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TODOS TUS NOMBRES

Fernando García Pañeda  

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Fragmento

Prólogo

30 de septiembre de 1943

Los dos hombres que salen del Hotel Hamdorff, en la villa holandesa de Laren, se suben el cuello de sus abrigos y se los abrochan justo antes de abrir sus paraguas.

Un día lóbrego. Llueve. Hace frío, como en cualquier país alejado del hogar. Pero solo uno de ellos está lejos: un hombre joven, alto, que viste un traje oscuro bajo una trinchera Burberry. Ase un portafolio de cuero gastado con su mano derecha y ha venido desde España. El otro, de mayor edad, ataviado con un gabán demasiado amplio sobre un arrugado traje claro y un sombrero fedora a juego, procede de la vecina Ámsterdam. Intercambian un par de frases en francés sobre el camino que han de seguir y se ponen en marcha.

Dejan atrás el gran edificio blanco del hotel y su casi vacío aparcamiento. Enfilan una calle solitaria y encharcada, casi un camino rural, con algunas casas sueltas que no llegan a flanquearla. Después de atravesar la plaza de la iglesia y la calle Naarden, siguen hacia la salida de la villa. En las afueras llegan a una casa de campo muy grande, de ladrillo rojo, ventanales enmarcados en blanco y tejado típico de caña.

Les abre la puerta una mujer muy mayor, caricaturesca, con un delantal y una especie de cofia antigua. Como salida de un cuadro de Brueghel el Viejo. Confirma que el señor Van Meegeren y su esposa les esperan. Recoge sus paraguas y abrigos y les conduce hasta un salón amplio con grandes ventanales y decoración recargada. Sentada en una butaca, Jo Oerlemans —cabello corto, vestido gris perla— les saluda intentando mostrar una sonrisa en su semblante agradable y triste. El hombre del traje arrugado hace las presentaciones. Aclara que su acompañante no conoce el idioma neerlandés y que él acude como mero intérprete.

—Podía haberse ahorrado la molestia. No hay mucho que entender en esta vida —interpela Han van Meegeren desde una esquina en penumbra del salón.

Se repiten las mismas presentaciones. El anfitrión responde con un indolente movimiento de mano y prosigue:

—Lo único importante es que traiga el dinero. —No detiene su discurso mientras vierte licor abundante en un vaso, y por el tono de voz, el aspecto y su precario equilibrio, se deduce que ya ha realizado varias veces esa maniobra—. Lo demás: el arte, la gloria, la vida, todo lo demás es una mierda.

El intérprete, cortés, reconduce el asunto: él y su acompañante han venido a adquirir una serie de cuadros. También informa de que, según el visitante español, se ven obligados a cerrar el negocio con una cierta celeridad.

—Los cuadros están en el piso de arriba. Sírvanse una copa... o las que quieran, a su gusto, aquí tienen. Les dejo al cuidado de Jo, ella les atenderá con la amabilidad que a mí me falta. Ya no me interesa nada de esto —dice Van Meegeren, y sale por una puerta hacia una estancia oscura, añadiendo—: Y no saluden de mi parte a ese condenado alemán. Solo me importa su maldito dinero.

La señora Oerlemans les pide que disculpen a su marido, mejor dicho, exmarido (se acaban de divorciar, aunque solo como una treta legal para salvar su menguante patrimonio). Está atravesando una mala racha en todos los sentidos.

—Pero no quisiera aburrirles con vacuidades de artistas. Acompáñenme y les enseñaré los cuadros —prosigue de repente más animada.

Al subir a la primera planta les guía hasta una habitación sin amueblar. Está oscura, pero ella descorre las cortinas. Con la luz aparecen decenas de cuadros apoyados en el suelo y recostados sobre las paredes, algunos incluso formando pequeñas filas. Pinturas extraordinarias con el estilo e incluso la firma de Vermeer, Hals, De Hoogh, Van Dyck, Ter Borch, Van Uden. Los visitantes apenas pueden disimular su asombro ante ese museo de maestros holandeses y flamencos de valor incalculable. O, más bien, de un valor que sería incalculable si fueran auténticos. Pero no lo son. Todas esas obras son falsificaciones; soberbias, perfectas falsificaciones perpetradas por Henricus Antonius van Meegeren, que le sirven tanto de venganza contra el vano y farisaico mundo del arte como de caudalosa fuente de ingresos.

—Son todos los que tenemos disponibles —explica ella cuando los visitantes empiezan a examinar los lienzos uno por uno, aunque sin excesivo detenimiento.

De regreso al salón, la señora Oerlemans les entrega unos pliegos de papel que contienen la lista de dichos cuadros con sus títulos y sus supuestas autorías, fechas de ejecución y descripciones.

El hombre más joven extrae del portafolio unos documentos, se los entrega a su colocutora y explica a través del intérprete:

—Aquí tiene la minuta del contrato de compra-venta. Redactada en su idioma, por supuesto. Añadiremos como anexo este listado de los cuadros, si no le importa. Como verá, figura el precio convenido, quinientos cincuenta mil florines. Y este otro documento es un aval de la Société de Banque Suisse por el importe total, que el día 4, o sea, el próximo lunes, será transferido a la cuenta bancaria que nos facilite, si estamos de acuerdo. Ese mismo día vendrán a recoger los cuadros unas personas de confianza debidamente acreditadas.

Ella cabecea con una expresión mezcla de estoicismo y complacencia.

—Si está de acuerdo con los términos del contrato puede contactar con nosotros en el Hamdorff. Tómese el tiempo que necesite.

—Muchas gracias —corresponde ella—, repasaré los términos del contrato. Pero no creo que me lleve demasiado tiempo. Mañana mismo podremos firmar los documentos necesarios y el lunes podrán pasar a recoger los cuadros. Si no estoy equivocada, ambas partes tenemos cierta prisa, ¿verdad?

Los dos hombres regresan al hotel. El día oscurece rápidamente. No deja de llover.

En la habitación del joven español redactan el pertinente informe para Grosvenor Street, sede europea de la OSS, la Oficina de Servicios Estratégicos.

I

4 de junio de 1944

La experiencia le dice al suboficial de guardia en la frontera de Behovia que no ha de tener problemas con el ocupante del Opel Olympia gris recién llegado. No tiene comparación con los Mercedes 540K o 770K (algunos incluso portando banderitas con la cruz gamada) que ha visto en la misma situación unas cuantas veces. Pero ocurre que ha cruzado la zona de frontera controlada por los alemanes con una facilidad inusitada, lo que le sitúa al mismo nivel que aquellos otros. Así se lo hace saber a los guardias a su mando, que solo echan una ojeada de compromiso al maletero mientras él, sin mucho afán, comprueba el pasaporte del Deutsches Reich, exhibido por el único ocupante del vehículo, que le identifica como Wilhelm Manfred Bauer, nacido en Múnich el 2 de enero de 1901. El rostro de la fotografía coincide con el del viajero, incluso en el pequeño bigote y en la expresión hermética.

El suboficial devuelve el pasaporte, realiza un saludo militar y ordena con un gesto levantar la barrera y retirar la valla de alambre. Los guardias cumplen la orden con la desgana provocada por la frecuente falta de acción.

Por unos instantes, el ruido del motor que se aleja llega a mimetizarse con el del primero de los incontables truenos por venir. El bochorno de media tarde se extiende bajo un cielo de tormenta inminente.

Bauer ha llegado esa mañana en tren a Hendaya, después de un viaje interminable atravesando de norte a sur las líneas ferroviarias francesas, cada vez más descompuestas por los sabotajes de la Resistencia y los bombardeos aliados. Y desde Hendaya, donde uno de sus contactos le ha facilitado el automóvil, se dirige a San Sebastián.

Aún no ha perdido de vista el puesto fronterizo cuando comienza a llover. Primero, gota a gota. Luego torrencialmente. La marcha se retrasa más de lo previsto. Y tiene que concentrarse en la carretera; ya pensará más tarde en las reuniones previstas con los rufianes que tiene como socios y en cómo encajar los sesenta cuadros que llegarán en unos días.

La red de contrabando de obras de arte que durante años ha montado entre Alemania y España, incluyendo otros países, gracias a sus amistades y contactos con las altas instancias del Reich, le ha sido muy rentable. Y es que antes era mucho más fácil tratar o negociar con las autoridades españolas, con los anticuarios y los coleccionistas, e incluso con la embajada en Madrid. Pero los negocios van de mal en peor desde hace un año y tiene que ir desprendiéndose de muchas piezas al precio menos malo posible ante el sombrío rumbo que ha tomado la guerra.

Y esos sesenta cuadros puede que constituyan la última remesa que pueda conseguir. Obras de arte de diversa índole

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