de la Oficina S del KGB en Berlín.

«Sasha». Activo del operativo de la Oficina S del KGB en Berlín.

Bernhard Weber. Responsable de la estación de comunicaciones del KGB en Berlín.

Agneta Weber. Esposa de Bernhard y técnico de comunicaciones del KGB.

Gustav Hebert. Cabo del Regimiento de Guardias Félix Dzerzhinsky.

Korbinian Zozulia. Miembro del Grupo de Operaciones Encubiertas de la CIA en Berlín.

Alec. Exagente del MI6.

Nelson McMahon. Alcaide del presidio de alta seguridad de Parkurst.

Johannes Allendorf. Miembro del Departamento Central para Comunicaciones Seguras y Protección Personal de la Stasi.

Franz Goellner. Padre de Rebeca Allendorf.

Urszula. Asistenta de los Allendorf.

Lars. Conserje de la finca de los Allendorf.

Ruslan Kemke. Profesor de Historia Medieval de la Universidad Técnica de Dresde.

Kristen Kemke. Esposa de Jonas Kemke.

Marco Zoecke. Compañero de colegio de Patrik Kemke.

Tobias Kaufmann. Propietario de una relojería de Dresde.

Uli Rohmer. Oficial de la Volkspolizei de Dresde.

Hansi Rodl. Agente de la Volkspolizei de Dresde.

Daniel Schell. Agente de la Volkspolizei de Dresde.

Peter Schöder. Agente de la Volkspolizei de Dresde.

Doctor Reister. Médico forense de la Kriminalpolizei.

Hans Jurgen Keifer. Teniente general de las Fuerzas Terrestres del Ejército Popular Nacional.

Thore Gysi. Alférez de las Fuerzas Terrestres del Ejército Popular Nacional.

Vollrath Repplinger. Entrenador de boxeo de Otto Bauer.

Jan. Operario del Instituto Anatómico Forense de Hellersdorf.

Bianka. Pluriempleada doméstica.

Rudy. Guardia forestal del Bosque de Dresde.

Heinrich. Pareja de Otto Bauer.

Mathias Buback. Víctima.

Bastian Hellsinger. Víctima.

Gunter Sülle. Víctima.

LA QUÍMICA SE IMPONE (PRELUDIO)

Residencia de Viktor Lavrov y Erika Eisemberg

Rosenstrasse, 2. Berlín Oriental (RDA)

4 de julio de 1981

Tres son los segundos que invierte Viktor Lavrov en llegar a una conclusión. El primero lo consume en interpretar los alarmados rasgos faciales de Erika y la crispada expresión del hombre que tiene apoyado el supresor de una pistola en su sien. Otro más en procesar la fatídica e irreversible tesitura en la que se encuentran, porque, con Boris Kliuka en la ecuación, el resultante solo puede ser uno. Y, por último, el que emplea su sistema cognitivo en admitirla: uno tiene que morir.

No se equivoca pero tampoco acierta.

Serán más los que mueran en esa cocina.

 
 
 
 
Algunos días antes

TODO LO PEOR ES LO MEJOR

Presidio de alta seguridad de Parkhurst

Isla de Wight (Inglaterra)

13 de junio de 1981

Todo lo peor es lo mejor cuando a uno deja de importarle de qué lado está —afirmó Viktor con aire agnóstico, como si el conocimiento del ser humano no alcanzara para probar o negar dicha sentencia.

—¿Cómo dice? —se interesó Nelson McMahon, alcaide de la institución desde hacía trece años. Se le notaba visiblemente contrariado. Motivos no le faltaban para tratar con aspereza a ese ruso insolente de ojos saltones y con la cara picada por la viruela que le sonreía de un modo vesicante. Le escocía sobremanera no comprender cómo había conseguido colarse en «su» centro penitenciario un maldito comunista por muy eminencia que fuera considerado en el estudio del comportamiento criminal. Así y todo, británica abnegación, se había ofrecido a acompañarlo hasta la sala de interrogatorios por tratarse de una situación tan anómala como delicada, y, cuando esos dos adjetivos se encontraban en una misma frase, McMahon prefería dejarse guiar por la prudencia que por la irritación.

—Otro día. Olvídelo —solventó el psicólogo.

La máxima de Viktor Lavrov se había fabricado en sus cuerdas vocales tras escuchar que su incómodo e incomodado anfitrión calificaba a los presos allí recluidos como «lo peor de la sociedad». ¿Cómo hacerle entender que aquellas personas eran producto de esa sociedad? Esa que llevaba décadas adormilada por el opio del consumismo; esa que estaba del todo carcomida por unos valores tan nocivos como atractivos solo en apariencia; esa que querían imponer como única y verdadera. Y que, verdaderamente, lo estaban consiguiendo. Porque era un hecho que, a esas alturas, la gélida contienda entre el símbolo del dólar y la hoz y el martillo se reducía a una mera cuestión de tiempo: el que tardaría el bloque soviético en desmoronarse, aunque nadie que habitara en un territorio al este del telón de acero se atreviera a admitirlo, ni siquiera en su fuero interno. A Viktor Lavrov le habría encantado intentar argumentarle que la existencia de depredadores como Sutcliffe era consecuencia de la purulenta y corrupta sociedad occidental; sin embargo, era consciente de que iba a ser como eyacular contra la pared: placentero pero estéril.

Conforme avanzaban escoltados por dos guardias a través de uno de los corredores que llevaban al módulo C, podía notar cómo el halo de animadversión que manaba de McMahon crecía en intensidad, pero, a pesar de ello, no podría decirse que se sintiera incómodo. Más bien lo contrario. Lo que sí le resultaba bastante molesto era esa mezcolanza de olores imposibles de calificar que conformaban esa viciada atmósfera.

—Doy por hecho que le han informado debidamente de las normas que se aplican en este área en cuanto crucemos esa puerta —retomó el alcaide.

—Tres veces, dos más de las que precisaba para comprenderlas, asimilarlas y cumplirlas. Por ese orden.

Nelson McMahon chasqueó la lengua.

—Son del todo necesarias.

—Nadie lo pone en duda.

—Aquí están los tipos más peligrosos del Reino Unido.

—¡He aquí la paradoja!

—¿Perdón?

—Que sean los tipos más peligrosos del Reino Unido y que estén aquí aislados del resto de presos comunes para evitar que los otros, los vulgares —aclaró con retintín—, hagan picadillo a los excepcionales.

El alcaide se mordió el labio inferior y meneó la cabeza, exasperado. A dos metros para llegar a la puerta metálica, McMahon hizo un gesto autoritario con la mano y el funcionario de la cabina de control accionó de inmediato el botón de apertura.

—Hasta los presos comunes tienen sentido de la justicia —alegó al tiempo que le invitaba a pasar, ahora mediante un caballeroso ademán.

—Por tanto, podría decirse que estos hombres son peligrosos dependiendo de las circunstancias que los rodeen, ¿no es así?

El otro caviló unos segundos, los suficientes para darse cuenta de que estaba a punto de caer en una tela de araña de la que le iba a resultar muy complicado escapar.

—No sé si usted es del todo consciente del tipo de persona a la que ha venido a evaluar, doctor.

Viktor Lavrov compuso un gesto serio, casi creíble, y se detuvo antes de volverse hacia él.

—Ese «del todo» implica demasiado para tratarse de una expresión del todo ambigua, señor McMahon. En esta cartera —le mostró— llevo decenas de folios sobre el caso de Peter Sutcliffe, más conocido como «El destripador de Yorkshire». A saber: informes forenses y psiquiátricos, las diligencias completas de la policía de West Yorkshire, así como las del personal especializado asignado por Scotland Yard, incluidas las conclusiones generales firmadas de puño y letra por George Alexander Oldfield, máximo exponente en el proceso de investigac

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