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TODO LO QUE GANAMOS CUANDO LO PERDIMOS TODO

Eduardo Verdú

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Fragmento

PRÓLOGO

Nuestra verdad

Murió mi tío Paco en Alicante. Un gran médico consagrado a su profesión, a su familia, al cristianismo y a los cactus. Así que mi padre y yo cogimos un AVE para asistir a su funeral en un caluroso mes de marzo de 2013.

En el tren leí un texto en El País escrito por José Manuel Comas desde Berlín hablando de «El Beckenbauer del Este». Se cumplían entonces treinta años de su caso. En la foto en blanco y negro que ilustraba la publicación un futbolista guapo y de blanco se zafaba, con el balón controlado, del marcaje de un rival cayendo a su espalda. A medida que me adentraba en el artículo crecía mi fascinación. En apenas cuatro párrafos sentí la asfixia, la ilusión, la culpa, la satisfacción y el miedo en la vida del jugador. Aquella noticia, aquella existencia, lo tenía todo: era un drama amoroso y un thriller, un desafío deportivo y una conspiración de espías. Era, sin duda, una novela.

Yo llevaba tiempo buscando una buena trama para un libro. Hasta entonces había publicado algunos ensayos pero sólo una novela que, al igual que las otras cinco o seis escritas aunque no editadas, trataban sobre mí. Sin embargo, ahora tenía la excusa perfecta para narrar en tercera persona. Lutz Eigendorf no era yo, en cambio tenía de mí lo suficiente para hacerlo mío durante unos centenares de folios.

Comencé entonces a averiguar todo lo que pude sobre el futbolista, sobre la Stasi, sobre la República Democrática Alemana. Al margen de los artículos y vídeos que encontré en internet acerca del asunto y de algunas publicaciones adquiridas por Amazon, lo que realmente guio mi argumento fue el libro del periodista germano Heribert Schwan Tod dem Verräter! («¡Muerte al traidor!»), de 2000. Compré por internet una copia en alemán (no existe una versión en ningún otro idioma, que yo sepa) e hice lo que pude con varios traductores online para averiguar su contenido. Perdí mucha información en la delirante transcripción informática, pero esos borrones, esos vacíos y tantas frases surrealistas me forzaron a no pegarme excesivamente a la historia, me obligaron a fabular, a especular, a inventar. Y eso fue bueno.

Estas páginas cuentan la aventura de Lutz Eigendorf de una manera novelada pero respetando en lo posible la cronología y la autenticidad de los acontecimientos. Las ubicaciones, los partidos y sus resultados, así como prácticamente todos los personajes son fidedignos. Pero, por supuesto, este libro no deja de ser literario. Tiene, pues, poco que ver con el exhaustivo trabajo periodístico de Heribert Schwan.

Parte de mi labor de documentación fue viajar a Alemania para conocer los lugares claves de la peripecia. Visité las antiguas dependencias de la Stasi y luego localicé las casas donde vivió Eigendorf, los estadios donde jugó, los paisajes y los bares que frecuentó entonces. En mi voluntad de distanciarme de la historia real para evitar escribir un informe y para colarme con más comodidad en los personajes, renuncié a ponerme en contacto con los verdaderos protagonistas. Schwan sí que habló con muchos de ellos para su documental llamado también Tod dem Verräter! (el cual he visto innumerables veces sin comprender una sola palabra). En él pude encontrarme con los actores de este texto veinte años después de los acontecimientos relatados. Hoy han pasado más de quince desde la emisión de ese documental y más de treinta y cinco desde la fecha en que arranca esta novela. El tiempo fluye rápido, incluso parece que hace un siglo que murió mi tío.

PRIMERA PARTE

BALÓN DIVIDIDO

1

Informe de observación n.º I, 21/03/1979. Berlín oriental

A las 18.30, una mujer sale del portal número 3 de Zechlinerstrasse (blusa azul, pantalones marrón oscuro, zapatos marrones, pelo rubio, aproximadamente 1,70 de estatura, de unos 25 años). Se para a saludar al conductor de un coche Lada con matrícula IX 51-79 conducido por un hombre (30-35 años, pelo entre gris y castaño claro). Tras un minuto de conversación, el coche prosigue. El agente que me acompaña reconoce a la mujer como el objetivo a observar.

Ella se dirige a pie por la avenida Lenin y al final de la calle gira a la derecha por Weissensee. Tuvimos entonces la sensación de que la sospechosa se daba cuenta de que estaba siendo vigilada. Bajé del coche y la seguí a pie. Tras recorrer unos 100 metros, comenzó a mirar a su alrededor con frecuencia. Después de otros 100 metros, se detuvo a conversar con un teniente del Ministerio del Interior, probablemente del Departamento de Bomberos. Me oculté detrás de un camión para no ser visto. Pasados 5 minutos, cruzó a Oberleut, anduvo unos 20 metros y empezó a correr en dirección opuesta. Cruzó la avenida Lenin hacia Herzbergstrasse. Volvió la cabeza en todas las direcciones, nerviosa, y, una vez en la calle, se detuvo en la parada del autobús. En este momento dejé el testigo de la observación a otros compañeros a los que di la localización exacta del objetivo, quien, a los 15 minutos, subió a un autobús en dirección a Normannenstrasse.

La mujer bajó del autobús en Scheffelstrasse y se dirigió a una lavandería junto al portal número 5. A los 10 minutos abandonó la lavandería y se metió en el portal número 5. Nuestra observación se prolongó hasta las 20.00. Puesto que el objetivo tardaba en salir del edificio, un compañero volvió a hacer guardia en el punto de origen, el número 3 de Zechlinerstrasse, al que llegó la mujer en un taxi a las 20.15. Entró en el portal.

Gabi no abre la puerta de su casa con las llaves. Carga con el paquete de la lavandería, así que llama al timbre. A través de la chata puerta de madera clara oye los pasos y los gritos de su hija. Sonríe.

—Ya está aquí mamá —anuncia antes de que abra su amiga Carola.

Sandy se abraza a las rodillas de su madre haciéndola tambalearse; Carola enseguida le coge el paquete de las manos para liberárselas en caso de caer al suelo.

—¿Se ha portado bien? —pregunta Gabi, tomando a Sandy en brazos.

—Uy, como me salga una niña así de buena, ¡voy a tener seis!

Ralf, el novio de Carola, está viendo la televisión. Saluda a Gabi sin levantarse del sofá y le dice:

—Cuando quieras, venimos otra vez a cuidar a Sandy, no te creas que voy a muchas casas con televisión y, encima, en color.

Carola ayuda a Gabi a ordenar en los cajones del dormitorio la ropa de la lavandería.

—La falda negra y la blusa verde déjalas encima de la cama, que me las voy a poner esta noche. Y el vestidito blanco es para Sandy.

—¿A qué hora llega Lutz? —pregunta Carola.

—En una hora y media —responde Gabi—. Uf…, no sé si me va a dar tiempo a todo: poner una lavadora, darle de cenar a la niña, cocinar, ducharme…

—Si te puedo ayudar en algo…

—No, no, gracias, si bastante habéis hecho ya cuidando un rato a Sandy.

Gabi considera contarle a su amiga el incidente de esta tarde. Está prácticamente segura de que la han seguido, aunque no comprende por qué. Sin embargo, desecha la idea. Por un lado, no quiere darle importancia; esta noche regresa Lutz y ahora prefiere centrarse en la ilusión de volver a verlo. Por otro, está Sandy en la habitación. Sólo tiene dos años y medio, pero es lista y percibirá el tono de preocupación de su madre. Y hay un tercer motivo para obviar la conversación con Carola: Ralf. Gabi no se fía de él. En realidad no tiene nada que ocultar, ella no ha hecho nada incorrecto para ser espiada, pero hay ciertas cosas que, por si acaso, es mejor silenciar.

—Me temo que no le fue bien a Lutz ayer —comenta Ralf desde el salón—. Cuatro a uno, menuda paliza.

—No nos fue bien a nadie —puntualiza Gabi, algo dolida.

—Sí, ya, un palo para la gloria del fútbol socialista. Pero nos levantaremos con el puño en alto —dice Ralf en un tono sarcásticamente patriótico.

—Yo sólo espero que Lutz no esté muy hundido —le susurra Gabi a Carola.

—Era la primera vez que jugaban en el Oeste, ¿no?

—Sí, y se fueron con una presión enorme, los pobres. Ahora me dan miedo las consecuencias. Han perdido, pero la culpa no es suya, no jugaron mal del todo. Lo que no se puede es responsabilizar a unos chicos de la defensa de un país, de un sistema político. Es una locura.

—Tienes razón —contesta Carola—, deberían estar sobre todo pendientes de no ensuciarse mucho la ropa.

—¡Anda, idos ya, que tendréis que cenar vosotros también! —ríe Gabi.

La pareja besa a la niña, quien pregunta que por qué se van. Carola se enternece y le da un abrazo. Ralf pasa su enorme mano por la coronilla dorada de Sandy, luego besa a Gabi y se despiden.

—Tengo hambre —gime la pequeña.

Gabi prepara rápidamente unas salchichas que corta en rodajas muy pequeñas. Mira el reloj: apenas queda una hora hasta que regrese Lutz. Sandy protesta pidiendo arroz, pero Gabi no tiene tiempo de cambiar el menú, así que, a pesar de los llantos, consigue que su hija se coma las salchichas. «Conque seis como ésta…», piensa.

Ya en la habitación, con Sandy en la cama, Gaby acelera la historia de los tres osos, pasa las páginas del cuento sin apenas dejar que su hija contemple los dibujos. La niña sostiene con una mano el biberón y con la otra juega con su coleta. Poco a poco se le van cerrando los ojos. Gabi vuelve a mirar el reloj.

—… pero el osito pequeño…

—El osito pequeño vivió muy feliz —la interrumpe Gabi—. Hala, a dormir, que es tardísimo y tienes que descansar mucho para poder jugar mañana con papá.

—¿Cuándo viene?

—Cuando tú estés durmiendo, que ya es muy de noche.

—Quiero que venga ya.

—Está de camino, ca

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