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TORMENTA DE FLECHAS (SAGA TIRANO 2)

Christian Cameron  

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Fragmento

329 a. de C.

El conquistador de Asia entró indignado en la tienda y arrojó su casco dorado contra el perchero de la armadura, junto a su catre de campaña. El bronce golpeó el poste de madera con un ruido metálico. Los criados se paralizaron.

—¿Dónde carajo están mis reclutas? —gritó—. Antípatro me prometió ocho mil soldados más de infantería. ¡Ha enviado tres mil tracios y un puñado de griegos amotinados! ¡Quiero a mis macedonios!

Miembros de su Estado Mayor lo siguieron hasta la tienda, encabezados por Hefestión. Hefestión no temía a su real amo, menos aún sus berrinches, y mantenía bien alta la cabeza de cabello broncíneo. Sonreía.

Detrás de él, Eumenes y Calístenes se mostraban más inseguros.

Alejandro se rascó la cabeza con ambas manos, intentando quitarse el sudor y la suciedad del pelo.

—No os quedéis en el umbral como ovejas. Entrad o iros a la mierda.

Hefestión le alcanzó una copa de vino y se sirvió otra para él.

—Bebe, amigo —dijo.

Alejandro bebió, y luego repuso:

—No es justo. Si la gente se limitara a hacer lo que le dicen...

Hefestión arqueó una ceja y ambos se echaron a reír. Así, sin más.

Alejandro dio vueltas al vino en su copa y miró a Eumenes.

—¿Ha dicho por qué? —le preguntó.

Eumenes, de menor estatura y nada endiosado, aceptó la copa que le ofrecía Hefestión, quien rara vez servía a nadie que no fuese el Gran Rey en persona, y miró a su señor a los ojos. Eran desiguales, azul y marrón, el iris azul rodeado por un círculo negro y un poco más abierto de lo normal. Unas veces Eumenes pensaba que su amo era un dios, y otras, que estaba loco. Sea como fuere, a Eumenes, hombre valiente y curtido en una docena de reñidas batallas, no le gustaba mirar a los ojos a Alejandro.

Eumenes de Cardia era griego, no macedonio, con lo que ser portador de malas nuevas le resultaba doblemente duro. Los soldados competían por dar buenas noticias a Alejandro. Cuando lo que tenían que comunicarle era malo, conspiraban para evitar ser el chivo expiatorio.

—Señor —dijo Eumenes con prudencia—, ¿queréis leer la carta o preferís que os diga lo que yo pienso?

Si estaba de humor, Alejandro prefería que le hablaran claro. Eumenes carecía de la habilidad de Hefestión para relacionarse con su señor, pero se trataba de una emergencia y necesitaba que Alejandro actuara como rey.

—Cuéntame —replicó Alejandro.

Eumenes miró a Hefestión y no recibió indicación alguna. Así que obedeció a su señor.

—Leyendo entre líneas, diría que Antípatro envió un ejército a conquistar las ciudades del Ponto Euxino; y tal vez las tribus sakje.

—¿Sakje? —preguntó Alejandro.

—Los escitas occidentales —contestó Calístenes.

—¿Las amazonas? —volvió a preguntar Alejandro.

Calístenes resopló con desdén. Alejandro se giró rápidamente hacia él.

—¿Por qué estás aquí, señor?

Calístenes arqueó una ceja.

—Porque no sabes distinguir entre un escita y una amazona.

Alejandro pareció complacido con esta observación y se dejó caer en un diván. Hefestión se tumbó a su lado. Los criados trajeron comida y más vino.

—De modo que Antípatro emprendió una campaña contra los escitas —observó Alejandro.

—No en persona —aclaró Eumenes—. Envió a Zoprionte.

—Tiene la cabeza llena de serrín —protestó Alejandro—. Seguro que la fastidió.

Eumenes asintió.

—Creo que allí perdimos a los reclutas que nos faltan.

—¿Se fueron a cazar amazonas, eh? —gruñó Alejandro.

Eumenes negó con la cabeza.

—No, señor. Si no me equivoco, y mis fuentes insisten en este punto, todos nuestros reclutas han muerto.

Alejandro rodó por el diván y se levantó.

—¡Zeus Amón, padre mío! ¿Zoprionte ha perdido un taxeis entero?

—Zoprionte ha perdido un ejército entero, señor. —Eumenes aguardó el estallido de ira—. Y él también ha muerto.

Alejandro se quedó paralizado junto al diván. Hefestión alargó el brazo y le puso una mano en la cadera, pero Alejandro la apartó con brusquedad. Hefestión frunció el ceño.

—Casi derrotaron a mi padre. A Filipo, mi padre. Lo hirieron; lo hirieron de gravedad. —Alejandro hablaba en voz muy queda.

Eumenes, que lo recordaba, asintió.

—Sí, señor.

—Y a Darío; esos sakje vencieron a Darío. —El rostro de Alejandro permanecía impasible. Parecía un colegial recitando la lección ante su tutor.

Calístenes se encogió de hombros.

—Más que vencerlo, lo evitaron, si hay que dar crédito a Heródoto. Aunque, de todos modos, consiguieron que Darío quedara como un idiota.

Alejandro lo fulminó con la mirada.

Calístenes arqueó una ceja hirsuta y dijo:

—En efecto, fue precisa la intervención de Atenas para vencer a Darío.

A Alejandro le ardían las mejillas de tanto que se le subió la sangre a la cabeza.

—Atenas frenó a Darío —repuso—. Esparta frenó a Jerjes. Yo conquisté Asia. Macedonia. Ni Atenas ni Esparta.

El filósofo lanzó una mirada desafiante a Alejandro y éste se la sostuvo. Transcurrieron prolongados segundos. Luego el filósofo volvió a encogerse de hombros.

—Lo que tú digas —cedió Calístenes, asintiendo.

Un tenso silencio llenaba la tienda. Fuera se oía a los nuevos reclutas, conducidos a sus cuarteles en el extenso campamento; un campamento tan grande y tan bien construido que los hombres ya lo llamaban ciudad.

Alejandro volvió a sentarse en el diván.

—Y Ciro —dijo, como prosiguiendo una conversación anterior.

Todos se quedaron mirándolo hasta que Calístenes por fin lo entendió.

—Sí —afirmó—. Sí, dices bien, Alejandro. Ciro perdió la vida luchando contra los masagetas. Mucho más al este de aquí.

—¿Masagetas? —Alejandro se reanimó—. ¿Amazonas?

—Los masagetas son los escitas orientales —explicó Calístenes—. Cierto es que sus mujeres combaten, y a veces tienen reinas guerreras. Pagan tributo al Rey de Reyes. Hay masagetas que sirven a Beso y a Espitamenes. La reina de los masagetas es Zarina.

Alejandro alzó su copa en reconocimiento a Calístenes.

—Sabes cosas muy útiles. —Bebió, y se quedó mirando por la puerta de la tienda.

Eumenes comenzó a removerse cuando el silencio se prolongó más de la cuenta. Calístenes, en cambio, no movía una pestaña. Él observaba a Alejandro.

Alejandro acarició el pelo de Hefestión. Luego miró al chico persa que recogió su casco y le sacó brillo con un paño antes de colgarlo en el perchero de la armadura. Alejandro sonrió al chico.

Calístenes seguía sin quitarle el ojo de encima.

—Antípatro nos ha costado más que unos pocos miles de reclutas —dijo Alejandro al cabo de unos minutos. Se echó hacia atrás de manera que sus rizos dorados se mezclaron con la melena de Hefestión—. La leyenda de que somos invencibles bien vale un par de taxeis y quinientos hetairoi.[1]

—Eres invencible —soltó Hefestión. En boca de otro hombre, habría resultado adulador. Dicho por Hefestión, era la mera constatación de un hecho.

Alejandro se permitió esbozar una sonrisa.

—No puedo estar en todas partes a la vez —repuso. Volvió a rodar por el diván e hizo una seña al silencioso esclavo que aguardaba a los pies de la cama—. ¡Quítame la armadura! —le ordenó.

El hombre le abrió el peto y lo puso en el perchero. Alejandro se despojó de la túnica y quedó desnudo, las marcas de la armadura bien claras en su carne mortal.

Desnudo, ni alto ni especialmente hermoso, Alejandro cogió su copa de vino, y al encontrarla vacía alargó el brazo para que se la llenaran. Los esclavos tropezaron entre sí cuando se apresuraron a enmendar el fallo.

Calístenes rio ante su ansiedad y su temor. Alejandro se sonrió con suficiencia.

—Los persas son muy buenos esclavos —observó.

Apuró la copa y volvió a alargar el brazo, y se repitió la misma pantomima. Incluso el cardio tuvo que reír. Los esclavos sabían que se estaban riendo a su costa y eso aún los volvía más temerosos. Se derramó vino, y aparecieron más esclavos para limpiarlo.

—No puedo estar en todas partes —repitió Alejandro—. Y Macedonia no puede permitirse parecer débil. Esos escitas deben ser castigados. Su victoria sobre Zoprionte tiene que parecer el golpe de mala fortuna que ha sido. En cuanto Besos entre en vereda, deberíamos dedicar una temporada a aplastar a los masagetas.

Calístenes percibió la consternación de los demás hombres.

—Alejandro —comenzó el filósofo con mano izquierda—, los masagetas viven lejos, hacia el noreste, más allá de los kushán. Y habitan el mar de hierba que, según Heródoto, ocupa una extensión de cincuenta mil estadios. No los aplastaremos en una sola temporada.

Alejandro levantó la mirada y sonrió. Fue una sonrisa alegre que restó años de tensión, guerra y bebida a su rostro.

—Sólo puedo dedicarles una temporada —dijo Alejandro—. No son más que bárbaros. Además, quiero una amazona.

Hefestión golpeó al rey en broma y terminaron forcejeando los dos en el suelo.

Parte I

Honras fúnebres

1

El sol brillaba sobre el río Borístenes, la crecida de la lluvia avanzaba como una manada de caballos y resplandecía como hierba mojada bajo el sol. El campamento sakje se veía despejado y limpio tras varios días de lluvia, buena parte del estiércol de los caballos había desaparecido en el barrizal que anegaba todas las calles, las yurtas de fieltro y los carromatos relucían como si estuvieran recién hechos. Kineas había interpretado la salida del sol como una señal favorable y se levantó de la cama pese al dolor de sus heridas y su reciente temor a la muerte.

—Deberías buscar la piedra —dijo la niña. Tendría once o doce años, iba vestida con pieles de caribú y una capa roja que ondeaba al viento. Kineas ya la había visto por el campamento, una delgada figura de cabellos caoba y con un caballo plateado de la manada real.

Kineas se agachó, haciendo una mueca por la tremenda punzada de dolor que sintió en la cadera y que se irradió hacia la ingle y la pierna. Le dolía el cuerpo entero y la mayoría de movimientos lo mareaban.

—¿Qué piedra? —preguntó. La niña tenía los ojos grandes, intensos ojos azules con un borde negro que la hacían parecer loca o poseída—. Es cosa de baqca, ¿verdad? —insistió Kineas—. Lo de buscar la piedra.

La niña se encogió de hombros, se entrelazó las manos en la espalda y comenzó a menear la cadera adelante y atrás, adelante y atrás, de modo que el pelo le cubría y descubría la cara. Iba sucia y olía a caballo.

El sakje de Kineas no alcanzaba para hablar con mimo a un niño.

—Lo siento —dijo—. No entiendo.

Ella le dedicó la mirada que los niños reservan para los adultos que tardan demasiado en comprenderlos.

—La piedra —repitió la niña poniendo más énfasis—. Para el túmulo del rey. —En vista de su incomprensión, señaló un viejo túmulo, el kurgan de algún antiguo señor de los caballos que se alzaba junto al gran meandro—: En la cima de todos los túmulos, el baqca pone una piedra. Tendrías que ir a buscarla. Lo dice mi padre.

Kineas hizo una mueca, tanto por el dolor como por el esfuerzo de comprensión.

—¿Y quién es tu padre, pequeña? —preguntó, aunque al hacerlo se dio cuenta de dónde había visto antes aquel perfil de nariz larga y los delicados huesos de sus manos.

—Mi padre era Kam Baqca —respondió la niña, y salió corriendo entre risas.

En cuanto la niña habló, Kineas supo que había visto la piedra en sueños; la había visto y desdeñado. Ahora le daban miedo sus sueños y, si podía, los olvidaba.

Pero aun así reunió a una docena de criados suyos sindones y a unos pocos griegos: a Diodoro y Niceas porque eran amigos, y a Anarjes, un caballero de Olbia, porque Eumenes estaba herido y él lo sustituía. Juntos cabalgaron una docena de estadios río abajo.

—¿Qué andamos buscando? —preguntó Diodoro. Él también se estaba recuperando de una herida, y el cabello pelirrojo que salía del vendaje en que llevaba envuelta toda la cabeza brillaba bajo un gorro sakje de piel de zorro y lana roja. Temerix, el herrero sindón, se aproximó.

—Buscamos una piedra —contestó Kineas.

—Para kurgan —añadió Temerix, como si fuese la cosa más normal del mundo—. Kineas la ve en sueños. Venimos a buscarla.

Los ojos del joven Anarjes se abrieron como monedas fúnebres al oír hablar con tanta naturalidad sobre los poderes divinos del hiparco.

Diodoro arqueó una ceja y asintió lentamente. Rebuscó bajo su clámide y sacó un frasco de arcilla del que bebió un buen trago. Luego lo ofreció a los demás.

—¿Nunca habéis pensado que nuestras vidas eran mucho más sencillas como simples mercenarios? —preguntó.

Kineas y Niceas intercambiaron una mirada.

Diodoro señaló con el puño que sostenía el frasco.

—¡Fijaos! Kineas lleva una clámide tracia. Aquí Anarjes, uno de los mejores luchadores que hemos visto jamás, un olímpico, por Apolo, lleva pantalones sakje como si fuese lo más normal del mundo. Todos nuestros hombres usan sus gorros. —Diodoro se tocó los vendajes y el gorro sakje que los coronaba—. ¿Acaso ya ni siquiera somos griegos? —preguntó. Bebió otro sorbo de vino del frasco y se lo pasó a Kineas.

Kineas, por su parte, se encogió de hombros.

—Pues claro que seguimos siendo griegos. ¿Viajar a Persia te convirtió en persa?

Diodoro se puso serio.

—Me volvió mucho más persa de cuanto lo era antes de ir allí. ¿Te acuerdas de Ecbatana? Jamás volveré a pensar en Grecia de la misma manera.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Kineas.

—Corren rumores de que tú y Srayanka tenéis intención de llevarnos a Oriente para luchar contra Alejandro —dijo Diodoro—. Os he oído hablar de ello. Lo decíais en serio, ¿verdad?

Kineas meneó la cabeza.

—Lot insiste y Srayanka quiere darle su apoyo. La reina de los masagetas ha enviado mensajeros a los asagatje. Ayer llegó otro. —Echó un trago.

Diodoro gruñó y le arrebató el frasco.

—¡Oye! ¡Que ese vino es mío! Tenemos otros asuntos pendientes antes de emprender una campaña contra el niño rey. El tirano, por ejemplo. —Diodoro oteó el horizonte. A su derecha, el Borístenes fluía hacia el mar Euxino. A la izquierda, el viento ondulaba el mar de hierba hasta donde alcanzaba la vista, y otros cuarenta mil estadios más allá; al menos, eso sostenía Heródoto—. No quiero luchar contra Alejandro. No quiero ver más bárbaros fascinantes. Me gustaría retirarme a Olbia y ser rico.

Kineas seguía cabalgando, acompasando el movim

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