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TODO LO QUE TE OCULTO DE Mí (MINSTREL VALLEY 15)

Bethany Bells  

5


Fragmento

Capítulo 1

Principado de Vergessen, schloss Nebelstein

Octubre de 1840

A esas alturas de su vida, lady Harmony Hale, hermana pequeña del marqués de Northcott, ya sabía que había tantas opiniones como personas en el mundo, o incluso más. Un mismo libro podía resultar fascinante o aburrido según quien lo leyese, o dependiendo del momento en que lo leyese, o cómo le resultara de carismático el autor, por pura inclinación subjetiva. Y lo mismo pasaba con cualquier otra obra de arte.

Pero, había cosas…

De pie en el centro del Salón de la Luz del schloss Nebelstein, torció el gesto ante el cuadro del nuevo protegido de la princesa real Friederike. ¡Pero qué feo era! Aquel hombre no tenía ningún sentido de la perspectiva o del color, y sí muchas ínfulas. Por suerte, aunque ese rincón del schloss contaba con grandes ventanales tanto al lago como a tierra firme, lo que le otorgaba unas vistas preciosas y una luminosidad privilegiada durante el día, en aquellos momentos era de noche.

Las lámparas estaban siendo amables con Harmony, y no mostraban la obra de Blanch en todo su horroroso esplendor.

—Soy un artista —estaba diciendo a su lado monsieur Blanch, tan pomposo como siempre. Era francés, y un hombre bastante guapo, por lo que había tenido cierto éxito en los círculos artísticos de Múnich gracias a haber sabido seducir a un par de ancianas condesas—. Por lo tanto, mi tarea consiste en romper con todo lo establecido. ¡Como si fuera uno de esos antiguos caballeros de lejanas épocas, siempre buscando nuevos horizontes! ¿Qué le parece, lady Harmony?

—Que, sin duda, está usted llegando a nuevos horizontes… —murmuró ella, con educación.

—Y entrando por completo en los campos de lo espeluznante —dijo una voz a su espalda, con solo un ligero acento alemán.

Harmony y Blanch se volvieron y se encontraron con el rostro alegre de Max.

Al menos, así llamaba ella a su alteza real Wilhelm Frederik Otto Ludwig von Starnberg, de la Casa de Wittelsbach, príncipe de Vergessen, un joven alto, muy rubio, con ojos de un azul diáfano. Esa noche llevaba un traje gris de etiqueta, con casaca de líneas sobrias y elegantes que le sentaba muy bien, adornada con varias medallas en el pecho. Estaba muy atractivo.

Ella también se había esmerado en su aspecto para la cena de despedida que le habían ofrecido, y que había terminado poco antes; incluso se había puesto el juego de collar y pendientes de diamantes que le había regalado su hermano al cumplir los dieciocho años. Harmony partía de Vergessen, de vuelta a Inglaterra, a primera hora de la mañana.

Blanch palideció, pero se obligó a reír.

—Siempre de broma, mi príncipe —dijo, con una reverencia obsequiosa.

—Sí, bueno… Unas veces más que otras. —Hizo un gesto hacia Harmony—. ¿Puede dejarme a solas con milady?

—Por supuesto.

El francés se marchó a buen paso, temiendo no ser capaz de mantener mucho tiempo más la sonrisa, tan falsa como todo él. Harmony y Max se miraron.

—Está usted bellísima —dijo él—. Claro que siempre lo está.

Harmony no pudo evitar ruborizarse. Sabía que con los años se había convertido en una mujer hermosa, y que la combinación de su cabello negro y sus ojos azules llamaba la atención. Además, había recibido una educación excelente y estaba acostumbrada al trato cortés. Pero, no conseguía aceptar esa clase de galanterías con naturalidad, y menos de Max. Para ciertas cosas era demasiado tímida.

—Gracias, alteza.

Pensó añadir que él también estaba muy guapo, pero decidió no hacerlo. ¡Qué absurdo arrebato de vergüenza!

Al principio no había sido así, al menos no del todo. Cuando llegó con la anciana lady Viveka y fue presentada a la princesa Friederike y a su hijo, sí que se sintió impresionada por todo aquel boato, pero Max resultó ser una persona cercana y simpática. «Muy poco alemán», como solía decir lady Viveka.

En esos dos meses habían bailado, reído, cabalgado por todos los alrededores… Se habían hecho confidencias y Harmony le había hablado de su familia, de Minstrel Valley, incluso de Johnny River, el chico que le robó el corazón siendo una niña, sin siquiera enterarse.

Max conocía Inglaterra, al menos Londres y parte de los alrededores. Había estado varias veces allí, la última a principios de ese mismo año de 1840, en febrero, para la boda de su primo Alberto con la reina Victoria.

—Muy bonito. ¡Pero llueve mucho! —había dicho, cuando Harmony le preguntó si le gustaba su país—. Más que aquí, cosa que parecía imposible. ¡Menuda tormenta hubo el día de la boda! ¡Drina estaba muy contrariada!

—¿Drina?

—Bueno, sí, Victoria, la reina. No sé si lo sabe, pero su primer nombre es Alejandrina. Por eso, en familia la llaman Drina desde siempre, y me concedió el honor de hacerlo así.

Qué curioso. Eso no lo sabía, ella, que era inglesa, claro que había vivido muchos años fuera de sus fronteras y nunca se había preocupado por los temas de la corte. ¿Y la reina Victoria había intimado tanto con él? ¿Hasta ese punto? Pensándolo bien, no le extrañaba. Max era muy carismático y siempre agradable, resultaba fácil congeniar con él y sentirse cómodo a su lado. No en vano, en los pocos meses que llevaba ella en Vergessen, se habían hecho buenos amigos.

Buenos amigos y algo más, algo que siempre estaba ahí, rondando en el fondo, quizá porque ambos sabían que era imposible.

Max hizo un gesto de invitación para que pasase por su lado y comenzaron a caminar, en un paseo improvisado. Los corredores del schloss Nebelstein eran tan grandes como algunas de las mayores salas de Minstrel House. Estaba construido en una roca de un gris muy claro, como la niebla, lo que le había ganado su nombre. Pudiera haber resultado fría y deprimente, pero estaba trabajada con tanta grandiosidad, y tan decorada, que solo parecía majestuosa.

El príncipe la condujo hasta una de las balconadas que daban al lado por el que el islote de Vergessen, situado en el lago Bodensee, se unía a tierra por un antiguo puente levadizo. La capital del principado, que también se llamaba Nebelstein, estaba construida en un islote, como la cercana Lindau. La vista desde allí era siempre preciosa, con el bosque, los prados, sus aldeas dispersas y las montañas a lo lejos. Y en momentos como ese, bajo un crepúsculo rojo que lo envolvía todo en una luz casi mágica, se volvía impresionante.

Max se detuvo a su lado.

—¿Le gusta lo que ve?

Ella lo miró de reojo. Lo veía a él, al lago, las aldeas, el bosque, las montañas a lo lejos…

—Sí. Todo.

Él asintió.

—Entonces ¿cómo puede pensar en irse?

Eso la hizo parpadear.

—¿A qué se refiere? Sabe tan bien como yo que debo regresar. Vine de acompañante de lady Viveka, y ella ya ha concluido sus gestiones aquí. Debo irme con ella.

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