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TOMMYKNOCKERS

Stephen King  

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Fragmento

Índice

Cubierta

Tommyknockers

Primera parte. La nave en la tierra I. Anderson tropieza II. Anderson excava III. Peter ve la luz IV. La excavación continúa V. Gardener sufre una caída VI. Gardener en las últimas VII. Gardener llega VIII. Modificaciones IX. Anderson teje un relato X. Gardener decide Segunda parte. Historias de Haven I. La ciudad II. Becka Paulson III. Hilly Brown IV. Bent y Jingles V. Ruth McCausland VI. Ruth McCausland. Conclusión VII. Beach Jernigan y Dick Allison VIII. Ev. Hillman IX. El funeral X. Libro de los días: La ciudad, conclusión Tercera parte. Los Tommyknockers I. Sissy II. Gardener sale a caminar III. La escotilla IV. El granero V. La primicia VI. Dentro de la nave VII. La primicia: Continuación VIII. Gard y Bobbi IX. La primicia: Conclusión X. Tommyknockers llamando a la puerta

Epílogo

Notas

Biografía

Créditos

Como muchas de las rimas infantiles, los versos sobre los Tommyknockers son engañosamente simples. El origen de la palabra es difícil de rastrear. El diccionario Webster dice que los Tommyknockers son: a) ogros que hacen túneles; b) fantasmas que rondan por cuevas o minas cuando están desiertas. Dado que «tommy» es un vulgarismo británico arcaico que se refiere a las raciones del Ejército (lo cual llevó a que se utilizase para designar a los conscriptos británicos como en Kipling — «Tommy this, and Tommy that…»—), el diccionario Oxford, aunque no identifica el vocablo en sí, al menos sugiere que los Tommyknockers son los fantasmas de mineros que murieron de hambre, que golpean aún con los nudillos pidiendo comida y rescate.

El primer poema («Anoche, ya tarde, y la anterior noche…») es bastante común; tanto mi esposa como yo lo oímos de niños, aunque nos criamos en ciudades diferentes, bajo distintos credos y pese a que los orígenes de nuestros antepasados nada tienen en común: los suyos son de mayoría franceses; los míos, escoceses e irlandeses.

El resto de los poemas es producto de la imaginación del autor.

Este autor (yo, en una palabra) desea agradecer a Tabitha, su esposa, que sea una crítica inestimable, aunque a veces me exaspere (cuando uno se enfurece con los críticos, es casi seguro que llevan razón); al editor Alan Williams, por su amable y cuidadosa atención; a Phyllis Grann por su paciencia (este libro no fue tanto escrito como vomitado) y a George Everett McCutcheon en particular, ya que ha leído y revisado con sumo cuidado cada una de mis novelas, sobre todo en cuestiones de armas y balística, pero también por su atención a la continuidad. Mac murió mientras yo escribía este libro. En realidad yo estaba pasando, obediente, las correcciones sugeridas en una de sus notas, cuando me enteré de que la leucemia, contra la que luchaba desde hacía dos años, había podido con él. Lo echo muchísimo de menos, no sólo porque me ayudaba a arreglar las cosas, sino también porque formaba parte del vecindario de mi corazón.

Debo también mi agradecimiento a otros, más de los que sería capaz de nombrar: pilotos, dentistas, geólogos, colegas escritores, e incluso a mis hijos, que escucharon la lectura del libro. También estoy agradecido a Stephen Jay Gould, pues, aunque es fanático de los Yankees y, por lo tanto, no demasiado digno de confianza, sus comentarios sobre lo que yo llamaría «evolución muda» ayudaron a dar forma a la nueva versión de esta novela (por ejemplo, The Flamingo’s Smile).

Haven no existe. Los personajes no existen. Esta es una obra de ficción, con una salvedad:

Los Tommyknockers existen.

Si alguien piensa que hablo en broma, no ha oído los informativos de la noche.

STEPHEN KING

Anoche, ya tarde, y la noche anterior,
los Tommyknockers, los Tommyknockers,
llaman a la puerta.
Tengo que salir, y no sé si puedo,
porque el Tommyknocker
me da mucho miedo.

Poema infantil tradicional

PRIMERA PARTE

LA NAVE EN LA TIERRA

Well we picked up Harry Truman, floating down from Independence,
We said, «What about the war?»
He said, «Good riddance!»
We said, «What about the bomb? Are you sorry that you did it?»
He said, «Pass me that bottle and mind your own business».1

THE RAINMAKERS, Downstream

I. ANDERSON TROPIEZA

1

Por falta de un clavo, se perdió el reino: a eso se reduce el catecismo, en resumidas cuentas. Al fin y al cabo, todo puede reducirse a algo parecido… o así lo pensaría Roberta Anderson mucho después. Todo es pura casualidad… o pura fatalidad. Anderson tropezó, en el sentido literal de la palabra, con su destino en la pequeña ciudad de Haven, Maine, el 21 de junio de 1988. Ese tropiezo fue la raíz de todo el asunto; el resto es sólo historia.

2

Aquella tarde, Roberta Anderson salió con Peter, un viejo sabueso que ya estaba ciego de un ojo. Jim Gardener se lo había regalado en 1976. El año anterior, ella había abandonado sus estudios superiores cuando le faltaban sólo dos meses para realizar los exámenes finales, pero debía mudarse a casa de su tío, en Haven. No se dio cuenta de lo sola que se encontraba hasta que Gard le llevó el perro. Entonces era cachorro, y a Anderson le costaba creer que estuviera tan viejo ya: ochenta y cuatro años, en edad perruna. Era una forma de medir la suya propia. 1976 había quedado atrás. Sí, por cierto. A los veinticinco años, una todavía se permitía el lujo de creer que, al menos en el propio caso, crecer era un error burocrático que se solventaría a su debido tiempo. Un buen día, una despertaba y descubría que su perro tenía ochenta y cuatro años y que una misma andaba por los treinta y siete y, entonces pensaba que ese punto de vista tenía que ser revisado. Sí, por supuesto.

Anderson buscaba un lugar para cortar un poco de leña. Tenía acumulados unos cinco metros cúbicos, pero quería añadir otros diez por lo menos para pasar el invierno. Había cortado mucha leña desde los tiempos en que Peter, cachorrito, se afilaba los dientes en una pantufla vieja (y se orinaba con demasiada frecuencia en la alfombra del comedor), pero la madera abundaba todavía. La parcela (aún llamada «lo del viejo Garrick» por la gente de la ciudad, aunque ya habían transcurrido trece años) medía sólo cincuenta y cuatro metros sobre la carretera 9, pero las paredes de roca que marcaban los lindes norte y sur se abrían en un ángulo divergente. Otra pared de roca (tan vieja que había degenerado en pedregales aislados con colchones de musgo) marcaba el límite posterior de la propiedad, y se adentraba unos cinco kilómetros en un enmarañado bosque de árboles y monte bajo. La superficie total de la parcela, en forma de cuña, era inmensa. Al oeste, más allá de la pared que delimitaba las tierras de Bobbi Anderson, había kilómetros y kilómetros de páramo propiedad de la Compañía Papelera de Nueva Inglaterra. En el mapa, Burning Woods.

En realidad, Anderson no necesitaba buscar un lugar en que cortar leña. Las tierras heredadas del hermano de su madre eran valiosas porque, en su mayor parte, estaban cubiertas de árboles de madera buena, casi vírgenes de la plaga de la polilla. Pero hacía un día encantador y cálido, después de la primavera lluviosa; la huerta había crecido ya (casi toda se pudriría a causa de las lluvias) y aún no era tiempo de comenzar el nuevo libro. Por eso había puesto la funda a la máquina de escribir y se encontraba allí, vagando en compañía de Peter, viejo tuerto fiel.

Detrás de la granja se deslizaba un antiguo camino de leñadores. Lo siguió kilómetro y medio antes de desviarse hacia la izquierda. Llevaba una cantimplora, además de la mochila en que había metido un bocadillo y un libro para ella, galletas para el perro, y muchas cintas color naranja para marcar los árboles que cortaría en los primeros días del otoño cuando el calor del verano se hubiera esfumado. En el bolsillo, una brújula Silva. Sólo una vez se había perdido en aquellas tierras, pero esa única vez le bastaba para toda la vida. Había pasado una noche horrible en el bosque, incapaz de creer que se hubiera perdido en una propiedad suya, Dios bendito, y segura de que moriría allí. En aquellos tiempos era posible, pues sólo Jim notaría su falta; pero Jim aparecía cuando menos se lo esperaba. Por la mañana, Peter la había conducido hasta un arroyo, el cual, a su vez, lo hizo otra vez a la carretera 9, donde gorgoteaba, alegre, por una alcantarilla bajo el pavimento, a sólo tres kilómetros de su casa. Era casi seguro que ya tenía suficiente experiencia en el bosque como para orientarse hacia la carretera o hasta una de las paredes que delimitaban sus tierras. Pero la palabra clave era «casi seguro». Por eso llevaba la brújula.

Cerca de las tres, halló un grupo de arces en buen estado. De hecho, había encontrado otros en las mismas condiciones, pero ése se hallaba próximo a un sendero que ella conocía, lo bastante amplio como para circular por él con el Tomcat. En el último día del verano (si alguien no hacía volar el mundo mientras tanto), engancharía su carretilla al Tomcat para llevarla hasta allí y talaría un poco. Por lo demás, ya había caminado bastante para un solo día.

— ¿Te parece bien, Pete?

Éste lanzó un débil ladrido. Anderson miró al sabueso con una tristeza tan profunda que ella misma se sorprendió, inquieta. Peter estaba acabado. Rara vez corría tras los pájaros, las ardillas o las esporádicas marmotas; la sola idea de que persiguiera un venado resultaba cómica. En el camino de regreso debía detenerse varias veces para que él descansara… cuando, en otros tiempos (no hacía tanto de eso, según afirmaba su mente con terquedad), Peter hubiera estado siempre a cuatrocientos metros de ella, arrojando vendavales de ladridos a través del bosque. Un día de ésos, ella decidiría que ya bastaba; daría una palmadita al asiento de la camioneta por última vez, y llevaría a Peter al veterinario de Augusta. Pero no sería ese verano, por favor, Señor. Ni ese otoño ni ese invierno, por favor, Señor, o nunca, por favor, Señor.

Porque se quedaría sola sin Peter. Excepción hecha de Jim, y Jim Gardener se había vuelto algo chiflado en los últimos ocho años. Aún era un amigo, pero… chiflado.

—Me alegro de que estés de acuerdo, Pete, muchacho —dijo, mientras rodeaba los árboles con una o dos cintas, aunque sabía que quizá decidiera cortar otro grupo y, entonces, las cintas se pudrirían allí—. Tu buen gusto es superado sólo por tu apostura.

Peter, a sabiendas de lo que se esperaba de él (era viejo, mas no estúpido), meneó su raído rabo y ladró.

—¡Hazte el «vietcong»! —ordenó Anderson.

Peter, obediente, se tendió de costado (un pequeño jadeo se le escapó) y rodó sobre el lomo con las patas estiradas. Eso casi siempre divertía a Anderson, pero en ese momento, al ver a su perro fingiéndose muerto (Peter también lo hacía cuando le decía «vino» y «My Lai»), recordó con demasiada claridad lo que había pensado unos minutos antes.

—Arriba, Peter.

Éste se levantó con lentitud, entre jadeos. Ya tenía el hocico blanco.

—Vamos a casa.

Le arrojó una galleta para perro. Peter trató de atraparla en el aire y falló. Olfateó en su busca, la pasó por alto y volvió. Por fin, la comió poco a poco, sin mucho apetito.

—Bueno —dijo Anderson—. En marcha.

3

Por falta de un clavo, se perdió el reino…, por la elección de un sendero, la nave fue encontrada.

Como no era la primera vez que Anderson andaba por allí en los trece años transcurridos desde que «lo de Garrick» se convirtió en «lo de Anderson», reconoció la pendiente, un montón de ramas dejadas por leñadores que tal vez hubiesen muerto todos antes de la guerra de Corea, y un pino grande con la copa hendida. Por ello no le costaría trabajo hallar el camino por donde pasaría el Tomcat. Quizá había pasado una, dos, cinco veces a pocos metros, a escasos centímetros, por el sitio en que tropezó.

En esa ocasión siguió a Peter, que se apartaba algo hacia la izquierda. Con el sendero ya a la vista, una de sus viejas botas chocó con algo… y lo hizo con fuerza.

—¡Ay! —chilló, pero era demasiado tarde; pese a sus brazos convertidos en aspas de molino, cayó al suelo. La rama de una mata le arañó la mejilla con tanta fuerza que le rasgó la piel.

—¡Mierda! —gritó, y un grajo le afeó su lenguaje.

Peter volvió. Después de olfatearle la nariz, le dio un lengüetazo.

—¡No hagas eso, por favor! ¡Tu aliento es nauseabundo!

Peter meneó el rabo. Anderson se incorporó. Al frotarse la mejilla izquierda, los dedos y la palma de la mano se le mancharon de sangre. Soltó un gruñido.

—¡Qué bien! —protestó. Miró alrededor para ver con qué había tropezado; una rama caída, con toda seguridad, o alguna roca que sobresalía del suelo. Pensó que en Maine había demasiadas rocas.

Entonces vio un destello metálico.

Todavía sentada en el suelo deslizó un dedo a lo largo del objeto; después quitó con un soplido el negro polvo del bosque.

— ¿Qué es esto? —preguntó a Peter.

El sabueso se acercó para olfatearlo. Entonces hizo algo peculiar: retrocedió dos pasos de perro, se sentó y emitió un aullido sordo.

—¿Qué bicho te ha picado?—preguntó Anderson.

Pero Peter se limitó a permanecer sentado. Anderson se aproximó un poco más, a rastras sobre el fondillo de los vaqueros, y examinó aquel objeto.

Unos siete u ocho centímetros sobresalían de la tierra esponjosa; lo suficiente como para provocar su tropezón. Allí había una ligera elevación del suelo; quizá los desmoronamientos provocados por las fuertes lluvias de primavera lo habían dejado al descubierto. La primera idea de Anderson fue que los leñadores encargados de talar esa parcela, durante los años 20 y 30, habrían sepultado allí los desperdicios de tres días de tala.

Una lata de comida, se dijo; aceite, carne en conserva o sopa. La meneó un poco como para sacarla de la tierra. En ese momento se le ocurrió que sólo un niño muy pequeño tropezaría con el borde de una lata. El metal sepultado no se movió. Era tan sólido como la roca viva. ¿Tal vez vieja maquinaria de leñadores?

Anderson, intrigada, examinó aquello con mucha más atención, sin observar que Peter se había levantado para retroceder otros cuatro pasos antes de sentarse de nuevo.

El metal era de un gris opaco; no tenía el brillo de la hojalata, y era más grueso que un bote de conservas; mediría unos siete u ocho centímetros en la parte alta. Anderson apoyó la yema del índice sobre ese borde y percibió un extraño cosquilleo pasajero, como una vibración.

Quitó el dedo y se lo miró, desconcertada.

Volvió a apoyarlo.

Nada. Ni un zumbido.

Entonces sujetó aquel objeto entre el pulgar y el índice, e intentó moverlo como si fuese un diente flojo. No pudo. Tenía aquella protuberancia aferrada más o menos por el centro. Se hundía en la tierra (al menos ésa fue su impresión entonces) unos cinco centímetros por cada lado. Más adelante diría a Jim Gardener que podría haber pasado por allí tres veces al día, durante cuarenta años, sin tropezar con aquello.

Apartó la tierra suelta para descubrirlo un poco más. Con los dedos excavó un canal de cinco centímetros de profundidad alrededor del objeto; la tierra cedía con facilidad, como suele ocurrir en los bosques, al menos hasta que se llega a las redes formadas por las raíces. El objeto se prolongaba sin variantes, tierra abajo. Anderson se incorporó sobre las rodillas y continuó cavando por ambos lados. Intentó moverlo de nuevo, pero nada consiguió, aquello no cedía.

Siguió apartando la tierra con las manos y pronto dejó más metal al descubierto: quince centímetros de metal gris, veinticinco, treinta…

Es un coche, un camión o una carretilla para troncos, pensó de súbito. Allí enterrado, en el medio de la nada. O tal vez un hornillo. Pero ¿qué hacía allí?

No se le ocurrió ningún motivo; ninguno, en absoluto: De vez en cuando hallaba cosas en el bosque: casquillos de proyectiles, latas de cerveza (de las antiguas, que no tenían perforaciones arrancables, sino los agujeros triangulares que dejaban unos abrelatas especiales), envolturas de caramelos y cosas por el estilo. Haven no estaba en ninguno de los dos grandes distritos turísticos de Maine; uno de ellos abarcaba la región del lago y la montaña, hasta el extremo occidental del estado; el otro, la costa hasta el extremo oriental. Pero tampoco era bosque primitivo desde hacía muchísimo tiempo. Una vez (ella había franqueado la derruida pared de la parte posterior, por lo que, en realidad, había invadido los terrenos de la Papelera Nueva Inglaterra) encontró la herrumbrosa carrocería de un Hudson Hornet, modelo de 1948 ó 49, abandonado en un antiguo camino del bosque; veinte años después de interrumpida la tala, el camino era una maraña de rebrotes. No había motivo alguno para que hubiera una carrocería de coche… pero, aun así, resultaba más fácil explicar su presencia que la de una cocina, una nevera, o la de cualquier otra porquería enterrada allí.

Cavó una zanja de treinta centímetros a cada lado del objeto, sin encontrar su extremo. Profundizó casi treinta centímetros más, hasta que se raspó los dedos con una roca. Tal vez hubiera podido arrancarla (al menos, se movía un poco), pero ni se molestó en hacerlo porque el objeto enterrado se prolongaba más hacia abajo.

Peter gimió.

Anderson miró al perro y se levantó. Las rodillas le crujieron. El pie izquierdo le cosquilleaba, lleno de alfileres. Sacó su reloj de bolsillo (el Simon, viejo y manchado por los años, era otro legado de su tío Frank) y se quedó atónita al ver el tiempo que llevaba allí: una hora y cuarto por lo menos. Eran más de las cuatro.

—Vamos, Peter —dijo—. Salgamos de aquí.

Peter gimió otra vez, pero no se movió. Y entonces, con verdadera preocupación, Anderson vio que el viejo sabueso temblaba como atacado por la malaria. No tenía idea de que los perros pudieran enfermar de malaria, pero quizá afectaba a los viejos. Recordó que sólo una vez había visto a Peter temblar así: en el otoño de 1977 (o tal vez fuera en el 78). Por esa época hubo un gato montés en la zona que gritó y chilló a lo largo de unas nueve noches, tal vez en celo no correspondido. Cada una de esas noches, Peter se acercaba a la ventana de la salita y subía de un salto al viejo banco de iglesia que Anderson tenía allí junto a la biblioteca. No ladraba; se limitaba a mirar en la oscuridad, hacia aquel chillido ultraterreno y femenino, con las fosas nasales dilatadas y las orejas erguidas. Y temblaba.

Anderson pasó por encima de su pequeña excavación para acercarse, a Peter. Se arrodilló junto a él y le acarició la cabeza, lo que hizo que percibiera los temblores con las manos.

—¿Qué ocurre, muchacho? —murmuró, pero ella sabía muy bien lo que pasaba. El ojo sano de Peter se desviaba más allá,

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