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TONTO, MUERTO, BASTARDO E INVISIBLE

Juan José Millás  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Sobre el autor

Créditos

Cuando encargué que me hicieran un bigote postizo de pelo natural como el de mi padre, creí que no era más que un modo de homenajear irónicamente su memoria y de demostrar de paso al peluquero, o a mí mismo, que podía hacer gastos y gestos superfluos, pero una vez que lo tuve en la mano me pareció percibir en él un instinto ortopédico que me causó algún malestar, de manera que me deshice del estuche, que tenía un volumen incómodo, y escondí el postizo en una pequeña caja fuerte camuflada en las profundidades del armario de mi dormitorio. La caja fuerte había sido también el resultado de un gesto superfluo, quizá por eso Laura no se relacionaba con ella, ni siquiera había llegado a aprenderse la combinación. En cuanto al niño, no conocía su existencia. Se trataba, pues, de un nicho perfecto para enterrar aquella prótesis que, abandonada en cualquier otro lugar, podía confundirse con un animal muerto, o quizá con el embrión de un individuo.

Aquello había sucedido en los primeros meses del invierno anterior, al poco de que murieran mis padres en un incendio que yo no provoqué, y desde entonces, aunque no había vuelto a contemplar el bigote, me había dejado acariciar por él en las ocasiones en que tuve que meter la mano en la caja para buscar algún papel. Su tacto resultaba inquietante, pero después del primer escalofrío sucedía siempre una paz inexplicable, la clase de paz que este domingo de finales de marzo intentaba encontrar en los argumentos que circulaban, con el estrépito de un tren dentro de un túnel, por las galerías oscuras de mi miedo.

El viernes anterior, el director de personal me había comunicado que tenían que prescindir de mí a cambio de una indemnización equivalente al salario de un año y de un gesto infeccioso de solidaridad. Podría acogerme al subsidio de desempleo y resistir, en el peor de los casos, dos años. Además, Laura trabajaba también, era forense, de manera que el horizonte de la indigencia quedaba todavía un poco lejos. No se trataba, pues, objetivamente hablando, de una situación desesperada, pero yo estaba subjetivamente hundido desde entonces en una desesperación que durante el fin de semana había intentado ocultar a la mirada de mi mujer y de mi hijo. Finalmente, el domingo por la tarde la glándula del miedo había comenzado a liberar una sustancia nueva que actuó en seguida sobre mi capacidad respiratoria; parecía que el aire se hubiera espesado o contuviera grumos. Entonces me refugié en el cuarto de baño adosado al dormitorio y dejé que toda la cobardía aplazada desde que entrara en la empresa un equipo socialdemócrata, con la orden de venderla en trozos, se reuniera de golpe en la percepción del espacio: miraba las paredes, y el espejo, y la bañera oculta tras la mampara de cristal, y el lavabo italiano y el bidé, y no eran otra cosa que las paredes y el espejo o el bidé y el lavabo que habría visto un c

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