Loading...

TODO LO QUE NO PUEDO DECIR

Emilie Pine  

0


Fragmento

Cuando lo encontramos, hacía horas que estaba sobre un pequeño charco de sus propias heces.

El Hospital General de Corfú es desconcertante. El vestíbulo está atestado de pacientes fumando y no hay ningún indicador de una ventanilla de información o de ingresos. Le envío un mensaje de texto preguntándole dónde está, pero no obtengo respuesta. De algún modo, como sabuesos, seguimos su rastro hasta la quinta planta. Está postrado en la cama. Es casi de noche y dice que no ha visto a una enfermera ni a un médico desde mediodía. Dice que necesita una cuña. Mi hermana y yo hemos viajado más de veinticuatro horas y no hemos dormido nada. «Avisa a la enfermera», le digo. Él dice que ya lo ha intentado, pero no ha pasado nada. «Bueno, pues insiste.» Coge el timbre y presiona varias veces. Al rato aparece una enfermera con aire estresado, gritándole, gritándonos. Me siento culpable por no saber griego. Mediante gestos inútiles señalo al hombre de la cama, intento transmitir que necesita una cuña, que lo limpien y que le cambien las sábanas. Nada parece causar impresión. La enfermera añade algo más, levanta las manos y se va. Él nos mira con desesperación. Le pido a mi hermana que se quede con él y salgo al pasillo. Solo veo a más pacientes y sus familias. Me dirijo al mostrador de enfermería, pero no hay nadie. Mientras me alejo, sin saber qué hacer, una mujer habla conmigo. Como no le respondo, me pregunta en inglés si me encuentro bien y aprovecho y le pregunto si sabe dónde están las enfermeras. «No hay enfermeras», me responde. Un hombre mayor apunta: «Aquí, sin la familia, estás muerto».

La frase se convertirá para nosotras en un mantra durante el tiempo que permanecemos en Grecia tratando de devolver la vida a nuestro padre. Enseguida nos damos cuenta de la escasez de personal del hospital. No hay médicos a partir de las dos de la tarde, y desde las cinco solo queda una enfermera por pabellón. En este pasillo cuento seis habitaciones, cada una con un máximo de seis pacientes. La enfermera apenas alcanza a cubrir las necesidades médicas básicas de toda esa gente y no tiene tiempo para atender a incontinentes. También descubrimos que a esta planta –oficialmente para pacientes de «medicina interna» la llaman «la sala de moribundos».

La lugareña que habla inglés me dice que tengo que cuidar de mi padre. Me explica con delicadeza dónde comprar pañales y toallitas húmedas y de papel para la incontinencia. Apenas lo asimilo, pero vuelvo a la habitación individual que le han dado a mi padre por su estado crítico y le expongo a mi hermana la situación. Me mira incrédula. Está de pie junto al cabezal de la cama de papá, recolocándole las almohadas. Caigo en la cuenta de que apenas he hablado con mi padre, aunque he cruzado Europa para verle. «Al menos estás vivo», digo. Asiente con la cabeza. Se le ve muy pequeño en la cama, pequeño y perdido. Decido que no puede ser, que tiene que haber algún responsable en algún lugar del hospital. Vuelvo al pasillo y le pregunto a la amable mujer si me ayudaría a buscar a un médico. Habla rápidamente con su familia y luego echa a andar por el pasillo, conmigo detrás. Subimos en ascensor a otra planta, pero allí no hay médicos. Regresamos al ascensor y volvemos a intentarlo. Lo hacemos una y otra vez, bajamos y bajamos, hasta que llegamos al sótano y recorremos pasillos. Al final encontramos la unidad de donación de sangre con su médico responsable. Mi nueva amiga me acompaña adentro y luego se despide.

Al fondo de la sala hay un hombre tumbado en un sofá con la camisa arremangada y el brazo conectado a una intravenosa. Está donando sangre y, por lo visto, el médico cree que yo también he ido a donar. Al ver mi sorpresa, me explica que en Grecia escasea la sangre y, por ley, los familiares de los pacientes deben donar. Pienso que mi hermana, cinco plantas más arriba, estará preguntándose por mi paradero. Niego con la cabeza, pero no me salen las palabras. No consigo explicar en ningún idioma que las dos somos anémicas y no podemos donar sangre. Le cojo de la mano y le pido que vaya a ver a mi padre. Le digo que no entiendo nada, que mi padre está solo en una habitación y no hay médicos en ninguna parte. Le digo que solo necesitamos que alguien nos explique la situación, aunque en realidad lo que quiero es que me digan lo que tengo que hacer. El subidón de adrenalina que me ha propu

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta