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TORMENTA EN EL ÁRTICO (DIRK PITT 20)

Clive Cussler   Dirk Cussler  

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Fragmento

Índice

Tormenta en el Ártico

Prólogo. Pasaje a la muerte

Primera parte. El aliento del diablo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Segunda parte. Kobluna negro

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Tercera parte. Persecución en el norte

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Epílogo. La piedra

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Notas

Biografía

Créditos

cover

Tormenta en el Ártico

Clive Cussler y Dirk Cussler

Traducción de

Alberto Coscarelli

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www.megustaleerebooks.com

En memoria de Leigh Hunt.

Sí, en realidad hubo un Leigh Hunt.

Un querido amigo, bon vivant, ingenioso y atolondrado

donjuán que tenía una manera de ser con las mujeres que lo

convirtió en la envidia de todos los hombres de la ciudad.

Lo maté en el prólogo de diez novelas de Dirk Pitt.

Siempre quería tener un protagonismo mayor

en las historias, pero nunca se quejó,

porque disfrutaba de la fama.

Adiós, viejo amigo, se te echa mucho de menos

PRÓLOGO

Pasaje a la muerte

Abril de 1848.

Estrecho de Victoria, océano Ártico

El gemido resonó por toda la nave como el aullido de una bestia herida, como un aterrador lamento que pareció suplicar la muerte. El lamento incitó a una segunda voz, luego a una tercera, hasta que un coro espectral retumbó en la oscuridad. Cuando los espeluznantes aullidos se apagaron reinaron unos segundos de silencio angustioso, hasta que un alma torturada reanudó la pavorosa secuencia. Algunos marineros aislados que conservaban todavía la mente cuerda escuchaban los lamentos al tiempo que rezaban para que su muerte fuese menos dolorosa.

En su camarote, el capitán James Fitzjames escuchaba mientras apretaba con fuerza un trozo de cristal de roca que guardaba en su puño. Levantó el frío y brillante mineral hasta la altura de los ojos y maldijo su resplandor. La piedra, de una composición desconocida, parecía haber maldecido a su barco. Incluso antes de que lo subieran a bordo, el mineral era portador de la muerte. Dos tripulantes del ballenero habían caído por la borda cuando transportaban las primeras muestras del mineral; apenas tardaron unos minutos en morir de hipotermia en las heladas aguas árticas. Otro marinero había muerto de una puñalada en una pelea, después de intentar cambiar algunas de las piedras por tabaco con un ayudante de carpintero que había perdido el juicio. En las últimas semanas, más de la mitad de la tripulación, en un proceso lento e inexorable, se había vuelto loca de atar. El aislamiento de la invernada sin duda era la causa principal, pero no dudaba de que las piedras también hubieran tenido algo que ver.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por unos violentos golpes en la puerta. Prefirió ahorrar la energía necesaria para levantarse y abrir, por lo que, con voz ronca, preguntó:

—¿Sí?

Se abrió la puerta y en el umbral apareció un hombre de baja estatura con un suéter roñoso; su delgado rostro rubicundo estaba sucio.

—Capitán, hay un par de ellos que intentan de nuevo abrir una brecha en la barricada —informó el cabo con su cerrado acento escocés.

—Llame al teniente Fairholme —ordenó Fitzjames. Se levantó con un visible esfuerzo—. Que reúna a los hombres.

Fitzjames arrojó la piedra sobre la cama y siguió al cabo. Caminaron por un oscuro y mohoso pasillo, alumbrado por unos pocos candiles. Pasada la escotilla principal, el cabo se dispuso a cumplir la orden mientras el capitán continuaba hacia proa. No tardó en detenerse al pie de una montaña de escombros que le cerraban el paso. La habían hecho con toneles, cajones y maderos, y llegaba hasta la cubierta superior, a modo de barricada que impedía el acceso a los sollados de proa. Desde algún lugar al otro lado de la pila, llegaba el ruido del movimiento de maderos y barricas acompañado de gruñidos humanos.

—Ya están otra vez, señor —dijo un infante de marina con ojos somnolientos que montaba guardia junto a la barricada con un mosquete Brown Bess.

El joven, que apenas tenía diecinueve años, se había dejado crecer una barba que sobresalía del mentón como una zarza.

—No tardaremos mucho en dejarles la nave —manifestó Fitzjames, con voz cansada.

Detrás de ellos se oyeron los crujidos de la escalerilla de madera cuando tres hombres subieron hasta la escotilla principal desde el sollado. Una ráfaga de viento helado recorrió el pasillo hasta que uno de los hombres colocó la lona que cerraba la escotilla. Un hombre de rostro macilento, abrigado con una gruesa chaqueta de lana, salió de las sombras y se dirigió a Fitzjames.

—Señor, el arsenal todavía está seguro —comunicó el teniente Fairholme. Una fría nube de vapor escapó de su boca mientras hablaba—. El cabo McDonald está reuniendo a los hombres en la cámara de oficiales. —Mostró al capitán una pequeña pistola de percusión—. Hemos recuperado tres armas para nosotros.

El capitán asintió con la mirada puesta en los otros dos hombres, dos infantes de marina ojerosos, cada uno armado con un mosquete.

—Gracias, teniente. No habrá disparos hasta que no dé la orden —dijo Fitzjames en voz baja.

Un grito agudo sonó al otro lado de la barrera, seguido por el estrepitoso batir de ollas y sartenes. «Cada vez están más desquiciados», pensó Fitzjames. Solo podía imaginar las abominaciones que se estaban produciendo detrás de la barricada.

—Se están volviendo más violentos —comentó el teniente en voz baja.

Fitzjames asintió con expresión grave. Tener que controlar a una tripulación que había perdido el juicio era una situación que nunca habría imaginado cuando se alistó en el Servicio de Descubrimientos Árticos. El capitán, un hombre brillante y afable, había hecho una rápida carrera en las filas de la Royal Navy, y a los treinta años ya era capitán de una balandra de guerra. Ahora, a los treinta y seis y obligado a luchar por su supervivencia, el oficial conocido como «el hombre más apuesto de la Marina» se enfrentaba a su prueba más dura.

Quizá no debía sorprenderle que parte de la tripulación hubiese enloquecido. Sobrevivir al invierno ártico a bordo de un barco inmovilizado por el hielo era un desafío tremendo. Sumergidos durante meses en la oscuridad y con un frío implacable, no habían salido de los opresivos sollados. Allí habían luchado contra las ratas, la claustrofobia y el aislamiento, además de los estragos físicos causados por el escorbuto y la congelación. Pasar un invierno era duro, pero para la tripulación de Fitzjames este era el tercer invierno consecutivo; las enfermedades se agravaban debido a la escasez de las raciones y del combustible. La muerte del jefe de la expedición, sir John Franklin, había sido un duro golpe para el ánimo de todos.

Fitzjames sabía que más allá de los hechos concretos había algo siniestro en todo aquello. Cuando un ayudante del contramaestre se arrancó las ropas, saltó por la borda, y corrió sobre la placa de hielo profiriendo alaridos, podría haberse pensado en un caso aislado de demencia. Sin embargo, cuando tres cuartas partes de la tripulación comenzó a gritar en sueños, a tambalearse ajenos a lo que los rodeaba, a ser incapaces de articular las palabras con claridad y a tener alucinaciones, quedó claro que se trataba de algo más. A partir del momento en el que los afectados comenzaron a volverse violentos, ordenó que los aislaran en los compartimientos de proa.

—Hay algo en el barco que los vuelve locos —manifestó Fairholme, con voz queda, como si le hubiese leído el pensamiento al capitán.

Fitzjames iba a responder cuando un pequeño cajón voló por encima de la barricada y a punto estuvo de golpearle en la cabeza. El rostro pálido de un hombre consumido asomó por la abertura; sus ojos brillaban como ascuas a la luz de las velas. Se apresuró a escurrirse por el agujero y luego rodó por el frente del obstáculo. Al levantarse, Fitzjames lo identificó: era uno de los fogoneros que alimentaban la caldera del motor a vapor. El hombre llevaba el torso desnudo, a pesar de la baja temperatura que había en el interior del barco, y empuñaba un gran cuchillo de carnicero que había cogido de la cocina.

—¿Dónde están los corderos que debo degollar? —gritó con el cuchillo en alto.

Antes de que pudiese herir a alguien, uno de los infantes de marina lo golpeó en la sien con la culata del mosquete. El fogonero soltó el cuchillo, que rebotó contra un cajón con un sonido metálico, y luego se desplomó sobre la cubierta, con un reguero de sangre corriéndole por el rostro.

Fitzjames dio la espalda al fogonero inconsciente y miró a los tripulantes que lo rodeaban. Cansados, macilentos y debilitados por la falta de una alimentación adecuada, todos esperaban sus órdenes.

—Abandonamos el barco ahora mismo. Aún disponemos de una hora de luz. Intentaremos llegar al Terror. Teniente, lleve los equipos de invierno a la cámara de oficiales.

—¿Cuántos trineos debo preparar?

—Ninguno. Que cada hombre se lleve únicamente las provisiones que pueda cargar.

—Sí, señor —respondió Fairholme.

Ordenó a dos de los tripulantes que lo acompañasen y salieron por la escotilla principal. En uno de los pañoles estaban los ab

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