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TOSCANA PARA DOS

Susan Elizabeth Phillips  

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Fragmento

Título original: Breathing Room

Traducción: Juan Trejo

1.ª edición: diciembre, 2013

© 2013 by Susan Elizabeth Phillips

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 26.757-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-702-8

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para Michael y Brian Grogan.

Todo autor debería conocer la suerte de teneros a los dos a su lado.

Esto lo digo por si acaso no sabéis lo mucho que os aprecio.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Agradecimientos

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Epílogo

Agradecimientos

Le estoy muy agradecida a Alessandro Pini y a Elena Sardelli por mostrarme las bellezas de la Toscana. Bill, no podría haber tenido mejor compañero para aquellos paseos que tú, a pesar de que tuvieses que encoger esos (fabulosos) hombros tuyos para caber en las diminutas duchas italianas. Estoy especialmente agradecida de que Maria Brummel apareciese en mi vida justo a tiempo para ayudarme con las traducciones al italiano. (Gracias, Andy, por haber tenido el buen tino de casarte con una joven tan maravillosa.) Gracias también a Michèle Johnson y Cristina Negri por vuestra inestimable ayuda cuando más la necesitaba.

Una vez más, mis amigas escritoras acudieron en mi ayuda con su perspicacia y sus conocimientos, en especial Jennifer Cruise, Jennifer Greene, Cathie Linz, Lindsay Longford y Suzette Vann. A Jill Barnett, Kristin Hannah, Jayne Ann Krentz y Meryl Sawyer: no puedo imaginar esta obra sin vuestras amistosas llamadas telefónicas. Barbara Jepson, eres el mejor regalo que me haya hecho a mí misma nunca. Sin las muchas cosas que has hecho por mí, de manera tan eficiente y agradable, no habría tenido tiempo para escribir.

Gracias, Zach Phillips, por haber compartido conmigo tu sabiduría acerca de los modelos de comportamiento humano y de metafísica. Lidia, no sólo eres la mejor hermana del mundo, también eres la persona que mejor sabe escuchar. ¡Siempre nos quedará París! Steven Axelrod, te estaré eternamente agradecida por el modo en que nos apoyaste entonces. Ty y Dana, cuánta alegría me ha supuesto este último año que compartieseis vuestra felicidad conmigo. A las «Seppies» del panel de anuncios de mi página web: sois las mejores animadoras del mundo. Cissy Hartley y Sara Reyes han hecho un trabajo increíble creando y manteniendo al día mi página web. Y para todas las lectoras que me envían esas maravillosas cartas y esos estimulantes e-mails, muchísimas gracias. Es una estupenda manera de empezar el día.

Hace tiempo que reconocí el talento y el entusiasmo de la gente de William Morrow y Avon Books, que con tanta frecuencia han ido más allá del deber en lo tocante a mí. Carrie Feron, mi dotada editora y guardiana, también ha sido una maravillosa amiga. Estoy profundamente en deuda con todas las personas que sacan a la venta y venden mis libros, diseñan sus preciosas cubiertas y me animan. Esto incluye a Richard Aquan, Nancy Anderson, Leesa Belt, George Bick, Shannon Ceci, Geoff Colquitt, Ralph D’Arienzo, Karen Davy, Darlene Delillo, Gail Dubov, Tom Egner, Seth Fleischman, Josh Frank, Jane Friedman, Lisa Gallagher, Cathy Hemming, Angela Leigh, Kim Lewis, Brian McSharry, Judy Madonia, Michael Morrison, Gena Pearson, Jan Parrish, Chadd Reese, Rhonda Rose, Pete Soper, Debbie Stier, Andrea Sventora, Bruce Unck y Donna Waitkus. ¡Sois los mejores!

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Para la doctora Isabel Favor el orden era un valor muy preciado. Durante la semana llevaba trajes chaqueta de color negro y corte exquisito, con zapatos de piel y un collar de perlas rodeando su garganta. Los fines de semana, se decantaba por bonitos jerséis o blusas de seda, siempre de colores neutros. Un buen peinado y todo un surtido de caros cosméticos conseguían domar, por lo general, su cabello rubio, que mostraba una tendencia natural a reordenarse por su cuenta debido a sus rebeldes rizos.

No era una mujer hermosa, pero sus ojos castaño claro estaban ubicados de manera simétrica justo donde tenían que estar, y su frente guardaba una perfecta proporción con el resto del rostro. Sus labios eran tal vez demasiado carnosos, por lo que solía disimular su turgencia con pintalabios claros, y también aplicaba maquillaje a su nariz para cubrir una mancha de pecas. Sus buenos hábitos alimentarios hacían que su piel se mantuviese rozagante y su figura delgada y sana; aunque a ella le habría gustado lucir unas caderas algo menos prominentes. En casi todos los aspectos era una mujer disciplinada, exceptuando la irregular uña del pulgar de su mano derecha. Aunque ya no se la mordía hasta dejársela en carne viva, era marcadamente más corta que el resto. Mordisquearse esa uña era el único hábito que le quedaba de unos conflictos de infancia que no había llegado a superar por completo.

Cuando las luces del Empire State se encendieron al otro lado de las ventanas de su despacho, Isabel se apretó el pulgar en el puño para resistirse a la tentación.

Sobre su escritorio art déco se encontraba el periódico sensacionalista más leído de Manhattan, mostrando la noticia más destacada. Aquel artículo la había perseguido todo el día, pero había estado demasiado ocupada para leerlo. Ahora era el momento de hacerlo.

LA DIVA ESTADOUNIDENSE DE LA AUTOAYUDA ES UNA PERSONA DIFÍCIL, DOMINANTE Y EXIGENTE

La ex secretaria de la famosa conferenciante y autora de libros de autoayuda, la doctora Isabel Favor, afirma que su antigua jefa era una tirana. «Es una maníaca del control», declaró Teri Mitchell tras renunciar a su puesto de trabajo la semana pasada...

—No renunció —aclaró Isabel—. La despedí cuando descubrí un mensaje electrónico de una admiradora escrito dos meses atrás que ella ni siquiera se había molestado en abrir. —Se llevó el pulgar a la boca—. Y no soy una maníaca del control.

—¿A quién pretendes engañar? —Carlota Mendoza vació una papelera en la bolsa de basura de su carrito de limpieza—. También eres... ¿Qué otros calificativos ha utilizado... dominante y exigente? Sí, eso también.

—No lo soy. Limpia esas cosas de ahí arriba, ¿quieres?

—¿Acaso ves que haya traído la escalera? Y deja de morderte las uñas.

Isabel apartó el pulgar de la boca.

—Sigo unas reglas, eso es todo. La falta de amabilidad es un defecto. La tacañería, la envidia y la gula... también son defectos. Pero ¿acaso tengo yo alguno de ellos?

—Tienes una bolsa de chucherías guardada en el fondo del primer cajón, pero mi inglés no es demasiado bueno, así que a lo mejor no he entendido bien lo que significa gula.

—Muy graciosa. —Isabel no creía que comer pudiese aplacar su estrés, pero había tenido un día horrible, así que abrió el cajón de emergencia, sacó dos barras de Snickers y le tendió una a Carlota. Le dedicaría algo más de tiempo a sus cintas de yoga a la mañana siguiente.

Carlota se apoyó en su carrito para abrirla.

—Siento curiosidad por una cosa: ¿nunca llevas vaqueros?

—¿Vaqueros? —Isabel apretó un extremo de la barra de chocolate contra el paladar, tomándose unos segundos para saborearla antes de contestar—. Bueno, antes llevaba. —Dejó la barra en la mesa y se puso en pie—. Trae, dame eso. —Cogió el delantal de Carlota y se lo puso, se quitó los zapatos y la falda de su traje Armani y a continuación se subió al sofá para alcanzar el aplique que colgaba de la pared.

Carlota suspiró.

—Vas a contármelo otra vez, ¿verdad? Lo de que te pagaste la universidad limpiando casas

—Y oficinas y restaurantes y fábricas. —Isabel limpió las filigranas con el dedo índice—. Trabajé de camarera, atendiendo mesas, durante el posgrado. También lavé platos... Detestaba ese trabajo. Mientras escribía mi tesis, trabajé de mensajera para gente rica y perezosa.

—Como lo eres tú ahora, exceptuando lo de perezosa.

Isabel sonrió y se puso a limpiar la parte superior de un marco.

—Estoy intentando decirte algo. Trabajando duro y rezando uno puede lograr que sus sueños se hagan realidad.

—Si desease escuchar algo así, compraría una entrada para una de tus conferencias.

—Bueno, ahora te estoy transmitiendo mi sabiduría gratis.

—Qué suerte la mía. ¿Has acabado ya? Porque tengo que limpiar otras oficinas esta noche.

Isabel bajó del sofá, le devolvió el delantal y ord

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