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TRAS EL MURO DE TUS SUEñOS (LOS SILVERWALKERS 2)

Chris De Wit  

5


Fragmento

1.ª edición: octubre, 2017

© 2017, Chris de Wit

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-881-5

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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Epílogo

Promoción

Capítulo 1

Delta del río Paraná, Argentina

Agua. Caudales de agua que envuelven las cabelleras entretejidas, abrazan el aroma de los cuerpos unidos y el sonido de la pasión devoradora. Urgencia y dulzura en los brazos masculinos y fuertes que aferran a los femeninos, pálidos y cálidos. Ojos brillantes, plateados, que se reflejan con devoción en los suyos. Agua, más agua, poderosa y enérgica, que los acuna en su lecho, los enlaza en la alegría y los acaricia en el dolor. Besos de fuego vivo. Manos satinadas y urgentes que se cierran como las alas plateadas de un ángel protector. Besos, más besos. Cuerpos danzantes, copulantes y amantes.

Agua, más agua que cubre el frenesí de abrazos, girando en la matriz purificadora y creadora. Sus manos entrelazan los cabellos claros que caen sutilmente rodeando la curva de las caderas, irradiando el brillo que es reflejo del suyo propio. Sumergido en la profundidad de los ojos verde mar, se deja abrazar por su iridiscencia que lo deja sin aliento. Plata. Los pechos juveniles, turgentes y jugosos, absorbidos por sus labios, se elevan siguiendo el compás de su respiración. Y la urgencia masculina que entra en la suave y cálida cueva que se abre como una flor y da la bienvenida al dolor inicial, liberador después. Furia, dolor, éxtasis.

Agua, más agua, que anuncia el encuentro de lo que ha buscado durante tanto tiempo. Aquello tan deseado. Y de repente el grito inconfundible unido al suyo propio, que corona la bendición. Agua, caudales de agua que impulsan esta danza ancestral y milenaria. Vorágine y orden. Orden divino.

«Tu búsqueda ha terminado, caminante. Abre tu mano y recoge el primer símbolo. Ella es parte de él. Encuéntrala».

El resplandor plateado lo envuelve como si fuera una bomba que estalla y se expande, borra las imágenes e inunda su iris contemplativo. Tristeza y alegría. Ignorancia y sabiduría. Odio y amor. El principio y el fin en una poderosa convergencia. Y en medio de ese caos ordenado, sus propios labios que susurran aquel nombre... Aniel.

Gabriel despertó sudando, susurrando esa palabra otra vez. Mientras trataba de volver a la realidad tangible, seguía oyendo el eco en los oídos, golpeando su mente de manera persistente como venía sucediendo desde hacía un año y medio sin pausa. Revivir ese sueño aceleraba su corazón.

¿Qué o quién era Aniel? ¿Un lugar? ¿Una persona? ¿Y qué significaba ese sueño? Muchas preguntas revoloteaban en su mente día tras día desde que el sueño se había manifestado por primera vez, y lo único que tenía en claro era la mención del símbolo. El primero de los cinco símbolos que su estirpe venía buscando desde hacía más de cien años y que requería ser encontrado por él.

¿Y quién era ella? Solo podía ver los cabellos, los ojos, partes del cuerpo, pero nunca el rostro. La imagen del agua que lo envolvía a él con la mujer en un caliente y desvergonzado acto erótico lo venía volviendo loco desde los inicios. Y en todo ese tiempo se había esforzado por encontrar alguna pista de lo que se revelaba cada noche, sin éxito.

Su corazón palpitó como las campanadas de una iglesia. Se levantó confundido de aquella alfombra tibia, elevándose en toda su imponente altura, mientras se limpiaba de hojas el trasero. Estiró la figura atlética de dos metros, no exagerada en su musculatura, (pero elegante) con músculos elegantes, alargados por su pasión por nadar.

Amaba el agua.

Miró una vez más hacia el arroyo que tanto le gustaba. Sus enormes ojos, de claro color canela y tapizados de largas y negras pestañas, barrieron el escenario antes de partir, emitiendo el brillo plateado característico de los que pertenecían a la estirpe. La mirada volvió a reflejar el aspecto triste que le daba la forma de sus ojos, a la cual se sumaba una cierta nostalgia producto de muchos años de soledad. Eran muchos siglos de caminar, acompañar, luchar y buscar... y si bien sus amigos eran invalorables, existía en él un anhelo de sentirse completo que no podía explicar.

«Quizás cuando encuentre el símbolo», pensó con cierto afán.

Caminaba por el arroyo como era su costumbre, rodeado por aquellos árboles plateados tan diferentes. Eran únicos y, según sus padres, respondían a una especie que solo la gente de la Estirpe de Plata, a la cual Gabriel y sus amigos pertenecían, conocía. No existían en otra parte del planeta. Nadie los podía detectar, salvo aquellos de su linaje. Mientras los ojos humanos veían las hojas del color verde típico de la mayoría de las especies vegetales, los de aquellos que tenían la carga genética de la Estirpe podían detectar su verdadero color. Nadie sabía quién o quiénes habían sido los responsables de haberlos plantado, pero estaba seguro de que tenían como misión asegurar que ese lugar fuese identificado por la gente de su raza.

Pasó los dedos a través de su pelo lacio, que caía desmechado sobre la frente, las sienes y los hombros. Era de color caramelo, aunque cuando le daba el sol se volvía más brillante por algunas mechas que se tornaban más claras.

El caminante. Alzó los ojos al cielo y contempló la noche, que caía con su manto extendido hacia el infinito. Hacía ya mucho tiempo que Gabriel y el grupo de los silverwalkers al que pertenecía se habían lanzado a la búsqueda de los símbolos que llevarían a su grupo a la conquista de su propia paz. La existencia de estos y otros presagios había sido revelada a través de unas profecías, que tanto los padres de Gabriel como otros jerarcas que conformaban la Orden Superior de la Estirpe tenían como misión guardar celosamente e ir transmitiendo a medida que llegara el momento adecuado. Gabriel no había dejado de preguntarse, desde que sus sueños comenzaran, si Aniel sería una señal de algo que en breve ocurriría. Y su corazón brincaba de nuevo ante la mención de aquella palabra. Un fulgor de energía cálida y viva, que endulzaba su alma algunas veces y la torturaba otras, se había encendido desde que había comenzado a experimentar ese sueño. Había jugado con algunas ideas acerca de quién era Aniel y, cada vez que su corazón latía al compás del ritmo de esa flama suave, parecía responder a lo que intuía, pero que aún no podía afirmar.

Dirigió sus pasos hacia el interior de la casa de la organización de la que formaba parte con los demás caminantes. Sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz familiar:

––¡Gabriel! ––dijo con tono jovial y alegre alguien parado detrás de él. Ruryk.

Gabriel se volvió y se encontró con su amigo, recién salido de la ducha. De la misma altura que Gabriel, era un poco menos corpulento que este, pero de un encanto impactante. Su aspecto era muy agradable, no solo por su apariencia física –con el cabello y ojos de color miel y piel bronceada–, sino porque además era de una simpatía que superaba de lejos la de los demás caminantes. Donde Ruryk se hallaba, la gente sonreía y se sentía plena. Las mujeres caían rendidas a sus pies ante su sonrisa y los hoyuelos de las mejillas y barbilla, así como por su pericia en la cama. Ruryk era un dechado de bondades. Y salvaje y eficiente en las luchas contra los caídos.

––¿Has estado en el arroyo? ––preguntó Ruryk, dirigiendo los ojos a las botas embarradas de su amigo, mientras se llevaba una toalla a la nuca para secarse algunas gotas que descendían por su espalda.

––Sí, he estado un poco cansado en este último tiempo, y tú sabes que ese lugar es especial para mí. Me da fuerza.

––Los cuatro sabemos bien qué significa para ti ese sitio. ¿O te olvidas de las luchas en el barro que siempre nos obligabas a hacer?

Ambos comenzaron a reír al recordar los enfrentamientos que los cinco caminantes, por diversión e invitados por Gabriel, habían llevado muchas veces a cabo.

––Ese lugar me relaja y me equilibra. Puedo pasarme horas allí sentado o nadando. Y como de costumbre, me he quedado dormido.

––Te estás poniendo viejo, Gabriel ––exclamó su amigo, que ya había terminado de frotarse la espalda con la toalla y abría la puerta de su dormitorio para perderse en el interior sin cerrarla.

––Desgraciado ––siseó Gabriel con una sonrisa en los labios. De lejos se escuchó la risa de Ruryk.

––¿Te busco una cerveza? ––p

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