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TODO SE DESMORONA

Chinua Achebe  

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Fragmento

1

Okonkwo era muy conocido en las nueve aldeas e incluso más allá. Su fama se apoyaba en sólidos triunfos personales. Cuando tenía dieciocho años había honrado a su aldea derribando a Amalinze el Gato. Amalinze fue un gran luchador que se mantuvo siete años invicto, desde Umuofia hasta Mbaino. Le llamaban «el Gato» porque nunca tocaba el suelo con la espalda. Okonkwo había derribado precisamente a aquel hombre en un combate que todos los ancianos decían que había sido uno de los más encarnizados desde que el fundador de su poblado había luchado con un espíritu del bosque durante siete días y siete noches.

Batían los tambores, cantaban las flautas y contenían el aliento los espectadores. Amalinze tenía astucia y oficio, pero Okonkwo era escurridizo como un pez en el agua. Se le marcaban todos los músculos y los nervios de los brazos, la espalda y los muslos, y casi los oías tensarse, a punto de romperse. Al final Okonkwo derribó al Gato.

Eso había sido muchos años atrás, veinte o más, y durante ese tiempo la fama de Okonkwo había crecido como un incendio en el bosque cuando sopla el harmatán. Era alto y enorme, y las cejas pobladas y la nariz ancha le daban un aire muy severo. Respiraba estruendosamente y decían que sus esposas y sus hijos le oían respirar desde sus cabañas cuando dormía. Apenas tocaba el suelo con los talones al caminar y parecía que tuviera muelles en los pies, como si fuera a pegarle a alguien. Y pegaba a la gente con mucha frecuencia. Tartamudeaba un poco, y en cuanto se enfadaba y no conseguía pronunciar las palabras con la suficiente rapidez usaba los puños. No tenía paciencia con los fracasados. No había tenido paciencia con su padre.

Unoka, que así se llamaba su padre, había muerto hacía diez años. En vida había sido perezoso e imprevisor y completamente incapaz de pensar en el futuro. Cuando se encontraba con algo de dinero, que era raras veces, compraba enseguida calabazas de vino de palma, llamaba a los vecinos y lo celebraba. Decía que siempre que miraba la boca de un muerto comprendía que era un disparate no comer lo que tenías mientras estabas vivo. Unoka era un deudor, claro, y debía dinero a todos los vecinos, desde unos cuantos cauris a sumas bastante cuantiosas.

Era alto pero muy flaco y un poco encorvado. Tenía un aspecto triste y ojeroso salvo cuando bebía o tocaba la flauta. Tocaba la flauta muy bien, y sus momentos más felices eran las dos o tres lunas después de la recolección de la cosecha en que los músicos de la aldea descolgaban los instrumentos, que colgaban encima del fuego del hogar. Unoka tocaba con ellos, la cara radiante de paz y beatitud. A veces otra aldea pedía a la banda de Unoka y a sus egwugwu danzantes que fueran y se quedaran con ellos y les enseñaran sus melodías. Se pasaban en estos convites hasta tres o cuatro mercados, haciendo música y festejando. A Unoka le gustaba la buena comida y la buena amistad, y le gustaba la estación del año en que habían pasado ya las lluvias y todas las mañanas salía un

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